martes, 21 de diciembre de 2010

Acerca de asesinar una almohada


Cada vez que alquilo una casa o departamento siento una profunda emoción. Es algo que se insinúa unos tres o cuatro días antes de habitar el nuevo sitio y se prolonga hasta un par de días terminada la mudanza. Se siente como un cosquilleo que comienza por el vientre y se mete cada vez más y más dentro de uno, hasta casi fundirse con esa parte invisible que tenemos dentro y nunca hemos podido observar. Todo esto sucede por una única razón: conocer los nuevos vecinos, las nuevas vidas con las que tendré que lidiar, nuevos hábitos, nuevas formas y tendencias que adoptará hasta mi propia existencia. Éste modo muy mío de ser es una especie de alerta. Sí, una alerta ante los cambios que me predispone a absorber de buen modo las futuras nuevas vivencias. Nunca he tenido problemas con ello, al contrario, siempre he aprendido que lo mejor que tiene éste mundo es la diversidad de vidas que hacen que la de uno pueda reaccionar ante el más ínfimo roce con ellas.

Fue en una de esas mudanzas que pasó lo que cuento aquí. Yo dejaba un departamento en una parte hacinada del centro de la capital para irme a vivir a una casa de barrio. Todo era por un cambio de hábitos a un lugar más apacible y tranquilo. Si bien me retiraba del centro y su esplendor, ganaba en más paz para mis sentidos. Por aquel entonces lo necesitaba, pues luchaba con un trabajo duro de encargado de personal y hacía pocos meses había roto con mi pareja después de haber convivido un par de años «¿Por qué no hacer lo que hacen todos?» –me dije. Ubicarme en un sitio más pequeño, más tranquilo, que me permitiera buscarme y encontrarme a mí mismo y a la vez olvidar a la mujer que hubo compartido un pasaje de vida conmigo. No estaba mal la idea, así que puse en marcha mi olfato nato de localizador de hábitats y resultó en encontrar la casa en aquel barrio retirado y tranquilo.

La primera impresión que tuve al entrar a la casa fue de paz. Silencio y paz «¡Justa para mí!», me dije. Recorrí la casa, habitación por habitación. Era pequeña pero con mucha luz. Acogedora y minimalista. El locador me indicó que en la parte de arriba de la casa vivía una mujer, y que ambos podíamos compartir el lavadero y el patio. Algo comunitario que no me esperaba pero tampoco era motivo para no aceptar el nuevo hogar. Tras firmar el contrato adquirí el título de flamante dueño de casa, contraté la mudanza y en un par de días todas mis pertenencias estaban dentro de la casa en una torre interminable de cajas de cartón apiladas y trastos desperdigados por todas las habitaciones. En otro par de días más había acomodado todas mis pertenencias y muebles, y a la semana ya conocía como la palma de mi mano todo lo referido al barrio: sus vecinos, sus horarios, quién era el carnicero, adónde llevar la ropa a lavar, dónde estaba la verdulería y la panadería, el sitio al cual me dirigiría a diario a comprar mi atado de cigarrillos y cuáles eran las paradas de colectivo urbano que me llevarían al trabajo. Todo fue movilizado gracias a ese cosquilleo que conté al principio y que se produce cada vez que mi vida muda dejando la crisálida.

