
1.
Cada abril viajaba al noroeste de mi país a la cosecha de naranjas. Por lo general éramos tres hombres solitarios, mi abuelo, mi padre y yo, que dentro de una vieja camioneta Ford modelo 1963 y sin ningún otro plan en mente tomaban el rumbo de las provincias de Salta o Jujuy en busca de un empleo que sabían realizar. Mi abuelo se lo había enseñado a mi padre y éste a mí. De generación en generación, como suele decirse. Fue en abril de 1980 que arribamos a un campo situado en la provincia de Jujuy que era de propiedad de la señorita Josefa Torres. Tras hacer negocio con ella mi padre dio la orden a mi abuelo y a mí a bajar las pertenencias y empezar con nuestras tareas. El trato estaba hecho, ya teníamos nuevamente trabajo. Por aquel entonces yo tenía veinte años y todo lo que vivía me parecía estar relacionado solo con mi padre y con mi abuelo, nada más llenaba mi vida y no tenía un mundo propio de manera definida. Así vivía mi propia vida.
En aquel abril la cosecha fue buena. Trabajábamos de sol a sol y todo nos salía a las mil maravillas. La señorita Josefa Torres era una mujer amable, cordial y sumamente bella. Poseía toda esa belleza de las mujeres lugareñas, piel trigueña y rostro luminoso, destacando a la perfección los rasgos bien nativos. A mí me gustaba mucho charlar con ella por las noches, y de a poco comencé a notar que a ella le pasaba lo mismo. Mientras mi padre y mi abuelo fumaban cigarrillos armados en el patio del casco de la estancia ella y yo charlábamos de libros, cosas de la vida o anécdotas de su propia vida. Era soltera, debía tener unos treinta y cinco años y emanaba cierta melancolía y tristeza en determinados momentos. Eso me atrapaba.
Por las noches salíamos a caminar por entre los naranjos y charlábamos largo rato bajo la luz de la luna. Me sentía feliz de haber conocido a aquella mujer. De a poco, con ese paso inteligente y paciente del tiempo, nuestra relación fue haciéndose más y más profunda. Tal vez mi abuelo y mi padre se habían percatado de ello, no lo sé, pero nunca me dieron a entender nada ni me dijeron palabra alguna por ello. Mi relación con Josefa se fue ahondando tanto que antes de finalizada la cosecha ambos sabíamos que existía algo más que amistad en nuestra relación. Sin embargo ninguno de los dos se atrevía a más.
La última noche de abril me acosté con Josefa. No sé si fue algo correcto, pero pasó. El deseo y las ganas fueron más que el pensamiento. No era la primera mujer de mi vida, ni yo tampoco fui el primer hombre en la suya, sin embargo ambos nos sentimos especiales el uno para el otro. Aquella noche ella estaba mucho más nerviosa que yo. La desnudé con delicadeza y rodeé sus pechos con mis manos durante un largo rato. De a poco dejó de temblar. Me besó muy suavemente y poco a poco nos fuimos animando a más. Afuera la luna se había ocultado tras unos nubarrones oscuros y los naranjos habían dejado de brillar bajo su efecto. La penetré y nos movimos acompasados durante un breve rato. Al llegar al orgasmo ella dejó salir un gemido melancólico y casi desgarrador. Fue el orgasmo más triste que había sentido jamás en mi corta vida. Sentí que afuera se había levantado un viento fuerte y se percibía un profundo olor a tierra mojada. Lluvia, agua para limpiar al mundo de pecados y momentos.
Apenas terminamos nos quedamos recostados uno al lado del otro sin decir palabra. De repente ella echó a llorar e inmediatamente se hizo un ovillo entre las sábanas. Crucé una sábana sobre ella y la sentí más frágil que yo. Acomodé su pelo lacio detrás de su oreja y acaricié su cabellera hasta que las lágrimas dejaron de emanarle y sus ojos se cerraron en un sueño profundo. En la estancia todos dormían, incluidos mi padre y mi abuelo. Esa noche sentí que Josefa traía mochilas pesadas sobre sus hombros débiles y flacos. Sentí pena por ella y pena por mí. Siendo ambos dos buenas personas algo se interponía entre nuestra felicidad verdadera. Imaginé a otras personas en otros lados del mundo con noches similares a la nuestra pasando por momentos similares. Por primera vez sentí que el amor y el deseo no siempre traen cosas lindas bajo el brazo. Sin tener sueño y viendo como ella dormía profundamente prendí un cigarrillo y me quedé contemplando la última lluvia de abril que caía del otro lado de la ventana bañando los naranjos.








