domingo, 29 de diciembre de 2013

Soledad



Caminaron hasta el sendero que conducía a la granja. Apenas lo divisaron él le soltó la mano y ella sintió, en viva piel, el frío de la soledad. Se preguntó, en ese instante, si así siempre habría sido esa sensación horrible de perder a alg
uien, más no quiso sentir más, ni tampoco mirarlo a los ojos. Él, acercándose a su oído, susurró palabras que hieren solo corazones. Finalmente se marchó, dejándola allí, en la linde de lo que fue y lo que no, totalmente desesperanzada y devastada.

Ella comenzó a caminar. Lo hizo con extrema lentitud. De repente, como si una mano invisible la tomara de su hombro y frenara, se detuvo, se quitó los zapatos y se acostó sobre la hierba, justo al lado del sendero. Arriba, las copas de los árboles parecían hablar un idioma distinto a la superficie, los pájaros trinaban y danzaban en libertad, el sol brillaba con altivez, y el cielo, como un lienzo celeste gigantesco, parecía hacerse completamente elástico refractando todas las bondades de aquello que cobijaba.

Ya no volverá, se dijo, y sin titubeo alguno hundió la daga. Sus ojos, siguiendo la trayectoria de las palomas y los petirrojos que surcaban el cielo, se humedecieron de lágrimas y su corazón se estrujó de amor. Finalmente suspiró con mucho sentimiento y luego se dejó morir.


Miguel Luis Aguilera ©

sábado, 28 de diciembre de 2013

Impulso

A veces miramos cosas que están allí, que estuvieron allí desde hace tiempo y que permanecerán allí aún después de nuestra muerte. Da tristeza en algún punto ese pensamiento, pero a la vez también complace: esas cosas se perpetúan, inclusive tras nuestra muerte. Ese fue el pensamiento del escritor fantasma. Él sentía cierto consuelo al pensar de ese modo. Figúrate —solía decirme— las cosas están allí, inmóviles, tal como las tazas, los cuadros, la mesa, las patas de la cama, todo aletargado en el tiempo, en un sueño profundo del que nadie las molesta. Pienso que así quedaran mis textos hasta que alguien, un buen día, con flojera o sin ella, por curiosidad aunque más no sea, los tomará y leerá al menos un párrafo ¿Te imaginas?, ¡sería maravilloso!… Creo… ¡No!, ¡no!, ¡estoy seguro!, por eso escribo…

Lo que pudo ser y terminó no siendo

Ha sido en una de esas noches de agosto cuando ha sucedido el gran cambio. Así lo notó él. Ella en cambio desde el principio supo que aquella relación, prohibida y furtiva, dejaría en ambos grandes y profundas marcas. Él primero notó la tibieza de las manos de ella sobre su pecho. Era una tibieza distinta, casi desconocida. Muy distinta a otras. La tomó para sí, la atesoró en su memoria. Era como si ella con sus dedos escribiera con gracia notas en su pecho. Notas invisibles, mensajes a posteridad... marcas. Luego fue ella quien percibió el beneplácito de la recepción de aquella piel masculina enamorada. Sin embargo ninguno abrió la boca, ni movió sus labios para intentar decir algo que intensificara más el momento y terminara de unirlos.

Pronto se durmieron. El amanecer se mostró con un enorme sol anaranjado que con un baño de luz lo iluminó todo dentro de la habitación. Él dormía del lado derecho y ella del izquierdo. En medio nada. Sábanas, vacío. La noche había desaparecido, y consigo se había llevado la última posibilidad de unir a dos personas. No quedaba nada. Se había hecho todo lo cósmicamente posible.

Tras despertar se sonrieron. Años después volvieron a sonreír, cada uno por su lado, en ocasiones distintas, con un dejo de melancolía y el fuerte sinsabor de lo que pudo ser y terminó no siendo. 

Festín

Hay un buitre que revolotea sobre el cadáver de mi enemigo. Lo observo desde hace horas. Gira y gira incesantemente en la altitud celeste. Supongo que observa con sigilo la putrefacción de la carne y espera el momento adecuado para abalanzarse. Lo que la bestia ignora es que esa carne está impregnada de malicia y codicia. Supongo no le importa, ¿qué saben las aves carroñeras de eso?, ¿acaso les importa?

El buitre sigue su perímetro circular. Lo hará hasta que algo en su interior lo haga parar y abalanzarse de una vez. Yo me apresuraré a tomar la mejor ubicación para no perderme nada. Observaré todo con lujo de detalle. Cada pedazo de carne picoteado, cada trozo de tendones sangrantes, cada pecado arrancado, todo será un verdadero festín para mis ojos vengativos. 

