lunes, 30 de agosto de 2010

Trabalenguas



H
e pensado que existes porque te pienso ¿Te has planteado eso alguna vez? Si no te pensara no existirías, y si no existes entonces yo sería libre y no te pensaría. En el trabalenguas mental que me genera tú existencia termino hiriéndome yo mismo. Y mientras pienso cómo hacer para que dejes de existir más me aferro a la idea de que existes, porque no puedo pensar en cómo quitarte de mi vida si no pienso que existes.
Es como entrar a un bosque y sentir que me pierdo. Que recorro mucho camino sin orientarme y me canso, y ya no quiero seguir. Y tomo fuerzas y vuelvo a caminar, hasta finalmente llegar a un sitio parecido al anterior, a un bucle sin fin en el cual me adormezco. Y es ahí que deseo quedarme tirado, no levantarme nunca más, pensando que yo tampoco existo.

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(Imagen: http://i40.photobucket.com/albums/e218/stuckinanumbrella/p2.jpg )

jueves, 26 de agosto de 2010

En la oscuridad


¿
Qué sientes al cerrar los ojos?, ¿te consideras poderoso?”
“Podría responderte fácilmente esas preguntas –respondí sin abrir los ojos- pero te burlarías de mi respuesta. No cualquiera es capaz de entender la simpleza de las cosas ¿Acaso tú sí? Si así fuera te respondería con gusto y quitaría esa duda que te corroe como la herrumbre al metal. Pero considero que eres como los otros, esos que aun teniendo sus grandes ojos completamente abiertos jamás ven más allá del horizonte de sus narices, esos que en tono de burla muestran sus encías y presionan sus vientres voluminosos que se distorsionan al retumbar las carcajadas que emiten basándose en su ignorancia. No creas que no desee decirte como me siento. Me haría muy feliz hacerlo, pero no puedo. Pecaría si lo hiciera.”
“¿Quieres que te lo suplique?, lo haré si lo deseas porque nada me persigue más que saber en qué radica el poder de tú paz al cerrar los ojos”
“Puedo responderte con facilidad si quiero”
“Entonces hazlo. Deja de jugar conmigo”
“No juego, solo tengo miedo a que rías con locura”
“Te prometo que no lo haré”
“Entonces te lo diré: mi poder reside en una mujer.”
“¿Una mujer?”
“Sí. Y tú la conoces. Sabes quién es.”
“Creo que puedo matarte si es el nombre que imagino.”
“También lo creo. No obstante matarás mi cuerpo, sepultarás mi osamenta, pero jamás matarás lo que mis ojos ven cuando se cierran. Eso es imposible de matar. En ese lugar que veo tú no estás. No existes allí.”
“Por más que te mate jamás te mataría del todo. Ahora lo entiendo.”
“Así es”
“Quisiera odiarte. Y a ella. Pero no puedo. Quisiera tú poder… Te envidio…”
“No me envidies. Solo permítete amar.”

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domingo, 22 de agosto de 2010

Prisión

Siento que quieres alejarte de mí. Eso le repetía a cada instante mientras volaba dentro de la jaula golpéandose como un ser incapaz de razonar. Cada golpe hacía exaltar mi corazón. De algún modo amaba yo a aquel animal. Silencioso ser que desde su nacimiento había ofertado, inocente y sumisamente, su propia vida. Lo vi nacer, lo vi crecer, fue mi niño, mi amigo, mi compañero fiel de horas incontables. Y así lo encontré, enloquecido, dando volteretas dentro de la jaula, luchando contra vaya a saber que monstruo imaginario en la mente de las aves, asestándose golpes violentos contra los delgados alambres de la jaula. Una escena de horror para mis ojos. Un desconsuelo generalizado para mi sentir. Supe al instante que él deseaba ser libre. Había llegado el momento revolucionario.

Decididamente abrí la puerta de la jaula. Me retiré dando pasos seguros, sin voltearme, tan solo caminando y mirando el piso. Así me mantuve unos minutos. La mente en blanco, la respiración acelerada, un burbujeo de recuerdos amotinados en la cabeza. No puedo mentir: me sentía muy triste. La tristeza es algo que habita en las cavernas de la piel y de lo cual muchas veces es imposible escapar. Silencio. Ya no había golpes. Solo el sonido del viento y el movimiento frenético y casi imperceptible de las hojas de la alameda. Volteé. Observé la jaula vacía. Un nudo se generó en mi pecho y me impedía respirar. Finalmente se había alejado de mí.

