sábado, 13 de junio de 2009

Susukis (1)




Parte 1.


Trescientas fotocopias y más de cincuenta hojas membretadas estaban abarrotadas sobre el escritorio. Hubo un momento que miré todo aquello y pensé que debía largarme de la oficina, además ya atardecía. Siempre lo mismo –pensé- siempre papeles, papeles y más papeles. Cerré la oficina y me dirigí a la estación del metro. Hacía frío, era invierno, y el sol ya no calentaba, más bien ya estaba intentando escabullirse. Antes de tomar el tren decidí tomarme un trago. De vez en cuando solía hacerlo, pues me sacaba del estado hipnótico en el cual me sumían los papeles y las presiones diarias de mi trabajo. A mi lado una señora sexagenaria tomaba una copa de ron. Más allá una pareja sorbía un café caliente y charlaban sin desviar sus miradas el uno del otro. Había poca gente en el bar, todo el mundo caminaba presuroso en busca de un tren antes de tiempo o en busca de sus automóviles en los estacionamientos. Tal vez el único loco que disfrutaba de los atardeceres y noches de invierno era yo. Pedí un whisky con hielo. Me ubiqué en una mesa a orilla de la vidriera. El vidrio estaba helado pero la visión era buena, se podía ver desde allí a las personas pasar abrigadas y sumidas en sus pensamientos como si todos hubiesen decidido huir en una manada ordenada. Sorbí despacio el whisky, dejé mi mente en blanco y ubiqué un punto en la nada para mirar mientras me acomodaba plácidamente en la silla. Era un bar alejado del centro, estaba al costado de la estación, lo había visto varias veces pero nunca había entrado y la sensación que me llevé en aquel momento era de un lugar acogedor y sencillo.

Al rato de estar allí la puerta se abrió y entró mi compañera de trabajo. Una linda mujer de facciones refinadas y de baja estatura. Apenas me vio me saludó con la mano y un gesto cansino. Respondí con un saludo. Pidió algo de tomar en la barra, mientras yo seguía observando por la ventana. A veces he pensado que pasamos mucho tiempo cerca de personas que nunca llegamos a conocer, ese era el caso de aquella mujer y yo, y nunca hacemos nada por evitar esas situaciones. Trabajábamos en la misma empresa desde hacía años y ni siquiera sabía su nombre, ni donde vivía, ni siquiera su puesto. Eso sí, nos saludábamos siempre cordialmente, pero una especie de muro invisible nos separaba y ninguno de los dos podía observar que había más allá de aquella línea invisible que todo lo ocultaba. Permaneció inmóvil en la barra durante un rato largo observando su copa de manera un tanto hipnótica. Aquella inmovilidad me inquietó. Al rato me acerqué a ella. No sé que me impulsó a hacerlo pero lo hice.

- Hola, ¿qué tal?

- Hola

- ¿Puedo sentarme un rato si no te importa?

- Claro, después de todo trabajamos juntos en la misma empresa, ¿no?

- Sí, y curiosamente no sabemos en qué puesto ni el nombre el uno del otro –repuse.

- Te equivocas –dijo mirándome fuertemente- tú nombre es Juan Manuel López y estás en el área contable.

Por un minuto no supe que decir. A decir verdad aquella mujer que durante tantos años había visto ir y venir dentro de la empresa y que convivía en aquel edificio muchas horas conmigo ahora, de repente, parecía saber exactamente de mí muchas más cosas que yo de ella. Pero, ¿por qué las sabría?, creo que ese fue mi primer pensamiento ante la sorpresa y lo que mantenía cierta presión dentro de mí.

- ¡Woww! –exclamé-, veo que sabes más de mí que yo de ti –dije con tono de sorpresa.

- Puede ser. –dijo mientras sorbía de su copa.

- ¿Y cuál es tú nombre?

- Izumi, me llamo Izumi.

- ¿Japonés?

- Sí, japonés, mi padre era japonés y mi madre latina, vinimos a América cuando yo era niña.

- Y dime Izumi ¿cómo es que sabes tanto de mí o porqué?

- Pues soy de interesarme en quienes me rodean y más si convivo con ellos varias horas de mis días. ¿Acaso no te ha pasado alguna vez de estar en la cola del metro y pensar cuanta gente desconocida hay a tú alrededor y cuan frío se ha vuelto el mundo?, pues bien, yo tomé la decisión de conocer a quienes me rodean a diario aunque ellos no se percaten de ello.

Algo había en Izumi que después de aquella respuesta me dejó contemplándola en silencio, como un tonto. Una sensación de desnudez interior me avasalló. De repente esa sensación se fue apoderando completamente de mí, ¿cómo explicarlo?, alguien, una desconocida, una mujer, se había interesado por mí. Creo que eso realmente fue lo que me sorprendió. Tal vez fuera porque mi esposa hacía mucho no se fijaba en mí, o tal vez yo en ella, o ambos no lo hacíamos por algún tipo de pacto silencioso elucubrado en la oscuridad de la convivencia. Pero Izumi con aquella afirmación me hizo sentir vivo nuevamente. Alguien había vuelto a fijarse en mí, sí, en mí. Quizás, a partir de aquel momento comencé a revivir. Tal vez todo estaba minuciosamente planeado por el destino.

- ¿Has imaginado un árbol de papel? –me preguntó Izumi con una bella sonrisa.

- No, a decir verdad no. ¿Un árbol de papel?, ¿y cómo sería un árbol de papel?

- No lo sé bien, pero me lo he imaginado siempre con unas bonitas flores blancas, de papel claro, que jamás caen al suelo salvo para crear otro árbol de papel, tan solo flotan en el aire y el viento las dispersa llevándolas miles y miles de kilómetros hasta que caen. Y no importa donde caen pues donde quedan reposando un nuevo árbol de papel nace.

- ¡Woww!, ¿y en ese mundo existen muchos árboles de papel? –pregunté con sorpresa.

- Depende.

- ¿Depende?

- Sí. Depende desde donde mires el mundo.

- Oye, ¿cómo es eso?, ¿cómo que depende desde dónde lo mire?

- Claro, si lo miras desde el aire, suponte que puedas volar, verías un mundo casi blanco, tal vez inmaculado, lleno de árboles de papel por doquier –dijo Izumi- en cambio si lo ves desde tú perspectiva al caminarlo tal vez lo verías como si fuese una biblioteca infinita llena de libros y hojas sueltas que se mueven al compás del viento.

Entonces hizo señas al camarero y pidió la cuenta. Por un instante creí ver un árbol de papel.

- Ya es hora de irme. ¿Quieres caminar? –me preguntó. No pude resistirme.

- Claro.

Salimos del bar y caminamos por la costanera del río. Aún el sol no se ponía del todo, unos pocos destellos dorados quedaban deambulando perdidos en el espacio. Eché una mirada a mi reloj pulsera, eran las siete de la tarde, mi esposa seguramente ya estaría intranquila esperándome en la casa junto a las niñas. Pero en aquel momento deseaba la compañía de Izumi, había algo en aquella mujer que me inquietaba ciertas fibras interiores. Las luces del paseo se fueron prendiendo con cierto compás. El frío y la humedad habían comenzado a descender pero no aminorábamos la marcha ni la charla. Tal vez por unos instantes me olvidé de todo mi mundo y me adentré a uno nuevo, distinto, en donde las presiones y el tiempo no existían. No estaba solo, una mujer que durante años había sido desconocida ahora era quien llevaba una antorcha y caminando delante de mí me mostraba el camino en aquellas nuevas tinieblas a las cuales había decidido adentrarme.

Llegamos al final del paseo y tan solo había un par de bancos, un buque pesquero maniobrando en el río y el sol ya completamente oculto. Las luces del paseo ya habían encendido completamente.

- ¿Nos sentamos? –me preguntó.

- Claro –dije confiadamente- y enfilé hacia los bancos.

- No, no, en los bancos no.

- ¿No?, ¿y dónde quieres que nos sentemos?

- Aquí, al lado de los susukis.

- ¿Susukis?

- Sí, la hierba -y me señaló unas plantas que decoraban el paseo- Amo venir a este lugar, suelo hacerlo muchas veces al salir de la oficina. Miro como los susukis se mecen con el viento. Me hace recordar a Japón cuando era niña.

Por un momento me quedé en silencio contemplando toda aquella escena. Entonces sin pensarlo la besé. Ella me volvió a besar. Nos besamos un buen rato.

Esa noche al regresar a mi casa mi mujer ya dormía y las niñas también. Tomé una botella de cerveza y me senté en una vieja silla del patio. Me sentía distinto, raro, como si un traje pesado y oscuro colgara de mi cuerpo. Nunca había tenido una aventura desde que me había casado, nunca había fijado mis ojos en otra mujer, nunca había besado a nadie más que a mi esposa. Contemplé mi mano que sostenía la lata de cerveza bajo la luz de la luna. Me toqué el rostro. Me refregué los ojos. Sorbí cerveza. Por un instante creí ver a Izumi al lado de la cerca. Volví a refregarme los ojos. No había nadie, tan solo era mi imaginación. Entonces pensé que la luz de la luna, a veces, te muestra cosas que no deberías ver.


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The Flaming Lips, "In the Morning of the Magicians", del albúm "Yoshimi Battles the Pink Robots"

jueves, 11 de junio de 2009

Los balcones de Murcia (fin)




5.


