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lunes, 27 de junio de 2016

Sutura




Yo me reía. Ella se reía. Por dentro ninguno de los dos nos reíamos. Así de plagada está la vida de incongruencias. Manifestábamos ser sinceros, mirarnos directamente a los ojos, sostenernos la mirada, pero todo era un vil acto de hipocresía, ni más ni menos. En el fondo ambos sabíamos que todo estaba roto.
Comenzó a romperse hacía tiempo, sin darnos cuenta, tal como sucede casi siempre. Ella en su mundo, con sus amistades, con su trabajo, sus ausencias, y todo eso que produce un ovillo inmanejable con el tiempo. Yo con lo mío. Lo mismo o más que ella. Así sucedió. De repente un día nos encontramos sentados en un banco del parque observando a todo el mundo deambular y disfrutar del día sin siquiera dirigirnos la palabra. Nos miramos y en ese cruce de miradas hablamos. Nos dijimos tímida y mordazmente todo lo que necesitábamos decirnos. Había cerca un fin, y ambos caminábamos hacia él tan tranquilamente como ganado condenado a la muerte.
Mientras los niños nos pasaban rasantes con sus bicicletas y algún que otro transeúnte nos echaba el ojo, nuestro mundo comenzaba a cerrarse como si se tratase de un portal mágico, uno que había ya perdido por completo su magia.
En la agonía de ese día volvimos caminando en silencio al departamento que compartíamos desde hacía años. Es increíble percibir cómo el tiempo horada las vidas… ¿influimos también nosotros? Nos echábamos cada tanto una mirada de soslayo y nos percatábamos que estábamos uno al lado del otro. Necesitábamos de ese chequeo visual para simular la pérdida de aquella sensación maravillosa que en los primeros tiempos nos hacía más perceptibles y receptivos. Sin quererlo habíamos quedado huérfanos de aquello, y ahora, en la deriva sentimental, ambos nos asemejábamos a dos náufragos a punto de sucumbir ante la inconmensurabilidad de un vasto océano que todo lo envolvía.
Ese día fue el verdadero punto de inflexión. Esa noche el divorcio silencioso, el trago amargo, el despertar del fin. Simplemente estábamos allí, en ese departamento frío y amoblado, evitándonos, tratando de no enfrentar ni siquiera nuestras miradas. Ella aún llevaba puestos sus anteojos de sol sobre su cabeza. Ordenaba su ropa, sus zapatos, perfumes, libros, de una manera estructurada y eficaz. La conocía demasiado bien, lo hacía para evitar pensar. Sé que en el fondo eso la mantenía ocupada, y con ello había logrado colocar una valla entre su corazón y el resto de su existencia para que nadie pudiera saltarla y dañarla aún más.
Colocó todo en cajas, luego las ordenó en el living y las rotuló a conciencia: “ropa”, “zapatos”, “libros”, “varios”, etc, etc, etc… Ahí estaba parte de mi vida, entre sus cosas. Cada objeto se llevaba impreso parte de mí y de los años que habíamos compartido juntos. El tiempo tiene ese poder impregnante, como si se tratase de un olor persistente que se pega a tu piel o ropa y no puedes desprenderte fácilmente de él. Cuando hubo embalado lo último de sus pertenencias ya se oía el eco de la inminente soledad chocar entre las paredes.
A la mañana siguiente, tras un par de llamados, un camión de mudanzas estacionó frente al edificio y en casi un abrir y cerrar de ojos cargaron parte de su vida y la mía. Muy fácil —dije interiormente—, y contemplé por última vez la tristeza en sus pupilas. Luego vino el abrazo, el “cuídate”, el “lo siento”, y también el “estaremos bien”. Palabras y más palabras. Una detrás de la otra intentando colocar un apósito a las heridas sangrantes y dolientes de dos humanos que habían dejado de entenderse, y ahora se desconocían.
El camión partió y se perdió entre las decenas de vehículos que transitaban la calle y el bullicio de la mañana. Ella hizo lo mismo, sólo que, a pasos cortos, cabizbaja y observando el suelo. Logró perderse entre la multitud y finalmente salir de mi vida. Inmediatamente tomé un abrigo y salí del departamento. No quería estar allí. Me sentía asfixiado. Parecía que también se había llevado consigo el oxígeno. Caminé un buen rato sin pensar en nada, tan solo sintiendo el dolor recorriendo cada célula de mi cuerpo. Por momentos tenía la imperiosa necesidad de querer saberlo todo, del porqué aquel abismo se había dado cita entre nosotros. Nunca hallé indicios. Siempre ha quedado flotando esa incógnita escurridiza e implacable que por momentos se torna tan vívida que se hace insoportable.
Los días pasaron, los meses le siguieron y aquel departamento tan luminoso se volvió sombrío e inhabitable. Pasaba por él como un alma en pena. Sólo regresaba a dormir, y por las mañanas huía lo más rápido posible. Todo se había tornado demasiado impersonal. El amor que mantenía la lumbre encendida del hogar ya no se percibía, se había esfumado, y el tiempo se encargó por completo de suturar las heridas encerrando dentro de ellas nuestras propias historias.

lunes, 4 de abril de 2016

Burbujas sobre el agua




Siempre odié los talleres literarios. Fue un odio que se acrecentó poco a poco, alimentado por ver algo aquí, escuchar algo allá, y concluir que el escritor, si bien puede pulirse, nunca aprenderá a ser mejor escritor porque alguien quiera enseñárselo. Esta forma de pensar (muy mía), testaruda para muchos, criticadísima para otros, ha sido a lo largo de los años siempre respaldada desde una pequeña lumbre en el fondo de mis abominables cavernas interiores. Nada alteraba ese pensamiento, esa conclusión tan aferrada a mí. Supe discutir, en varias ocasiones, con distintos personajes: profesores de literatura, acérrimos lectores, bibliotecarios, vendedores de libros, y por supuesto, integrantes de distintos grupos literarios reales y virtuales. Pero nada cambiaba mi opinión, nadie tenía la suficiente diatriba para hacer tambalear mis pensamientos al respecto… nadie…

Decidido siempre en mi pensamiento echaba por tierra cualquier invitación a pertenecer a un grupo literario cualquiera. Al principio mis negativas iban acompañadas de buenos modales, sonrisas y miradas francas; pero con el pasar del tiempo, cuando alguien se encaramaba y me declaraba la guerra con sus pensamientos anclados, entonces olvidaba por completo la línea, y de modo belicoso iniciaba una contienda, que se transformaba en lucha, luego en guerra y finalmente en devastación atómica.

Casi no tengo recuerdos de esos feos momentos. Supongo que los he borrado inconscientemente. Así, como muchos herejes quemaron libros en piras, yo quemé y convertí en cenizas aquellas discusiones de las cuales no me enorgullezco. 

A medida que crecí, el significado de “talleres literarios” fue alejándose de mí y yo de él. Tan solo me limité a leer, y leer, y seguir leyendo. Por 1985 me hice habitué de varias librerías céntricas. Poco a poco en aquella época se adoptaba el modo de venta supermercadista en los libros: enormes áreas cubiertas, góndolas, estibas, grandes carteles anunciando ofertas, y millones de libros al alcance de la mano del lector-cliente. Se iba desdibujando lentamente aquella idea de librería atendida por un viejo librero calvo o de barba larga, y poco a poco el capitalismo comenzaba a ganar terreno metiéndose con la literatura.

Una de esas librerías a las cuales me hice habitué fue “Jardín Colorido”. Estaba ubicada en una esquina, intersección de dos importantes calles de la capital, y pertenecía a tres hermanos judíos, los cuales rara vez se dejaban ver por el local. Me gustaba su ambiente: luminoso, espacioso, claro, perfumado y con una raya de volumen de música clásica sonando de fondo. En los amplios sectores de lectura que se ofrecían uno podía pasarse horas enteras inmerso en lecturas de libros de toda índole, inclusive en idiomas extranjeros. Me pasaba allí casi todo el día. Salía de madrugada de casa, trabajaba, y tras salir de la fábrica enfilaba hacia “Jardín Colorido”. Allí conocí a Cortázar, a Nietzsche, a Faulkner, a Horacio Quiroga y muchos más. Sumido en grandiosas lecturas jamás me percataba del paso del tiempo. Más de una vez alguno de los empleados debía de avisarme que él ya se retiraba, que la librería había cerrado y que con gusto yo podría retomar mi lectura al día siguiente.

Devoré muchísimos libros en aquel entonces, y así también dejé de escribir. Ya no acaparaba mi atención la escritura. Solo sentía un ansia poderosa y desesperante de lectura. 

Un día, a finales de 1987, mientras me mantenía sumergido en la lectura de un libro de García Márquez, un anciano se sentó a mi lado a leer. Traía consigo unos cuantos libros, de diversos autores. Agarraba un libro, lo abría en cualquier página al azar, y tomaba ciertas notas en un cuaderno. Así con cada libro. Aquella curiosa tarea terminó distrayéndome de mi lectura. Opté por cerrar el libro y concentrarme en la tarea del anciano. Repitió la operación con cada libro de la estiba: abrirlo en cualquier página, anotar “no sé qué” en el cuaderno y seguir con el siguiente. Todo aquello demoró no más de hora y media. Tras cerrar el último libro tomó la estiba, la colocó en el carrito y devolvió cada libro a su correspondiente estante. Yo veía cómo el anciano caminaba entre las góndolas rebuscando el lugar exacto al cual pertenecía cada libro. Paseaba el carro con cierto andar cansino, apoyándose sobre la barra trasera del mismo. Cuando hubo colocado el último libro en el lugar exacto, dejó el carro y volvió hacia el área de lectura. Entonces me habló:

— Dígame joven, ¿le he incomodado?

