miércoles, 7 de abril de 2010

¿Me recuerdas?

¿Me recuerdas?


Si me encuentro a un viejo amor en la calle tal vez titubee un instante sobre qué decirle.

Se me ocurre una cosa: “¿recuerdas quién soy?” A lo que ella, dependiendo de su actitud, puede responder en silencio para no comprometerse con palabras.
Difícilmente acierte en totalidad sobre su respuesta. Siempre algún desliz habrá por donde se fugará la respuesta completa, y yo, con un alto porcentaje de su gesto haré en mi mente una respuesta un tanto aproximada. He de observar sus labios, la mirada de sus ojos, la gesticulación de sus manos, y un puñado de músculos faciales. La respuesta está ahí, atrapada, en todo ese cúmulo que conforma una expresión femenina.

Tal vez si esboza una sonrisa pensaré que me recuerda en los bonitos otoños, en las noches de sexo profundo, en las sonrisas inesperadas, o en las largas horas de charla entre sábanas. Si sus labios se muestran horizontales me haré a la idea que he sido en su vida como una flor de estación que logró admirarse para luego olvidarse tras ser arrancada por un fuerte soplo de viento. Y si no repara en mí entonces pensaré que me amó de verdad, que escribí algo en su corazón y que aunque intente hacer el esfuerzo de olvidarme no puede, pues batalla con su indiferencia para lograr erradicar una verdad que tiene metida en su corazón.

Safe Creative #1004085935867

(Imagen: La casa a pois)

jueves, 25 de marzo de 2010

Sol de primavera



porque un día yo también fuí niño,
y a veces el futuro me entristece...






Hay un silencio que inunda el espacio con gran disimulo. Lo llena con paciencia mientras bordea poco a poco todo mi cuerpo. Me percato de ello cuando ese silencio se metió en mi cabeza.
Observo.
El día ya no parece un día más, los sonidos tampoco, y los pensamientos dejan de serlo para tal vez, porqué no, convertirse en una especie de visión tímida y cauta que se dibuja solo entre mis sienes.

Y vi cosas.

Me vi en una casa paterna grande y solitaria un atardecer de primavera. Solo, yo recorría la casa mientras observaba cómo los últimos rayos cálidos de sol la inundaban por completo. Y la casa ya no era la de mis padres, mis hermanos y yo. No. Era una casa distinta, con memoria, que me vio nacer, me vio jugar, enamorarme, fallar, llorar, y hasta amar, de la manera que sé y puedo, a mis padres. Es entonces, en ese silencio, que la visión persiste y me muestra tal vez de manera sucinta un pedacito de lo que vendrá.

Estiro la mano y siento la tibieza del sol recorrérmela. Abro la ducha del segundo baño, uno que aún hoy no existe pero tal vez sí lo haga en un futuro incierto, y observo caer el agua. Y la dejo caer, y siento como se estrellan las gotas contra el piso, dejo abierta la puerta. El sonido de la lluvia inunda parte de la casa y ese eco me sigue.

Yo jugué, yo aprendí, yo viví. Yo hice tantas cosas en un diminuto espacio del mundo, rodeado de seres que como por arte de magia Dios puso a mi lado, que me resulta extraño palpar la visión, sopesarla. Todo llega, eso aprendí de a poco, a los tumbos, rayándome el alma, lastimándome el corazón. Y a esa meta que se llega suele pasar que lo hacemos cada vez con menos, con un poquito más de liviandad de espíritu y ser. Tal vez algún día llegaré a esa otra casa que me espera paciente en un futuro con fecha incierta a la vuelta de la esquina.

De a poco el silencio deja de rodearme y baja, desagota como un río que huye montaña abajo. Lentamente la visión se esfuma y las imágenes desaparecen de mi cabeza y me encuentro ahí, en la misma casa, hoy, con la sonrisa y la charla de mis padres, con los ecos de los hermanos jugando entre las paredes y la tibieza de un sol de marzo simulando una ficcionada primavera.