El resplandor azul de un televisor que se encendía en un departamento vecino me volvió a la realidad aquella noche de sábado. Habían transcurrido dos años desde la última vez que la vi. La vida, por esas cuestiones ininteligibles, nos había conducido por caminos distintos. Nos habíamos separado una tarde de octubre mientras charlábamos en la Plaza de las Flores. De común acuerdo, casi sin palabras, ambos asentimos con nuestra cabeza y nuestro corazón, dando así por sentenciada una separación que venía anunciándose desde hacía un tiempo. Aún siento la tibieza de sus manos desprenderse de las mías y cómo un frío repentino me invadió. Secándose las lágrimas se levantó del banco donde estábamos sentados, tomó mi cabeza entre sus manos y apoyándola en su vientre me acarició el pelo con una dulzura que jamás había percibido en otra mujer. Al poco tiempo se alejó caminando lentamente rumbo a la nada perdiéndose entre las personas y los grises de las calles.

Desde aquella tarde de octubre mi vida tuvo un duro proceso de luto. El laberinto que mi destino había elegido para mí era tremendamente intrincado y yo lograba descifrar los vericuetos con mucho trabajo y esfuerzo. La extrañaba, muchas noches la echaba de menos entre mis sábanas, y aunque otras mujeres pasaron por mi vida después de su partida yo siempre sentí la ausencia de su cuerpo bajo el tacto de mis manos y mi piel. Durante mucho tiempo pensé en nuestros días juntos y con eso me consolaba, pero por dentro sentía un vacío tan hondo como un abismo sin fin. Cada vez que los recuerdos me asaltaban paseaba por la Plaza de las Flores en busca de sosiego. Lo lograba a veces, y así cauterizaba aunque sea a medias mis heridas.
La noche anterior a nuestra separación mientras estaba dormido un ruido en mi balcón me despertó. Alguien arrojaba piedritas desde la calle. Al asomarme me sorprendí, era ella parada en medio de la calle a aquella hora de la madrugada, con un sonrisa pícara, haciéndome seña de que bajara.

Lo hice.

- ¿Qué pasa?, ¿qué hacés acá y a esta hora?, ¿porqué no subiste si tenés llaves? –le pregunté sorprendido.

Me besó suavemente durante un minuto completo con los ojos cerrados. Yo cerré los míos. Al cabo de ese tiempo ella volvió a abrirlos, se retiró y me siguió contemplando con aquella sonrisa y sin decirme palabra alguna.

- ¿Estás bien, mi amor? –pregunté esta vez.

- Claro, estoy enamorada de vos, pero aún así necesito que hablemos. –dijo mientras no quitaba su mirada de mí.

- Ok, hablemos entonces.

Lo hicimos. Hablamos durante un buen rato. Todo el mundo dormía, la calle estaba vacía y muy de vez en cuando alguna que otra persona caminaba por la vereda. Una humedad de locos había empañado hasta la luna y nosotros dos seguíamos sentados en el cordón de la vereda charlando.

- Algo en nosotros no va –me dijo al empezar a hablar- Hay algo que no puedo definir que me ahoga y me siento morir cuando eso me viene. No puedo decirte si es algo que haces o es algo que yo hago, pero ese “algo” no me deja ser feliz. Me siento que estoy parada frente a un laberinto y que tú estás en la salida del mismo y que debo atravesarlo todo para poder estar contigo, completamente contigo, ¿me puedes entender lo que digo?

Me sentí morir.

La observé y solo me limité a hacer una pequeña mueca de asentimiento con mis labios. Sólo eso. Luego la abracé. En ese instante muchas cosas rodaron por mi cabeza, pero ninguna fue negativa. La volví a besar y durante el tiempo que duró el beso entendí que una fisura, inesperada, había dejado salir parte de la magia del amor que nos teníamos; y lo que quedaba dentro del globo que nos acogía ya no era suficiente para dar vida al sentimiento. El globo estaba a punto de reventar y yo me sentía muy dentro de él. La sensación de un hombre dejado es horrible, se siente como la presión de mil bombas atómicas estallando juntas en la cabeza y en el medio del pecho (puedo imaginar que para una mujer debe ser algo similar). Aún así no lloré. La tomé de la mano y la acompañé a su casa. En el trayecto hablamos de cualquier cosa menos de nuestra separación. Sin embargo yo la notaba lejana, como si aquella mujer única a la que yo amaba hubiese dejado parte de su interior en algún perchero y tan solo su cuerpo hubiera salido a mi encuentro manteniéndose erguida y fría junto a mí.

- Te amo, eso lo sé, pero no puedo. Sé que es difícil entenderme pero es lo que me sale decirte, no puedo explicarte nada más, tampoco te pediré tiempos, me parece absurdo, tampoco te diré frases gastadas ni esperanzadoras. Necesito esto o te juro que sucumbiré. –dijo ya entre sollozos al momento de despedirnos frente a su casa.

Sequé sus lágrimas y dándole un beso en su frente sonreí. Esa sonrisa expresó mil palabras juntas provenientes de mi interior y creo que ella las entendió. Subió las escaleras, la perdí de vista y de mi vida. Un cartel de neón emitía chispazos. Un perro viejo dormía en la puerta de una casa vecina, los fresnos plantados en la vereda se mecían con la brisa y unas nubes grises oscurecían de a ratos el cielo. Ahora estaba seguro que ella había dejado de amarme y que había salido completamente de mi vida.



El resplandor del televisor seguía vivo y podía observar cómo por la pantalla parecían moverse cientos de gusanos digitales sin sentido y sin cansarse. Desde el sofá miré hacia el balcón del departamento que ella ocupaba, ya no había gerberas ni margaritas. Un cartel de “se vende” colgaba hacia la calle. Las cosas pasan, la vida pasa, me dije en ese momento. Y realmente aprendí que era así. Sin embargo aquella sensación de vacío me hacía sentir desprotegido, huérfano, y mantenía una sensación de cómo si me hubieran arrebatado algo que me era imprescindible de forma injusta. Cerré el libro que estaba leyendo, cerré las ventanas del balcón, apagué las luces y me acosté a dormir.

En los primeros días de noviembre mientras estaba de compras en el shopping nos cruzamos en uno de los pasillos. No había cambiado en nada. Estaba casi igual que aquella noche que nos despedimos pero sin embargo había cierta luminosidad en sus expresiones. Nos sorprendimos, nos saludamos, charlamos unos minutos de parados y automáticamente cruzamos un papel con nuestros nuevos números telefónicos. Recuerdo que al salir del shopping inhalé hondo y llené mis pulmones de aire puro, sintiéndome un hombre verdaderamente feliz. Me temblaban las piernas, pero de felicidad, no de miedo.

Una noche, después de aquél día del shopping, recibí una llamada. Era ella.

- Hola, quería hablar contigo –me dijo con vos queda- Después de nuestro encuentro del otro día he querido decirte algo pero no me he animado y ahora que tengo tú número telefónico he decidido hacerlo escudándome tras el auricular.

- ¿Y qué es eso tan importante que tienes para decirme?

- Que me casé, y fui mamá.

Enmudecí. Mantenía el tubo apoyado en mi oreja sin reacción alguna.

- Tenía que decírtelo, pero no podía mirándote a los ojos. –me dijo con un tono de voz nervioso.

- Está bien, has hecho bien en decírmelo. Me alegro por ti, seguramente serás muy feliz. –Mentí. Nada de eso sentía o pensaba, pero eran las palabras justas y necesarias para decir en aquel momento embarazoso.

- Gracias por entender. Y quiero que sepas que soy muy feliz de haberte visto de nuevo y que de alguna manera estés nuevamente en mi vida. –y colgó.

Entonces apagué las luces del departamento, tomé una silla y me senté a fumar un cigarrillo en el balcón. Pasé la palma de mi mano sobre la baranda y sentí la suavidad helada del metal dialogar con mi piel. Crucé los brazos y apoyé el mentón sobre ellos. Entonces lloré. No sé porqué, creo que fue de felicidad, porque en un instante comprendí que amar es también saber dejar ir, que amar significa desearle a alguien que es especial y fue parte de tú vida un camino feliz y éxitos en la búsqueda constante de la salida de su propio laberinto.


Fin.

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Jon Brion, "Theme", del soundtrack "Eterno resplandor de una mente sin recuerdos"

lunes, 8 de junio de 2009

Los balcones de Murcia (4)



4.


En junio ella cumplió sus veintitrés años. El día de su cumpleaños no fue un día más, estaba cargado de sorpresas y agasajos por parte de sus amistades. Me gustó verla tan feliz. En un momento dado, mientras compartíamos unas cervezas con un grupo de amigos, pensé en nuestra diferencia de edad, en la tersura de su piel, en sus pensamientos jovenes y hambrientos y en su peculiar visión del mundo y de nuestra relación. Increíblemente deseé que no existieran los cumpleaños pero solo los muertos no cumplen años, y ella y yo no lo estábamos.

- Feliz cumpleaños –le dije y seguidamente la besé en sus labios.

- Gracias –me dijo sonriente mientras acomodaba su cara en mi pecho.

Por un instante me sentí mayor que ella aunque justamente en ese instante nuestra brecha de años era menor. Es difícil entender muchas veces a nuestro cerebro y más en los momentos que juega a las escondidas con nuestro sentir. Aquel día de su cumpleaños me sentí completamente extraño, haciéndome preguntas que tan solo dejaban signos de interrogación abiertos y ninguna respuesta era la adecuada, o al menos no me interesaba que lo fuesen pues una equivocada tendría el suficiente poder del aleteo de una mariposa para derrumbar el frágil mundo que intentábamos construir.
Cenamos una ensalada acompañada por medallones de lomo. Vino blanco. A ella le encantaba.

