jueves, 3 de junio de 2010

Sobre los sueños que flotan



A veces siento que hay solo una manera de morir: flotando.
Sería una muerte suave, pienso.
Me dejaría llevar donde el viento deseara y que él mismo sea quien me muestre los secretos de esta Tierra. Aunque esté muerta los disfrutaría. Ese sentir es interno. Pulsa y late dentro de mí.
Ahora bien, a veces sueño que floto en el agua. Estoy en un sueño raro y extravagante a la vez. No opongo resistencia. Siento los pulmones llenarse lentamente de agua, la adrenalina recorrer mis venas y presiento la llegada de la muerte. No siento miedo. Siento placer, un raro placer.
Una amiga murió así. Parada en la esquina del bote echó a reír y se arrojó al río. Supe que murió al instante. Luego flotó. Sentí desesperación, pánico, miedo y finalmente paz. Mi sueño se agolpó en mi mente y me impulsó a arrojarme.
Le hice caso.
Ya no hay más sueños, ahora todo es otra realidad. Una que me permite escribir lo que siento y pienso, una que me permite flotar y divagar, tal como si estuviera en un bonito sueño.


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(Imagen: Ibai Acevedo http://ibaiacevedo.com/pictures/r-e-m-3 )

sábado, 29 de mayo de 2010

Espejismo


Espejismo


He pensado en sus orgasmos. En cada movimiento oscilante de su cuerpo, en el contorno de su figura brillando bajo la luz de la luna gracias al exquisito sudor de su piel. Y digo que he pensado en sus orgasmos porque reconozco mi adicción. Reconozco la necesidad de la energía ingresando a mi cuerpo y recorriéndolo palmo a palmo. El sabor de su sexo. La tibieza de su espalda apoyada contra mi pecho.

No soy de pensar en orgasmos. Lo hago desde que la he perdido. Los rememoro y los busco. Pero por más que los busque no los encuentro. No están presentes en ninguna otra vagina, ni en ningún otro útero, ni en ninguna otra piel. Y esa pérdida me trastorna, me hace enloquecer en las noches que mi virilidad me indica que aún soy joven, que aún debo seguir amando y dejando huellas en las féminas.

Me pregunto, en algunos momentos de cordura, si algún día podré dejar de pensar en sus orgasmos. Si llegará el día que no extrañe su sabor y que no desee mojar las palmas de mis manos en el sudor de su cuerpo. ¿Y qué si llega ese día?, ¿seré feliz?, ¿volveré a ser libre?, ¿o simplemente seré otro hombre que creyó estar atrapado y tras la liberación cayó al desierto de la más angustiosa soledad?

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(Imagen: Mariela Malte (b. 1970, Argentina)"bendita", 2008 http://www.facebook.com/album.php?aid=169129&id=176516014793&ref=mf#!/photo.php?pid=4034963&id=176516014793 )

martes, 18 de mayo de 2010

Dolor


Dolor

Sentado a la vera del río observo el oleaje irregular. Manso, tranquilo, lánguido. En cada diminuta ola reposa parte del dolor que siento. Lo he diseminado en pequeñas partículas sobre el agua, así, no duele tanto. Vivo en una ciudad construida de dolor. Nadie le puede escapar, ni siquiera yo. Ni siquiera aquí, a la orilla del río, es posible huir. Nadie escapa. Nadie nunca escapó. Sin embargo yo necesito hacerlo.

De repente la paz reposa sobre el agua. El oleaje cesa. Corro desde la orilla y me lanzo al agua. Me hundo lentamente. No hay resistencia. Nada de pensamientos. En esos pocos segundos logro escuchar el sonido de la naturaleza. Luego ya nada. Abajo es todo oscuro y frío. El dolor lentamente desaparece, se filtra por mis poros y se diluye en el agua verdosa ¿Esto es morir?, pienso.

Ahora camino en la margen del río. Puedo observar las estrellas y tocarlas si quiero también. Saltar a la otra margen, o bien sumergirme nuevamente al fondo del río. Jugar con los peces, dormirme sobre una piedra o también nadar sin cansarme. Ya no hay límites. Y el oleaje nuevamente se vuelve irregular. Murmura. Vuelve al diálogo. Pero se siente distinto pues ya no hay dolor. El dolor quedó atrapado en las burbujas que aún recorren el río en dirección a la ciudad.

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(Imagen: http://www.flickr.com/photos/richwarburton/52471135/ )

martes, 11 de mayo de 2010

La genial condición


La genial condición



Una única condición debía cumplir para ser nuestro amigo y era simplemente ser un genio. Era la condición sine qua non, tal vez absurda, pero válida para todo nuestro círculo al fin. A la medianoche tocaron la puerta de mi casa de campo, la misma que habito los fines de semana cuando salgo del asco de la ciudad, esa que queda detrás de la arboleda, al frente del lago, al costado del viejo cementerio. Su pelo chorreaba agua y tiritaba como un poseído, es que llovía copiosamente y hacía frío.