Sin embargo algo faltaba por conocer: la mujer de arriba, mi vecina. Pero no tardó en presentarse y de la manera más extraña. Fue en la segunda semana que nos conocimos. Era de madrugada. Yo dormía a mis anchas disfrutando de un aire fresco y húmedo que había dejado una tormenta de verano después de un sol abrasador durante el día. Un ruido en la habitación de arriba fue lo que me sobresaltó y logró despertarme. Otros golpes más me quitaron el sueño. Observé por la ventana del patio si algo estaba aconteciendo, y en efecto algo pasaba. Mi vecina, una rubia, alta y de buen cuerpo, subía y bajaba por las escaleras con mucho enfado. Parecía sacada de sí misma, como si estuviera sufriendo una crisis nerviosa. Subió y bajó por las escaleras no menos de veinte veces, hasta que en la última bajada traía una almohada debajo de su brazo izquierdo y un cuchillo en su mano derecha. Me sobresalté. Pensé que deseaba asesinarse. Abrí la puerta y caminé despacio hacia ella que ya estaba de rodillas en medio del patio y la oscuridad. Solo una tenue luz lunar servía de iluminación a la escena. Lloraba, maldecía. Apoyó la almohada en el suelo e intentó pegarle trompadas, pero no le era suficiente, parecía que su enojo era mayúsculo, así que tomó el cuchillo, lo blandió al aire, y tras un mínimo destello de luz lunar sobre su filo lo dejó caer con todas sus fuerzas sobre la almohada. Una y otra vez repitió el movimiento. Yo estaba estupefacto y petrificado ante lo que veía. Ella seguía llorando y asesinando a su almohada. La apuñalaba con fuerza, con tanta fuerza que en poco tiempo la perforó y comenzó a apuñalar la tierra. Clavaba el vientre terreno. Sentí una profunda sensación de dolor. Sentí que ella deseaba asesinar.


Me acerqué con sigilo y tuve el impulso de tomarla por los hombros, apretarla contra mi pecho, y decirle ¡basta!, ¡ya es suficiente! Sin embargo no pude. Me detuve a su lado inclinándome y poniéndome en cuclillas. El filo del cuchillo subía y bajaba dibujando estelas brillantes en el vacío. Se podía escuchar cómo el aire parecía gemir ante el ímpetu de la acción. Yo había perdido el miedo ante aquella escena tan ajena y alocada. El último cuchillazo dio de lleno en el vientre de la tierra y la chica rompió a llorar muy amargamente. Entonces me acerqué más a su lado y la tomé suavemente por los hombros. No me apartó. Todo lo contrario: apoyó su cabeza en mi pecho y lloraba desgarradamente como si los cuchillazos hubieran impactado directamente en ella y no en la almohada ni en la tierra. Al cabo de un rato su llanto cesó y dio paso a sollozos expresivos. Nos miramos fijamente a los ojos y así permanecimos un instante que pareció eterno. Me pregunté en ese instante qué diablos hacía allí, con una mujer que era una total desconocida y estaba llevando a cabo un acto de total insania mental. Pero ninguna respuesta fue tan valiente como para presentarse y evacuar mi duda. Solo decidí seguirla abrazando y calmar su amargura y enojo.

Al pararnos ella comenzó a secar las lágrimas que habían empapado su rostro. Parecía más bella que antes. Tal vez la luz de la luna surtiera algún efecto sobre su semblante. «Ya es suficiente. Ya lo has asesinado…» -dije sin saber por qué lo había hecho. Podría haber dicho cualquier otra cosa, pero aquello fue lo primero que me vino en mente. La idea de la almohada asociada a una persona, a un hombre, y el cuchillo atravesándola me generaba la impresión de matar a un amor o la ira hacia un profundo y sentido desamor «No, no he asesinado a nadie aún. Aún sigue aquí ¿Acaso no se da cuenta que sigue aquí?» -respondió la chica aún entre sollozos. Atiné a mirar a ambos lados girando la cabeza con lentitud sin poder ver a nadie más que a nosotros dos «No hay nadie. No me refiero a otra persona, sino a mí…» Tras escuchar aquella frase comprendí la escena. Volvía a representarse una y otra vez en mi memoria el cuchillo y su filo brillando bajo la luna, los golpes certeros y profundos, el impulso febril y la bronca contenida. Pero así no se mata lo que no nos gusta de nosotros, pensé. Solo logramos apuñalar el vacío, la nada. Lo que no nos gusta, lo que no deseamos de nosotros mismos no puede matarse. Sí podemos modificarlo o tal vez repasar su contenido erróneo logrando que tarde o temprano decante en un mejor ser, en un ser mucho mejor. Nos tomamos de la mano y subimos las escaleras rumbo a la parte superior de la casa. Ya hacía frío, la madrugada se había hecho presente. Apoyé mi boca contra su oreja. Podía oler la humedad de su pelo y de sus cabellos transpirados. Entonces le dije lo que le dije sin saber por qué lo había dicho: no es tú culpa. Ella entró y cerró la puerta en mis narices. No volví a verla hasta que me mudé de aquel sitio.