Después de cenar nos sentamos en mi balcón, abrazados, en silencio. Las gerberas y las margaritas de su balcón se balanceaban casi imperceptiblemente con la brisa nocturna dando la increíble sensación de vivir la vida en cámara lenta. Me gustaba imaginar aquella idea. Mi vida en cámara lenta, el tiempo avanzando a cuenta gotas, ella y yo suspendidos en el tiempo. Me daba la impresión que necesitaba una realidad que me asegurara la eternidad, es decir, quería que el tiempo no siguiese avanzando. Aquel cumpleaños había traído a mi vida una bocanada de aire helado despertando mis pensamientos más remotos y mis miedos más oscuros. Pero nada imaginado, todo tenía el suficiente poder real para ser tangible. Me abrazó fuerte, supuse que tendría frío.

- ¿Crees que soy mediocre? –me preguntó en voz baja con su boca pegada a mi oído. Me sorprendí, la pensé dormida, pero sin sobresaltarme pensé la respuesta mirando la nada.

- No.

- Si hay tantas mujeres por ahí, lindas, inteligentes, sensuales, ¿porqué yo?

- No lo sé. Tal vez debería preguntarte lo mismo yo también a vos.

- Si lo hicieras te respondería muchas cosas distintas. Creo que día a día me imagino un porqué distinto de estar con vos.

Esa madrugada llovió. Mientras ella dormía yo contemplaba como la lluvia bañaba las gerberas y las margaritas de su balcón. “Hoy cumplió veintitrés”, pensé mientras imaginaba dieciocho velas luminosamente alumbrando la oscuridad de la habitación. Una sensación con poder de cambio me invadió por completo y entonces la apreté un poco más fuerte contra mi pecho. Ella dormía plácidamente. Podía sentir la tibieza de su respiración en mi cuello, sus senos cálidos sobre mi pecho, mi mano en su nalga, su olor dentro de mí. Por primera vez después de años de desearla y pensarla aquella jovencita adolescente parecía enamorada de mí. Aquel amor prohibido y casi desencajado había tomado cierta forma abriéndose camino a pesar de todo, tal como un brote nuevo a través de la tierra fértil. Sin embargo ahora yo era el que tenía miedo a un futuro incierto plagado de incertidumbres y de grandes cambios.

Decidí salir a caminar. La lluvia había parado. Una luna llena diminuta estaba posada altivamente sobre la ciudad. Caminé sin rumbo durante un buen tiempo. Un par de prostitutas me ofrecieron sus servicios a los cuales respondí con un gesto de agradecimiento pero seguí caminando. No me interesaba tener sexo nada más que con ella. Caminaba respirando profundamente el aire fresco de la madrugada. Mientras lo hacía miré otros balcones de Murcia, todos eran similares al mío, al de ella, y tal vez detrás de ellos había historias como la nuestra. Un viejo vagabundo me pidió monedas. Le di. Un par de lesbianas se besaban en la oscuridad de un banco de la plaza. Todo pasaba bajo la misma luna, en la misma noche de junio. Todos aquellos seres vivían sus vidas como les era ofrecida, sin miramientos, tan solo disfrutándola y sobrellevándola como podían. Yo era igual que ellos. Regresé al departamento y entré en silencio. Ella seguía durmiendo plácidamente ignorando por completo mis idas y venidas en la madrugada. Me senté sobre la cama y la contemplé un buen rato. Una oleada de viento fresco se coló por el balcón y un perfume de flores dulces impregnó la habitación, fue entonces que acomodé su pelo detrás de su oreja y besé su frente con mucho cariño. Me acomodé en posición fetal a su lado y me quedé contemplándola en absoluto silencio. Fue un momento inapreciable, de esos que son simples, agradables y tremendamente poderosos, con tal poder que escriben a fuego en nuestra memoria. Realmente estaba feliz de que aquella mujer estuviera desnuda en mi cama. La amaba. De repente despertó brevemente y me brindó una bonita y breve sonrisa, yo hice lo mismo, entonces deslizándome entre las sábanas abracé su cuerpo desnudo y lo acurruqué junto al mío. Ella se despertó aún más. En la oscuridad de la habitación permanecimos inmóviles en aquella posición y con una voz queda hablamos de muchas cosas que tan solo nosotros dos podíamos entender.

Así, nos quedamos dormidos.



Nota del Autor: la música que complementa este capítulo es una de mis preferidas, pertenece al soundtrack de la película "Lost in Translations" (Perdidos en Tokio)


The Jesus and Mary Chain, "Just Like Honey", del album debut Psychocandy

viernes, 5 de junio de 2009

Los balcones de Murcia (3)



3.


- Eres bella. -susurré para mis adentros y seguí sumergido en mi visión. Así la contemplé durante un largo rato sin que ella se diera cuenta.


El otoño de 2010 ya estaba presente y sin querer un año había pasado ya. Tantas cosas pasan en un año –me dije-, tanto es lo que viene y se va, tantas sensaciones, tantas vivencias, tanto que casi no queda registro para cuando uno crece.

Ese día caminé y caminé por la avenida de La Sierra Espuña. Al llegar al parque natural me senté sobre un césped verde inmaculado. Extendiendo mis brazos, con la punta de mis dedos acaricié la brizna. Se sentía suave, muy suave. Mis ojos seguían clavados en el cielo celeste impoluto. Era una sensación increíble, casi imaginaria. Sentí una tibieza tenue y la dejé que me recorriera el cuerpo por completo. Había muchos grupos por doquier. Era un día de campo especial. No me importaba estar solo, al contrario, disfrutaba de estar en aquel hermoso sitio sintiéndome feliz. Observé como las montañas jugaban con las nubes y en sus cimas algo de nieve ya se dejaba ver. Entonces la vi. Sí, era ella. La misma mujer que tantos años atrás me había enamorado locamente. Era mi vecina, esa misma que a pesar de vivir a pocos metros físicamente de mí jamás me había atrevido a confesarle mis sentimientos. Un grupo de muchachas la acompañaban. Todas eran bellas, pero ella más. Siempre he reconocido la belleza femenina, siempre agudicé mi visión en encontrar los puntos estratégicamente bellos de las féminas. Me quedé estupefacto pero a la vez halagado y agradecido por estar allí en aquel instante. Tal vez si lo hubiera planeado no hubiera resultado, pensé. Dos niñas comían chocolate a corta distancia de ella y se acercaron a convidarle. Ella aceptó sonriente. Las niñas rieron, yo sonreí. El estar en aquel sitio me hacía sentir halagado y único. Si bien vivía de migajas como aquella en donde ella se mostraba como un rayo y yo saboreaba el momento, no me afligía por ello, pero sabía que debía actuar, que ya era hora. Aproveché el momento que sus amigas se marcharon a caminar por el parque y ella quedó sola.

- ¡Ey!, ¡Hola!, ¡Qué casualidad, mira que encontrarte aquí en el parque hoy!. Es increíble la vida, vivimos en edificios enfrentados, en balcones vecinos y nunca nos vemos y hoy nos encontramos aquí. ¡Qué curioso!, ¿no? –dije sonriéndole e intentando disimular mi mentira.

- ¡Hola!, ¡menuda sorpresa!, ¡qué bueno es encontrarte aquí!, ¿disfrutando del sol? –dijo mientras seguía comiendo el pedazo de chocolate y con una mano se hacía visera por el sol.

- Claro, vine a despejarme.

- Sí, está hermoso. Yo vine con dos amigas pero se fueron a caminar. Yo no quise.

- Eres hermosa.

- ¡¿Cómo?!

- Que eres hermosa.

- ¡Ah!, gracias. –se sonrojó, y mucho.

- No lo tomes a mal, pero sentí que debía decírtelo.

- Soy normal, común y corriente como dicen, no tengo nada de especial.

- Bueno, será que para mis ojos sí.

Y por un momento pareció que el parque se complotó e hizo un silencio profundo y completo. No había ruidos de pájaros, ni murmullo de personas, ni el griterío de los niños jugando, ni siquiera el sonido del viento en los oídos, nada. Todo estaba en silencio y parecía que el mundo se hubiese vuelto por demás visual. Ambos quedamos suspendidos en ese ambiente óptimo con una sonrisa sostenida y una mirada perdida dentro del otro. No me imagino que pensó en aquel momento, pero sí sé qué pensé yo. Quería que aquello fuese una fotografía viviente que pudiera doblarla en varios pedazos y echarla al bolsillo para llevarla siempre conmigo. Eso quería. Siempre he sostenido que en aquel instante algo comenzó a cambiar. Tal vez la famosa pluma del final de Forrest Gump cayó en aquel instante y todo se volvió algo distinto. No sé que fue pero así lo sentí.

- Es hora de irme. Me ha encantado verte hoy –dije.

- A mí también me ha encantado. Espero nos volvamos a ver.

- Tal vez.

Y me marché.

Aún hoy pienso que la pluma de Forrest venía colada en algún bolsillo de mi jeans.


Una de las noches siguientes me senté en el balcón de mi departamento a contemplar la calle y su vida nocturna. Momento de distracción, eso necesitaba. No lograba distinguir casi mis manos en la oscuridad. La noche era espesa. Ella tenía la luz de su departamento encendida. Sobre la mesa ratona había un florero exquisito y un velador diminuto irradiaba un arco de luz que daba calidez al entorno. Afuera, en el balcón, las margaritas solo parecían contornos grisáceos. Estuve allí un buen rato con mi mirada poniéndose roma en dirección a su balcón y con mis pensamientos en cualquier parte.

- Ey, vecino, ¿cómo estás? –me gritó desde su balcón volviéndome a la realidad.

- Hola, muy bien.

- ¿Quieres tomar algo?, recién he terminado de trabajar y estoy cansada. Si tienes ganas puedes cruzarte y venir.

Entonces yo imaginé una cuerda de acero de balcón a balcón y yo cruzando por ella instantáneamente, pero enseguida supe que era mi imaginación.

- Ok. Ahí voy.

