
2.
En unos meses me había olvidado por completo de aquella chica con la cual soñaba y me enamoré en fantasía. Llegué a sonreírme pensando en cómo había podido estar tan compenetrado en algo tan volátil y efímero. Pues no tenía explicación, tampoco la necesitaba, más bien intenté siempre tapar con otros momentos felices aquella gran desilusión.
Por aquellos días había tomado como rutina participar en un proyecto ad honorem sobre obras clásicas de teatro en los barrios. No percibía dinero alguno pero mi interior se regocijaba con la expresividad que yo adquiría cuando actuaba. Mis compañeros de trabajo se burlaban de mí pues no entendían como un joven panadero podía por las noches ser actor de teatro y a su vez amasar y hornear pan; pero aquello no duró mucho, al poco tiempo se olvidó y las burlas quedaron de lado. Fueron noches interesantes cargadas de alegría y emoción. Éramos un grupo de unas treinta personas que nos movilizábamos en dos viejas camionetas Ford por las distintas vecinales barriales actuando diversas obras de teatro. A la gente le encantaba y eso, a mí particularmente, me ponía la piel de gallina y me llenaba de emoción.
Vivía solo desde hacía muchos años y muchas veces lograba sentir una opresión asfixiante por esa soledad que reinaba en mi vida. Por ese motivo aquel proyecto teatral me sirvió para oxigenarme y recambiar mis maneras de vivir y pensar. Cierto fin de semana actuamos en una villa precaria, a orilla de la vieja estación de tren. Muchas familias humildes vivían hacinadas en aquellos viejos galpones del ferrocarril. Al llegar y ver sus rostros sentí un sin número de sensaciones en cada poro de mi piel y una angustia atroz me recorrió por completo, pero interiormente me decía que no tenía que llorar, que ellos, mi público, no debían verme flaquear, así que clavé firmemente mis uñas en las palmas de mis manos y con éstas apretadas sonreí apenas pisé el escenario. Saludando entre el público me pareció reconocer a una mujer, su rostro me era familiar, hasta que en medio de la actuación cuando volví a mirar me di cuenta que aquella mujer era la chica estudiante del ómnibus, la misma que me había aconsejado dispararle a la luna. Actué con naturalidad pero pensaba que apenas la obra terminara deseaba hablar nuevamente con aquella mujer. Al finalizar mis amigos se fueron y quedé solo yo y las personas de utilería. Fue entonces que la vi parada delante de mí, no hizo falta ir en su búsqueda, ella me había encontrado primero.
- ¡Tanto tiempo!, ¿cómo estás?, ¿te acuerdas de mí? Soy la chica del ómnibus, nos conocimos hace un par de meses cuando ibas tú tan deprimido que te aconsejé dispararle a la luna… ¿recuerdas?, ¿me recuerdas? –dijo muy sonriente.
- Tú cara me parece conocida, y ahora qué me dices lo de la luna, ¡claro que te recuerdo!... acaso ¿cómo olvidar a alguien desconocida que sentada a tú lado en un ómnibus te dice semejante cosa?, ¡jamás! –y devolví su sonrisa con una mía.
- Qué bueno que te acuerdes de mí, por lo general la gente no suele recordar los rostros y menos de desconocidos.
- Es cierto, suele pasarme.
- Bueno, pero esta vez no te ha pasado y eso me ha puesto feliz.
- Sí, tienes razón. No podría haberte olvidado, además eres una mujer muy bella y simple y eso tampoco olvidamos los hombres.
Se sonrojó.
- Gracias, me halagan tus palabras. Gracias…
- No tienes porqué dármelas, es la verdad, tan solo así de fácil.
- Actúas muy bien, me gustó mucho la obra.
- ¿Sí?, pues, gracias. –dije sonriendo sin poder quitar el fuego de mis mejillas. Me imaginé como un sol rojo y moribundo y eso hizo estallar aún más mi vergüenza. A decir verdad no sabía porque me pasaba aquello frente a esa chica pero no lo podía evitar.