Observé al anciano y puse mi mejor cara de sorpresa:

— No, en absoluto, ¿por qué habría de incomodarme, señor?
— Pues he percibido que usted observaba mis movimientos. Y tal vez, pensé por un instante, mi accionar lo distrajo de su lectura.

Cerré el libro e inmediatamente me sinceré con el anciano.

— Ha decir verdad algo de eso hay. Sí. No se lo negaré. Pero no ha sido nada grave, y en todo caso el culpable de tal distracción soy yo o el autor del libro que leo —dije sonriéndome.

El anciano me devolvió la sonrisa y a su vez tomó asiento a mi lado.

— Lo que pasa es que soy un estudiante —dijo él— y estaba realizando mi tarea.
— ¿Estudiante? —pregunté confundido.
— Sí. Verá. Participo en un grupo literario llamado “Burbujas sobre el agua” y una de las tareas para esta semana entrante era tomar al azar frases interesantes de cualquier libro. Así que se me ocurrió que podía hacerlo aquí ¡¿Qué mejor lugar?!, ¿no le parece, joven?

Asentí. 


El anciano en cuestión se llamaba Carlos (”Don Carlos” para mí, hasta siempre). Mientras mantuvimos aquella charla poco a poco confraternizamos y su carisma y personalidad fueron comprando tangiblemente mi beneplácito. Fue así, que un día de marzo de 1988 por primera vez en mi vida asistí a un taller literario. Tras varios intentos y ruegos por parte de Don Carlos accedí a participar en algunas de las reuniones. Yo, el joven que durante años había despotricado contra tales reuniones “buenas para nada”, ahora era partícipe de una. Y aunque parezca ridículo y risueño, las horas y días que pasé en aquel taller conforman hoy lo mejor de mis recuerdos. 

Allí conocí a muchos seres humanos que fueron y son aún hoy mis amigos. De esos amigos incondicionales. Marta fue una de ellas. Era quien impartía las reglas, las consignas y dirigía a “Burbujas sobre el agua”. Fue la primera en darme la bienvenida y en escuchar mi opinión sobre la literatura, la escritura y los talleres literarios. Recuerdo que mientras yo hablaba ella me miraba con su dulce mirada. Era imposible no sentirse cósmicamente atrapado en el candor de aquellos ojos sexagenarios. Marta amaba la literatura tanto como amaba su propia vida. Después de escucharme por más de media hora tan solo dijo unas pocas palabras: “serás un gran escritor”. Jamás olvidaré esas palabras, ni cómo sonaron haciendo eco dentro de mí, ni mucho menos con la dulzura con las que fueron pronunciadas por sus labios. La sinceridad tiene un poder inconmensurable cuando parte de labios carentes de hipocresía.

Después de aquel día de presentación Don Carlos y yo pasábamos a buscarnos mutuamente para ir al grupo. Jamás faltábamos a una reunión. Nos reuníamos los lunes, los miércoles y también los viernes. En verano lo hacíamos en casa de Marta, debajo de la parra, en el patio: nos sentábamos en derredor, y así pasábamos horas de lecturas, charlas, discusiones y ejercicios creativos, hasta que las estrellas nos sorprendían y cada uno salía disparado a su hogar. En invierno, lo hacíamos en casa de Inés, junto a la estufa a leña, desperdigados en el suelo, sobre almohadones, como si fuéramos niños inquietos jugando en el piso. En ninguna de las reuniones faltaba el mate. Cada día le tocaba cebar a alguien distinto. Nos turnábamos para ello. Siempre llegué a la conclusión que mientras estábamos reunidos el tiempo no avanzaba. Parecía detenido, eterno, y eso me encantaba. Poco a poco me había compenetrado con aquel grupo de personas amantes de la literatura. Habíamos llegado a tal punto de fusión que tan solo con mirarnos o escuchar el tono de voz tras la primera frase de lectura sabíamos cómo nos sentíamos y qué clase de día había sido para cada uno. Una hermandad silenciosa, unida por el compañerismo, el sentimiento único de las palabras y por sobre todo, del respeto.

“Burbujas sobre el agua” era perfecto. Compartíamos todo, inclusive momentos especiales de nuestras vidas: el nacimiento de una nueva nieta de Don Carlos, el casamiento de Alicia, la melancolía de la muerte del padre de Adolfo, y la fiesta de quince años de la hija de Marta. Todo se volcaba al grupo y todos nos sentíamos partícipes. Se había formado una profunda hermandad. Sin embargo, toda esa “conexión”, sufrió un verdadero cortocircuito y vuelco una noche de octubre de 1990, cuando sonó el teléfono en mi casa: Marta se había suicidado. Así lo decía Alicia por teléfono: escueta, casi inentendible por los sollozos. La palabra suicidio sonaba fuerte, extremadamente dura a mis oídos, y más sabiendo que el ser humano que había llevado a cabo dicho acto era Marta, nuestro líder, el alma máter de “Burbujas sobre el agua”.

Acudí a la policía y me interioricé de lo sucedido. Era demasiado penoso para ser soportable. Marta se había duchado, se había pintado las uñas, puesto su mejor vestido, sus sandalias preferidas, y con un cinturón se había colgado de la parra. Pero con la mala suerte de que la parra no aguantó su peso y se quebró, haciendo que Marta cayera de bruces al suelo y se rompiera su nariz, y fisurara su cráneo. Aun así, arrastrándose y dejando un gran charco de sangre tras de sí, volvió a colgarse, esta vez de un caño de gas que sobresalía del techo, y allí sí encontró la muerte. Mientras el oficial me contaba los pasos del suicidio pensé en la obstinación para matarse, en la decisión acérrima de Marta de quitarse la vida ¿Por qué Marta?, ¿por qué?… 

Nunca lo sabríamos. Marta había decidido marcharse sin decir nada, sin dejar una nota, sin un texto alusivo, sin una de sus poesías, sin ninguna pista que nos orientara y nos aliviara un poco el dolor. Después de su muerte, “Burbujas sobre el agua” lentamente comenzó a disolverse. Faltaba algo en el grupo y eso era irreemplazable. Nuestra alma máter había claudicado, y con ella se había llevado la esencia del grupo. 

Cierta tarde, a los pocos meses de la muerte de Marta, mientras estábamos reunidos en casa de Don Carlos, tuvimos un profundo diálogo entre todos los integrantes. Hablamos sobre ser o no ser, vida y muerte, inicio y fin. Cada tanto algún integrante sollozaba, a otros les caían lágrimas. Inclusive yo, que por más que quise mantenerme firme y no dejarme vencer por los sentimientos, arrojé un puñado de lágrimas a mis mejillas. Todos de algún modo extrañábamos a Marta. Con ella se había ido parte también de nuestro amor por aquel grupo y ese magneto que nos mantenía unidos incondicionalmente.

Comencé a ralear mis idas al grupo y me guarecía en los amplios sillones para lectura de “Jardín Colorido”. Me sometía a profundas lecturas con la pura intención de olvidarme paulatinamente de la muerte de Marta y de las reuniones grupales. Necesitaba escabullirme. Sin embargo, una de esas tardes en las cuales había desertado al grupo, sonó mi flamante teléfono celular. Era Don Carlos:

— Oye, escucha, hemos encontrado una tarea que Marta escribió para nosotros y nunca la vimos. Está fechada el día de su muerte, y está dirigida al grupo. Nos gustaría que te nos unieras así la llevamos a cabo.

No lo dudé un instante y salí disparado hacia el lugar de la reunión.

Al llegar vi que estaban todos. Nadie había querido estar ausente. Creo que todos teníamos la sensación de que Marta había planeado aquello. Tal vez era su modo de despedirse de nosotros, ¡¿y qué mejor forma de hacerlo que con las letras?! Tomamos asiento como lo hacíamos siempre, en círculo. La silla de Marta también estaba en su lugar, y sobre ella sus libros, su cuaderno y su birome. Alicia tomó el papel con la tarea escrita por Marta y leyó para todos en voz alta. Tras finalizar se produjo un profundo silencio. Al principio nadie se movió de sus asientos, ni siquiera miró a quien tenía a su lado. Supongo que todos estábamos invadidos por una profunda congoja. Alicia tomó asiento y se unió al silencio de los demás. Así permanecimos un buen rato, mascullando la tarea dejada por Marta, recordándola como persona, trayendo a nuestra mente memorias de un pasado inmediato en donde nuestra amiga nos deleitaba con sus enseñanzas y compartía sus alegrías. Debo decir que fue horrible, pero necesario también. Días después, cuando volvimos a encontrarnos con algunos de los presentes, coincidimos en que aquello fue una especie de duelo. Un duelo grupal.