Safe Creative #1003255834986

(Imagen: http://www.flickr.com/photos/aydinaydina/2720101211/)

lunes, 15 de marzo de 2010

Dakota


Mientras avanzaba el colectivo por la ruta cruzamos un monte, tupido, gigante, cargado de cientos de árboles hermanados, todos dispuestos uno en frente de otro como si supieran de hermandad y reciprocidad. Y los miré. Pasaban rápido ante mi visión, por un instante pensé en un mundo paralelo al mío, al que vive el resto del mundo, un mundo en donde reina la tranquilidad y es hogar de pájaros, del viento y la soledad misma.

Pensé en escribir. Pero no podía. El asiento se sentía cómodo, mullido, demasiado etéreo para pensar en otra cosa que librar solamente la imaginación. Entonces fue así, dejé los pensamientos bullir mientras miraba el monte.

- Quisiera vivir allí, al menos por un instante –me dijo mi compañera de asiento, la cual no conocía. Tras darme vuelta pude contemplar su rostro somnoliento. Deduje que estuvo observándome mientras miraba por la ventanilla.
- Sí –respondí volviendo a observar el monte- sería como escaparse del trajín diario, de la locura cotidiana y adentrarse en algún tipo de paréntesis que te aísla de la monotonía. Algo así como la serie “Lost”, contesté –entonces ambos reímos.
- Justamente. Eso mismo, algo parecido –y fue en ese momento que se puso sus anteojos de sol, tal vez para observar más minuciosamente como sería aquel tipo de vida dentro de aquel monte aislado – Aunque me gustaría estar ahí dentro con mi novio –repuso.
- ¡Claro! –exclamé- seguramente de esa forma el tiempo parecería detenerse y ¡la pasarían bomba!
- Tal vez –dijo
- ¿Tal vez?, ¿porqué piensas que tal vez?, ¿acaso no la pasarías genial con él ahí dentro?
- No lo sé. ¿Sabes?, es mi primer novio. Yo aún soy virgen. Mis pechos solo los ha tocado él y nadie más, pero solo por encima de mi ropa. Espiritualmente me siento fantástica a su lado, él es todo para mí, pero aún no me animo a dejarme penetrar. Tengo fantasías y tengo muchos deseos, no soy un bicho raro, pero hasta ahí llego. No sé porqué te cuento esto a ti, aunque supongo que lo hago porque eres un completo desconocido, al cual no veré jamás en la vida al bajar de este colectivo. Eso creo.
- Puede ser –dije un tanto perplejo- Y dime, ¿lo amas?
- ¡Que pregunta!, si supiera lo que es amar. Si me guio por mis amigas de colegio creo que sí, aunque muchas de ellas aman a un chico por sus ojos, por sus facciones y luego cuando se acuestan con ellos al poco tiempo ese amor les desaparece. No lo sé ¿Me creerías si te dijera que no tengo la más remota idea de lo que es amar a alguien?
- Sí, claro, ¿cómo no iba a creerte? Pero te sacaré un peso de los hombros. Mira, aunque te llevo un par de años yo tampoco sé bien qué es amar en realidad. A veces pienso que es algo inconmensurable, otras veces pienso que es algo para toda la vida y único y la mayoría de las veces decanta una única respuesta: algo cíclico que caduca según un tiempo ya preestablecido.

Por un instante la chica que estaba a mi lado hizo silencio. Volvimos ambos nuestros rostros enfocando hacia el monte. Los árboles se sucedían uno a otros y la misma velocidad del colectivo dejaba un efecto fugaz y de color verde intenso al mirarlos. La chica apoyó su cabeza en mi hombro y se durmió. Entonces pensé en la muerte.


- ¿Mi esposa está con otro hombre?
- No lo sé –dijo mi amigo moviendo lentamente su cabeza. Me sentí en un médano, no, más certeramente en una ciénaga o mejor aún, en arenas movedizas- Aunque es probable que sí –concluyó. Y esa frase fue demasiado certera para mí.

Fue en ese momento que mi razonar dejó de funcionar y mi ser primitivo accionó sin control y sin timón. Los ojos se me llenaron de lágrimas, maldecí el sentimiento del amor y cerré fuertemente mis puños, como si dentro de ellos estuviera ella, sonriéndome, jurándome ese amor eterno del cual siempre se jactaba.