En el suelo, debajo de la jaula, ya sin dar volteretas ni golpearse, yacía su cuerpecito amarillento inmóvil, sorprendido por la muerte. Como si fuese un viejo juguete que ya no producía gracia alguna a un niño me desbordó de más tristeza. Corrí, lo tomé entre mis manos, observé sus ojos cerrados, su plumaje revuelto, la frialdad de su diminuto cuerpo, y entonces lloré, no pude evitarlo.
¿Porqué quieres alejarte de mí?, repetía en sueños. Él me sobrevolaba, displicentemente. Parecía feliz de volar libre. En su lomo una pequeña manivela giraba, tal como esos juguetes a cuerda que entretienen a los niños ¿Porqué quieres dejarme?, preguntaba insistentemente. Y sin responderme se precipitaba al suelo, como un bólido, herido por mis preguntas y muerto por mis deseos.

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(Imagen: http://treeinabox.blogspot.com/2010/02/that-still-twitching-bird-was-so.html )

martes, 17 de agosto de 2010

El obsequio

Supe de ella por un amigo. Fue una tarde de verano, debajo de la parra, mientras tomábamos mate, que me contó su historia. Al principio me pareció algo surrealista, o fantástica quizá, pero luego, tras pensarlo un poco, me di cuenta que tal vez ella sí existió y que aquella historia podría haber sido real. Entre mate va, mate viene, escuchaba a mi amigo atentamente. El sol, muy altivo, dejaba fluir rayos de luz a través de las hojas del parral. Se veían como diminutos lunares amarillos que oscilaban lentamente sobre las baldosas rojas del piso. Por momentos aquellos lunares móviles me distraían. Pero la historia era atrapante, y seguía concentrándome en ella aún tras el esfuerzo que hacían los lunares para que yo jugara con ellos.

En el relato ella corretea de un lado a otro. Corre por distintos lados de una ciudad de la cual no se sabía su nombre. Una ciudad que supuestamente está en un país que existe, en un continente que existe, pero de los cuales no se saben sus nombres. Al principio el relato la describe adolescente, plagada de miedos e incertidumbres. Vulnerable a un mundo nuevo y amenazante. Mi amigo no sabe decirme cual es el nombre de ella. Menciona que ella corría de un lugar a otro de la ciudad y guardaba sus recuerdos, algunos aquí, otros allá. Le obsequiaba algunos a gente desconocida. Otros los guardaba entre las estrofas de poemas que escribía en cuadernos, o entre las letras de canciones que cantaba con su guitarra, o en los márgenes de los libros que leía. También había decidido esconder recuerdos en lugares de la ciudad donde las personas nunca iban. Así, escondiendo recuerdos y regalándolos, pasó su adolescencia, su juventud y llegó a su madurez.

En el momento que su vejez se presentó la soledad la acosó. Enviudó temprano y pasó gran parte de sus últimos años sentada en una silla, tomando mate y observando cómo la gente pasaba por la vereda de su casa viviendo sus vidas. Entonces recordó. Su memoria le jugó una buena pasada. Recordó que sus recuerdos estaban escondidos en muchas partes. Desperdigados por la ciudad o contenidos en objetos o personas. Se puso feliz. Tomó un abrigo, lo colocó sobre sus hombros y decididamente pensó en salir a buscarlos. Pero tras cruzar el umbral de la puerta se detuvo en seco. Tras meditar por un instante volvió a entrar a la casa. Aquel pensamiento la había hecho recapacitar. Había, de alguna manera misteriosa, cambiado su decisión radicalmente.

Los días venideros presenciaron un cambio en sus hábitos. Salía por la mañana, bastón en mano, a caminar desinteresadamente por las calles de la ciudad. Una alegría efervescente la poseía. Sabía que la esperanza era algo grandioso, algo que la soledad no puede tocar ni manchar. Caminó el resto de sus días por las calles con esa esperanza en su corazón. Sabía que sus recuerdos estarían en cualquier sitio, tal vez a la vuelta de una esquina o dentro de algún libro en alguna biblioteca de barrio, y que tarde o temprano se encontraría con uno de ellos. Sin embargo, si no los encontraba, ella seguiría siendo feliz pues sus recuerdos se quedarían dónde estaban, invisibles e intocables, para siempre.