La tarea consistía en imaginar palabras encerradas en burbujas, las cuales al explotar se liberaban y tras la liberación debían de servir de musas inspiradoras para textos que debíamos escribir. Sonaba cursi y fantástico a la vez. Todos aceptamos la consigna sin hacer siquiera una queja o consulta. Escribimos varios textos, poemas, relatos. Luego los fuimos leyendo. Leímos hasta entrada la madrugada mientras nos encontrábamos con las miradas tristes y bañadas por la fuerza del oleaje del pasado. Todos recordábamos en alguna frase a Marta. Después de aquel encuentro, de aquella última práctica grupal, el taller literario jamás volvió a reunirse.


Años después, ya cuando los integrantes del taller nos habíamos dispersado y no nos habíamos vuelto a ver, recordé aquella consigna cierto día en el cual me encontraba leyendo en una librería céntrica. Ya no pasaba las horas en “Jardín Colorido”, ahora lo hacía en pequeñas librerías que solían colocar un par de sillones de orejas y taburetes. Me había vuelto más huraño y más habitué de los lugares pequeños, con poca luz y paredes de libros hasta el techo. Esa sensación de aprisionamiento entre libros me brindaba protección. Al recordar la consigna también recordé cada rostro de mis amigos del taller. Me retrotraje en el tiempo y me parecía que todo estaba intacto, que faltaban pocas horas para ir al encuentro con ellos, que Marta llegaría con libros bajo el brazo y alguna anécdota de su vida. Sin embargo, enseguida todo aquello se volatilizó. Volví a caer en la tangible realidad. Aun así recordé las palabras que había elegido aquel día y había encerrado en las burbujas:

MAR - CIELO - CASTILLO - TIERRA - VIDA

Y con todas ellas fabriqué un extenso relato, en el cual un personaje llamado Marta, burlaba de mil formas la muerte, afianzándose a la vida, recorriendo la vastas tierras del norte, navegando bajo mares cubiertos de cielos límpidos, intentando, como si fuese una verdadera heroína, encontrar un  castillo perdido en la nada, en el cual se encontraba guardada la dosis justa de felicidad para vivir eternamente. 

Aquel relato había conmovido a mis amigos. Tras leerlo habían sollozado y llorado todos. Sin excepción. Inclusive yo. 

Aquellos ojos llorosos y rostros cargados de dolor quedaron aprisionados en mi memoria y en mi corazón. Conforman un recuerdo de mi vida perfecto, que sigue latente, movilizando todos mis sentidos cada vez que se presenta en mi mente. Pienso, hoy, siempre, que aún todos aquellos alumnos nos seguimos reuniendo con nuestra querida Marta, debajo de la parra, y escribimos y leemos hasta entrada la madrugada. Parimos textos, forjamos eslabones acerados de amistad, compartimos momentos de nuestras vidas que jamás olvidaremos. Y aunque cedo ante tal engaño a mi mente y miro hacia el costado, tengo la certeza que algún día nos volveremos a reunir todos otra vez. Volveremos a leer grupalmente, a escribir, a recitar, a soñar. Tal vez lo hagamos en un castillo, o en medio de una isla, o al borde de un acantilado, no lo sé. Pero ahí estaremos, junto a Marta, a la muerte, y a la vida.



(Escrito en noviembre de 2012...)

martes, 22 de diciembre de 2015

Luz difusa



Entre la luz difusa que se produce al atardecer entre la tierra y el horizonte parece haber segundos de tiempo dormidos, completamente extasiados, resistiéndose a desaparecer o a continuar con esa incansable rutina de avanzar linealmente hacia el infinito. En esa luz las miradas suelen perderse. Son atrapadas de un modo casi magnético, y así, los ojos se posan en un horizonte más etéreo que físico y la mente divaga, se compenetra con la nada misma y los pensamientos lo inundan todo permitiendo al individuo hipnotizado y extasiado bucear a lo largo del tiempo: pasado, presente y un hipotético futuro.

El viento del desierto corre sibilante, ajeno a todo. El hombre que contempla el horizonte lo hace en paz, sentado en una terraza de adobe y piedra, en completa soledad. Pocas personas se hospedan en el albergue. Es una temporada baja para el turismo, sin embargo, siempre hay quienes gustan de aislarse y tomar contacto consigo mismo. Desde que llegó ha pasado cada atardecer contemplando la puesta de sol. Se dirige en silencio desde su cuarto a la terraza y allí, compenetrado profundamente con la armonía cielo-tierra, se queda en trance sin importarle nada.

Fue entonces que la mujer de rasgos delicados y figura esbelta lo vio por primera vez en su vida. Ella viajaba desde Inglaterra a Sudáfrica, y en su itinerario decidió también asistir a la comunión del silencio que producen los atardeceres en aquel lugar del mundo.

Se vieron cómo se ven los que se ignoran. Se miraron sin mirarse. Estuvieron por vez primera más juntos que nunca, a pocos centímetros un cuerpo del otro, sin siquiera percibirse. A lo lejos, cuando la tierra ahora tibia comenzaba a engullir el sol, los pensamientos de ambos danzaban armónicamente y en completo silencio. Ambos estaban tan absortos, tan idos, que hasta el mismo silbar del viento era ignorado.

Fue él quien la miró al rato y observó sus facciones suaves y atractivas. Notó en la piel de esa extraña mujer el paso generoso del tiempo, de la vida misma. Tan joven, tan bella y a la vez tan extraña. Sin embargo, no dijo una palabra. Sólo se limitó a observarla, con insistencia, de soslayo, con esa timidez que se apodera tanto de hombres y mujeres al momento de la conquista.

Pero ella no percibía la mirada del hombre. Sus pensamientos se remontaban más allá de la puesta del sol, tal vez a escenas del pasado, a momentos olvidados que ahora le parecían muy vívidos. Pero también fue ella quien repentinamente le lanzó una mirada sin tiempo, profunda y rápida, dándose cuenta que él la observaba. Sus labios se cargaron de timidez, pero eso no bloqueó una débil mueca de sonrisa. Eran dos extraños en medio de un desierto en el cual muy pocas almas lo habitaban. Él receptó la mirada y sintió el impulso irrefrenable de hablarle, de saludarla, de presentarse o tal vez de gritar. Sin embargo, y a pesar de todo, de los impulsos también está cincelado el humano y tras un breve saludo la vida de ambos cambió para siempre.

“Tal vez” –dijo él años después- “si hubiese evitado el saludo, si no hubiese sonreído, si mi campo de percepción visual hubiera seguido enfocándose en el horizonte mi vida hubiera seguido otros derroteros, otros caminos. Sin embargo, bastó un simple y escueto saludo para que nuestras vidas bifurcaran…”

Las guerras, las hecatombes, los desastres naturales, las revoluciones, todo tiene un inicio en alguna parte, y sucede cuando uno menos lo imagina. Así, entre el lejano horizonte y la pequeña sonrisa a flor de labios se creó una burbuja, atemporal, donde la vida de la mujer desconocida y la de él confluyeron para iniciar un camino juntos.

Al anochecer de ese día la terraza estaba vacía. El viento proveniente del mar soplaba fresco y con más fuerza. Dentro de las habitaciones de paredes de adobe las lumbres oscilaban temblorosas, movilizándose por corrientes de aire que brotaban de cualquier hendija. La noche caía implacable sobre el desierto. Las estrellas se mantenían altivas y titilantes, irradiando sus destellos sobre la superficie ahora fría y dormida de la tierra. En una de las habitaciones un hombre y una mujer hacía horas acababan de pactar su futuro, sin siquiera darse cuenta. Fue el destino el único fisgón atrevido que se encargó de echar los dados y tensar ese delgado hilo rojo del que tantas religiones antiguas hablan. Allí, en medio de la nada misma, entre el calor tibio de los cuerpos en poses amatorias, se estaban escribiendo nuevos recuerdos, fugaces añoranzas, y tal vez, por qué no, tristes olvidos.



© Miguel Luis Aguilera

martes, 15 de diciembre de 2015

Plomo


Lo escribimos en una servilleta. Primero ella, después yo. Afuera llovía. Diluviaba. Sin embargo, poco importaba… casi nada… nada. La servilleta era quien tenía el foco de atención. Una vulgar y simple servilleta de papel, ordinaria, descartable. “¿Sin rencores?”, me preguntó. “Sin rencores”, respondí. Así debía ser.

Escribió con dificultad. Un poco por el nerviosismo, otro poco por secarse las lágrimas y también porque la servilleta dificultaba el trazo de la lapicera. Escribió… y escribió. Finalmente indicó el punto final con gran presión, como si después de ese punto estuviera un abismo inconmensurable.

“Tu turno”, me dijo.

Tomé la servilleta de papel y sin leer lo escrito por ella comencé a escribir. Al principio tuve demasiados impulsos, pero los frené a tiempo. No debía. Eso mismo me dije. No. Así no. Prolijamente: “Sé que no es fácil…” comencé escribiendo, y luego, entre titubeos y nerviosismo, comencé a explayarme tanto como la vasta llanura de papel me dejó hacerlo. Al terminar también puse un punto, final.

Doblé la servilleta con mucho esmero. Debía quedar así, como un pequeño cofre custodiando un gran tesoro. Abrimos juntos la diminuta caja de madera y ambos, tomando una punta de cada lado de la servilleta doblada, lo colocamos dentro. Luego la cerramos y nos quedamos mirándonos, en silencio.

“Que así sea”, dijo ella.

Asentí con mi cabeza.