Cada vez que camino por la calle pienso muchas cosas. Entre tantas cosas que se me arremolinan en la cabeza algunas de ellas me quedan prendidas como ropa a una soga en días de fuerte viento. Aquella noche, después el incidente con mi vecina, salí a caminar solitariamente en la madrugada. Casi nunca miro el cielo, pero aquella noche sí lo hice. Necesitaba ver el cielo para comprender. Supuse que ahí estaban las explicaciones y debía leerlas e interpretarlas. Las personas tienden a solucionar todo con un soplido. Si el soplido no es lo suficientemente fuerte se sienten a medias y comienzan a autodestruirse, acusándose de que no son lo suficientemente capaces para resolver lo que las aflige. Deberían mirar más al cielo. Abrirse paso del resto y buscar las respuestas allí. Es el pizarrón más enorme del mundo, en el cual hay lecciones interesantísimas para aprender a vivir.

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(Imagen: http://3.bp.blogspot.com/_scroN_hBBAs/SwBGWffrrYI/AAAAAAAAAEw/FPNwI47S-do/s320/X5Uf6ktmtiTUhhW4tD.jpg)

lunes, 13 de diciembre de 2010

El ascenso

Me he subido al gran árbol ¿Recuerdas cuando lo mirábamos desde el suelo, abrazados y riendo? Se veía como un colosal gigante. Daba sombra a media ciudad, inclusive a la casa de los vecinos que no queremos… sí, a ellos también cobijaba. Como te he dicho, me he subido a él. Lo hice hoy por la tarde al llegar del trabajo. Tras estacionar el automóvil me dispuse a meter la llave en el ojo de la cerradura de la puerta y algo inmovilizó mi mano. Entonces fijé mi vista en el gran árbol. Parecía un gigante dormido. A veces hasta me parece muerto. Sí, muerto. Pienso que el nacimiento de su tronco ya ha muerto y nos ha dejado hace tiempo; que la mitad de su tronco exhala los últimos instantes de vida y que la gran copa, la que oscurece a media ciudad, vive plenamente y es como un bebé que juega con las nubes que la atraviesan.

Comencé a trepar siendo ya casi el atardecer. No tuve miedo al pensar que la noche pudiera sorprenderme aun trepando hacia el cielo. Solo me enfoqué en los días que nos acostábamos juntos debajo de él y observábamos las nubes perderse en la gran copa. Y él, altivo e infinitamente gigante, nos observaba como si fuésemos dos pequeños gusanos, totalmente incoherentes, que jugaban a ese extraño juego llamado amor al cual él jamás jugaría. De seguro se preguntaría por qué hacíamos aquello. Por qué esos dos seres insignificantes se besaban y acariciaban debajo de su sombra. No encontraría respuestas. Aun así nos cobijaba y era nuestro cómplice. Supo de secretos, de sinceridades, de miedos, de sentimientos y presentimientos. Si hasta nos fundíamos con él cada vez que nuestros pensamientos nos desbordaban y quedábamos petrificados mirando sus hojas, como si con esa acción lográsemos aclarar nuestra mente y él fuera nuestro consejero.

¿Te acuerdas de la nieve? Sí, seguramente lo recuerdas. Los copos tardaban una eternidad en llegar al suelo, lo hacían en cámara lenta y de manera continua. Es que él se entretenía primero con ellos allá en el cielo. Los dejaba reposar sobre sus ramas y cuando los acunaba cierto tiempo les permitía descender, lentamente, hacia nosotros. Creo que era su modo de divertirse, primeramente solo, luego con nosotros. También supongo que amaba jugar. Como todo niño. Tal cual.

