
Parte 1.
Trescientas fotocopias y más de cincuenta hojas membretadas estaban abarrotadas sobre el escritorio. Hubo un momento que miré todo aquello y pensé que debía largarme de la oficina, además ya atardecía. Siempre lo mismo –pensé- siempre papeles, papeles y más papeles. Cerré la oficina y me dirigí a la estación del metro. Hacía frío, era invierno, y el sol ya no calentaba, más bien ya estaba intentando escabullirse. Antes de tomar el tren decidí tomarme un trago. De vez en cuando solía hacerlo, pues me sacaba del estado hipnótico en el cual me sumían los papeles y las presiones diarias de mi trabajo. A mi lado una señora sexagenaria tomaba una copa de ron. Más allá una pareja sorbía un café caliente y charlaban sin desviar sus miradas el uno del otro. Había poca gente en el bar, todo el mundo caminaba presuroso en busca de un tren antes de tiempo o en busca de sus automóviles en los estacionamientos. Tal vez el único loco que disfrutaba de los atardeceres y noches de invierno era yo. Pedí un whisky con hielo. Me ubiqué en una mesa a orilla de la vidriera. El vidrio estaba helado pero la visión era buena, se podía ver desde allí a las personas pasar abrigadas y sumidas en sus pensamientos como si todos hubiesen decidido huir en una manada ordenada. Sorbí despacio el whisky, dejé mi mente en blanco y ubiqué un punto en la nada para mirar mientras me acomodaba plácidamente en la silla. Era un bar alejado del centro, estaba al costado de la estación, lo había visto varias veces pero nunca había entrado y la sensación que me llevé en aquel momento era de un lugar acogedor y sencillo.
Al rato de estar allí la puerta se abrió y entró mi compañera de trabajo. Una linda mujer de facciones refinadas y de baja estatura. Apenas me vio me saludó con la mano y un gesto cansino. Respondí con un saludo. Pidió algo de tomar en la barra, mientras yo seguía observando por la ventana. A veces he pensado que pasamos mucho tiempo cerca de personas que nunca llegamos a conocer, ese era el caso de aquella mujer y yo, y nunca hacemos nada por evitar esas situaciones. Trabajábamos en la misma empresa desde hacía años y ni siquiera sabía su nombre, ni donde vivía, ni siquiera su puesto. Eso sí, nos saludábamos siempre cordialmente, pero una especie de muro invisible nos separaba y ninguno de los dos podía observar que había más allá de aquella línea invisible que todo lo ocultaba. Permaneció inmóvil en la barra durante un rato largo observando su copa de manera un tanto hipnótica. Aquella inmovilidad me inquietó. Al rato me acerqué a ella. No sé que me impulsó a hacerlo pero lo hice.
- Hola, ¿qué tal?
- Hola
- ¿Puedo sentarme un rato si no te importa?
- Claro, después de todo trabajamos juntos en la misma empresa, ¿no?
- Sí, y curiosamente no sabemos en qué puesto ni el nombre el uno del otro –repuse.
- Te equivocas –dijo mirándome fuertemente- tú nombre es Juan Manuel López y estás en el área contable.
Por un minuto no supe que decir. A decir verdad aquella mujer que durante tantos años había visto ir y venir dentro de la empresa y que convivía en aquel edificio muchas horas conmigo ahora, de repente, parecía saber exactamente de mí muchas más cosas que yo de ella. Pero, ¿por qué las sabría?, creo que ese fue mi primer pensamiento ante la sorpresa y lo que mantenía cierta presión dentro de mí.
- ¡Woww! –exclamé-, veo que sabes más de mí que yo de ti –dije con tono de sorpresa.
- Puede ser. –dijo mientras sorbía de su copa.
- ¿Y cuál es tú nombre?
- Izumi, me llamo Izumi.
- ¿Japonés?
- Sí, japonés, mi padre era japonés y mi madre latina, vinimos a América cuando yo era niña.
- Y dime Izumi ¿cómo es que sabes tanto de mí o porqué?
- Pues soy de interesarme en quienes me rodean y más si convivo con ellos varias horas de mis días. ¿Acaso no te ha pasado alguna vez de estar en la cola del metro y pensar cuanta gente desconocida hay a tú alrededor y cuan frío se ha vuelto el mundo?, pues bien, yo tomé la decisión de conocer a quienes me rodean a diario aunque ellos no se percaten de ello.