“Nos falta nuestra firma… y la fecha”, dijo casi sollozando ella.

Sí, faltaba eso. Firmamos sólo con nuestros nombres y luego yo añadí la fecha… ¿acaso importaba?

Entonces nos levantamos, nos saludamos con un beso tibio en las mejillas, y cada uno tomó su rumbo, el itinerario que debía seguir en su vida.

La caja de madera quedó en mi mano. Me aferré a ella como si se tratase de un tesoro invaluable. “Eres mía”, dije en susurros. Sin embargo, habíamos hecho una promesa. Habíamos prometido nunca abrir la caja, a menos que la vida volviera a juntarnos. Sabiéndolo sentía el enorme peso de la diminuta caja en mis manos. Pesaba como miles de toneladas de plomo, por más que ella fuera tan diminuta. Dentro estaba mi deseo, y también el suyo, y aún hoy no sé si se ha cumplido.




miércoles, 25 de noviembre de 2015

La trampa



Siempre he sido una mujer que sabe cuándo mirar y cuándo no. Me jacto de ello para mis adentros. Es una victoria silenciosa que tiene su premiación positiva: evita problemas y permite expresar emociones. No es algo con lo que he nacido. Consideré siempre que no es así. Yo diría que es algo que he logrado pulir con el tiempo, clavijas que he logrado tocar minuciosamente hasta encontrarle el punto óptimo.

Siendo niña solía bajar la mirada ante los retos de mis padres. Era algo innato. La voz alzada, el volumen in crescendo, y la furia en los ojos de mi padre, por ejemplo, hacía que todo mi ser comprendiera que la mirada encerraba la comprensión de la situación vivida. Lo mismo sucedía con mi madre. Pero con ella era todo al revés. Sus ojos transmitían sosiego y vida, y en los modos de sus miradas iban añadidos puñados de sentimientos y sensaciones. Mi madre era expresividad pura, sin contención, liberada a los impulsos y a las sensaciones en extremo. Así sentía yo su proximidad, y así también la reconocía por sus miradas.

Un mediodía de invierno pasé por casa de mis padres. Sin planificarlo me invitaron a cenar y acepté gustosa. Las cenas en el seno familiar siempre tuvieron un halo brumoso de seriedad. Mi padre lo imponía con sus gestos y movimientos, y mi madre lo secundaba con la disposición de la cubertería, la vajilla, e inclusive el tipo y color de los manteles. Reconozco que no era feliz en las comidas familiares. El clima se volvía tenso, demasiado silencioso y asfixiante. Mi padre parecía decirlo todo con sus ojos, desde pedir algún utensilio hasta increparte para que te calles. Eran momentos con tonos dictatoriales en donde todos debíamos ser sumisos a sus deseos y conclusiones. Sin embargo, aquella noche, mientras veía cómo cortaba parsimoniosamente el asado de carne vacuna, tuve el arrebato, profundo y espontáneo, de preguntarle por sus sentimientos hacia mi persona. Necesitaba que de sus labios expresara lo que sentía por mí, su hija primogénita. No sé por qué lo hice, pero tampoco me cuestioné demasiado por ello. Durante los segundos que duró aquella pregunta salir de mis labios el mundo pareció enrarecerse de una manera inaudita, con extrema lentitud, visualizando todos los que estábamos a la mesa un único objetivo: la gesticulación facial de mi padre.

Creo que lo primero que observé fueron sus labios. En ellos había siempre un rictus desangelado que lo convertía muchas veces en un hombre demasiado gris. Era fácil interpretar sus estados de ánimo, tal vez demasiado para mí gusto. Tras preguntar no emitió respuesta inmediata. Sus ojos siguieron posados sobre el plato. Sus pensamientos parecían pasar por delante de sus ojos ¿Acaso tanto debía pensar aquella respuesta? ¿Tan difícil es decir cuán importante es un hijo para un padre? Finalmente posó ambos cubiertos, levantó la mirada y me observó con detenimiento. Fue un momento extraño: sentía una sensación entremezclada de algo trágico que podía suceder y todo lo contrario. Mi madre se mantenía inmóvil, sin siquiera echar bocado. El resto de la familia permanecía en silencio, todos expectantes ante una respuesta que para mi gusto se hacía esperar demasiado.

Eres mi hija primogénita, y por ende la que me enseñó de algún modo a ser padre…

Ese fue el inicio de aquella respuesta. Luego le siguieron entrecortadamente algunos adjetivos más, y un par de verbos que no tenían mucho sentido al relacionarlos entre sí. Noté la incomodidad familiar. Inclusive los esposos de mis hermanas notaron la tirantez de la situación. Mi madre rompió la tensión convidando ensalada a una de mis hermanas, y los niños gritaron solicitando más también. Poco a poco el murmullo en la mesa comenzó a subir de volumen, mi padre siguió echándose bocados y yo sentí caerme de espaldas a un abismo, y mientras lo hacía los sonidos y las imágenes de todos se iban desvaneciendo con lentitud, como si se tratase de un vago sueño que va abandonándose previo al despertar.

Finalizada la cena llegaron los postres, la charla de sobremesa, el lavar los platos, fumar cigarrillos, el correr de los niños, el habano humeante en la mano de mi padre. La normalidad tiene ese toque profundo y único, sin sutilezas, que se apodera instantáneamente de momentos y personas. Había llegado sin presentarse –como siempre-, e instalado en el seno familiar, haciendo que la pregunta hecha a mi padre fuera hasta casi risueña.

Supe por entonces que no debía tomar en serio aquellas palabras emitidas por mi padre. Las había pronunciado de un modo incómodo, en un momento incómodo e inesperadamente. Mi trampa había funcionado en cierto modo, pero no me gustaba lo que había obtenido con ella. Mi abuelo era quien siempre señalaba que una pregunta inesperada responde también inesperadamente con los gestos primero y luego con la lengua. Mi padre había sido presa y había caído en esa trampa cumpliendo a rajatabla lo enseñado por el abuelo. No había nada importante entonces para atesorar. Lo que yo pensaba y sentía sobre el sentimiento que me unía a mi padre era suficiente… ¿para qué más?

Tras un rato tomé mi abrigo, saludé a cada uno de la familia y me despedí hasta una próxima reunión. Todos sonrieron y desearon éxitos y suerte para mi vida. Supongo que es lo clásico que se hace y dice en ocasiones así. Tras pasar el umbral de la puerta de calle mi padre pronunció secamente mi nombre. Y fue instantáneo: tras escuchar el tono de su voz supe que la respuesta estaba allí, atragantada entre su mente y amígdalas. Volteé y lo miré a los ojos. Nos contemplamos un instante. Vi cómo sus ojos se llenaban rápidamente de lágrimas y también cómo acercaba su enorme esqueleto hacia mi persona. Depositó un cálido beso en mi frente y con sus dedos regordetes y ásperos recorrió con lentitud la superficie de mis mejillas. Delante de mí tenía a un oso gigantesco, erguido, con tez un tanto iracunda pero un brillo inusual en sus ojos. Eso lo delataba. Había allí un pequeño atisbo, una diminuta puerta a un interior tal vez inexplorado.

Te amo más que a mi propia vida, hija…

Y escuché sus palabras, y vi sus ojos, y también contemplé que sus manos regordetas no tenían garras, ni tampoco él era un oso. Su hosquedad había quedado desnuda, al descubierto, completamente a la intemperie, y en un punto sentí compasión por él y aquel enorme esfuerzo por decir lo que su corazón sentía pero su carácter y mente le impedían.

Devolví su beso con afecto. Era mi padre, quien me crió, quien estuvo a mi lado en momentos difíciles y quien junto a mi madre siempre velaron por mí. Nos mantuvimos abrazados por un instante que pareció eterno. Logré ver a corta distancia la punta de los zapatos de mi madre tras el marco de la puerta. Esbocé para mis adentros una sonrisa pícara, en cierto punto cómplice, al sentir que mi madre también había sido partícipe de aquella escena. Tras retirarme del abrazo del oso me despedí finalmente.

Caminé con lentitud por aquella acera que comenzaba a alejarme de la casa. Me sentía extraña, muy extraña. Arriba una luna gigantesca, ventanas de edificios iluminadas, una bruma perceptible cayendo sobre la ciudad: el frío en una de sus manifestaciones invernales. Fue tal vez el invierno más increíble de mi vida. Por vez primera había arremetido contra la figura gigantesca de mi padre, intentando ahondar más allá de sus murallas e internándome en esa cofradía de sentimientos ocultos tras una verdadera fortaleza. Lo había logrado. Tuve en mi frente un beso cargado de amor, del verdadero, de esos que al recordar se siente nuevamente, como si recién los labios se hubieran posado y la tibieza permaneciera allí, latente, cargada de vida. Todavía hoy lo siento al recordarlo, y cuando lo hago no siento culpa por aquella trampa.



sábado, 19 de septiembre de 2015

Herencia




Mientras hablábamos, sin dejar de mirarnos y hacer ademanes, pensé que una de las cosas más extrañas de este mundo es heredar algo de otro. Fue un pensamiento fugaz, demasiado escueto tal vez para lo profundo que parece ser, no obstante, se instaló en medio de mi cabeza y ahí se acuclilló, resistiéndose a ser eliminado, evitando que cualquier otro pensamiento ocupara su lugar.