Al llegar a la mitad de su tronco el anochecer ya se había establecido. El viento se sentía húmedo y las primeras estrellas asomaron en el cielo. Ahora el verde de sus ramas se había teñido de claroscuros que intensificaban los grises y los negros. No tuve miedo. Mantenía mi recuerdo enfocado en aquellos días. Si hasta me parecía escuchar tú risa. «Tal vez estés allá arriba», pensé, y con ese pensamiento en la mente seguía la escalada sujetándome firmemente en cada rama. Al entrar en la gran copa lograba ver de a ratos la ciudad. Eran puntos multicolores semejantes a las diminutas luces navideñas. El viento mecía la copa bruscamente y yo, sujetado fuertemente, me balanceaba con ellas. La noche ya era dueña del día. Ahora un manto estelar aparecía majestuosamente sobre mi cabeza ¿Recuerdas las estrellas? Sí, no las habrás olvidado. Esas estrellas que eran tan nuestras no se olvidan jamás. Fue al llegar a la última rama que decidí sentarme. Ya no había más por escalar. Había llegado a la cima. Ahora estaba sobre la gran copa del árbol gigante. Lograba ver la casa como un punto diminuto en el suelo. Totalmente oscura, devorada por las sombras de la noche. Sin embargo desde arriba todo se veía magníficamente. Pero tú no estabas ahí. Hace tiempo que te has ido y por más que te busco no llego a encontrarte. Sin embargo sé que algo de ti ha quedado escondido en la gran copa del árbol gigante. Mientras observaba la ciudad y sus luces, pensaba en ello. Detrás de alguna rama, en el recodo de ellas con el tronco, seguramente algo de ti existe ahí para mí. Algo que en alguno de nuestros ascensos escondiste a propósito para el día que no estuvieses a mi lado. Una buena forma de hacerme sentir feliz a pesar del vacío que produce tú ausencia en mi corazón helado. Sin embargo hasta ahora no he dado con ese tesoro. Tampoco hago mucho por encontrarlo. Me doy mi tiempo. Hay momentos que hago el esfuerzo pero me cuesta ascender al gran árbol. Prefiero echarme debajo de su copa, en el césped recién cortado, y observar el movimiento lento y apaciguado de sus ramas y el celeste del cielo fundirse con el verde de sus hojas. No creas que no seguiré buscando el tesoro y buscándote a ti. Lo que la muerte no sabe es que los que quedamos aquí, sobre las raíces de los árboles, no tememos llegar al cielo. No, todo lo contrario. Podemos ir más allá y tal vez al llegar a la copa del gran árbol encontrar una vez más un tesoro que aún permanece escondido.

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miércoles, 8 de diciembre de 2010

Ciego, sordo y mudo

Hace un tiempo, varios años quizá, alguien me conoció. Solíamos coincidir en un mismo lugar: la casa de su abuela. La casa era pequeña, toda pintada de rosa, con un patio amplio en donde las hortalizas y las plantas de flores ocupaban casi toda la extensión. Al fondo, en los últimos metros, se encontraba el gallinero el cual no poseía ni una gallina, pues había pasado a ser los aposentos de un viejo perro que ya hasta se había olvidado ladrar. Una enorme palmera, traída vaya a saber de dónde por el abuelo ya fallecido, reinaba en medio del gallinero y servía como pedestal para los gorriones y las urracas que se posaban en sus hojas. Una enorme parra se recostaba majestuosa unos cuantos metros alrededor del primer patio, el que era inmediato a la salida de la cocina de la casa, y cubría, de manera tupida, todo cuanto bajo ella se encontraba evitando así el más mínimo rastro de sol. No daba buenas uvas, pues eran ácidas y desabridas, pero al verlas colgadas y transparentes ante los rayos de sol que penetraban al atardecer por los laterales permitían que uno se imaginara dentro de una vid, con una brisa caliente dándole en el rostro y disfrutando de los aires puros de las montañas.

Coincidíamos en épocas difíciles. Fueron momentos en que ella, la chica que me conoció, solo podía verme algunos días de la semana. El tiempo no parecía encogerse, al contrario, solo parecía estirarse y languidecer durante esa espera. Sin embargo cada vez que nos veíamos sonreíamos. Olvidábamos toda la lentitud con la cual el tiempo había amasijado la espera y disfrutábamos a pleno el momento. Nos sentábamos bajo la parra, tomábamos mate, y casi no charlábamos… solo nos reíamos, nos mirábamos, nos observábamos con detenimiento como si fuera la primera vez en la vida que nos hubiésemos visto. Al fondo del terreno, debajo del gran árbol, un mar de pájaros dejaba escuchar su trinar. Era como un coro que cantaba de fondo. Como si cómplices de nuestras miradas ellos nos hicieran saber que eran testigos también.