Él lo sabe

Pienso en la inmensidad de ese bosque que a diario se muestra frente al ventanal de mi habitación. Es una inmensidad queda, que reposa silenciosa acunando a todo ser que la habita. Por momentos, mientras la observo con mi rostro pegado al vidrio, siento nacer el deseo de adentrarme en ella, de recorrerla, observarla con sigilo, escudriñar cada uno de sus rincones. Pero se me es negado. La muralla de la ciudad es tan alta. Yo soy tan diminuta. No hay posibilidad alguna que seres como yo puedan ir hacia la inmensidad del bosque. Tan solo podemos habitar lo que el mundo deja de este lado de la muralla, en donde las sombras y los grises dominan y hacen su tertulia.

Quiero, necesito, son palabras que me son siempre negadas. Aquí se prohíbe todo impulso expansivo. Solo nos resta soñar con el rostro pegado al vidrio del ventanal. Es entonces, cuando miro hacia la inmensidad, que suelo preguntarme si habrá otras como yo que desean y anhelan la libertad. La muralla es tan infinita, nos limita tanto… Tan solo la gran puerta situada en medio de ella es capaz de permitirnos llegar al bosque, pero es imposible. El bosque lo sabe. Los que habitan en él también. Supongo que nos observamos mutuamente: nosotros anhelando adentrarnos en la vastedad y ellos intentando explicarse por qué hay mundos tan carcelarios. 

jueves, 10 de octubre de 2013

El odio es así




El odio es así. Surge de un modo inesperado. Acecha en las miradas, en tu mirada, y se escabulle, se te escabulle, sin freno,  en el momento menos esperado,  en el cual te conviertes en una presa insignificante y temerosa que cae rendida a merced de uno de los sentimientos humanos más viles.

Es verano, esa época en que los cuerpos están más cerca del mundo, y vos, desnudándote frente al espejo, logras que mi parte más vergonzosa se exalte y pida clemencia. Tu mirada me rechaza, es esquiva a mis pupilas y sé que es por ese mismo odio que mutó del amor ya fallecido. Observo tu cuerpo, tus curvas, tus senos, la fragilidad de tus pezones, el monte perfecto que tus nalgas forman sobre la cama. Sin embargo más que nunca sé que sos fémina inalcanzable, recargada de un sentimiento oscuro capaz se aniquilar casi instantáneamente como el cianuro.

Te acuestas y ya no me miras. Soy parte de una naturaleza muerta de un pintor venido a menos. Conformo todo lo que nunca quisiste ver en un hombre, y todo fue pasando tan lento, tan invisiblemente, así, como cuan pócima perfecta usada por el hábil envenenador.

El odio es así. Te convierte en un objeto innecesario, capaz de estorbar y sacar de las casillas a esa persona que una vez te profesó amor eterno palabras hermosas cargadas de rocío estival y olor a vides.

Ya no puedes quitarte ese sentimiento hacia mí. Sostengo, irremediablemente, que nunca lo harás. Tan solo no puedes, y créeme que te comprendo.

No habrá otro verano como éste. Es fácil deducirlo, pues será el último. Ya no habrá noches en la playa, ni caminatas por el parque, ni cenas con amigos, ni búsqueda de estrellas fugaces antes que la constelación de Orión se esconda. Todo decanta en un embudo dantesco, gigante, surrealista, que con gran voracidad engulle todo lo que resta... y es que ya casi no resta nada...

El odio y el verano no se llevan, hoy puedo afirmarlo. Intento entender lo sucedido, hacer la autopsia correspondiente al cadáver de nuestro amor fallecido, pero es en vano, me lío, me entorpezco como un niño bobo haciendo una diablura inocente. Me obsesiono con encontrar la punta del ovillo y tirar del hilo, encontrar la trama, visualizar el día en donde vos doblaste a la izquierda y yo a la derecha. Pero es inútil. Día tras día termino rindiéndome a los pies del mismo sentimiento nefasto que se apoderó de todo tu ser maravilloso. Nazco, muero. Nazco, muero. Y ese ciclo es a diario… y finito.



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viernes, 4 de octubre de 2013

El túnel al mar



Pienso en Cynzia, últimamente me es imposible no hacerlo. Cierro los ojos y justo en ese instante viajo a una velocidad vertiginosa por un túnel, estrecho, un tanto lóbrego, que finalmente me deposita en una estancia solitaria, en la cual apenas llego puedo oler su fresco perfume, inclusive el eco de su risa.