Mi interlocutora no dejaba de gesticular. La charla se había convertido con el pasar de los minutos en más que interesante. Discurríamos el tiempo por diferentes caminos temáticos. No nos estancábamos en uno, sino que abríamos un abanico amplio –tal vez demasiado- de temas, de los cuales muchos reconozco que nos herían.

Sin embargo, el pensamiento sobre lo heredado hacía mucho ruido dentro de mi cabeza. Tal vez fuera por un sueño que había tenido días atrás. Creo que eso tuvo mucho que ver. Soñé con mi álter ego. Claramente. Fue tan vívido que hasta sentí esa simbiosis inexplicable que muchas veces llega hasta traducirse como un déjà-vu.

Finalmente paré en seco la conversación, miré a mi interlocutora y sin pensarlo más largué la frase: eres igual a tu madre. Acto seguido ella quedó mirándome de modo perplejo, con cierto atisbo rayano a la ira. Un silencio lo embargó todo, y yo, sin poder soltar otra palabra, asumí la consecuencia de lo que vendría, de la mar de improperios y agravios que se producirían tan rápidamente como una tormenta veraniega.

Sin embargo, el silencio continuó. Se quedó mirándome, con los ojos cargados de lágrimas y sin pronunciar palabra. Supe que la había herido. En realidad, lo supe en el mismo instante que lancé la frase. Era una daga que viajaba con objetivo certero, y buscaba clavarse con exactitud milimétrica en ese punto justo del corazón donde se guardan los tesoros más celosos, esos que uno esconde a todos, inclusive a uno mismo.

Y aunque no se crea mi procesión iba por dentro. Viajaba a través de ese silencio que se había quedado instalado entre ambos, que yo mismo había gestado. Sentía su dolor, pero el daño ya estaba hecho. Fue una terrible ojiva nuclear detonando dentro de su ser. Sí, eso mismo, tal cual. Así, casi una implosión. Su labio inferior comenzó a temblar y supe que sobrevendría el llanto. Unas lágrimas primero, otras después, y a continuación un llanto tenue y amargo y finalmente el odio demostrado con fiereza. Ese mismo odio que desde hacía tiempo se había enquistado en nuestro interior y arremetía con fuerza para salir y dañarnos una y otra vez.

Durante todo el tiempo que duró aquella escena ambos supimos que todo había terminado, que el límite se había cruzado. Lo heredado era indiscutible, así como la teoría que lo justifica. Por eso las palabras sobraban y tan sólo las miradas se batían en contienda. Ya no había nada por hacer. Ni tregua posible. Había sido demasiado el tiempo de guerra, el tiempo del bombardeo físico y psíquico. 
Enjugó sus lágrimas con un pañuelo y repasó con delicadeza el contorno de sus ojos. El maquillaje se había movilizado como si fuera una acuarela. Sus ojos ahora se habían tornado rojizos, pero no como algo diabólico, sino más bien con un tono rojo sangre, rojo herida.

Es extraña la herencia. Heredar es tomar parte de la maleta de otro y llevarla con uno mismo durante la vida, al principio sin sentir su peso, pero luego sintiéndolo tal vez en demasía. Ella y yo arrastrábamos pesadas herencias. Demasiado para nuestras débiles personalidades. Nos dimos cuenta demasiado tarde de ello. No había marcha atrás. Habíamos transitado demasiado camino juntos y durante ese tiempo nos soltamos de la mano y nos perdimos. 

Finalmente posó la cartera sobre la mesa, guardó los anteojos, el pañuelo, el paquete de cigarrillos. El orden de guardado no importaba, tan solo se limitaba a guardar, a no dejar nada en ese otro lado del mundo al cual ya no pertenecía. Era ese lado, el cual yo aún habito, el que tanto daño le había producido... Nos había producido. Porque quiérase o no, la toxicidad de un mundo enrarecido no sólo afecta a un individuo sino a todos los que están habitándolo. Y yo no era excepción. En absoluto. También había heredado algo de ese mundo tóxico durante tantos años. Y no se trataba de ADN, sino de psiquis y costumbres. 

Una vez todo estuvo dentro de su cartera se levantó y me quedó mirando, con esos ojos color tierra joven –ahora un tanto rojizos-, que tantas veces había contemplado en mi vida. Compararla con su madre fue un acto terrorista de mi parte. Un perfecto disparo de francotirador. No había forma de evadir el impacto. Ella lo había asumido por completo. El final, la raya que lo delimita todo, yo mismo la había trazado. Dio media vuelta y sin decir palabra alguna caminó hacia la puerta y la cruzó, adentrándose a la vida, dejando detrás el mundo lúgubre y oscuro que ambos habitábamos.




viernes, 18 de septiembre de 2015

El manuscrito





Entre el olor a café recién hecho y el sonido aislado de las gotas de lluvia al chocar contra los ventanales se pasaba la tarde. Decenas de personas entraban y salían del Café. Casi todos estudiantes universitarios, veinteañeros, cargados de optimismo y presagios de horizontes de vida colmados de felicidad. Entre el murmullo incesante alguna que otra voz resaltaba, hiriéndolo todo, como también lo hacían las carcajadas en grupo, o el sonido de la máquina de café. Esa vida, tan distendida, tan deseada por muchos jóvenes era la que estábamos transitando Brenda y yo.

Ella era del sur, de un pueblito perdido a orillas de la cordillera andina. Muchos supondrían que traería consigo la timidez pueblerina agazapada entre sus trastos y que la vida en la gran ciudad la enceguecería, pero no, nada de ello jamás había ocurrido. Brenda era imponente. Poseía una cabeza soñadora en la cual flotaban cosas hermosas, de esas que a quienes nos gusta soñar despiertos o dormidos nos atraen. Tenía múltiples cualidades, y casi todas eran invisibles a la mayoría de los ojos. Por ejemplo, podía leer múltiples libros a la vez, y contarte cada historia por separado con brillantísimos detalles y una luminosidad única en sus ojos al momento de hacerlo. Yo en cambio sólo podía limitarme a uno, y con demasiado trabajo. También poseía esa magia innata en aquellos que escriben. Le gustaba escribir, sí, y mucho. Lo hacía en cada momento libre, sin importar el sitio donde se hallase. Me gustaba verla escribir. Era una imagen simple, pero a la vez fascinante. Desde la postura que tomaba su cuerpo hasta el movimiento suave y acompasado de su mano al dibujar las letras en el papel. Todo resultaba en una única escena con tintes propios, incomparable con cualquier otra que pudieses ver por allí.

Nos habíamos conocido en el primer año mientras cursábamos la carrera de Letras. De entre cientos de personas que asistíamos a los cursos tuvimos la feliz coincidencia. Desde allí nos volvimos inseparables, casi simbióticos.

Aquel día en el café mientras esperábamos a que nos sirvieran hablábamos de libros y estilos literarios. Cada tanto volteábamos hacia la ventana y veíamos caer la lluvia, mojándolo todo. Recuerdo verla sonreír más que de costumbre, cada tanto acomodándose un mechón de pelo tras su oreja y posando la punta de la birome sobre su labio inferior. Imágenes únicas. Casi indescriptibles.
Así podría definir aquellos momentos. Entre las miradas y el ambiente juvenil la vida parecía sonreírnos. Brenda me mostraba su mundo cargado de mágica luz en el cual le gustaba adormecerse, y me arrastraba siempre con ella, como invitándome a la quietud de una isla cargada de un manto de niebla en donde todo parecía tenebroso, pero debajo de esa capa reinaba mucha paz y una belleza única.

Sacó de su morral un borrador, era su última novela. Lo giró y lo acercó hacia mí. 

―Léelo ―me dijo.

Asentí y sonreí a la vez. Pude notar en su rostro el regocijo de mi respuesta. Ella quería saber mi parecer y eso para mí era algo más que importante, pues depositaba una enorme responsabilidad y a su vez un gran compromiso. 

―Es tal vez una historia trillada. Un tanto romántica y rosa. No sé si te gustará… pero haz el esfuerzo. 

Asentí nuevamente con nerviosismo, pero siempre sosteniéndole su mirada penetrante y dulce.

―Claro, descuida. 

Ese día tuve entre mis manos un manuscrito que años después leerían millones de personas en el mundo, y miles de vidas terminarían identificándose con él. No pude sentir ese potencial escondido entre las páginas de papel, tampoco los ojos avizores de los futuros lectores que recorrerían palmo a palmo las páginas del libro. Simplemente sentía que tomaba entre mis manos algo especial de una amiga, en un momento especial de su vida.

Tomamos un par de cafés y tras una larga charla nos despedimos. La vi colocarse su impermeable, su gorro de lana color rosa, y sonreírme con esa magia de siempre. Aún hoy me parece verla sonreír… Un beso selló la despedida. Una larga y eterna despedida. Tan sólo unos segundos después tras caminar unos pocos pasos escuché el chirrido de una frenada de automóvil, un grito, bullicio y llantos. Volteé con rapidez, y corrí a toda prisa. Tras llegar pude contemplar que Brenda ya no estaba, había decidido irse a escribir a otro sitio.
En mi mochila el manuscrito era su última conexión con mi persona. Siempre pensé que había sido así. Que la vida misma se había encargado que así fuera. No obstante, lucho contra aquella forma de pensar y sostengo que Brenda flota por doquier, inclusive entre cada página de su libro.