Un día de esos en los cuales nos encontrábamos algo pareció distinto. La observé inquieta, un tanto distraída. Esquivaba mis miradas. La abuela, pava y mate en mano, se acercó a charlar. Así pasó el tiempo, no mucho, tal vez más de la media hora. El sol aún era abrasador y los pájaros del fondo trinaban y jugaban de rama en rama. Tuve una increíble sensación. Pensé que ella ya no deseaba encontrarse conmigo. Como si algo de repente la hubiera hecho cambiar de parecer. Tal vez algo se desmoronó en su interior, pensé. No lo sabía a ciencia cierta. La contemplé durante largo rato y no podía deducir porqué aquella tarde estaba distinta a todas. Empecé a imaginar mil cosas, pero enseguida desistí. Concluí que era una manera cruel de dañarme e imaginar situaciones que tal vez eran totalmente lejanas a la realidad. Contemplé su cuerpo, sus expresiones, el modo en el que su abuela nos cebaba mates, el movimiento de las hojas de la parra por causa del viento, lo traslúcido de los racimos que colgaban. Pero nada me daba un indicio de lo que sucedía.

Yo la continuaba mirando en silencio. Así permanecí hasta que su abuela nos dejó solos y ella se levantó a fumar un cigarrillo. El humo se alzaba recto entre sus dedos, llegaba hasta las hojas de la parra y escapaba por entre las hendijas como podía. Sentí lo que de ella emanaba. No era calor, ni era tristeza. Tampoco nerviosismo. No. Era algo distinto. Angustia, tal vez. Impotencia, o algo por el estilo. Al menos eso fue lo que me pareció. Permanecía como equilibrándose sobre la delgada cuerda que divide el silencio del habla. Yo entendía su equilibrio pero no podía mantenerme ausente ni hacer la vista gorda. Ella recompuso su rostro, tiró la colilla de cigarrillo al piso y me miró fijamente. Eran casi las siete de la tarde y el sol ya tomaba un color anaranjado.

- ¿Caminamos? –me preguntó.

Asentí.

Salimos de la casa bajando las diminutas escaleras que la separaban de la vereda. Caminamos rumbo a las vías del tren. Unos pocos vagones se hallaban dispersos y cercanos a la sala de máquinas. Las vías, como hilos arrojados al azar, parecían dorarse bajo el sol del atardecer. Caminábamos silenciosamente. Yo tenía miedo. Un miedo vergonzoso, un miedo incapaz de hacerse cargo de la situación. Solo podía observarla de soslayo. Nada más que eso. Al llegar a las vías ella detuvo su andar. Quedamos cada uno parado sobre uno de los rieles. Ahora, mirándonos frente a frente, el silencio parecía más abrasador que el sol de la siesta. Deduje que ella no encontraba las palabras, que no sabía cómo empezar a hablar. Yo tampoco lo sabía, pero lo peor es que tampoco quería hacerlo.

Respiró largo tiempo, breve y acompasadamente. Ahora ya no se escuchaba el canto de los pájaros ni tampoco podía observarse los rayos de sol filtrarse a través de los racimos de uva. El viento parecía haber desaparecido. Era otro escenario. Uno al que no había asistido nunca y me resultaba por demás extraño y horroroso. En él me perdía y sentía que cada minuto de tiempo que pasaba quería escaparme, salir corriendo de aquel sitio o bien despertarme, porque después de todo deseaba que aquello fuera una pesadilla y que antes que se volviera terrorífica mis ojos se abrieran de una vez por todas.

- Acércate –dijo haciéndome una seña. Yo me acerqué. Avancé un paso y quedé parado en medio de la vía. Podía observar el brillo de sus ojos y el nerviosismo brotar por sus labios.
- ¿Sabes? –dije como trizando el momento- estos son ese tipo de momentos en los cuales quisiera ser sordo. Tal vez ciego, y no sé si mudo –dije.