Así charlamos un largo rato esa noche.
- ¿Quieres dar un paseo?, aunque sea por aquí –preguntó con cara de niña pícara.
- Sí, me encantaría.
Y así fuimos a dar una caminata alrededor del barrio. La noche se había entrado ya y mi vieja amiga Luna se había adueñado por completo de la noche. Algún que otro vecino cerraba ya las ventanas dispuesto a emprender el camino a los sueños. El barrio ya casi dormía. Nadie caminaba por las calles, tan solo nosotros dos y a pasos desganados, arrastrando nuestros pies y sonriéndonos como dos tórtolos.
- ¿piensas que hay un verdadero motivo para morir? –disparó certeramente.
- Sí, creo que si. ¿Porqué lo preguntas?
- No lo sé, tal vez porque la he visto muy de cerca muchas veces. Con gente querida, con parientes, y entonces me he preguntado si hay un verdadero motivo para morir.
- Entiendo –dije casi susurrando- Yo también pienso en la muerte a veces, sin embargo amo la vida.
- Y dime, ¿porqué seremos tan necios que tememos morir si supuestamente el verdadero motivo de esta vida es una nueva y mejor, un paraíso?
Nos sentamos en el cordón de la vereda bajo un farol cuyo foco jugaba a dejar de alumbrarnos en cualquier momento. Hice una pausa y me quedé reflexionando sobre su pregunta. Sus ojos brillaban en la penumbra y su rostro había adquirido una especie de brillo casi angelical. Había tanta energía comprimida en aquella frágil mujer, se sentía tan bien estar a su lado que me había olvidado por completo la hora y lo lejos que estaba de casa.
- No tengo idea porqué somos tan necios. Solo sé que no le temo a la muerte y puede venir por mí cuando quiera. –respondí sonriéndole y mirándola profundamente a los ojos.
Se inclinó hacia mí y me besó. Me quedé paralizado. Sus labios estaban tibios y de su nariz emanaba un olor dulce y seductor. Mis ojos se volvieron perezosos, casi se arrastraban para pestañear. Increíblemente aquel beso me había dejado extasiado. No podía creer aquello, sin embargo estaba sucediendo.
- No digas nada –me dijo sellándome los labios con su dedo índice impidiéndome así hablar.
Entonces con su mano izquierda me señaló la luna. Estaba enorme y gorda como la vimos aquel día en el ómnibus. Ya no veía el agujero negro por el cual mi bala de plata la había herido dejándola derramar su elixir. Estaba íntegra, altiva, vigilante, como una gran madre cuidando el amor de sus hijos. Ella volvió su mirada a mí y me sonrió. Quitó su dedo de mi boca y volvió a besarme. Nos besamos rato largo, hasta que el amanecer nos sorprendió aún sentados en el cordón de la vereda.
- Ya encontré a alguien que piense como yo y no le tema a la muerte. Por eso vivo aquí y ahora. Por eso te beso aquí y ahora, por eso hago lo que siento aquí y ahora. –me susurró al oído.
Nos abrazamos y juntos vimos como el sol cortejaba a la luna. Se abrazaban y se besaban como nosotros. Ella partía a descansar después de su labor y él tomaba la posta para continuar el eterno ritual de la vida. La chica sin nombre se durmió en mi hombro. Mis ojos me ardían de sueño, pero no podía dejar de sonreír mientras miraba el sol y olía como el rocío de la mañana sacaba el mejor aroma de la naturaleza.
Tal vez es amor, pensé. Pero ahí mismo frené mis pensamientos. No estaba dispuesto a vivir de utopía en utopía y menos a fantasear. Me apoyé en el farol de la calle y cerré mis ojos, ella se acurrucó en mi pecho y sin oponer resistencia me dejé caer en sueños bajo los rayos tibios de un sol nuevo. El telón había caído.