Años después, ya siendo yo un escritor que se rebuscaba la vida entre pequeñas intervenciones en diarios locales y revistas de cultura, tomé el manuscrito y lo releí por completo. Lo hice varias veces. Lo corregí y apunté varias notas sobre él. Pensé que aquello era inmenso. En ese momento tras leerlo sostuve que ya no era aquella historia escrita en papel que había puesto en mis manos una jovencita universitaria en un Café. No. El tiempo se había encargado de hacerlo madurar y la historia emanaba riqueza y poder por sí sola desde dentro de las páginas y lo cubría todo. 

Decidí entonces que aquella magia debía ser conocida, debía encontrar ojos lectores. Intenté una y otra vez que alguna editorial se hiciera con el manuscrito, pero no resultó fácil. Me movía como un rayo, pero tras las negativas caía en un mundo de luces tenues, casi adormilado. Pasaron los días, los meses y los años. Más años. Y el manuscrito siguió en mis manos, sin que nadie se interesase por él. Finalmente lo envié a una nueva editorial cazatalentos que acaba de abrir en Buenos Aires. Se notaron interesados a primeras. Se contactaron y dijeron que sí, que aquella historia tenía fuerza y que pensaban que encajaría en el mundo contemporáneo, en la sociedad actual, tan fluctuante y extrovertida.

Fueron días de alegría. El manuscrito pasó por un minucioso estudio y trabajo de parte del staff de la editorial y se hizo la primera tirada de ejemplares, la cual se agotó con increíble rapidez. Todos estábamos felices. Brenda inclusive.

Con el pasar de los años la novela tuvo varias reediciones. Se tradujo a varias lenguas y se convirtió en best-seller mundial. Una mañana lluviosa de principios de otoño una carta de la editorial fue depositada en mi buzón de correo. Mientras la lluvia caía sin cesar me acurruqué en un sillón y la leí. Hablaba de éxitos de ventas, de agradecimientos a mi persona por el vínculo, y de lo maravilloso de la trama de la novela. El corazón se anudó en mi pecho. Se compungió con fuerza. Esa alegría transmitida por aquella carta se disipaba en la niebla del recuerdo y aparecía la sonrisa mágica de Brenda aquel día en el Café. Lloré amargamente. Había un libro contando una historia romántica que daba vueltas al mundo, entraba a hogares y se colaba en distintas horas del día en la mente de millones de lectores. Un libro que transmitía la magia que una hermosa mujer había depositado en él. Sin embargo, su ausencia dejaba la felicidad trunca. Un profundo agujero oscuro y húmedo parecía devorarlo todo, opacando la felicidad y arrojando cada palabra de aquella carta a un abismo infinito. 
Me mantuve un rato más sentado en el sillón observando llover. Las gotas impactaban en el suelo tras el ventanal. Mi memoria masajeaba mi corazón, y el sonido del viento, con mucha fuerza, arrastraba las imágenes de Brenda cada vez más al interior de mi corazón…



jueves, 6 de agosto de 2015

La necesidad del tornado



Es ese sonido casi imperceptible de la hora de la siesta el que suele volverse ensordecedor. Inicia con lentitud y va in crescendo lentamente, minuto a minuto, apoderándose de cada uno de mis sentidos hasta alojarse, compungido y hecho un ovillo, en un rincón recóndito e inexplorado de mi cabeza. 
Allí, en soledad, habita día tras día, justo en esa franja horaria en la que ya es habitué que transite sin que yo logre impedírselo.

Es extraño. Demasiado. Nos reconocemos inmediatamente. Él toma posesión de su rincón y yo le veo acurrucarse y permanecer inmóvil, casi eternamente, y no hago nada para evitarlo.

Dentro de la casa todos siguen su ritmo cotidiano y viven sus vidas con la misma lividez de siempre. La extraña persona que cuida de la abuela realiza sus tareas de manera sincrónica, con una perfección envidiable. Lo hace en completa mudez, casi inexpresivamente. En cambio la abuela habla y gesticula, y lo hace con ese énfasis que caracteriza su modo de ser y la hace una mujer única en los más de noventa años que vive en este mundo. El resto, mis hermanos y padres, entran y salen a sus mundos colindantes sin dejar demasiado rastro en la casa. No necesitan hacerlo, tan sólo se aseguran que el oleaje que producen al entrar y salir no sea demasiado intenso y provoque movilizar objetos o vidas que acarreen consecuencias.

Así, en esa serenidad de paisaje diario, el sonido pasa inadvertido y sólo tiende, casi involuntariamente, a observarme de soslayo y gesticular con cierta cadencia, con ese maldito gesto que tienen aquellos que perciben las miserias humanas en el ser de los necios.

No me permito nunca mostrarme tal cual soy frente a él. Tampoco lo hago con mi familia. Atesoro muy dentro de mí ese toque peculiar que me hace distinto e irrepetible. Soy como un objeto valioso que guarda su magia y poderío debajo de capas y más capas de polvo. Intento ser así desde niño… y el sonido lo sabe.

A veces siento el deseo y la necesidad que ese sonido tan extraño y vivaz sea un poderoso tornado que levante demasiada polvareda en mi interior. Y que lo haga con brío. De manera alocada, inyectándome esa energía vital que reconozco haber perdido en mi adolescencia y no vuelto a recuperar jamás. Sin embargo no sucede. Se comporta como una brisa adormecedora que una vez instalado en su rincón me adormece por completo y me invita a  profundas introspecciones y a repasar con lentitud disímiles momentos de mi vida. 

Jamás lograré escapar de él. Es algo que seguramente debe ser así y ambos lo sabemos. Cada vez que cruzamos nuestras miradas silenciosamente lo reconocemos. Ni él puede dejar de habitar dentro de mí, ni yo evitarlo. Esa simbiosis se produce desde que tengo uso de razón. Es una de las genialidades de mi propia existencia. Un ecosistema que mantiene un equilibrio frágil y demasiado perverso para mi propia psiquis.

Más de una vez desearía no escucharlo y quitarlo de mi cabeza. Arrancarme tal vez mis oídos o cercenar mis tímpanos. Pero sería en vano, pues es un sonido inaudible, de esos que se cuelan a través de las invisibles arterias de la mente y se manifiesta siempre de un modo teatral y casi tragicómico en todos los sentidos.

La abuela duerme con su boca abierta y realiza profundas inhalaciones. La enfermera se ha ido, ha cumplido con su tarea. La casa está en silencio. Todos están en sus labores lo más alejados posibles de este lugar en el mundo. Es la hora de la siesta y el sonido está aquí, acaba de entrar una vez más, y se lo ve fulgurante y a la vez esquivo. Me ha visto, me lo hace saber. Yo asiento. Lo hago de un modo que significa asentir pero en nuestro idioma, no en el del resto de las personas. Intento despejarme y tomo asiento a la sombra del pino del fondo del patio. Allí permanezco al resguardo de densas nubes que lentamente cubren el cielo y avecinan una lluvia en breve. No hay señales de tornados. Tal vez llegue algún fuerte viento antes de que la lluvia caiga y sea capaz de modificar al sonido y quitarlo de su esquinero. Si así fuere habrá disfrute de mi parte. Una sonrisa plena, un cerrar de ojos y un danzar alegre debajo de la lluvia fría que contagie a todas mis extremidades y permita que la alegría brindada por un instante de cordura tome posesión completa de mi ser.

martes, 26 de mayo de 2015

La casa



Cada vez que intento traer el recuerdo a mi mente todo se vuelve difuso, algo similar a un vidrio ahumado, a un viejo vitraux sucio y abandonado. Sin embargo, dándole tiempo, mi mente parece tironear de entre la fosa de recuerdos y las imágenes y sonidos comienzan a danzar lentamente delante de mis ojos y oídos… ¡Oh!… ¡esos recuerdos!…