Me cambié como un rayo. Me puse mi mejor camisa y un toque de mi perfume Armani. Hice morisquetas frente al espejo intentando ubicar alguna pose en las cuales mis facciones me agradaran y me hiciesen sentir un seductor, pero al instante desistí, aquello tiraba por el piso mi autoestima. Toqué el timbre de su departamento y ella atendió con su sonrisa usual. A pesar de la diferencia de edad ambos nos comportábamos como de la misma edad. Era curioso pero eso sentía. Tomamos un par de copas de vino sentados en el balcón. Yo estaba allí rodeado de aquellas margaritas y gerberas que tantas veces había visto desde enfrente. Estaba al lado de la chica que más me gustaba en el mundo. Hablamos de cualquier cosa, reímos de cualquier cosa y el tiempo se esfumó como sin sentido. Nos comportamos como dos personas que nos conocíamos de años. Por la calle un motociclista pasó a gran velocidad con su novia aferrada a él, el matrimonio de viejos del séptimo piso de mi edificio miraba televisión en el oscuro y sus sombras en la pared parecían parcas acechándolos, un gato vagabundo ronroneaba sobre una cornisa, el vecino de al lado escuchaba a Bob Dylan a todo volumen. Vida, eso mismo, había vida por doquier y yo estaba allí, inserto en esa vida, porque era parte del todo, era un engranaje más de aquel mundo que de alguna manera confabulo para que yo estuviera sentado delante de ella. Tenía que pasar todo aquello, el motociclista, el matrimonio de viejos mirando televisión, el gato, el vecino con la música de Dylan, todo tenía que seguir ese orden para que ella y yo estuviésemos en aquel jardín flotante sonriéndonos y espiándonos sin escondernos.

Nos comenzamos a frecuentar.

Cada vez que coincidíamos en el balcón jugábamos a quien hacía más morisquetas. Creo que me sentía pleno y apostaría que ella también. Conoció mi departamento a principios del verano. Preparé una rica cena y cenamos en el balcón tal cual se había hecho costumbre en nosotros. Esa noche la besé. Después de hacerlo me miró dulcemente. Tomó mi guitarra y cantó un par de canciones en inglés para mí. Canciones de Dylan, de R.E.M., de Floyd. Volvimos a besarnos un par de veces. Finalmente terminamos desnudos en mi cama. Nos contemplamos en el resplandor que emanaba del velador. Era perfecta. La tenía allí, toda para mí, sin embargo más que hacerle el amor deseaba contemplarla y disfrutar un momento. Nos escudriñamos un buen rato y comenzamos a besarnos lentamente. Un hilo de humo de un sahumerio recorría la habitación. Aún se escuchaba la música de Dylan tras la pared del vecino. Hicimos el amor a su ritmo. Me recorrió con sus manos, me tomó, me usó a su antojo, me dejé ser su verdadero esclavo. La besé con ganas, creo que como nunca había besado a mujer alguna. La penetré con poder, con ambición. Noté en sus ojos que se sintió espléndidamente penetrada y eso me hizo sentir más macho aún. Terminamos haciéndolo en la sala y ahí quedamos dormidos tapados con una manta.

Cuando desperté se había marchado. Sobre la mesa ratona había una gerbera amarilla, hermosa, fresca. Desnudo caminé hasta el balcón y miré al suyo. Las ventanas estaban cerradas y no había señales de ella. Me vestí y con la gerbera en mi mano me senté en el piso del balcón. Un sol tibio comenzó a apoderarse de mi piel, una sensación inmensa de alegría me había invadido. Curiosamente, y aún después de tantas veces de habernos visto, no sabía su nombre. Imaginé muchos en un instante pero todos se esfumaron. Coloqué la gerbera delante del sol y lo observé. Las nervaduras se veían como ríos nuevos sobre la superficie de un planeta joven. El color se veía puro. Había vida en aquella flor que estaba a punto de morir en pocas horas. Entonces comprendí que yo era como aquella flor. Por mi interior corría vida y mientras la vida transitaba por mí debía vivirla y sentirla. Ella, la mujer más linda del mundo, era mi savia viviente y la que nutría mis nervaduras en silencio y a toda hora.



Bob Dylan, "Knockin' on Heaven's Door", del album Pat Garrett & Billy the Kid

martes, 2 de junio de 2009

Los balcones de Murcia (2)



2.

Tarde unos segundos en darme cuenta donde estaba, absorto en mis mundos no puse atención a las paradas del metro y sin darme cuenta terminé en una estación alejada. Contuve la respiración y me quedé escuchando el sonido del murmurar de la gente, la fricción del tren sobre las vías y el sonido único de la velocidad del bólido contra el aire. Afuera, un sol radiante, un cielo celeste e inconmensurable.

Bajé y me quedé por un instante sin moverme. Cerré los ojos y escuché el mundo que me rodeaba y me penetraba. Lo increíble de todo esto era que yo pasaba desapercibido. Era fantástico, me encantaba. Con el maletín en la mano me seguí quedando inmóvil, no tenía intenciones de moverme, tan solo quería percibir, sentir. Y así lo hice. Entonces una imagen vino a mi mente. Por aquel entonces yo estaba pintando un cuadro que representaba a un oasis y la sensación de tenerlo en frente mío me invadió. Era una sensación de amplitud y de deseo de libertad. Supe entonces que eso deseaba realmente. Treinta y siete años ya tienes, me dije murmurando para mis adentros. Aún no abría los ojos, mis manos sudaban y la agarradera del maletín estaba toda húmeda. Unas gotas de sudor frío me recorrieron el rostro y se sentían ardientes, como reclamando la necesidad de abrirse un camino justo a través de mi piel. Creí sentirme como una bomba nuclear al estallar, o tal vez ese era mi deseo, expandirme y diseminarme en átomos por todo el universo. Tal vez así lograría rehacerme de nuevo algún día y volver a intentar todo una vez más. Y del silencio pasé a una carcajada porque lo que yo quería era lo mismo que miles que sienten la necesidad de reinventarse cuando la vida no le es justa, cuando no les viene como anillo al dedo.

Durante aquella semana tuve día de ajetreos en el instituto. Todo el mundo estaba irascible, ensimismado en sus problemáticas. Nadie reparaba en nadie, el mismo cuadro de siempre. Pero yo me daba un tiempo para mirar las marquesinas electrónicas y el tumulto de gente que caminaba presurosa por la calle. Dejaba mi visión roma y me transportaba a esos mundos únicos e impenetrables en donde tan solo yo podía ingresar. Todo sucedía a través de los enormes ventanales del edificio donde daba clases. No sé si mis alumnos notaban mi conducta, creo que no, pero tampoco me importaba, tan solo yo debía lidiar con aquella batalla infernal que se libraba en mi interior y que dejaba ríos de sangre en mi mente. Ella también violentaba la seguridad de mis mundos y se metía en mis historias. Creo que yo la dejaba. Creo que era así la historia.

El último día de clases de esa semana, el viernes, volví un poco más tarde al departamento. Al subir por las escaleras sonó el celular. Era mi ex novia. Mensajes de extrañez, mensajes de amor, mensajes de S.O.S., mensajes de error. Giré el picaporte de la puerta, no encendí la luz y me tiré sobre el sofá. Había luna, luna llena y rebosante. Adopté una posición fetal sobre el sofá y perdí mi mirada en la luna. No se veían cráteres, tampoco alienígenas, ni mucho menos rastros de vida alguna, solo percibía una blancura extrema que me recordaba a las almas puras, a esas de las cuales me contaron que existían pero que distaban kilómetros de la mía. A la 1:32 AM sonó el timbre. Espié por la mirilla y era mi ex novia. Abrí, no quise preguntarle sobre cómo había logrado entrar al edificio burlando la seguridad, no tenía ganas, además me daría una explicación estúpida. Tomamos café. Hablamos pavadas. Reímos. Luego bebimos vodka. Finalmente nos comenzamos a explorar los cuerpos como solíamos hacerlo mientras convivíamos. Sin sexo, tan solo exploración. En busca de cráteres lunares, mares de Marte o satélites de Venus. Me tomó el rostro, recorrió mis labios con sus dedos y me miró fijo.

- Estás enamorado. Te conozco, sé que lo estás.

Eso es lo malo de volver a tener algo con tú ex, siempre conoce tus mañas, tus delirios, tus vulnerabilidades.

- Sí, lo estoy. Lo sabés. No hacía falta que te lo afirmara. –dije sin mirarla, con mi vista clavada en el velador de pie.

- Sí. Se te nota. Así como se nota cuando bebes. Tus pupilas se dilatan.

- Nunca lo noté, no sabía que eso pasaba.

- Sí, siempre te pasa. ¿Sabes?, la envidio.

- ¿A quién? –respondí confundido.

- A ella.

- ¿Ella?

- Sí, la mujer de la cual estás enamorado. La que en este momento debe ocupar tú mente, la que debe acaparar toda tú atención, la que debe concentrar en imágenes y deseos toda tú libido.

Me quedé en silencio. Hice una mueca con mi boca que sintetizó un sí.

- Me voy –dijo agarrando su campera y dando un portazo a la puerta.
Volví a quedarme sumido en la oscuridad. Decidí bajar, salir a la calle y caminar sin rumbo.