Quiero abrir los ojos pero me es imposible. Ya está, el ciclo ha comenzado y es imposible detenerlo. Estoy en esa estancia, rodeado de soledad, con los sentidos en alerta, terriblemente perceptivo, presintiendo más y más la presencia de Cynzia.

Sus dedos, finos y largos, yacen al costado de su cuerpo inmóvil. Los recorro con mis yemas. Están fríos, demasiado fríos. Hay paredes blancas, muy blancas. Una ventana. Tras asomarme veo la playa, el sol altivo, deduzco que debe ser mediodía, su hora favorita. Me vuelvo hacia ella y sigue allí, inmóvil, bella, tan bella como siempre.

A lo lejos el mar murmura. Es un lenguaje extraño que jamás entenderé. En mis momentos más infames y desesperados, mientras lo recorría y maldecía desde la playa, pensé muchas veces que deseaba hablar conmigo, transmitirme mensajes desde sus entrañas, acompañar mi dolor con su inmensidad. Prefería pensar eso a racionalizar la terrible vastedad solitaria.

Cynzia solía decirme que el mar nos cobijaba, que era parte de nosotros dos:

Tú no lo crees decía pero el mar se nos ha metido bajo la piel.

Yo tan solo le sonreía. Ella entonces dejaba su gesto rígido y me retornaba una sonrisa mucho más luminosa que la mía. Me encantaba ese juego, ese cruce de palabras, esa ida y vuelta que nacía de la nada misma.

No debes temerle al mar. Piensa que está ahí, expectante, cuidándonos, velando por nosotros.

Eso mismo pienso en los últimos tiempos. Una imagen se me dibuja cuando lo veo: un gigante adormilado, consolándome, ayudándome a ahogar el vacío.

Tras varios minutos con los ojos cerrados termino finalmente por abrirlos. La luz de la media tarde me enceguece por un instante. Todo es más luminoso que de costumbre. Ya no percibo a Cynzia. El oleaje se ha retirado un poco de la playa, hay espuma esparcida y junto a ella yacen los recuerdos. Se ha ido, ha vuelto una vez más a su mar.



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(Fotografía: Mark Avgust)

jueves, 3 de octubre de 2013

En papel...

Después de tantos años, tantas insistencias de gente querida y consejos de otros, decidí participar en la Antología del VII Encuentro Nacional de Narradores y Poetas "Unidos por las Letras", Bialet Massé (2013)...


Tal vez 2014 me esté esperando agazapado para darme el ultimatum de escribir mi primer libro de relatos largos...

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Rojo, tan rojo como la mismísima muerte




Calculé el tiempo rápidamente.

Reconozco que era un momento de suma ansiedad. Podía analizar los algoritmos complejos que evaluaban mis circuitos mientras realizaba más y más tareas. Pocas veces había logrado algo semejante.

Volví a recalcular el tiempo. En ese instante incluí la variable que me acercaba a su humanidad. Era demasiado experimental, algo que tan solo yo como robot calificado para tal experimento podía concluir, y sin embargo quité todas las posibilidades negativas del medio para poder obtener conclusiones positivas, de tal modo que me permitieran accionar sin trabas.

En algún punto sopesé que hacía trampa. Pero siendo robot, siendo una máquina, sabía que no podía sentir cosas negativas por ello. Mucho menos el humano sentimiento de cargo de conciencia.

Nuevamente recalculé el tiempo. Esta vez observé las hojas rojas de los árboles. Eran preciosas. Los algoritmos de imágenes arrojaban picos altísimos de perfección. Perfección suprema, verdadera belleza. De ahí mi conclusión. Giré sobre mi rotor y observé las montañas. Sus laderas, rojas, completamente rojas, parecían teñidas de sangre. Algunas cabras salvajes se mantenían inmóviles, sobre las rocas. A lo lejos, aún podían observarse las densas humaredas, claras señales de una guerra cruenta entre máquinas y humanos.
Según los cálculos realizados por mi unidad aritmético-lógica en poco tiempo mi vida útil cesaría. Quedaría abandonado como chatarra vieja, inexpresivo, fútil ¿Sería así la muerte humana? Esa respuesta no podía concluirla. Sin embargo, mi circuitería de avanzada lograba experimentar sientas emociones humanas vinculadas con mi propia inteligencia artificial. Supe así que yo moriría, sí, tal como lo hacen los humanos.