- ¿Te sientes decepcionado? –preguntó mi amigo.
- No, no es decepción la palabra que lo englobe todo –respondí- Mejor sería utilizar una palabra que no existe y que fusionada englobe a todas las que quisiera pronunciar, pero eso no me es posible, amigo. Vacío es una de ellas. Triste, es otra. Dolido, una tercera. Y así podría enumerarte muchas más. Pero por más que enumere palabras hay algo que debo dejar en claro para mí mismo, para mi propia respuesta espiritual. ¿Porqué ella está con otro hombre?
- ¿Y porqué piensas que está con otro? –preguntó.
- Tal vez yo caí en algún abismo y solo quedó mi sombra en la superficie. Mi sombra es mi sombra y no soy yo, ¿entiendes? Es parte de mí, pero solo una porción, el resto, la otra parte de mi esencia tal vez la perdí, o bien cayó al abismo. Nadie quiere estar al lado de una sombra, tampoco al lado de alguien sin esencia. Las sombras son livianas, volátiles, y se mueven silenciosamente; la esencia es invisible y se puede sopesar, palpar, percibir. Creo que ella percibió eso y yo no. Yo seguí sin observar nada, o mejor dicho sí, me observé durante mucho tiempo a mi mismo y descuidé mi mundo circundante, solo dejaba visible mi propia sombra.


El colectivo dejó atrás el monte y la chica a mi lado aún dormía. El recuerdo de aquel momento de mi vida se desvaneció rápidamente. Detrás de sus anteojos de sol oscuros había un rostro lleno de juventud e inocencia. Sus delicadas curvas denotaban una mujercita exquisita y sensual, y su piel, tersa y joven, llenaba de pureza la visión. Después de unos kilómetros pensé nuevamente en el monte que acabábamos de atravesar. Me imaginé caminar en su espesura, detenerme y ponerme en cuclillas. Escuchar los ruidos que habitaban dentro de él. El sonido del viento pasando entre los árboles, el trinar de los pájaros, el olor a naturaleza viva, el susurro del silencio y el murmullo de mis pensamientos. Una isla en medio de mi propia vida. Un lugar donde nadie pudiera encontrarme. Me sentí por un instante como aquella chica: libre, con un mundo nuevo por conocer, con un montón de aventuras por realizar y vivencias que sobrepasar. Inocente, despojado de temores y tabúes, completamente limpio de todo aquello que pudiera mancillarme. Y todos esos pensamientos estaban atrapados dentro de una especie de caja, justo dentro de mi cabeza.

Pronto desistí, “no pienses nada…”, me dije. Y eso hice. Miré hacia el frente y vi al conductor erguido y concentrado en sus acciones, tal como un autómata concentrado en su rutinaria tarea. La línea central de la ruta parecía una cinta de color amarillo que se perdía en el horizonte, en el infinito. La somnolencia avanzaba trepándose por mi cabeza y bajando por el resto de mi cuerpo, el traqueteo monótono del colectivo y su invitación al sueño, el silencio interno, el ronquido de algún que otro pasajero, invitaciones gratuitas a sumergirse al mundo de Morfeo. Apoyé mi cabeza junto a la de aquella chica y cerré los ojos. Podía percibir el perfume de su cabello y esa percepción me extasiaba. Caí en un sueño profundo, justo dentro del monte.

Safe Creative #1003155750034



(Imagen: http://img.ffffound.com/static-data/assets/6/7ed22107a738ddea75fc4e481bb169a01cf3a93c_m.jpg)

lunes, 8 de marzo de 2010

El paraguas rojo

Asesinamos a Krys cuando dormía. Fuimos los cinco de siempre, los mismos que nos criamos en las callejuelas del barrio y reíamos los domingos a la hora de la siesta cuando el titiritero llegaba con sus viejos títeres a hacernos reír. Después del asesinato sentí vergüenza de mí mismo y un frío gélido me recorrió las sienes. Había matado a Krys, en un día lluvioso, mientras ella misma intentaba por sus propios medios de alejarse de este mundo. ¿Quién era yo, o quiénes éramos nosotros, para semejante barbarie? Antes suponía que éramos amigos. Krys, ellos, yo, pero no tengo amigos asesinos, ni tampoco una amiga asesinada, por eso pienso que todo lo que anoche aconteció fue solo una pesadilla, de esas que de tan vívidas tú pareces encarnar a la perfección uno de sus personajes más oscuros.