Afuera hacía algo de frío. Era una noche primaveral de noviembre pero estaba fresco. La luna, ¡qué me importaba la luna!, seguía allí, altiva y quieta. Una pareja pasa a mi lado, se están besando, tocándose, susurrando, se notaba que se amaban y se deseaban, yo me estremecí y subí el cierre de mi campera. Necesitaba aire, pero aire puro, y entonces lo busqué, caminé por una calle sin nombre, solitaria. Di con el parque y me senté en un banco. En frente mío sobre un banco una pareja se besaba sin discreción en la oscuridad, en otro banco más alejado un anciana daba de comer a los patos del parque, y más allá, perdida en la oscuridad, una adolescente se hamacaba lentamente en las hamacas del parque. Me quedo mirándola sin prisa y sin tiempo. Es que nada me importaba en ese instante. Me imagino que es ella, mi chica, de la cual estoy enamorado de un amor que tal vez es meramente platónico. La veo mecerse y disfrutar. La veo recibir todo el poder del aire con su rostro y disfrutarlo por completo en toda su piel. Me imaginé el título de un libro que escribiría, “La libertad de las hamacas”, y me sonreí. ¿Yo escritor?, y no pude parar de reír por mis adentros. Las hamacas dan paz, me dije. Me gustaría hamacarme junto a ella, compartir la sensación, recibir la paz, mecerme lentamente, abstraerme del mundo junto a ella y elevarme, elevarme, hasta tocar el cielo y caer en algún cráter inexplorado de la luna.

Mi amor es platónico, eso también me dije más de una vez aquella noche. Volví al departamento, me duché, me acosté y me puse a leer un libro. La luz del velador parecía un pequeño sol que irradiaba una luz cargada de ternura que creaba un mundo especial para mí. Me arropé sintiéndome confortable. Leí durante un buen rato pero no podía dormirme. Me levanté y tomé un vaso de jugo de la heladera. Por los ventanales se filtraba la luz del locutorio, las luces del cartel de la farmacia de turno del barrio y también la luz de su departamento. Me sorprendí al verla encendida y me arrimé al vidrio de mi ventana. Mi departamento estaba a oscuras. Sorbí lentamente el jugo mientras miraba. Estaba haciendo el amor con aquel muchacho del Mercedes Benz. Una sensación de ahogo y un ardor en el pecho me consumieron en un segundo. No puedo describir lo que sentí, no existen palabras. Siempre odié el engaño, pero ella no me estaba engañando pues yo no tenía nada con ella. Eso es una de las contradicciones de enamorarse platónicamente. Gozaba, y volvía a hacerlo. Se deseaban, se amaban, él la penetraba, ella pedía más. Una pose, luego otra, besos, saliva, ardor, ojos cerrados, entrega. Había demasiado daño en aquellas imágenes para mi ser. Dejé de mirar.

- Más hilo hijo, dale más hilo –me decía mi padre.

- ¿Así , papá?

- Sí, así está bien.

Mi barrilete remontaba más vuelo. Lo veía perderse por el cielo celeste y en un momento tuve miedo que alguna estrella me lo raptara. Todo lo que necesito está aquí, pensé mientras miraba el carretel de hilo y el barrilete flotaba en el cielo.
Esa imagen se me vino a la mente mientras permanecí sentado en la cama sollozando. Tal vez mi barrilete ya había sido raptado por alguna estrella porque el cordel se había cortado y no me había dado cuenta.

sábado, 30 de mayo de 2009

Los balcones de Murcia (1)




A Sonia, una gran lectora...

1.

Hay siempre algo fantástico en cualquier historia por más simple y vulgar que parezca. A ojos de muchos puede parecer una historia burda pero a ojos de un puñado puede convertirse en una historia fantástica o llegar a ser, tal vez, la mejor historia que han conocido en su vida. Tal vez esta sea una de ellas, una historia simple pero fantástica, y por sobre todo cargada de vulgaridad.

Yo tenía 37 años, ella 22.

Obviaré los detalles de cómo nos conocimos o cómo fue dándose todo el embrollo que nos llevó a conocernos y a percibirnos el uno con el otro, porque a decir verdad carece de interés en el relato. Sí rescataré lo que comenzó a pasar en la primavera de 2009 cuando por esas cosas de la vida ambos terminamos siendo vecinos y construyendo una historia que nunca olvidaré.

Ella tenía pelo lacio, ojos pícaros y una sonrisa que nunca pasaría imperceptible. Al menos para mí jamás pasaría. Es que desde que la había conocido, hacia un par de años atrás, siempre me había parecido una jovencita sumamente atractiva y con cierto aire interesante. Las mujeres siempre me han gustado así, sin importar la edad pues me da lo mismo salir con una que apenas raye los dieciocho que con una que pasó los cincuenta. En realidad la mujer para mí tiene que tener esa contaminación del “no sé qué”, que no es más ni menos que el don de ser distinta a cualquier otra. Pues bien, aquella muchacha lo tuvo desde el primer momento que la conocí y aquella primavera podía percibirlo más directamente puesto que se había convertido en mi flamante vecina.

Por aquel año yo alquilaba un pequeño departamento en Murcia en un viejo edificio a punto de derrumbarse. No era lo ideal vivir en aquel lugar pero era lo que mi sueldo de profesor universitario me permitía por aquellos días. Ella vivía en el edificio de enfrente. Era un bello edificio, nuevo, con hermosos balcones exquisitamente diseñados que hacían abrir la boca a quien los mirase, y enormes ventanales que le daban un aire moderno y minimalista a la vez. Se podría decir que ella encajaba perfectamente con aquel sitio.

Una mañana de sábado me choqué con ella de frente al volver del mercado. Hacía tiempo no la veía y aquel día como por arte de magia la chica que tanto despertaba sensaciones dentro de mí estaba con un manojo de bolsas con mercadería colgando delante de mí.

- Hola, ¡qué sorpresa! –dijo sonriente y contemplándome como tan solo ella puede hacerlo.

- Ufff ¡vaya si sorpresa!, ¡¿pero qué haces tú por mi barrio, niña?! –pregunté asombrado.

- ¿Tú barrio?, ¿vives aquí también?, yo vivo en este edificio –dijo señalándome el edificio moderno.
Pues me quedé atónito y sin saber qué decir. Yo vivía enfrente y nunca le había visto y eso no me lo podía perdonar.

- Pues ¡qué bien!, yo vivo en ese edificio, en ese que está todo corroído y que parece que en cualquier momento se desploma.

- ¡Woowww! ¡somos vecinos! –exclamo sonriente.

- Así es y la verdad que es una grata sorpresa

- Ya lo creo. Bueno, mira, debo subir, es que he ido a hacer las compras y aún me quedan cosas por diseñar. Es que estoy trabajando en un proyecto nuevo, en una casa de campo de unos hacendados millonarios y me han encargado que se las remodele y hay mucho dinero en juego. Tú me entiendes ¿verdad?, sino con gusto te invitaría a pasar.

- Claro, claro. Ve, no te preocupes. Lo mismo ha sido un placer encontrarte.
Nos saludamos y cada uno tomo su rumbo.

Después de aquel día no volví a cruzármela por la calle. Había días que al volver de mi trabajo me tomaba un tiempo para subir a mi departamento y leía el diario de parado en contra de la pared de entrada o tan solo observaba a la gente caminar en la vereda a la espera que ella apareciese pero sin embargo ella nunca se apareció. Eres un tonto si esperas volver a verla de esta manera, me dije para mis adentros. Así que decidí olvidarme del asunto y concentrarme en mi vida.

Una mañana al levantarme me desperecé frente a la ventana y sin pensarlo me encontré a ella en su balcón regando las plantas. Mis ojos, aún hinchados por el sueño, no podían creer lo que veían. Sí, ahí estaba ella, la muchacha que más me atraía y gustaba en el mundo. Me vestí rápidamente y abrí la puerta que daba al balcón y salí. Me apoyé en la baranda y le grité.

- Hola, ¿cómo estás? –grité fuerte mientras balanceaba mi mano derecha en un movimiento oscilante de izquierda a derecha.

Pero nada, ella seguía con las plantas y me ignoraba. Agucé un poco mi vista y observé que llevaba puesto su ipod y entonces suspiré. Aquello me trajo alivio. Ella no me ignoraba, tan solo no me escuchaba.
Otro día la volví a ver por casualidad. Fue un sábado por la noche. Yo había invitado un par de amigos a tomar unas copas y se había armado una pequeña reunión en mi departamento. Uno de ellos salió al balcón y al rato me llamó.

- Oye amigo, ¿quién es aquella belleza que vive en aquel departamento vecino?

–me dijo con cara de depravado, cosa que me molestó y sacó de quicio.

- No lo sé, es solo una vecina. Ven, vamos, deja de ser libidinoso con mis vecinas –dije con tono firme y enojoso.

- Ok, no te enojes, amigo.

Y así mi amigo entró y yo me quedé un rato en el balcón fumando un cigarrillo y viendo como ella acariciaba el lomo de un gato de pelaje dorado que mantenía sobre su falda. Era inevitable que la piel se me erizara cada vez que la veía. Durante tanto tiempo aquella mujer había participado en mis sueños y anhelos que ahora que la tenía tan cercana a mí parecía que distáramos a millones de años luz el uno del otro. Eso me entristecía y me sentía como dentro de una prisión en donde el carcelero tenía la llave y se había marchado bien lejos y ello no me permitía cruzar la puerta para ser libre de verdad.

Me sentía solo, terriblemente solo.