Durante horas divagué por el terreno adyacente. La soledad era perpetua. No había humanos, no había máquinas. Tal vez la muerte generara ese tipo de escenografía. Grababa cada instante en mi memoria a medida que el tiempo iba agotándose. La cuenta regresiva era inevitable. Todo llega a su fin: máquina, humanos.

Un viento proveniente del sur llegó con el frío característico de la zona. La temperatura descendía bruscamente a medida que se aproximaba el anochecer. Continué avanzando en busca de un refugio en donde dejar mi unidad apagarse definitivamente. Avancé en dirección al suroeste. Las lindes de las montañas y el bosque servían de guías. Después de un buen rato de avanzar, ya cuando las últimas luces del atardecer se extinguían, la alarma de batería se encendió indicando el inminente final. Llegué a estacionarme al pie de una gran roca, al cobijo de dos enormes árboles. Apoyé la parte trasera de mi unidad contra la roca y esperé. 

Los minutos pasaban y el contador avanzaba sin piedad. En un ciclo finito dejaría de existir como máquina y el universo seguiría su continuo e incesante avance. Todo transcurría tal como el programa de finalización de servicio ejecutaba. No había error alguno. Tan solo quedaba esperar. 

Fue entonces que percibí una luminosidad reflejarse contra las rocas. Provenía de unos cuantos metros más adelante, justo donde terminaban la columna de árboles. Era un grupo de tres humanos sentados alrededor de una diminuta hoguera. Deduje que se aprestaban a pasar la noche. No tardaron en notar mi presencia. Pronto uno de ellos rompió el grupo y avanzó hacia mí.

—Es un robot. Una vieja unidad a punto de apagarse –dijo al llegar a mi lado.

Los otros dos se le unieron. Mis sensores podían captar su curiosidad, y como sus ritmos cardíacos se aceleraban. 

—Malditas máquinas. Ellas han iniciado esta guerra. Deberían apagarse completamente y quedar reducidas tan solo a chatarra.

Los otros dos asintieron con sus cabezas.

En la fría noche ya reinante los ojos de los humanos brillaban con cierta ira. Mis escudos de defensa se habían desactivado y la unidad central de proceso percibía peligro inminente. Pronto, cada uno a su tiempo, comenzó a golpear mi unidad. Descargaban con rabia cada golpe. Asestaban con piedras, palos, e inclusive con patadas. Así continuaron un buen rato. Analicé el daño. Era elevado. Sin embargo poco importaba. Tan solo restaban minutos para apagarme.

Después de la golpiza los humanos volvieron a sentarse alrededor de la hoguera. Uno de ellos se había cortado sus manos tras asestar los golpes. Los otros continuaron mirándome de soslayo por un momento. Luego se olvidaron de mí y se recostaron alrededor del fuego.

Logré levantar la unidad del suelo con mucha dificultad y a colocarla nuevamente contra la pared. Analicé lo sucedido. Reproduje unas cuantas veces el video de la golpiza, los ritmos cardíacos, el sonido de las voces, la intensidad de las mismas. La conclusión arrojada era “odio”, algo ininteligible para mí, pero que coincidía a la perfección con el programa de reconocimiento humano ¿Por qué yo no podía odiarlos a ellos? No estaba dentro de mis límites analíticos tal respuesta. Arriba, a lo lejos, un par de estrellas fugaces cortaron el manto oscuro como si se tratase de dos luciérnagas en medio del bosque. Bonito mundo, dije. Me sorprendí al hacerlo. Mi programa de inteligencia artificial no me permitía tal tipo de análisis, pero aun así lo había dicho.

La luz de la luna baño prontamente la ladera de la montaña y avanzó sobre la copa de los árboles. Las hojas rojas diseminadas sobre el suelo se tornaron de un color gris plata. El viento las arremolinaba y las arrojaba por doquier. La temperatura ahora había descendido bajo cero. El mundo había entrado en su proceso de letargo. Dos minutos para apagado total. Dos minutos para que dejara de ser una máquina útil y convertirme en un montón de hierros buenos para nada.

De repente, cuando solo faltaban segundos para extinguirme, uno de los humanos dejó la hoguera y se aproximó. Avanzó y se detuvo a no más de treinta centímetros. Me observó con cierta calidez. Sus ojos ya no tenían el brillo exaltado de odio.