El teléfono sonó a media mañana cuando aún dormía empapado en sudor. Buscando al tanteo di con el aparato y escuché la fría voz de la mujer del hospital. Perdone señor, la señorita Krys acaba de fallecer, siento mucho despertarlo con esta triste noticia. Entonces colgué. Mantenía mi cara apoyada en la almohada, y la habitación olía a lavanda, tal como solía gustarle a Krys cada vez que venía a visitarme y quedarse a dormir. Tuve recuerdos de un asesinato, el de cinco amigos ingresando a una sala de terapia intensiva de un hospital y desconectar la máquina que hacía posible el milagro de mantener la vida. Y de repente todo a mí alrededor parecía un pozo oscuro, con sus paredes húmedas, donde la vida no asomaba y dejaba todo el lugar accesible para que la nada se apoderara de él. Tal vez Krys estaba en aquel pozo, tal vez ella podía acercarse a mí con su manera tan peculiar de hacerme sentir único, y apoyados en las paredes frías haríamos el amor como solíamos hacerlo sin que nadie lo supiera, sin que nadie pensara que ella y yo solo éramos otra cosa más que amigos, esos amigos de toda la vida, los amigos de los domingos de títeres, los amigos de los hombros siempre disponibles.

Al llegar al hospital la atmósfera se podía cortar con un cuchillo. Los rostros de los otros cuatro asesinos se veían blancuzcos y deprimidos, tal como los recordaba del sueño. La culpa, lo innombrable, lo imposible, todo eso seguramente volvía sus caras con esa tonalidad de pecado. Lo sentimos mucho, me dijeron. Uno por uno pasó a abrazarme mientras yo observaba a Krys detrás del vidrio dormir ese sueño tranquilo y eterno que tanto buscaba y del que tanto me hablaba por las noches. Yo sabía que algún día la asesinaría y que la muerte no se enojaría conmigo, al contrario, me entendería y tendría piedad de mi amiga. Finalmente pasó, Krys ahora dormía y ya no sufría. Venció a la enfermedad. Destruyó el dolor.

Los cuatros asesinos se fueron de a uno, y yo, el quinto, me quedé a solas en la sala de espera. Detrás de mí una ventana comunicaba con el mundo, ese mundo que habitábamos a diario y que ignoraba cómo hay almas que se esfuman por las noches. Llovía torrencialmente, tanto que era casi imperceptible ver más allá de la distancia de un brazo. Me apegué al vidrio y contemplé el diluvio. Entonces amainó, y en frente una mujer, con un paraguas rojo, se mantenía parada, inmóvil, bajo la lluvia. El color de la sangre, pensé. La observé por unos instantes y diría que a simple vista parecía Krys, pero eso era imposible, ella aún dormía sobre la camilla helada. La mujer cruza la calle y se para en medio de ésta, cierra el paraguas y lo tira al suelo. Finalmente vuelve sobre sus pasos y se pierde detrás del aguacero incesante que una vez más se desata. Corro a la calle, observo el paraguas, lo tomo, me huele a Krys, entonces lloro.

Descuelgo el teléfono después de escucharlo sonar un par de veces. Abro los ojos al mundo y escucho la voz de la enfermera del hospital. Señor, su amiga acaba de fallecer. Me visto rápidamente con lo que encuentro, abro el placar para tomar el abrigo y tras hacerlo caen trastos, entre ellos, un paraguas rojo.

Safe Creative #1003085711365

jueves, 18 de febrero de 2010

Raíces nuevas


Cuando mi mujer volvió de trabajar dejé de sentirme solo. A veces la soledad del departamento me asfixia. Es como la horrible sensación de tener una bolsa de nylon en mi cabeza y ajustada a mi cuello. Nos sonreímos ambos y nos dimos un beso a secas. Ella tomó una silla y se sentó alrededor de la mesa apoyando los codos sobre la superficie y las manos en sus mejillas. Noté que algo andaba mal. Tal vez era cansancio. Le conté que al volver de mi trabajo por debajo de la puerta había un telegrama el cual señalaba que su madrastra había muerto.