- ¿Qué haces aquí?, pasa. –le dije con tono seco.
- Disculpe, es que lo he pensado bien y sé como demostrar mi genialidad.
- ¿Sí?, pues demuéstramelo entonces, niño –le dije mientras le alcanzaba una toalla.

Fue entonces que sacó de su abrigo de lana empapado una servilleta de papel mojada. Extendió el papel hacia mí. Era un poema de Bukowski.

- Yo sé quién es Bukowski, Alan, ¿pero por qué me das este poema?, ¿acaso te tomarás el atrevimiento de decir que tú lo has escrito? –dije enojado.
- No, claro que no. Usted sabe mucho de literatura, jamás podría engañarle. Es que yo soy como el niño genio, como el del poema, ¿entiende?

Entonces me quedé mirándolo mientras los leños de la estufa hogar detonaban explosiones cargadas de chispas. Siempre hay un punto en el universo donde el tiempo nos da un pequeño golpe en nuestra mente, casi imperceptible, para ser capaces de entender lo que a simple vista se nos niega. Releí el poema serenamente.

conocí a un genio (Charles Bukowski)

conocí a un genio en el tren
hoy
como de 6 años de edad
se sentó a mi lado
y mientras el tren
avanzaba a lo largo de la costa
llegamos hasta el océano
entonces él me miró
y dijo,
no es hermoso.
fue la primera vez que me
percaté
de ello.

Cuando terminé mis ojos estaban empapados de lágrimas. Tal vez era por haberme imaginado tan realísticamente el mar. Removí el pelo de Alan despeinándolo. Sonreí en silencio secándome las lágrimas y lo palmeé un par de veces.

- Bienvenido al club amigo, ya no hace falta que me demuestres ser un genio. Ya lo has hecho.

Alan sonrió y me abrazó.
La servilleta de papel con el poema ahora se secaba a la orilla de la estufa mientras nosotros nos percatábamos de la lluvia.

(Extraído de mis viejos escritos...)


(Imagen: http://www.flickr.com/photos/whoolichen/4570058664/in/pool-tic )

lunes, 3 de mayo de 2010

Energías invisiblemente atómicas


Mientras ella bailaba dentro de la disco él solo la observaba. Entre ambos, varios millones de años luz, sin posibilidad alguna de viaje.

Y él pensó:

¿Me estaré volviendo loco por ella?, ¿le pasará lo mismo? No. Ella ni sabe quién soy.
Fue entonces que su amiga se le acercó y dijo:

- Es linda.
- Sí. Muy. Demasiado. Demasiado “muy”.
- Nunca es demasiado. Además, tú eres lindo.
- ¿Yo?
- Sí. Tú.
- Lo dices porque eres mi amiga.
- Entonces lo diré de otro modo, ¿sí?

La gente bailaba hipnotizada, las luces brillaban y también danzaban al ritmo de la música y a su vez, dentro de cada mente, había universos distintos. Él miró a su amiga y se aprestó a escuchar el otro modo.

- Tú eres muy, demasiado “muy” para mí.



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(Imagen: http://www.flickr.com/photos/therussian/4078327687/in/pool-924913@N23 )

miércoles, 28 de abril de 2010

Íntimo



Encontré una carta que ella escribió a un hombre desconocido por mí.
Estaba en el cajón de su escritorio, justo ahí donde comienzan los secretos de su vida.
Tras leerla decidí robarle las palabras que terminaban diciendo:

No sé si me echas de menos… pero yo sí…


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(Imagen: http://www.flickr.com/photos/blueshade/4560168773/in/pool-35468132865@N01)

miércoles, 21 de abril de 2010

Divergentes


Divergentes



Cada vez que miramos al infinito pensamos que somos distintos.

Ella, yo. Yo, ella.

Entonces nos miramos, nos contemplamos largo rato, dejamos que el aire liviano y fresco del mar nos envuelva y nos invite a soñar. Rápidamente nos entristecemos, una lágrima recorre nuestras mejillas y cada uno con su mano derecha seca la lágrima viajera antes que toque la comisura de los labios del otro. Nos acariciamos. Volvemos a mirar el infinito. Somos distintos, le digo. Sí, me responde. Entonces nos erguimos, respiramos una bocanada de aire puro y mientras algunas nubes blancas comienzan a polucionar el límpido cielo enfocamos nuestros rostros hacia la gran urbe, nuestra morada.

Hace mucho tiempo que nos buscábamos hasta que finalmente nos encontramos. Aceptamos ser distintos y aun así decidimos reconocernos y encontrarnos. Creo que invisiblemente ambos sabíamos que sería así. Es inevitable ir contra el destino. Entonces bajamos a la urbe. Seguimos a las nubes. Nos mimetizamos con el gentío. Volvemos a ser divergentes.


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(Imagen: "Unicornios" de Charles Addams, The New Yorker 1956)

sábado, 17 de abril de 2010

El túnel


 El túnel


Soñé que muchas manos me acariciaban. Eran invisibles pero lograba sentirlas. En realidad las percibía por su tibieza, por lo que transmitían a mis terminales nerviosos. En el sueño yo no tenía masa, ni volumen, y estaba desprovisto de cosas terrenales. Solo tenía un punto rojo en el pecho, una especie de agujero por el cual fluía sangre.