—Estúpida máquina…

Escuché sus palabras con atención. Su voz era lastimera. Había un dejo de clemencia en ella. Posó una mano en mi cabeza y recorrió el metal con sus dedos. Mis algoritmos de inteligencia artificial se dispararon aceleradamente arrojándome un sinnúmero de conclusiones. Todas decantaban en sensaciones de compasión, cariño, perdón. Durante los últimos diez segundos de existencia guardé una copia de todo lo vivido durante la agonía de mi desactivación. Tal vez algún día una máquina más inteligente y avanzada que yo comprendería mejor aquellas sensaciones. El contador llegó a cero y una a una las baterías del sistema fueron apagándose. Pronto la unidad central de proceso dejó de dar órdenes quedando para el último instante la grabadora conectada. 

El humano aproximó su rostro y logré ver que una lágrima recorría su rostro ¿Estaré muriendo? Enseguida, una luz roja como la sangre lo ocupó todo, así, como las hojas rojas que poblaban la copa de los árboles en el río rojo que se visualizaba sobre la ladera de la montaña.



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 (Imagen: tomada de internet)

miércoles, 31 de julio de 2013

La Oscuridad




  
Mercedes estaba acuclillada en la playa, con un cigarrillo entre sus finos labios, juntando arena con sus manos, que dispersaba poco a poco alrededor de sus piernas. Fue tan solo un momento el que pasó en esa posición, pero bastó para que Federico Gálvez se enamorara un poco más de ella. Dícese del amor que es una de las cosas más tontas que pueden encontrarse en el universo, y así lo parecía si se miraba fijamente a los ojos de aquel hombre.

Después de un buen rato Mercedes terminó su obra maestra. Había juntado tanta arena de playa que alcanzaba para hacer un castillo gigantesco. Federico Gálvez aplaudió a su amiga a más rabiar.

—¿Qué hará con tanta arena, señorita Mercedes? —dijo Gálvez con aire curioso e inquisitorio a la vez.

—Aún no lo sé, señor Gálvez… ¿Alguna propuesta?

Federico Gálvez se sonrojó y ante semejante proposición solo se limitó a balbucear y hacer el ridículo con gestos que no explicaban ni orientaban en nada.

—Al principio había pensado en un castillo de arena. Pero eso sería algo muy vulgar, sabe. La vulgaridad es algo que mis padres siempre erradicaron de mi vida, y siéndole sincera, me alegro mucho por ello. Luego pensé en un paredón de arena que impida que el oleaje avance. Tal vez sirva para detener el oleaje por un rato y así poder echarme en este pozo que ha quedado a leer o a tomar sol. Pero tampoco sé si eso es lo que quiero. En realidad, señor Gálvez, en este momento me siento como una verdadera chiquilla indecisa. Pensé que había superado esa etapa hacía mucho tiempo, pero heme aquí…

Gálvez la contemplaba con cariño. Era imposible para él ocultar de su rostro las señales del enamoramiento. Mercedes sonreía y hablaba al mar.

—Tal vez algo alocado vaya de la mano con esa etapa de indecisión que considera tener en su vida, señorita Mercedes. —dijo Gálvez con aplomo.

—¿Algo alocado?, ¿algo como qué, señor Gálvez?

—Tal vez… ¿enterrarnos en la arena?

La joven hizo estallar de júbilo su rostro y sus ojos se llenaron de una luminosidad inaudita.

—¡Exacto! —exclamó.

Gálvez se recostó en la arena y Mercedes lo hizo con lentitud a su lado. Entre ambos jalaban la arena acumulada y la desparramaban sobre sus cuerpos. Reían como niños.

—Es una excelente locura, señor Gálvez.

Él no respondió, tan solo se limitó a seguir con la tarea. Cuando estuvieron lo suficientemente tapados hundieron el último brazo bajo la arena tibia dejando solo sus cabezas al aire libre.
Se miraron por un momento mientras seguían riendo. Parecían jugar como dos chiquillos haciendo de las suyas.

—Creo que estamos locos, señor Gálvez.

—Creo que estoy loco —dijo él apoyando su frente sobre el pelo de Mercedes.


El viento levantó unas nubes en el horizonte y las gaviotas comenzaron a caminar por la playa en busca de comida. La arena, esa prisión bajo la cual ahora estaban sujetos, se volvió lentamente más fría. El atardecer no tardaría en caer. Sin embargo, para Federico Gálvez aquello no era nada por lo que preocuparse, estaba en medio de la luz, después de haber conocido durante tantos años de soledad tan solo oscuridad.




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(fotografía: internet, desconocido el autor)