Ella suspiró y dijo:

- ¡Ufff! ¿Murió? –Luego añadió: Bueno, pobre, supongo que así lo quería el destino, ¿no?

Y lentamente, sin cambiar su postura, sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas que caían lentamente por las mejillas hasta estrellarse en la mesa. Me causó una profunda tristeza verla así pero algo me sujetaba a la silla y me impedía salir despedido a abrazarla y contenerla.

Entonces dijo:

- ¿Sabes?, creo que cada uno de nosotros tiene un destino escrito en algún sitio y que la vida se encarga desde niños de marcárnoslo; pero no lo sabemos ver, puede que lo tengamos frente a nuestros ojos y que lo ignoremos, o pensemos que solo se trata de pensamientos superfluos o divagues de nuestro subconsciente.
- Tal vez –respondí- Creo también en el destino. En mi veintena llegué a sostener que podíamos escribir el destino de nuestras vidas a nuestro antojo, pero poco a poco, a medida que fui creciendo y pasando aquellos años alocados, me di cuenta que no era tan así, que si creía en un orden cósmico debía existir también un orden para caminar por nuestras vidas.

Mi mujer rompió a llorar amargamente. Me pude librar de la atadura invisible que me contenía a la silla y corrí a contenerla. Me abrazó fuerte, muy fuerte, mientras notaba que con los dedos de sus manos parecía estar buscando algo en mi espalda. En aquel instante pensé en que hacía mucho tiempo no veía a alguien llorar tan amargamente. Eso me deprimió, me causó mucha amargura y más sintiendo que esa sensación emanaba de la mujer que yo mismo amaba mas que a nadie en el mundo.

De a poco fue cesando su llanto y fue dando paso a pequeños espasmos y contracciones causadas por el mismo. Yo tan solo acariciaba su pelo y lo besaba con diminutos besos de vez en cuando. Mientras estuve así mi mirada se quedó roma y recordé el momento que mi abuelo me habló sobre el destino. Yo no pasaba los ocho años de edad y había descubierto, por curiosidad de niño, un libro guardado en uno de los cajones de su casa. El libro hablaba de un niño que vivía en un asteroide y que había caído a nuestro planeta en medio del desierto. Mi abuelo me hablaba maravillas de aquel libro y decía que la vida siempre nos sorprendía con cosas insospechadas, que el destino era inevitable y que las sorpresas de toparnos con gente maravillosa podía estar sobre un asteroide o sobre la misma Tierra. Hice de aquel libro uno de mis preferidos, aún de adulto.

Cuando mi mujer dejó de llorar abrimos una copa de vino y brindamos por el alma de su madrastra. Bebió lentamente un sorbo de Malbec y me dio un diminuto beso en los labios. Aún con sus ojos rojos por el llanto y sus facciones abatidas noté que a pesar del dolor el amor emana de un ser humano como raíces nuevas en plena primavera.

Safe Creative #1002195551946

domingo, 14 de febrero de 2010

Las grietas del pilar

 

Tuve la sensación devastadora de una muerte inesperada el mismo momento que dándose media vuelta me dijo adiós. Uno cree que la amistad no muere y que es para siempre, o al menos eso quiere creer y a eso tiende a aferrarse. Tras verlo caminar lentamente después de la gran discusión de aquel día sentí que lentamente parte de mi ser iba desprendiéndose paulatinamente con sofocones de calor y un dolor tan agudo que ya casi no era dolor sino algo jamás pensado. Yo por entonces era un muchacho recién salido del capullo, con extrema exposición a los azotes nuevos de la vida. La amistad era, a mi modo de ver, el único lazo importante que mantenía en pie gran parte de los pilares de mis principios; por tal le daba un importante lugar en mi vida diaria el cual permitía cultivarla y mantenerla siempre vigente. Sin embargo, aquel día, tras nuestra despedida sentí que el pilar se había resquebrajado, que el templo sagrado se fisuraba y tanto yo como mis principios corríamos el terrible destino de perecer.