Se hizo costumbre espiarnos. Alguna que otra vez la descubrí observándome desde su balcón o ventana, pero cuando eso sucedía ella inmediatamente miraba hacia otro sitio y se hacía la desentendida. Pensé que me histeriqueaba, pensé que la brecha de edad que nos separaba hacía que mirásemos el mundo a través de distintas ventanas imaginarias. Su balcón era bellísimo. Poseía macetas de distintos tamaños y formas y una hilera de hermosas margaritas estaban dispuestas al frente y unas coloridas gerberas complementaban los costados. Sin lugar a dudas la atención que ella les ponía hacía que las plantas estuviesen tan bellas. Simbiosis, creo que esa sería la palabra exacta para describir aquella comunión entre ella y sus plantas de flores.
Entre aquellos momentos que nos sorprendíamos espiándonos hubo uno que recuerdo marcado a fuego. Yo hacía varios meses me había separado de mi última novia y desde aquel entonces no la había vuelto a ver. Una tarde de jueves esta me visitó con el pretexto de buscar unos viejos vinilos suyos que aún estaban en mi departamento. La hice pasar, tomamos café y mientras charlábamos puse uno de los discos en el equipo de audio. Casi sin rodeos el sexo llegó. No sé porqué las ex parejas tienden a comunicarse mediante el sexo después que pasa un tiempo y se vuelven a ver, pero la cuestión que con nosotros aquello también se cumplió, ¡y de qué manera! Nos desnudamos en el living del departamento sin tener pudor ni percatarnos de que los ventanales estaban abiertos. Mi ex novia disfrutaba mucho del sexo así que me dejé llevar y lo hicimos varias veces sobre el sofá, el piso, la mesa y en contra de la biblioteca y las paredes. Quedamos exhaustos. Ya anochecía cuando me incorporé y me comencé a vestir parado frente al sofá. Entonces la vi. Estaba sentada sobre su futón mirándome directamente a los ojos. Detrás de mí yacía mi ex novia desnuda y semidormida. Yo, con mi camisa abierta, mis pantalones por el piso y mi pene al aire. Sentí por primera vez vergüenza de mi desnudez y unas ganas terribles de que las cortinas bajasen de repente para que ella no pudiese contemplar aquel cuadro. Pero no podía, los dados ya estaban echados y la suerte aparentemente también.

Después del día de mi patética desnudez las ventanas de su departamento mostraban orgullosamente unas flamantes cortinas color crudo que dividían el interior del exterior, la vida interna de la vida externa, a ella y a mí. Por aquellos días sentía una culpa horrible dentro de mí. Me pesaba el alma. Si bien nunca me había animado a decirle lo que yo sentía por ella, yo mismo me auto juzgaba de una manera cruel por lo que había pasado con mi ex novia y lo que mi vecina había podido ver. ¿Qué me pasa? –Me preguntaba- ¿porqué me siento así si jamás me atreví a decirle nada de lo que siento por ella? Muchas preguntas me venían a la mente y todas me generaban un desasosiego que casi era inevitable.

Al tiempo decidí ponerle fin a aquella manera de sentirme y tomando coraje crucé la calle, entré a su edificio y pedí amablemente al portero el número del departamento de ella. El portero era un conocido mío, solíamos jugar a las cartas en el bar del vecindario y no dudó en decirme el número de su departamento y permitirme entrar al edificio. Previamente había comprado un libro de poemas de Mario Benedetti y lo había envuelto en un papel de regalo y colocado un moño blanco bastante apagado. Había adosado una tarjeta al libro que decía: “no creas todo lo que ves” y no la había firmado. Pensé que el anonimato sería entendido por ella si realmente estaba pensando en mí. No sé que me llevó a pensar semejante cosa pero en definitiva subí escaleras arriba, deposité el libro delante de la puerta de su departamento y me marché. Los días pasaron y no tuve noticias de ella ni tampoco la veía por el vecindario. Preguntaba al portero por ella y éste me decía que había noches que no venía al edificio y otras que un muchacho en un Mercedes Benz último modelo la pasaba a buscar o la recogía al anochecer. Entonces me supe fuera de juego. Y decidí terminar con el asunto.

Esa noche me emborraché. Tomé una botella del mejor brandy que tenía en el departamento y me senté en la oscuridad de mi balcón a mirar el cielo. Oscuro y plagado de estrellas todo el firmamento parecía una túnica mortuoria que envolvía en silencio mi ser. Su departamento estaba a oscuras, no había señales de ella. Entonces la imaginé haciendo el amor con otro, deseándolo, besándolo, dejándose penetrar y gozando un sexo pleno y tal vez furtivo, todos aquellos pensamientos se apoderaron de mi mente. Bebí más brandy. Maldije y vociferé sin sentido durante un rato. Al poco tiempo me quedé en silencio. El alcohol me había mareado un poco y un viento fresco de madrugada había invadido el balcón y enfriado mi piel. Entonces vi una estrella fugaz en el cielo y tuve la intención de pedir un deseo. Sí, un deseo. Casi al momento de pedirlo recordé momentos de cuando era niño y viví una situación similar. Estábamos en el patio de nuestra casa, mi padre y yo, hamacándonos placenteramente en la hamaca que pendía de un viejo fresno. Mirábamos las estrellas como solíamos hacer por las noches de verano. Entonces una estrella fugaz pasó y mi padre la señaló con el dedo corazón. Me entró una emoción enorme al verla e inmediatamente miré a mi padre. Contemplé sus ojos negros mirando la estrella fugaz y sentí vida en aquella mirada. Increíblemente aquel momento quedó grabado dentro de mí ser.

- Pide un deseo hijo, hazlo ahora antes que la estrella desaparezca –me dijo mi padre.

Entonces sin quitar la vista de la estrella fugaz pedí un deseo. Apenas hubo desaparecido volví mi mirada a mi padre.

- ¿Qué tienen que ver los deseos con las estrellas, papá? –pregunté inocentemente. Y mi padre contemplándome con ojos llenos de amor tan solo se limitó a despeinarme y sonreír. Luego volvió a mirar hacia el cielo y así permanecimos en
silencio durante un largo rato.

Tapé la botella de brandy, me enderecé como pude y apoyándome en las paredes logré entrar en mi habitación y desmoronarme en la cama. Mi cabeza daba vueltas sin límites, saliva salía por mi boca y un terrible dolor aquejaba mi frente. Mi mirada quedó perdida en la claridad que entraba a través de las cortinas. Un aura blanca y pura parecía invadir la habitación en penumbra.

Entonces sentí sueño y me entregué.

Un llamado desconocido había pasado por mí, tal vez fuese mi interior que me avisaba que debía dar un paso más allá y atreverme a luchar por lo que realmente quería y deseaba.


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jueves, 28 de mayo de 2009

los puentes en el cielo



No recuerdo en qué momento nació aquella rutina de sentarme a contemplar el cielo nocturno cuando mi interior me susurraba y me lo reclamaba. Supongo que no reparé en la fecha porque fue algo espontáneo y porque era algo que cada vez que se daba me conectaba con mi interior. Conectividad pura, creo que así podría llamarle. En la sucesión de veces que aquello se produjo durante casi toda mi vida fue que lo conocí. Se apareció una noche mientras yo estaba sentado en la mesa de cemento del patio. Solía sentarme sobre la mesa, era el lugar exacto para poder abstraerme. Me gustaba mucho aquel ritual.

Esa noche sentí una sensación de estar acompañado y al voltear divisé un bulto a mi lado, en medio de la espesa oscuridad.

- No te asustes -me dijo en voz baja.

- ¿Quién eres? -pregunté asustado.

- Nadie. O mejor dicho, sí, soy alguien, pero ¿acaso importa en este momento? Creo que me gusta lo mismo que a vos, mirar las estrellas y abstraerme. Por eso estoy acá. No te asustes por favor -volvió a implorarme.

Intentando mirar a unos ojos que no podía divisar pensé por un segundo que no tenía importancia quien era aquella persona sentada a mi lado, tenía cosas mucho más importantes que encargarme de otro asunto más que complicara mi existencia. Seguí contemplando el cielo. La cruz del sur titilaba con sus cuatro estrellas como si fuesen diamantes recién pulidos. Tal vez el frío de la noche los hace brillar así, pensé. Observé por un largo rato cada estrella olvidándome de quien se había aparecido a mi lado.

- ¿Cuál estrella te gusta más? -me preguntó aquella persona volviéndome a la realidad.

- No lo sé, creo que todas. No tengo ninguna predilección por alguna, al contrario, las considero bellas a todas. Cada una emite una luz con distinta intensidad. Es como si con su luz intentaran dialogar conmigo, así lo siento cada vez que me siento aquí a contemplarlas. Me gusta pensar que ellas me dicen cosas, que me cuentan como es estar allá en el universo y yo les cuento a ellas como es mi propio universo.

- Me gusta lo que piensas. A mí también me gustaría pensar que las estrellas me hablan.

- Oye, no se lo digas a nadie, ¿ok?, pues creerán que estoy loco o que tú estás loco, ¿sí? -le sentencié con voz altiva.

- No te preocupes. Además, no conozco a nadie, tan solo a ti.

Entonces intenté mirarle a los ojos. No pude verlos, pero sí seguí percibiendo su presencia a mi lado.

- ¿Quién eres? -volví a preguntarle.

- Nadie. O tal vez sí soy alguien. Me parezco mucho a ti, sí, eso, soy muy parecido a ti.

Entonces un satélite diminuto se vio surcando el firmamento entre las estrellas. Al verlo una tremenda angustia me arrugó el pecho.

- ¡Mira! -exclamé- ¡Mira!, ¡un satélite! -le dije mientras señalaba el punto de luz movedizo en el cielo.

- Sí, es hermoso, ¿no lo crees?

- Ufff, claro. A veces cuando veo un satélite rondando el vasto cielo nocturno siento mucha tristeza. Me imagino que dentro de él voy yo contemplando todo desde arriba pero sin poder hacer ninguna intervención, tan solo limitándome a mirar. Entonces me desespero. Grito, lloro, me angustio, me cargo de impotencia y nadie se entera de ello.

- A mí también suele pasarme de imaginar cosas así. No siempre, pero suele pasarme.

- ¿En serio lo dices? -le pregunté algo aturdido-

- ¡Claro!, ya te dije que soy muy parecido a ti.