Entonces rompió a llorar. Lloraba parada sobre el riel, rígida, totalmente compenetrada en el llanto. Deseaba abrazarla, contenerla, decirle que yo estaba ahí y que no estaba sola, pero como si estuviese clavado al piso no pude mover ni un milímetro de mi humanidad.

Ya el sol se ponía casi completamente. A los lejos, a un par de cuadras de las vías, podía observarse como los automovilistas comenzaban a dejar sus trabajos y se movilizaban en caravana rumbo a sus hogares. Algunos a ver a sus familias, otros tal vez a compenetrarse con la misma rutina tediosa del día a día y otros a reencontrarse con la soledad. De algún modo quería evadirme del momento que estaba viviendo frente a la chica. Deseaba que mi cerebro divagara, que se focalizara en cualquier punto que hiciera posible un minuto de distracción y que ello rompiera el momento, que lo echara todo a por tierra y que, tal como lo hace el oleaje, de pronto todo volviera a la calma. Sin embargo los minutos pasaron y lo que solo calmó fue su llanto. Tras pasarse sus manos por el rostro y quitarse las lágrimas volvió a enfocarse en mí con sus ojos color cielo.

- Debo irme. Ya no viviré más aquí.

Era la frase más corta que había escuchado y la que tal vez, a esa edad que estaba transitando, había hecho daño en mí. Las preguntas fueron tejiéndose una tras otra hasta abrumar por completo mi cabeza. Sin embargo no pude hacer ninguna. Seguí estático, aferrado al piso. De repente tuve también ganas de llorar. La separatidad era algo que jamás había experimentado en la vida. Jamás se había cruzado por mi mente el ya no percibir los momentos debajo de la parra a la hora del mate, nuestras miradas cómplices, los besos robados, las caricias fomentadas por la libido en tiempos veraniegos. Me quité del cuello un crucifijo con su cadena y se la entregué a ella en silencio. Ella rompía a llorar nuevamente ante tal acción pero ahora lo hacía mucho más fuerte. De algún modo ambos sabíamos que aquello era una despedida y demasiado larga.

- ¿Adónde irás? –pregunté. Ella nuevamente quitaba las lágrimas de su rostro con la mano.
- Estudiaré en la capital. Echaré de menos todo esto pero mucho más el no vernos. Pero no puedo frenarlo. Me es imposible.
- Lo sé.

Su padre y su madre de algún modo regían su destino. Así como ciertos planetas modifican los cursos de otros objetos celestes el de ella era también modificado por sus padres. Algo a lo que yo no podía hacer frente pues me superaba. Sentí que un gusto amargo y caliente ascendía desde mi estómago. Tuve nauseas. Deseaba correr. Correr y no volver. La tomé de las manos y la atraje contra mi cuerpo y nos fundimos en un abrazo prolongado en un nuevo anochecer. La sala de máquinas había encendido sus luces, una locomotora comenzaba a maniobrar disponiéndose a emprender un viaje. Permanecimos abrazados un buen rato. Nos besamos. Besos diminutos sellaban nuestros labios, nos despedían en silencio, y nos iban permitiendo memorizar la tibieza de nuestra piel, el sabor de los labios, y nuestro propio olor de adolescentes enamorados. La locomotora rugió con su sirena unas cuantas veces. Nos alejamos entonces de las vías y nos sentamos en un banco, cercano al rosedal.


El cielo nocturno poseía pocas estrellas. Seguramente era una de esas constelaciones que simulan cierta soledad. La chica reposó su cabeza contra el banco y no pude menos que observarla. Cada tanto dejaba escapar alguna que otra lágrima. Había cruzado sus brazos en jarra y sus facciones expresaban el rictus de la pérdida. Me sentí vacío por primera vez en mi vida. Desbordado por una impotencia que se volvió opresiva con el transcurrir del tiempo. Tomé sus manos y la abracé. Nos quedamos así de compenetrados en el más completo silencio. Aún hoy, después de muchos pero muchos años, siento la tibieza de aquel abrazo.

- ¿Volveremos a estar juntos algún día? –preguntó ante mi oído.

Aún hoy la respuesta espera. Justo en aquel instante me volví sordo, ciego y mudo; tan solo me dejaba caer en un abismo infinito del cual no podía evadirme.


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