Algo había en Izumi que después de aquella respuesta me dejó contemplándola en silencio, como un tonto. Una sensación de desnudez interior me avasalló. De repente esa sensación se fue apoderando completamente de mí, ¿cómo explicarlo?, alguien, una desconocida, una mujer, se había interesado por mí. Creo que eso realmente fue lo que me sorprendió. Tal vez fuera porque mi esposa hacía mucho no se fijaba en mí, o tal vez yo en ella, o ambos no lo hacíamos por algún tipo de pacto silencioso elucubrado en la oscuridad de la convivencia. Pero Izumi con aquella afirmación me hizo sentir vivo nuevamente. Alguien había vuelto a fijarse en mí, sí, en mí. Quizás, a partir de aquel momento comencé a revivir. Tal vez todo estaba minuciosamente planeado por el destino.
- ¿Has imaginado un árbol de papel? –me preguntó Izumi con una bella sonrisa.
- No, a decir verdad no. ¿Un árbol de papel?, ¿y cómo sería un árbol de papel?
- No lo sé bien, pero me lo he imaginado siempre con unas bonitas flores blancas, de papel claro, que jamás caen al suelo salvo para crear otro árbol de papel, tan solo flotan en el aire y el viento las dispersa llevándolas miles y miles de kilómetros hasta que caen. Y no importa donde caen pues donde quedan reposando un nuevo árbol de papel nace.
- ¡Woww!, ¿y en ese mundo existen muchos árboles de papel? –pregunté con sorpresa.
- Depende.
- ¿Depende?
- Sí. Depende desde donde mires el mundo.
- Oye, ¿cómo es eso?, ¿cómo que depende desde dónde lo mire?
- Claro, si lo miras desde el aire, suponte que puedas volar, verías un mundo casi blanco, tal vez inmaculado, lleno de árboles de papel por doquier –dijo Izumi- en cambio si lo ves desde tú perspectiva al caminarlo tal vez lo verías como si fuese una biblioteca infinita llena de libros y hojas sueltas que se mueven al compás del viento.
Entonces hizo señas al camarero y pidió la cuenta. Por un instante creí ver un árbol de papel.
- Ya es hora de irme. ¿Quieres caminar? –me preguntó. No pude resistirme.
- Claro.
Salimos del bar y caminamos por la costanera del río. Aún el sol no se ponía del todo, unos pocos destellos dorados quedaban deambulando perdidos en el espacio. Eché una mirada a mi reloj pulsera, eran las siete de la tarde, mi esposa seguramente ya estaría intranquila esperándome en la casa junto a las niñas. Pero en aquel momento deseaba la compañía de Izumi, había algo en aquella mujer que me inquietaba ciertas fibras interiores. Las luces del paseo se fueron prendiendo con cierto compás. El frío y la humedad habían comenzado a descender pero no aminorábamos la marcha ni la charla. Tal vez por unos instantes me olvidé de todo mi mundo y me adentré a uno nuevo, distinto, en donde las presiones y el tiempo no existían. No estaba solo, una mujer que durante años había sido desconocida ahora era quien llevaba una antorcha y caminando delante de mí me mostraba el camino en aquellas nuevas tinieblas a las cuales había decidido adentrarme.
Llegamos al final del paseo y tan solo había un par de bancos, un buque pesquero maniobrando en el río y el sol ya completamente oculto. Las luces del paseo ya habían encendido completamente.
- ¿Nos sentamos? –me preguntó.
- Claro –dije confiadamente- y enfilé hacia los bancos.
- No, no, en los bancos no.
- ¿No?, ¿y dónde quieres que nos sentemos?
- Aquí, al lado de los susukis.
- ¿Susukis?
- Sí, la hierba -y me señaló unas plantas que decoraban el paseo- Amo venir a este lugar, suelo hacerlo muchas veces al salir de la oficina. Miro como los susukis se mecen con el viento. Me hace recordar a Japón cuando era niña.
Por un momento me quedé en silencio contemplando toda aquella escena. Entonces sin pensarlo la besé. Ella me volvió a besar. Nos besamos un buen rato.
Esa noche al regresar a mi casa mi mujer ya dormía y las niñas también. Tomé una botella de cerveza y me senté en una vieja silla del patio. Me sentía distinto, raro, como si un traje pesado y oscuro colgara de mi cuerpo. Nunca había tenido una aventura desde que me había casado, nunca había fijado mis ojos en otra mujer, nunca había besado a nadie más que a mi esposa. Contemplé mi mano que sostenía la lata de cerveza bajo la luz de la luna. Me toqué el rostro. Me refregué los ojos. Sorbí cerveza. Por un instante creí ver a Izumi al lado de la cerca. Volví a refregarme los ojos. No había nadie, tan solo era mi imaginación. Entonces pensé que la luz de la luna, a veces, te muestra cosas que no deberías ver.

The Flaming Lips, "In the Morning of the Magicians", del albúm "Yoshimi Battles the Pink Robots"