Nada pude responder a eso. ¿Porqué yo debía ser único?, ¿acaso estaba escrito que no podría existir otro ser humano parecido a mí, que pensara parecido y que tuviera las mismas fantasías y anhelos?, no, sí que podía existir.

- Yo en cambio a veces me imagino cruzar un puente. Uno que está ahí, en el cielo. Cuando lo cruzo todo lo malo desaparece. Entonces lo uso como un escape. Cada momento que la vida me oprime hasta casi asfixiarme me pongo a contemplar el cielo nocturno y a buscar el puente. Lo hago durante horas, hasta que aparece delante de mi visión y es ahí que me lanzo en una carrera rápida y loca a cruzarlo. Cuando lo cruzo me paro en el otro extremo y logro ver las penas que me aquejaban tiradas en el suelo, justo delante de mí pero del otro lado, en el otro extremo del puente. Yacen inertes, opacas y olvidadas. Entonces me sonrío y vuelvo a ser yo una vez más, pero un "yo" mucho más liviano y puro. -me confesó.

- Debe ser increíble cruzar tú puente, al pensarlo se siente parecido a estar dentro de mi satélite. -dije sin intentar mirarlo.

- Algo así, tienes razón.

Seguí contemplando las estrellas y no perdiendo de vista al satélite. Se movía lentamente, casi arrastrándose entre las estrellas. Era de madrugada y un viento fresco comenzó a mover las hojas del álamo que estaba a un costado del patio. Cerré los ojos y tomé aire puro, se sentía espléndido. Cargué mis pulmones a su máxima capacidad y me imaginé dentro del satélite. Abajo, la Tierra, con seis billones de personas menos yo. Todos viviendo sus vidas, ignorándome a mí. El satélite se sentía frío y hermético y en su interior el tiempo parecía no avanzar. Eso me hizo sentir extraño y volví en mí.

- ¿Tienes frío? -pregunté a la persona que estaba a mi lado. Pero no me contestó.

Extrañamente sentí la sensación nuevamente de estar en soledad. Volví a intentar hablar con la persona que se encontraba a mi lado pero fue en vano, ya no estaba, se había ido. No supe nunca en que momento se fue de mi lado, ni quien era. Pensé que tal vez había decidido cruzar el puente del que tanto hablaba. Tal vez desde mi satélite lo podría llegar a ver algún día.


Las luces de los automóviles parecían luciérnagas en la noche. Pasaban por el puente como automóviles de carreras. Después de tanto deambular en busca de comida decidimos tirarnos sobre el pasto debajo del puente a ver las estrellas. El puente me hizo recordar a aquella persona invisible que años atrás me había acompañado por la noche a mirar las estrellas. Me pregunté dónde andaría, qué sería de su vida. No encontré respuesta alguna. Sumido en recuerdos y pensamientos me entredormí hasta que sentí el tirón de mi brazo. Era un policía, y eran los guardias del sanatorio.

- Debes volver, ya es suficiente -me dijeron con cierto aire parco y de enojo.

Me resistí. Pataleé. Grité, mordí, me babeé, pero todo aquello no sirvió de nada. Una inyección en mi pierna se sintió como fuego y me arrojó nuevamente dentro del satélite. Ahora se veía a la Tierra como la recordaba. Nadie podía verme, solo yo a ellos detrás de la escotilla. Una luz azul brillante envolvía la vida de todos en el planeta y yo seguía mi vigilia en el oscuro cosmos.

- ¿Me has extrañado? -me preguntó una voz conocida que provenía de mis espaldas.

Volteé asustado. En el satélite tan solo debería estar yo y nadie más. Pero no estaba solo, aquella persona desconocida estaba detrás de mí. Agucé mi visión y tras cruzar de frente al sol la reconocí. Era mi sombra que estaba sentada, cabizbaja y llena de pena detrás de mí.

- No he podido encontrar mi puente, -dijo con voz llorosa- por eso decidí seguirte hasta tú satélite y mirar juntos las estrellas. ¿Me ayudas a encontrarlo?

Entonces sin miedo asentí y le respondí con una muda inclinación.
Ya no estaba solo, ahora eramos dos buscando puentes en el cielo desde un satélite.




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lunes, 25 de mayo de 2009

muerte moderna (fin)



3.

Mi vida no tardó en acomodarse. Después de unos meses de silencios y de jugar a las escondidas con los recuerdos volví a mis quehaceres diarios y rutinarios. En una especie de cicatrización anunciada invisiblemente mi dolor se fue ausentando. Como pude encajé todo dentro de un cofre, le eché candado y arrojé la llave lejos, tan lejos que mi memoria se negaba a ubicarla. Era la única forma de seguir adelante, de lo contrario sucumbiría.

Después de un par de años, casi siete años de mi separación, encontré a mi ex esposa paseando por el parque de mi ciudad. Al principio no la reconocí, pero noté que aquella mujer me miraba y de una manera poco convencional, entonces presté atención y me di cuenta que era ella. El tiempo tiene sus maneras de actuar y sin lugar a dudas la había cambiado. Seguramente yo también estaba cambiado pero es difícil que uno mismo se percate de ello. Su rostro denotaba alguna que otra arruga, su pelo ahora estaba teñido, tal vez para resguardar sus canas, y poseía un cierto aire armónico y parsimonioso que jamás había visto en ella. Estaba sentada en uno de los bancos del parque, pensativa y con su mirada clavada en mí. Al reconocerla me acerqué a ella. Aún no sé porqué hice aquello, pero lo hice.

- Hola, ¡tanto tiempo! –saludé.

- Hola, sí, ¡qué sorpresa!

- No te había reconocido. Es que te ves distinta, no sé cómo decirte, es que hace tanto tiempo que no nos vemos. Apenas me di cuenta que eras vos algo interiormente me condujo hasta aquí, a saludarte.

- Me alegra que haya pasado. Sí, el tiempo pasa y deja huellas en nosotros, ¿no?... es como algo inevitable ¿no te parece? –me dijo sonriente y sin dejar de contemplarme con los mismos ojos que yo recordaba.

- Sí, tienes razón.


Fue entonces durante aquel encuentro y mientras se daba aquella charla que un recuerdo vino a mi mente. La memoria tiene esas triquiñuelas de las cuales muchas veces no logras explicarte porqué lo hace o cual es el motivo que desencadena semejante acto. Mientras se daba aquella charla y yo no quitaba mi mirada de mi ex mujer mi visión se volvió roma y me precipité al recuerdo que mi mente quería mostrarme. Había sucedido cuando éramos novios y nuestro amor recién comenzaba, en un atardecer de diciembre, al regreso de la universidad y a orillas de las vías del tren. Ella vivía al otro lado de las vías y para llegar a su casa debíamos de cruzarlas. Justo en aquel lugar se encontraba el depósito de locomotoras, el cual era gigantesco y era donde aquellas máquinas fantásticas hacían sus maniobras a toda hora del día. Ese atardecer, a vuelta de la universidad, cruzamos entre unos vagones las vías. Apenas cruzamos ella se paró en seco y me posó sus manos en mis hombros.

- ¿Puedo pedirte un favor? –me preguntó.

- Claro, dos también.

- No, solo uno. Uno y especial. ¿Puede ser?

- Si, dime, ¿cuál es el favor?

- Prométeme algo. Prométeme que nunca me olvidarás. Nunca. Pase lo que pase. Prométeme que siempre estaré presente en tú vida y que nunca te olvidarás de mí, aunque algún día por esas cosas de la vida no estemos ya juntos.

- Te lo prometo –le dije sin entender semejante pedido.

Pero lo cierto es que no cumplí aquella promesa.
Por esos pasajes de la vida después de mi separación el rostro de mi ex esposa se fue difuminando hasta el punto de perderse como la estela de la cola de un cometa. Nada de ella ya casi habitaba en mí, tan solo algún recuerdo traído al presente por algún comentario que yo recibía esporádicamente y que mi subconsciente lo asociaba con ella. Si eso no pasaba nada me hacía recordarla. Entonces volví a mirarla fijamente mientras permanecía sentada en aquel banco del parque. Esa misma mujer que había compartido parte de mi vida ahora estaba delante de mí como una persona extraña, como un cuerpo que no era afín a mis percepciones básicas. Mientras me hablaba yo mantenía una sonrisa que no se condecía con mis pensamientos. Se la veía feliz de haberme encontrado nuevamente, tal como si dos viejos amigos veteranos de guerra se volviesen a encontrar después de un puñado de años. Pero yo percibía el agujero negro que dividía nuestras existencias. Era oscuro, profundo e inerte. No había vida entre ambos y los recuerdos que en mi memoria habitaban aún sobre ella eran un mero engaño para mis sentimientos. Tuve ganas de decirle, “basta, ya es suficiente, lo que tú recuerdas ya es el pasado y ahora somos dos personas diferentes, en planos diferentes, viviendo vidas diferentes”, pero mi lengua no pudo moverse. En un momento dado dije que debía de irme, la saludé con un beso y cortésmente seguí mi camino.

Entonces me di cuenta que las páginas de mi memoria en donde los recuerdos vividos con ella estaban escritos palidecían y se habían vuelto amarillentos, tal como hojas abandonadas en un viejo cajón por años, décadas, o tal vez siglos. El tiempo se había distorsionado y había logrado distorsionar también los sentimientos y el valor de aquellas memorias. Me percaté de mi imperfección y de la imperfección que todos tenemos al amar. Tal vez de alguna forma ella intuyó que mi memoria sería frágil, mortalmente frágil, y si nos separásemos algún día la borraría de mi vida, a ella y a nuestros recuerdos. Si eso había pensado entonces había tenido un éxito lamentable porque mi memoria de alguna manera, tal vez resguardándose para que mi corazón no sintiese más dolor, la borró completamente de su registro. Aquel día al regresar del parque mientras caminaba rumbo a mi casa sentí una tristeza insoportable, una angustia extrema que oprimía mis sienes. Parte de la historia de mi vida, a la cual aquella mujer pertenecía, parecía haber sido diezmada por un gran tsunami y los rastros que quedaban de aquel amor eran casi ininteligibles para mi corazón. Entonces pensé que por alguna razón misteriosa la vida se encarga de acercarnos a personas, fusionarnos con ellas, y de repente, sin contemplaciones, nos las arranca y nos deja solos nuevamente. En esos momentos un precipicio infinito se presenta delante de nuestro ser ofreciéndonos ignorarlo o caer en él para siempre.