Mayo se había adueñado por completo de los campos linderos. Era el único vencedor de aquella contienda. Desde la galería de la gran casa podían observarse los miles de colores que el otoño producía en la naturaleza circundante, y al atardecer, el frente se teñía de increíbles tonalidades de ocres y amarillos. A lo lejos, se podía observar cómo cada copa de los árboles, cada rama, cada diminuta hoja se cargaba de un brillo peculiar, como si se tratase de una diminuta hoguera con luz propia. 
Ester observaba aquel espectáculo natural de una manera muy queda, con una melancolía que le brotaba a flor de piel. Sus ojos parecían deslumbrados ante el espectáculo otoñal y mi corazón, agitado de amor, acompañaba toda la escena en silencio a la espera de algún gesto suyo que indicara al menos un ápice de amor hacia mí. Miraba hacia los campos, con una postura de deseo de huir hacia ellos y sentir el goce de la libertad en todo su cuerpo. Sin embargo, desde hacía muchos años, vivía recluida en la gran casa, alejada del mundo, inclusive de la vida misma y del amor.
Había sido por decisión propia, me dijo cierto día, pero los vecinos más cercanos e inclusive el gentío del pueblo sabía que aquello no era tan así, que mucho tuvo que ver la vida y sus vaivenes, inclusive la muerte y sus triquiñuelas. Lentamente se había convertido en casi un fantasma, el cual recorría los pasillos y estancias a toda hora del día en completo silencio, haciendo estadíos en las distintas habitaciones durante largas horas, hilvanando cada voluta de tiempo con paciencia suprema.
Después de la muerte de sus padres la gran casa pasó a ser el único nexo con su propia historia. Allí había nacido, crecido, inclusive se había enamorado. Porque lo había hecho, y jamás fue correspondida. Conoció el amor desde muy joven, en plena adolescencia, cuando uno de los criados de sus padres se presentó por vez primera y la miró con unos ojos azabache y una mirada de tenor bravía que la perforaron. Aquella mirada fue suficiente para causar un suspiro contenido y un nerviosismo que sólo pudo contener aferrándose con fuerza al respaldar de una silla. Ese amor silencioso y mágico se acrecentó día a día en su interior, pero no así en el joven criado. Fue entonces que comenzó a entender que la vida tenía sinsabores, y muchos más en el amor. Sin embargo, con su corazón desbordando sentimientos fue ella quien se atrevió a cruzar la línea y comunicó ese amor que le explotaba dentro de su pecho. El joven criado, sorprendido al principio, no tardó en asimilar con rapidez la ventaja que aquella declaración de amor le dejaba en bandeja. Pronto se revolcaron más de una vez entre sábanas a escondidas: ella perdiendo su virginidad y él haciéndola gozar como jamás varón alguno lo había hecho.
En el pueblo se hablaba de aquello. Llegaba hasta mis oídos y en cierto modo mancillaba lo que yo sentía por ella. Nos habíamos conocido una tarde en una de las tiendas, mientras ella compraba mercadería para la despensa familiar. Fue cosa de segundos, un rayo fulminante que atravesó mi corazón y mis sienes sin dejarme siquiera reaccionar. Supe en ese instante que aquella mujercita delgada y de cabellos dorados como el oro era especial y única. Ningún otro ser se le asemejaba. Comenzamos a coincidir en distintos ámbitos, fuimos creciendo y a su vez entretejiendo una amistad que nos unía con gran fuerza. Pero para mí la amistad tenía un sabor distinto, algo que seguramente ella no comprendería…
Luego sobrevinieron las muertes. Primero fue su madre por el tifus, luego su padre por algo referido al corazón. Fueron muertes rápidas, que en un pequeño cúmulo de días la hirieron de sobremanera y la fueron dejando cada vez más sola en este mundo. Poco a poco comenzó a retraerse. Ya no se la veía casi por las tiendas del pueblo y tampoco recibía a muchas personas en su casa. Sin embargo mi relación con ella pareció florecer. Cada tarde a la salida de mi trabajo me llegaba hasta la gran casa y tomábamos mate sentados debajo de la galería, observando cómo el atardecer engullía los campos sembrados de trigo y sorgo. Hablábamos poco, casi nada, pero los silencios estaban cargados de suspiros y onomatopeyas que a mi entender dejaban entrever lo bien que nos complementábamos. Jamás me confesó algo que la atormentara o la mantenía en aquel estado de ánimo. Siempre se mantuvo inmutable al respecto. Hablábamos de todo y no hablábamos de nada, así era la cosa en esos días. Por ratos en nuestras charlas parecíamos abrir una rendija en un gran muro que nos rodeaba y aislaba a ambos, por donde entraban resplandores, olores y sonidos, todo referido a un par de vidas a las cuales no siempre las cosas les salían bien, pero que a su vez ambas se daban a conocer.

Sin embargo hoy, al verla observar el atardecer otoñal,siento que Ester desea algo más. Su cercanía me lo transmite y sus ojos lo sellan. Hay algo en su interior que desea ir más allá. Tal vez sea la soledad que la impulsa como si fuera un motor a propulsión. Es difícil de explicarlo. Sólo observando ese brillo mortecino en sus ojos puede sentirse esto que explico. 
-¿Qué pasa hoy, Ester? -pregunté con cierta reticencia.
Ella volteó y me miró directamente a los ojos. No dijo nada inmediatamente, sólo me observó como quien escudriña a otro con profundidad, intentando llegar al fondo de ese pozo que denominamos alma. 
-Pasa la vida… eso pasa, Octavio…
Sus palabras fueron suaves y acompasadas, casi susurros. Solo sonreí. Fue una triste y leve sonrisa que mi boca dejó escapar. No tuve palabras. En realidad la vida se estaba pasando, ella tenía razón.
Ambos volvimos a mirar hacia el horizonte. Ahora ya caía lentamente el anochecer, adueñándose de los campos, del caserío, inclusive de cada espiga de trigo. 
Noté con terrible angustia que así como caía la noche de manera implacable adueñándose de todo también la vida se había encargado de despojar a Ester de ese algo en su interior que yo siempre había admirado y amado. 
-Pierdes el tiempo conmigo, Octavio… ¿Acaso no te has dado cuenta?
No, no me había dado cuenta. No sé que más dijo luego, porque sin hacer caso a sus palabras sólo me concentré en observar las primeras estrellas que aparecían en el cielo nocturno. Me levanté con lentitud y tomé mi sombrero. Miré a Ester a los ojos y apretujando mi corazón salí precipitadamente de la galería dirigiéndome al camino de entrada.
El aire olía a malvones. El rocío comenzaba a caer y los animales se impacientaban en los corrales. Caminé a paso presuroso y al llegar a la tranquera volteé y divisé a Ester aún sentada bajo la galería, de silueta difusa, con su perfil pálido teñido por un trémulo destello blanquecino que la luna lograba sobre su rostro.
Mi amor quedó ahí, debajo de la soledad de la galería, deambulando entre las paredes carcomidas por el tiempo de una casa que lo alberga todo, inclusive el desamor.


(Imagen: pintura de Sir William Rothenstein, titulada “The Doll’s House”, 1899-1900)

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Lo interesante




Estando yo sentado en una plaza, hace muchos años ya, cierta mujer de avanzada edad se sentó en el banco, a mi lado. Lo hizo de manera distraída, como si en realidad yo no estuviese allí. Miró en todas direcciones menos en la mía. Primeramente pensé que intentó ignorarme, que tal vez aquella señora ignoraba a los más cercanos, pero inmediatamente me percaté de algo extraño en su modo de mirar, como si al achinar los ojos su visión se volviera más aguda, más horadante, como si estuviera a la pesquisa de algo o alguien sin importarle todo lo próximo.
Pasó largo rato sentada sin demostrarme siquiera su existencia. Cada tanto sacaba un diminuto pañuelo floreado de su bolso, enjugaba con delicados golpecitos el sudor de su frente y lo volvía a guardar. Era verano, cerca del mediodía, el sol ejercía con sus rayos una sensación similar a latigazos desalmados. Sin brisa, sin casi sombra, permanecíamos ambos a merced del astro rey en una especie de ritual ridículo para aquella hora.
Cada tanto le miraba de soslayo. Observaba con detenimiento sus facciones y sus gestos. Debía rondar cerca de los setenta años, aunque sus movimientos y gestos parecían de una mujer aún mayor. Por momentos me intrigaba y deseaba iniciar conversación, pero repentinamente un freno interior me hacía detener. Algo me decía que aquella mujer esperaba a alguien, o en realidad buscaba algo.
En uno de esos momentos, mientras la miraba con expresión radiante, se percató de mi presencia y se sonrojó. Sus mejillas secas y prominentes se ruborizaron rápidamente. Me lanzó una mirada profunda, pero con cierto disimulo. Movilizó sus labios, con cierto nerviosismo, como suelen hacerlo las personas que de repente acumulan cientos de palabras en su boca, pero sus labios, como crueles carceleros, les impiden expresar al menos una y se debaten así entre lo ridículo y la vergüenza.
Esa escena se mantuvo en el tiempo. Duró unos segundos. Eternos. Sí, eternos. Juro que quise hablar yo primero, ayudarla a expresarse, intentar tomar su mano y rescatarla de ese pozo oscuro y ciego donde la situación la había sumergido, pero no pude. En realidad supongo que di paso al rescate, a que ella en un santiamén pudiera hacer el corte justo y necesario para escapar del aprisionamiento verbal. Me habló entonces:
—¿Mi rostro le ha llamado la atención, joven? —dijo ella.
Aquella pregunta me sobresaltó. En realidad debía yo afirmar, aseverar que así había sido, pero la respuesta ahora debería ser un poco más compleja pues ya no solo era su rostro lo que me parecía interesante y había acaparado mi atención, sino que su sola presencia y su comportamiento singular horadaban mi curiosidad.
—A decir verdad no tanto, pero sí reconozco, y por ello le pido disculpas, que su modo de mirar ha llamado mucho más mi atención.
—Parece curioso pero todos tenemos cierto misterio en nuestras maneras de mirar, ¿no le parece? Es como si allí, escondido entre velos misteriosos, residiera gran parte de nuestro ser y sólo algunos pudieran verlo…
—Es una bonita forma de pensar —acoté.
—¿Sabe? Hace unos años, bah, en realidad muchos años atrás, en mi juventud, mi mirada se perdía en la mirada de un hombre. Podría decirle que la mirada de él había secuestrado la mía. Yo era su prisionera, hasta en los modos de mirar. Él tenía esa mirada enigmática y sincera que sólo aquellos hombres con esencia y masculinidad suelen tener. Yo estaba enamorada, era joven, y observaba los matices de la vida desde todos los ángulos posibles. Siempre he pensado que esa curiosidad muy mía por observar el mundo circundante ha sido un gran don de vida. Y en aquellos tiempos mis ojos sólo enfocaban en ese hombre, en ese gran amor que tuve.
—Debió de ser algo muy intenso entonces…
—Lo fue… sí…
Callamos. Sólo por unos instantes. El sol apretaba demasiado sobre nuestras sienes. Se acercaba la hora del almuerzo y yo debía juntarme con mi esposa en un restorán cercano. En cambio la mujer parecía que podía pasar todo el día sentada allí. No había prisa en sus gestos. Cada tanto acomodaba el bolso sobre su falda y no más que eso.
—Debo marcharme —dije—, ha sido un placer haber podido charlar con usted.
—Lástima —respondió ella—, pues su compañía me gusta, me cae bien.
—Seguramente habrá otra ocasión donde volvamos a encontrarnos, aquí o en otro sitio —respondí.
—Sí, así es… en realidad de eso trata esta vida, ¿no? Las casualidades y causalidades… esas palabras tan desgastadas a las que hacen referencia los jóvenes de hoy.
—Yo creo en ellas —dije—, es más, soy un ferviente defensor de esas palabras. Creo en las casualidades y también en que todo tiene una causa. No creo en el azar. O en realidad mi porcentaje de creencia en ello es bien bajo.
Volví a posar mi mirada en la anciana y la observé con ahínco. Ella parecía desmenuzar lentamente mi razonamiento para así emitir una respuesta y continuar esa charla. Yo debía marcharme ya, pero algo me sujetaba. Me levanté, alisé los pantalones, di un par de golpecitos al sombrero sobre mi mano y esperé que la anciana se expresara por última vez. Fue entonces, al apartar los ojos de ella, que observé lo límpido del cielo y caí en lo impuntual que sería con mi esposa.
—Señora, mía —dije—, ya debo marcharme.
—Está bien, jovencito. Vaya tranquilo. Eso sí, recuerde mi rostro, al menos por el transcurso del día de hoy, pues no siempre uno se cruza con desconocidos e intercambia palabras y de allí surge una charla amena. Recuerde a esta vieja, a mi rostro, y a nuestra charla.
—Lo haré…
—Después de todo mi rostro le dejará de ser interesante con el paso de los días y las noches. Se irá desvaneciendo de su memoria y otros rostros ingresarán en ella. Pero no me preocupa. En realidad eso es algo inteligente que logra la vida, ¿no cree? Ella es tan hábil, tan ágil para poner y quitar rostros de nuestra memoria que la hace única y nos permite seguir viviendo, avanzar, y no detenernos…