En la oscuridad de aquella calle me quedé solo. El invierno era duro, más que otros años, y el brillo de las estrellas en la noche helada parecía distinto al de otros cielos que yo recordara. Encendí un cigarrillo, levanté el cuello de mi sobretodo, y decidí volver al departamento que alquilaba a escasas cuadras del centro de la ciudad. La lóbrega oscuridad se cernía sobre los viejos edificios y todo el mundo estaba en sus departamentos al lado de los calefactores o las estufas junto a sus seres queridos o en soledad, algunos tal vez amándose, otros teniendo sexo, o bien ahondando aún más la brecha que los separa los unos a los otros, pero nadie, nadie, caminaba por las calles. El humo del cigarrillo dejaba una estela blanca tras de mí tal como un barco a vapor deja su señal en un río al anochecer. Interiormente estaba destruido, acongojado, mis ojos llenos de lágrimas ardían ante el aire frío de la noche. Intenté pensar en nada, quitar aquel momento que desencadenó la locura y la posterior pérdida, pero no pude. Fue demasiado para mí. Aún no sabía con exactitud que me había dolido más, si encontrar a la mujer que amaba siendo penetrada por mi mejor amigo o ver que mi amistad había sido traicionada por la carne plagada de vicios. En ese momento no me sentí traicionado por aquella mujer, dudé entonces de mis verdaderos sentimientos por ella. Es que los hombres somos así, tenemos esa medida oculta en nuestro interior que solo en dosis justa resulta amor, de lo contrario no es nada, tan solo instantes más de nuestras vidas dedicados al placer y la hipocresía. Al llegar al café Crocatto, crucé la calle saltando los charcos y cayendo justo sobre los adoquines. Un viejo borracho dormitaba al lado de la puerta y aún así, sumido en profundo sueño bajo el frío incesante, extendía su brazo con un tarro pidiendo limosna. Eché una moneda en aquel tarro y ni siquiera el ruido del metal despertó al viejo. Tras quitarme el abrigo me senté en la barra y pedí un whisky doble, sin hielo. La necesidad de tomar algo fuerte y calmarme era imperiosa. ¿Porqué me la agarré con él y no con ella?, ¿acaso no hubiera sido menos dolorosa echar a aquella puta a la calle y desenfocar la culpa de mi amigo? Las preguntas me llovían y las respuestas estaban en sequía. Tomé el whisky de dos grandes tragos y me quedé ahí, inmóvil, mirando a través de la ventana como la noche oscurecía más y más la calle, borrando de a poco las imágenes, escapando lentamente al dolor y palpando minuciosamente las grietas del pilar dañado.

Safe Creative #1002145517268




(Imagen: MARGARITA SIKORSKAIA http://www.sikorskaia.com/ Gracias Froiliuba por el aporte)

sábado, 13 de febrero de 2010

El embrujo de las palabras


Los que me conocen saben que escribo desde hace mucho tiempo, los que me conocen más profundamente saben que lo hago desde niño y los que no me conocen se están enterando ahora mientras leen esta entrada. Desde que comencé a escribir nunca me sedujo el hecho de participar en talleres literarios, o enviar mis escritos a webs que generosamente me invitaban a participar. Tampoco me seducía la invitación de varias editoriales de aquí, Argentina, ni de países latinoamericanos que me invitaban a participar en antologías o en concursos literarios. Tampoco fui capaz de escribir aún mi primera novela. Muchas negativas para algo que me gusta tanto ¿El porqué? No tiene una respuesta simple, tal vez sea una mezcla de mi propia manera de ser y de cómo siento la escritura. Escribir es para mí como charlar. Las escenas se dibujan fácilmente en mi mente y no necesito nada más, en realidad sí, un lápiz y hojas o simplemente una computadora con un procesador de textos. El blog fue a lo único que me atreví. El blog fue el medio en donde siempre he querido mostrar mis escritos. Y esas ganas tienen un trasfondo, un porqué. Siempre pienso que un escrito puede perdurar en el tiempo y hay personas que pueden leerlo hoy, mañana o tal vez dentro de varios años y la sensación que les producirá será única hoy, mañana y dentro de tantos años.