Yo lo ignoré.



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jueves, 21 de mayo de 2009

muerte moderna (2)



2.



Contaba y contaba las vueltas que daban las manecillas del reloj de pared mientras permanecía tirado sobre el sofá del living de mi casa. Así pasan mis días –pensaba-, e inmediatamente una sensación de desasosiego se apoderaba de mí. Después de mi divorcio la vida no había seguido igual, para nada. Nuevamente estaba comenzando a vivir una etapa de soltería, casi idéntica a los años previos a mi casamiento, pero algo se sentía distinto, todo era como un eco confuso, un efecto reflejo, algo que parecía familiar pero se sentía seco y extraño, tal como volver a experimentar un dolor al cual ya pensabas que conocías. Es que estaba nuevamente soltero, pero esa soltería sabía distinto, casi con un sabor amargo en el fondo. Me pregunté cómo se siente un prisionero al ser puesto en libertad y mi respuesta automática fue contundente, raro. Raro era la palabra perfecta para todo lo que aconteció luego de mi divorcio. Todo parecía como antes pero nada era como antes, ahora todo era raro, era como vivir un déjà vu de a ratos y de repente caer en la cuenta que para ser un momento ya vivido faltaban condimentos que lo confirmaran y lo volvieran auténtico.

De ella no supe más nada, absolutamente nada. El día que salimos de tribunales me despidió con un saludo tibio a lo lejos y se perdió calles abajo caminando junto a su abogado. Esa imagen es la última que mi memoria tiene atesorada de la mujer que compartió quince años de mi vida. Nada, después de ese día no hay nada, aunque mi subconsciente siempre trató de mantenerme ocupado con cientos de pasajes y momentos de mi vida a su lado. Era ahí, cuando los recuerdos me atropellaban, que me sentía infeliz y tenía la sensación de ser un marinero timoneando un barco en plena tormenta en altamar al que no podía darle rumbo cierto y al cual un miedo pavoroso a encallarlo lo asaltaba. Tomé por costumbre salir de mi departamento por las tardes y dirigirme a la estación del metro. Me sentaba en un banco cruzado de piernas a leer un libro. En aquel entonces trabaja freelancer y podía darme ciertos gustos. Disfrutaba mucho leer entre aquel bullicio. Cuando me aburría miraba los cientos de caras que pasaban a cada minuto por el lugar. Pensaba cuántas de aquellas personas tendrían una vida parecida a la mía y sin embargo no podíamos contenernos los unos a los otros. Muchos –me dije una tarde-, debemos ser muchos los que vivimos momentos de infelicidad en nuestro interior –y con ese pensamiento cerré el libro y volví a mi casa cuando ya las luces de neón de la calle comenzaban a prenderse.

Hice lugar en el guardarropa, quité alguna que otra prenda de ella que quedaba y coloqué todo en una caja de cartón. Viejas fotografías donde ambos estábamos juntos, un cepillo de dientes que hacía años ella había dejado de usar y había quedado olvidado en el baño, un juego de aros, un par de medias de lycra y una vieja agenda toda rayada que usaba en su oficina. Todo, absolutamente todo fue a parar a la caja y con ello parecía que un gran candado cerraba una puerta a la cual no volvería a traspasar. Mientras realizaba aquella tarea noté por la ventana que la tarde se había oscurecido. Nubarrones negros y amenazantes de a poco se habían apoderado del cielo y uno que otro trueno se dejaba oír a la lejanía. Lluvia, lluvia reparadora –pensé inmediatamente tras sentir el olor a tierra mojada que invadía rápidamente el ambiente. Salí al patio y observé el cuadro completo que la naturaleza me mostraba. La hamaca se balanceaba como jugando con el viento, las copas de los árboles se agitaban incesantemente, remolinos de tierra traspasaban la tapia y bañaban todo lo que a su paso encontraban. La lluvia no tardó en llegar.

Entré a la casa, tomé la caja y la llevé al cesto de la basura en la calle. Las primeras gotas comenzaban a caer. Se sentían frescas y puras. Al principio apresuré la marcha para entrar a la casa pero después la aminoré y me dejé empapar por la lluvia helada. Un calor reparador me recorría las venas y sentía como las gotas anónimas me golpeaban la cara. Cuando ya me hube empapado bastante me guarecí debajo de un pino. Una fragancia empalagosa afloraba debajo de aquel árbol y con ese perfume cerré mis ojos y rompí a llorar. Durante meses había apretado dientes y puños, había estrujado mi interior a más no poder, pero aquella tarde la lluvia ablandó la coraza y la explosión fue inevitable. Me abracé a mi mismo con mis brazos y con mi cabeza de lado lloré como cuando niño, como extrañando el abrazo de mi madre. Así lo hice durante un rato hasta que el llanto cesó y detrás cesó la lluvia. Un viento sur corrió los nubarrones y manchas celestes de cielo limpio de a poco ganaron el firmamento. La tierra estaba muy mojada, yo estaba empapado, y entonces percibí que algo había cambiado. Me sentía más liviano, menos abotagado. Entonces al azar la vista vi un hermoso arco iris como señal de no más lluvia. Eso, una señal –me dije-, una señal era lo que necesitaba para darme cuenta que la vida debía de continuar, que las etapas estaban para vivirlas y ser pasadas y que aún yo seguía vivo. Me levanté y erguido miré directamente hacia el arco iris con mis manos en mi cintura. Entonces sonreí.


martes, 19 de mayo de 2009

muerte moderna



No me mató el vacilo de Koch, tampoco lo hizo la separación de mi esposa. Ambos, tenían su grado de toxicidad y parece que para ambos soy inmune. Seguramente yo era tóxico, todos lo somos en alguna medida. Mi nombre es M., sí, tan solo M.

Tengo la terrible percepción que mientras estoy sentado aquí, ahora mismo, algo sucederá y cambiará mi vida por completo. Eso pensé mientras estuve sentado más de dos horas en el despacho del juez que nos divorciaba a mi esposa y a mí. Mientras él hablaba y los abogados lo miraban con ojos rapaces y furtivos mi esposa, mi ex esposa, tenía la mirada perdida más allá del gran ventanal de la habitación. Por un instante la envidié. Sana envidia. Ella podía abstraerse y divagar, aislarse de aquella situación, en cambio yo no podía, mis nervios carcomían mi interior y sentía una terrible opresión en el pecho. Hasta ese sabor amargo en mi boca seguramente fue de aquel momento vivido. Es que pasamos juntos muchas cosas en nuestras vidas mientras estuvimos fusionados. Me transpiraban las manos. Por fin el juez habló duramente, firmó sentencia y ella y yo volvimos a ser libres.

Tengo un par de libros que en momentos difíciles los abro en cualquier página y me transportan al cielo. Son como el carro de Ezequiel, el de la Biblia. Al llegar a casa después de pasar aquella mañana en los tribunales me eché en el sofá y abrí uno de aquellos libros en cualquier página. Intenté leer pero no pude. Intenté llorar pero tampoco pude. Solo una extraña y dolorosa sensación de explosión interna me tenía por completo maniatado sin posibilidad alguna de escape. Yo quería explotar y diseminarme en millones de partículas que flotaran por el aire. Partículas que no sintieran dolor, que no tuvieran recuerdos y que no tuvieran pensamientos que le preguntaran constantemente sobre qué haría el resto de su vida en aquel callejón oscuro que se presentaba delante. Pero no exploté. Era imposible.

Cerré el libro. Necesitaba distenderme. Salí al patio de la casa y lo recorrí completo mientras la pava al fuego calentaba el agua para el mate. Cada objeto o planta que veía me traía recuerdos, la increíble maquinaria de los recuerdos se había echado a andar y yo le temía. No hay nada peor que esa máquina poderosa que te aplasta milímetro a milímetro mientras te pasa por encima. Siempre le temí, pero en ese momento mucho más. La pava soltó el primer hervor y entonces llené el termo con agua caliente y cebé unos mates para mí mismo. Sentado en la hamaca del fondo del patio me hamaqué un buen rato, cabizbajo, en silencio, sin pensar en nada, tan solo mirando como el atardecer iba llegando. De reojo miré la casa. Estaba oscura, vacía, parecía encontrarse a millones de años luz de mí. Ella no estaba dentro y la casa lo sabía. Con el pasar de los años de ambos fue emanando cierto veneno tóxico que impregnó lentamente nuestra vida cotidiana. Ese veneno invisible se apoderó de todo sin que nos diésemos cuenta y terminó de ser como un virus que contaminó y enfermó nuestro amor, los objetos, los lugares y todo lo que conformaba nuestro mundo. Juro que no lo vi venir. Lo juro.

Se terminó el agua dentro del termo y sentí la comparativa con mi ex matrimonio. “Fue finito” –me dije, y aferrándome a la cadena de la hamaca rompí en llanto. Como las cebollas, una cáscara más de mi interior se había desprendido, y había quedado dispersa por ahí, quién sabe dónde. Pero era imposible volver a colocarla en su lugar, la vida no da esas revanchas –me dije- y ya era hora que empezara a aceptarlo.