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(Imagen: http://drawgabbydraw.tumblr.com/photo/1280/448368978/1/tumblr_kzaid7YlRT1qzww4v )

domingo, 8 de agosto de 2010

Piel fina


Una luna espléndida se posaba sobre la ciudad la noche que el teléfono celular recibió la llamada. Detuve el paso, observé la pantalla, busqué el número de procedencia mentalmente y supe de quien se trataba: ella. Tomé aire, miré aquel cielo negro y espléndido y atendí. La conversación se reveló breve y distante, nos encontró como dos personas que tras tener una larga y extensa relación ahora se desconocían, se ignoraban, y lo peor: se comenzaban a odiar. Odio: sentimiento inmediato que muchas veces juega como secuela del amor perdido, del amor muerto.
Tras colgar intenté reponerme. Tomé asiento en el borde de una ventana y puse mi cara entre las manos. Tuve intenciones de llorar, sin embargo no había lágrimas. Como si fuese un cardúmen del fondo del mar afloraron los recuerdos desde lo más recóndito de mi memoria. Una tras otra pasaron imágenes, olores, sensaciones, sentimientos atesorados, emociones. Pensé que era un hombre fuerte, capaz de aguantar las presiones y la rudeza del mundo, pero no era tan así. Cada desamor había engrosado las capas interiores, no obstante también añadieron sensibilidad a una piel de por sí demasiado fina. Me sentía un faro perdido entre la niebla de mares olvidados en los confines del mundo. Guardé el teléfono y continué viaje. La calle, a lo lejos, se veía como un túnel al infinito: desolado, oscuro, ya sin nadie a la vista.


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jueves, 5 de agosto de 2010

"Mashenka", de Vladimir Nabokov

Mashenka fue la primera novela que escribió el ruso Vladimir Nabokov. Fue en la primavera de 1925, hace ya 85 años, una enormidad de tiempo, mucho más que dos vidas mías, y sin embargo la novela cuenta una historia de amor, desamor y vida tal como sucede en nuestro tiempo, en mi tiempo, en cualquier tiempo.

Ganin es un joven exiliado ruso, protagonista principal de la novela. Sobrevive en Berlín mientras la guerra se está desarrollando en su Rusia natal, no obstante sueña con volver a su país y mientras lo hace rememora pasajes de su infancia, su adolescencia y principalmente el amor proveniente de una mujer que lo flechó: Mashenka.

Un conjunto de personajes ricos en características: un poeta apreciado por todo el mundo y exiliado, una bella, romántica, y joven mujer de grandes pechos que está sola y anhelando un amor, dos bailarines homosexuales, un hombre mediocre que solo subsiste gracias al pensamiento de un amor que dejó en Rusia y una anciana que alberga a todos ellos en su pensión son los personajes que conforman esta excelente novela que pasa de la nostalgia a la tristeza, del amor a la pérdida, dando saltos de un presente a un pasado casi sin darse cuenta el lector. Creo que esa es una de las virtudes de Nabokov en la historia: el manejo del tiempo, el divague entre las escenas de un modo casi imperceptible, invisible, que toma de la mano y sumerge a uno en una historia cautivante plagada de recuerdos y emociones.

Me gustó, mucho. Aconsejo esta novela. Este escritor ruso tiene un exquisito lenguaje y una manera muy peculiar de narrar sus historias. No se sentirán defraudados al leer esta novela.


martes, 3 de agosto de 2010

El chico que regalaba libros



Hubo un día que regalé mis libros preferidos. Eran tres o cuatro. Llevaban consigo historias que a mí me habían conmovido y que por ende movilizaron mi mente. Ella tenía las manos tibias y la sonrisa cálida. Gracias, dijo mientras observaba las portadas. Esa sonrisa, inmaculada, omnipresente, aún se almacena en mi memoria. Era una sonrisa de satisfacción, de valoración. Sentí que esa persona dueña de aquella sonrisa poseía una inmensa alegría que provenía de tener entre sus manos lo que a mí me gustaba, lo que yo en ese instante le estaba confiando como parte minúscula de mi felicidad personal.

Desde ese día no volví a ver aquellos libros. Ya no. De vez en cuando los observo en estantes o vidrieras de alguna que otra librería, en las mesas de algunos cafés, en las publicidades de alguna que otra web dedicada a la venta de libros por catálogo, pero ya no entre la parva de libros de mi mesa de luz. Sin embargo decidí que así lo prefiero, porque siguen existiendo tal cual eran: bellos, inmensos, míos. Ahora, hablando de un ahora atemporal, seguramente descansan en algún lugar que jamás pensé ni quiero imaginar, pero tal vez alimenten y nutran alguna otra vida, tal como lo hicieron conmigo.

No volví a comprar los libros. De vez en cuando leo alguno de sus párrafos en alguna pantalla digital, pero solo eso. Ella, la chica de los libros, ahora es dueña de esas historias. Yo, el chico que regala libros, es dueño de los recuerdos de una historia.