Hubo gente que se cruzó por mi vida -vida un tanto bohemia tal como soy yo- y tras conocerme y ver mis aptitudes de escritor me impulsó a escribir una novela, o cuentos, y que los publicara. Me incitó a participar en concursos literarios ofrecidos por editoriales o bien a registrar mis escritos para luego enviarlos a editoriales nacionales. Siempre he pensado que no escribiría para ganar dinero y ahí radicaba siempre la discusión central. Yo escribo porque me gusta y porque a veces tengo el sueño de que millones de personas lean una novela mía y marque parte de sus vidas. Es un gran sueño, pero es parte de nuestra existencia humana. Sin sueños no hay nada. No sé cuando escribiré esa novela pero algún día lo haré. Pero no será impulsado por ser un nombre en una lista de escritores, o por el dinero o bien por esa estúpida “fama” a la que todos idolatran por tener un libro publicado (hoy por hoy cualquiera publica un libro con algo de dinero y las editoriales están a la caza de ello). No. Será un impulso genuino cuando me sienta listo para ello.

Hace un tiempo envié por primera vez un texto mío que publiqué en uno de mis blogs a un blog de taller literario, a saber, KAPASULINOS. Cuando vi su web me dije a mí mismo, ¿porqué no? Tal vez ya sea tiempo de empezar a enviar lo que escribís. Y eso hice. Han publicado mi texto y eso me dio una sonrisa. Con esta entrada quiero agradecer a ese grupo también porque si bien ni ellos ni yo nos conocemos ambos tenemos el vínculo en común que es la literatura.

Las sonrisas son generadas por la lectura de un lector, lo que de él emana, aunque sea en silencio. Cuando alguien después de leer un texto que he escrito me dice que se puso en la piel del personaje, vio la escena o simplemente leyó en silencio y sin comentar pensó que era un buen texto automáticamente me arranca una sonrisa de satisfacción. No sé cual es el embrujo de las palabras, ni la magia de las historias, solo sé que es algo bonito que posee esta vida y así como muchas veces soy lector y disfruto de la magia que grandes escritores me ofrecen, otras tantas puedo yo mismo hacer sonreír a alguien con mi prosa.

A continuación dejo el link del texto publicado por si quieren releerlo y a todos siempre darles las gracias por estar presente en mis blogs.



Miguel.

sábado, 6 de febrero de 2010

El vidrio empañado


Después de tanto tiempo logró encontrar su número en la guía telefónica. Sabía que buscando por su apellido paterno tenía posibilidades, y el éxito estuvo de su lado. Aún cuando la noche se sumía en la profunda oscuridad y la lluvia daba el escenario lúgubre para que todo encajara como un perfecto error Nicolás no dudó en llamar. Entró al café de la esquina, pidió el teléfono semipúblico y con sus manos húmedas por la lluvia y temblorosas por la acción que acometería marcó finalmente.

Se sorprendió al escuchar la voz de ella. Jamás pensó que ella atendería a primeras. Después de tantos años aquella voz parecía igual, nada la había alterado, le pareció como que el tiempo había transcurrido para todo pero no para esa voz. Sonrió tímidamente mientras apretaba fuertemente el auricular contra su oído. Ella estaba ahí, del otro lado de la línea. Los mismos labios, el mismo perfume, los mismos ojos y porqué no la misma mueca que siempre se producía en sus pómulos cuando se impacientaba por algo. Ninguna palabra brotaba de los labios de Nicolás, sin embargo su mente lo avasallaba con ellas y con frases y preguntas que lo confundían enteramente. Estaba obtuso, totalmente bloqueado. Entonces lo entendió, llamarla ha sido una estupidez.

- ¿Hola?, ¿quién es?, ¡si es algún estúpido queriéndose hacer pasar por vivo mas le vale que se vaya al diablo! –dijo ella de modo encolerizado.