Me desperté asustado en medio de la madrugada. Detrás del vidrio de la ventana las luces de la ciudad iluminaban la oscura y profunda noche. Toqué mi pecho, lo palpé minuciosamente. No había nada allí, solo unos latidos débiles de mi corazón, así que volví a dormirme.

Las manos nuevamente se abalanzaron sobre mí. Volví a sentir su tibieza, mis terminales nerviosos captaban la acción. Sin embargo el agujero en mi pecho ya no drenaba sangre, estaba vacío. Me asomo y observo dentro de él. Un túnel largo y estrecho se pierde en una oscuridad lejana. La curiosidad me puede y emprendo el viaje a través del túnel. Las paredes se sienten húmedas y huelen a sangre. Sigo caminando. No llevo fósforos, casi no puedo ver nada. Al final veo una luz, entonces avanzo hasta llegar a ella.

Ahora me encuentro en una amplia sala de color rojo cuyas paredes están bañadas en sangre. Miles de agujeros de tamaños irregulares las traspasan. Un viento glacial se cola por ellos. Detrás, un cielo celeste puro muestra unas pequeñas nubes blancas. Parece invierno, pero tal vez no, ¿tal vez otoño? Me siento. Me encuentro solo. ¿Qué será aquel lugar?, me pregunto. Sigo observando el cielo y después de un rato me duermo.

Por la mañana me despierto plácidamente. Tras abrir los ojos contemplo el cielo a través de la ventana de la habitación. El mismo cielo del sueño, las mismas nubes. Toco mi pecho y encuentro el sitio al final del túnel.


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(Imagen: http://www.flickr.com/photos/riki_mus/4340524228/in/pool-illustrationfriday )

jueves, 15 de abril de 2010

La decisión


La decisión



¿Qué haré este otoño? Pregunta recurrente que siempre toma por asalto mi mente y la hace prisionera privándola de la luz mientras distorsiona a su antojo el tiempo. Me quedaré con la frente apoyada en el vidrio de la ventana, mirando el césped tapado por la hojarasca y viendo a los niños jugar, a lo lejos, en el parque.

Este otoño posaré mis ojos en mi vecina, la chica pelirroja de la casa de al lado. Intentaré darle calidez en las mañanas frescas y tibieza en los atardeceres húmedos. Inquietaré a las palomas cuando bajen a la hora de la siesta a comer gusanos del jardín. Observaré las miradas melancólicas de los transeúntes. Sentiré el abrazo compartido de los enamorados.

Este otoño me buscaré. Escudriñaré mi interior. Contemplaré lo que en otras estaciones no logro hacer.

Seré yo.

lunes, 12 de abril de 2010

El fin del día


El fin del día



Cuando el sol golpea sobre el final del armario y refleja sus últimos destellos sé que es hora de cerrar mi negocio. Es el fin del día. Uno más, uno menos. Es el instante en que dejo de ser el comerciante y paso a ser el ciudadano. Me quito el delantal, guardo los anteojos en su estuche, apago la radio. Finalmente doy vuelta el cartel que pegado al vidrio de la puerta indica que el negocio está cerrado. Y ahora sí, ya empiezo a quedarme solo.

Antes de girar la llave miro por última vez el interior del negocio. Todo está en orden, nada fuera de lugar, mañana, un nuevo día, todo estará en su correspondiente lugar. Camino por las calles del trayecto más corto. Unos niños me cruzan corriendo, otros patean un fútbol que pasa cerca de mí. Risas, alboroto, destellos de vida junto a los últimos destellos del sol.

El camino de regreso a mi casa no es largo, más bien diría que es demasiado corto. Tras atravesar la entrada del edificio siento el frío glacial de la soledad. Entonces sé que estoy llegando. Una pareja de enamorados se está besando en un pasillo. Ellos no están solos. Subo las escaleras y hablo conmigo.

Mientras subo escaleras arriba acomodo mi respiración, recuerdo las charlas que mantuve en el día, retrotraigo las imágenes de los niños que crucé en la calle, el bullicio de la avenida, la música de la radio, el sonido de los besos que acabo de escuchar. Sigo subiendo, ya falta poco. Siento el frío recorrerme la espalda, el mismo frío de todos los días, esa misma sensación que jamás me abandonó y me marcó desde muy pequeño. Soy comerciante, debo ser feliz por ello, me digo. Pero claro, no es así. Al llegar a mi departamento tomo el picaporte con la mano y respiro hondo. Miro la puerta, contemplo las vetas en la madera, veo el color caoba de la misma y entonces intento dibujar una bonita sonrisa.

- Hola, buenas noches –digo sonriendo.

Entonces las paredes me responden con silencio.

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(Imagen: http://www.flickr.com/photos/chicken008/4398861567/in/pool-illustrationfriday )