Aunque muchas veces caemos… —dijo con cierta pesadumbre.
—¿A qué se refiere con “caemos”?
—A que quedamos atrapados muchas veces en un bucle de tiempo, atesorando rostros que han pasado por nuestra vida, manteniéndolos con brillo y vitalidad en nuestra memoria, y ejerciendo una presión altamente psicológica a nuestra mente. Fíjese, joven, que yo he sido una mujer así. El rostro de aquel hombre que amé aún permanece grabado a fuego en mi memoria, y lo busco, tal como era, a diario, entre la multitud, en los pasillos de los colectivos, en las largas colas de los Bancos, en acto multitudinario al que vaya. Lo busco como si deseara encontrarlo tal cual era, con esas facciones tan delicadas que sólo el amor de aquellos tiempos me permitía ver. Lo busco sin remordimientos por mi pérdida de tiempo, ¿Porque sabe una cosa?, buscar así como yo busco ese rostro lleva tiempo, se lleva gran parte de la vida misma...
Sus palabras sonaban fuerte. Aquella mujer no miraba distraídamente, todo lo contrario, observaba con minuciosidad cada rostro que la vida le ponía por delante, cada facción, cada destello y brillo de pupilas, cada mueca de sonrisa, cada expresividad, y todo en busca de un hombre que ya no sería aquel que conoció, que tal vez en ese instante estaría muerto, o no…, pero no reparaba en ello sino que ajustaba su convicción de encontrarlo con mucha más tenacidad. Me pregunté por un instante si mi esposa haría lo mismo por mí si la vida nos separara, si nos llevará por caminos distintos y nuestras vidas se bifurcaran, ¿acaso ella me buscaría así, con esa mirada, entre la multitud? No sabía qué responderme. En realidad podía ir hondamente hacia mis adentros, bajar al abismo más profundo de mis entrañas, y jamás encontraría tal respuesta. Me sentí perturbado. O tal vez enojado conmigo mismo por plantarme aquella duda y regarla para que germinara en mi interior.
La anciana se levantó del banco, acomodó su bolso en el hombro y besó mi mejilla. Me observó con muchísima dulzura. Con su mano pequeña y seca acarició mi mejilla. Sentí lástima de mí mismo. Sentí una profunda tristeza abordarme. En realidad la vida misma tenía ese tipo de juegos agridulces, un tanto amargos. El futuro siempre sería algo incierto y ni yo ni nadie podía saber qué le esperaría. Me vi repentinamente en mi vejez, tal vez en una plaza como aquella, sentado en un banco solitario, observando rostros, intentando ver lo interesante de ellos y buscando al gran amor de mi vida, ese rostro único que cambia según nuestro corazón se enamore, ese rostro indescriptible que es vacío o tiene mil formas, ese rostro que se atesora según el momento y puede perpetuarse o no en nuestra memoria según la intensidad con la cual hayamos amado.

Vi alejarse lentamente a la anciana. Observé la hora en mi reloj, ya era tarde. Seguramente mi esposa, furiosa por mi tardanza, habría elaborado una larga lista de reproches para lanzarme en la cara apenas me viera. No importaba. No me importaba en absoluto. Acomodé el sombrero sobre mi cabeza, metí las manos en los bolsillos del pantalón y caminé hacia el restorán con tranquilidad, observándolo todo, mirando cada rostro que pasaba a mi lado, y preguntándome si esas personas desconocidas buscaban también otros rostros, esos que se atesoran y uno se esclaviza por ellos para toda la vida. 









(Imagen obtenida de internet)

sábado, 8 de noviembre de 2014

Rehenes



Esta mañana ha tenido la sutileza de tocar mi mano. Creo que lo hizo de modo inconsciente, pues no percibí ningún gesto que me demostrara lo contrario. Mantenía su rostro enjuto como cada mañana, y de sus labios no salió una sola palabra.
Su mano estaba tibia y suave. Me costó mucho recordar esa sensación que solía producirme en todo mí ser un terrible y delicado temblor. Sin embargo, como si fuese una especie de chispazo mágico, esa tibieza me despertó instantáneamente y me llevó, en un instante, a la vieja historia de mi vida, esa misma que he vivido más de sesenta años a su lado.
Lo más difícil ha sido percatarme que solo fue un roce involuntario. Algo no deseado. Las personas suelen hacerlo. Se tocan, pero no se sienten. Ese es un gran pecado y una verdadera ofensa para la vida. Debo aclarar que tampoco esperaba el roce. Fue algo inesperado. Grato, pero inesperado.
Después de tocarme siguió poniendo el mantel, colocó las tazas de té, las tostadas, la tetera caliente, el jarro con azúcar. Se sentó en frente y comenzó a sorber con lentitud su té, como lo hace cada mañana desde hace sesenta años, inclusive a observar por la ventana con la misma mirada de siempre, esa que está cargada de curiosidad como si se tratase de un par de ojos de niño a punto de abalanzarse sobre un nuevo mundo por descubrir.
Yo, desde mi lugar en la mesa, observaba su mano, esa misma que me había tocado hacía unos instantes. Se mantenía casi inmóvil si no fuera por el temblor de la edad. Se la veía descansar sobre el mantel floreado. Pensé que tal vez su mano sí se había percatado de mí presencia al tocarme, y seguramente lo había hecho. Soy de los que sostienen que no hay corazones fríos en el mundo, aunque muchas veces me cueste creerlo (y mucho más sostenerlo). Su mano aún debía de mantener mi esencia, por ello sonreí. Mis labios se movieron con vergüenza esbozando una diminuta, casi imperceptible sonrisa, que irradiaba una felicidad contenida por años, casi ya olvidada en el andamiaje del tiempo ¿Dónde había quedado aquella chica de sonrisa resplandeciente y manos gráciles y cariñosas? Yo no lo sabía. En un momento de descuido se esfumó de mi lado, y al percatarme de ello supe que ya no regresaría. Se trata de esas noticias que jamás esperas recibir. Son similares a la muerte, o en realidad son parte de ella. Nadie dijo que la muerte engloba solo un instante. Se muere de a poco. Con lentitud. Como cuando se apagan una a una las luces de una casa antes de ir a dormir. Del mismo modo ella se apagó a mi lado.
Ahora, mientras sorbía su té y miraba a través de la ventana, huelo el perfume de los jazmines en flor de nuestro jardín. Ese olor inunda toda la estancia. La carga de una poesía única, pero a la vez inconexa con nosotros dos. Lo que antes supo unirnos y sellar nuestro amor ahora tan solo es parte de un engranaje averiado por el tiempo.
Bajo la mirada y vuelvo a observar su mano. Sigue reposada sobre el mantel. Parece muerta, pero no lo está. La muerte ya tomó otros rehenes y su mano no está entre ellos.