Nicolás colgó el tubo. Aunque la voz sonara igual, aunque su mente generara y reprodujera a la perfección el olor de su perfume, el brillo de sus ojos, o la mueca característica que sus pómulos dibujaban, aquella mujer no podía ser la misma. O tal vez él mismo ya no era el mismo. Supo que todo lo que había pensado era erróneo, que era imposible volver a hablar en la cama como lo hacían después del sexo, o de mirarse como cuando jugaban a seducirse, o tal vez de leer libros en silencio y pasar horas y horas uno sobre el otro mientras lo hacían. Un cigarrillo, eso mismo, un cigarrillo es lo necesario para aplacar los nervios y encaminar el vacío. Lo enciende y mira por la ventana cómo el cielo parece anunciar otro diluvio. Y en el vidrio empañado, alguien, no sabe quien, a dibujado un corazón al cual una flecha lo cruza y que lentamente se destruye cuando las gotas de humedad lo recorren.

Safe Creative #1002065463874

lunes, 1 de febrero de 2010

metamorfósis

- Discúlpame por llegar tarde, el tren venía atestado de gente y en los andenes era casi imposible transitar. Ya sé, te conozco, no es excusa, aunque preferiría que esta vez me creas. –dijo Eleonora al llegar al café de la calle Tobal al quinientos.

- Esta vez te creo. Sí –rió Nicolás- te creo, aunque vos no creas que yo te creo.

- Bueno, entonces me quedo por primera vez con un “te creo” de tú parte, Nico –y ella también echó a reír.

- ¿Cómo estás? Cuando escuché el mensaje en el contestador automático te noté bien, después de mucho tiempo, bien. Creo que pensé eso por tú tono de voz. Me sonó segura, como antes, así, como cuando estabas bien realmente.

- Estoy bien. Sí. Para eso te llamé, para contarte que por fin estoy bien, amiga.

- ¿Tema concluido?, ¿ya no más fantasmas ni pensamientos que merodean en las horas de madrugada? –dijo Eleonora de manera inquisidora.

- Ya nada de eso. Ahora todo pertenece al olvido.

- ¿Olvido?

- Sí, al olvido. Digamos que soy un hombre que logró agacharse y trazar una línea en el suelo, la cual logra separar el camino viejo del nuevo. Ambos sabemos que no fue fácil, eres mi mejor amiga y me conoces a la perfección, y por ello hoy puedo decirte que todo acabó.

- Olvido. Nicolás, esa palabra me causa tanta rareza al escucharla ¿Qué es el olvido?, ¿realmente piensas que la gente olvida, que uno mismo olvida? Yo más bien creo que el olvido es esculpir parte de nuestra memoria dando así un toque nuevo a algo que si no lo disfrazamos, o no lo esculpimos un poco, nos seguirá lastimando. Yo no podría olvidar parte de mi vida, aún en épocas donde sufrí. La gente tiene tendencia a querer olvidar los momentos de su vida que transitó al lado de alguien que ya no está a su lado y le causó dolor o desamor. Genera oasis y desiertos. Un oasis por allá sería un puñado de recuerdos felices, un amplio desierto por acá sería un enorme párrafo de la vida de uno borrado a propósito por el solo hecho de no admitir determinados efectos colaterales del amar.

- …

- No te quedes en silencio, Nicolás. Discúlpame si soy bocona como siempre, pero no creo en el olvido. Creo en la aceptación, en la madurez y en recordar los momentos vividos con una sonrisa o seriedad, pero siempre con un pensamiento de afrontar el crecimiento con sus acciones colaterales.

- No, está bien –dijo Nicolás- solo pensaba en eso del olvido. Puede que tengas razón. He intentado guardar todo el polvo debajo de la alfombra durante mucho tiempo. Y lo había logrado hasta que te sentaste ahora en frente mío. Me conoces demasiado bien amiga.

- Es que te quiero –comentó Eleonora con una amplia sonrisa que iluminó su rostro. Detrás, a lo lejos, fuera del café, los trenes seguían arribando a la estación.

- Ahora que te puedo mirar a los ojos caigo en la cuenta, querida amiga, que he puesto a la sombra cosas que aún me hieren. Olvido no es la palabra adecuada para mi momento de vida, creo que aceptación sería la indicada.

Safe Creative #1002015421701