miércoles, 27 de marzo de 2013

Todos los corazones de algún modo hablan





El oído izquierdo de la mujer escuchaba un sonido agudo, que de a ratos parecía lejano, como si debajo de una gruesa capa de cemento corriese un río cuyas aguas parecían correntosas. Mientras más aguzaba el oído más la invadía aquel sonido. El hombre se acomodó en la cama, ella no despegó el oído izquierdo de su pecho. Podía sentir cómo la sangre fluía a través de su corazón mediante los latidos, acompasados, elegantes, muy humanos.

¿Sabes?, tienes un bonito corazón dijo la mujer.
¿Cómo lo sabes?, es imposible que lo sepas.
Sólo lo sé. Lo he imaginado en mi mente, gracias a tus latidos, al fluir de la sangre en él.
Pero es solo tu imaginación.
Sí… ¿crees eso?

Se hizo un silencio.

Pero mi imaginación me dice que es tal cual, que así es tu corazón, bello.

El hombre sonrió mientras acariciaba la espalda de la mujer. Finalmente se durmió. Ella en cambio siguió despierta un buen rato más, escuchando a través de su pecho el torrente sanguíneo y los latidos del corazón de aquel desconocido.


* * *


Córdoba, septiembre de 1988


Había conocido a Mariela en la primavera de 1988. En aquel entonces yo era un estudiante universitario un tanto taciturno, incapaz de encausar mis estudios y hacerles sentir a mis padres que aquel proyecto de hijo profesional daría sus frutos. Mariela se cruzó en mi vida como una bocanada de aire fresco. Apareció de repente una tarde lluviosa corriendo en medio de una calle céntrica, sosteniendo una carpeta sobre su cabeza con una mano, y con la otra su vestido largo. Fue una aparición angelical: una chica, bonita, de sensuales curvas, en medio de la lluvia, un tanto mojada, riéndose de la situación, y yo, solo, acurrucado debajo de un diminuto alero, esperando que la lluvia amainara.

Fue una coincidencia, de eso ambos siempre estuvimos de acuerdo. Nos miramos, sonreímos, luego reímos, y esa noche estábamos haciendo el amor en mi cama. Siempre me ha carcomido la duda si aquella noche fui un buen amante. No soy de hacerme ese tipo de cuestionamientos, pero esa noche, con Mariela, no sé el por qué, pero esa intriga comenzó a reptar dentro de mí y lentamente me abrasó por completo. He hecho oídos sordos a mí consciencia. Mejor dicho, he enfocado en otra dirección, sin pensar en ello; no obstante, el gusano de la duda siempre ha hecho su trabajo silencioso.

Mientras ella dormía tuve sed. Recuerdo haberme levantado en punta de pie y dirigido a la heladera, tomar un vaso de agua y ponerme a observar el vecindario por la ventana. En el edificio vecino, una pareja tenía sexo. Ventana abierta completamente, sin pudores, sin trabas, ambos se balanceaban libremente y con un frenesí envidiable, engarzando sus cuerpos, dejándolos al libre albedrío del placer. Sentí envidia. Había terminado de tener sexo hacía un par de horas pero aquella escena me turbó de sobremanera. Expuso sobre el tapete de la discusión que mi psiquis lleva con mi interior lo buen o mal amante que había sido esa misma noche.

Al rato la mujer del edificio vecino salió al balcón. Apoyada en la barandilla encendió un cigarrillo y dio un par de pitadas. El humo ascendía lentamente hacia la profundidad de la noche húmeda. Fue en ese instante que miró hacia la ventana de mi departamento. Parecía escudriñarme desde lo lejos, observarme con sigiloso análisis. “Me ha visto”, pensé, pero no estaba del todo seguro. Tal vez había sido un cálculo esbozado presurosamente de mi parte. Seguí observándola, mientras intentaba tranquilizarme. Ella continuaba observándome, o mejor dicho, continuaba observando hacia la ventana de mi departamento. Así nos mantuvimos unos quince minutos, hasta que finalmente se irguió, levantó sus brazos, sus senos apuntaron en mí dirección, y se desperezó, para finalmente perderse en la oscuridad de la habitación. A lo lejos se escuchaba el ulular de una ambulancia. Abajo, en plena calle, un par de adolescentes borrachos reían sin control y cantaban canciones de Virus. Dentro del departamento reinaba el silencio.

¿Qué haces aquí? dijo sorpresivamente Mariela a mis espaldas.

Me volví en seco.

Ahí estaba, desnuda, con su cuerpo fantástico, parada en el umbral de la puerta.

Nada. Solo pensaba un rato y miraba el vecindario.
Eres extraño dijo ella.
Sí, lo soy… y a veces de sobremanera…
Volveré a la cama…

Asentí con una sonrisa y ella dio media vuelta. En un instante se perdió en la penumbra del pasillo. Me quedé un rato más en silencio, agazapado en una silla, observando el vecindario, el balcón del edificio vecino, la oscuridad de la habitación de los amantes, las tinieblas de mi propia incertidumbre.


* * *


El hombre en medio de la madrugada se levantó de la cama y se dirigió a la heladera. Tomó una botella con agua y bebió un sorbo, sintiendo como el líquido frío recorría todo su interior. La mujer desconocida con la cual esa noche había tenido sexo dormía, placenteramente, como si aquel departamento le fuera conocido de siempre y él una persona que conociera de años. Bebió otro trago de agua y guardó la botella en la heladera. No tenía deseo de volver a la cama. En realidad no tenía deseo de volver a ver a esa mujer que había conocido horas antes en una reunión social y a la cual le había propuesto sexo, pensando que ella se negaría y jamás aceptaría. Pero así es la vida: ella aceptó y en la cama le demostró su destreza. Ahora, que ya todo había terminado, él quería deshacerse de ella, pero no sabía cómo.

Volvió a la habitación y observó el desastre: ropa por todos lados, zapatos, almohadones, copas y botellas vacías. Todo era un caos. La noche había sido muy intensa. Sin embargo, él rebuscó en su interior y no encontró rastros de haberla pasado bien. “¿Qué buscas?”, se preguntó mientras se palpaba el pecho. No supo responderse. En realidad si se auto respondía se estaría mintiendo y no quería. Había demasiada soledad en su corazón.

La mujer se despertó de repente y lo contempló, parado en una esquina de la habitación, con la mano en su pecho:

¿Te sientes bien? dijo ella.

El hombre asintió y la miró con sus ojos fijamente, ahora cargados de un brillo extraño.

Pues no lo parece.
Estoy bien respondió él.

Ella se tapó con la sábana mientras lo observaba atentamente.

Si no tienes sueño puedes leer un libro dijo ella.
En realidad no me concentraría. Y la verdad que tampoco tengo ganas de leer un libro…
No es malo leer. Ya sabes, es como volar…
Lo sé. He “volado” con libros un par de veces… Solo que ahora no tengo ganas de libros.
¿Y de qué tienes ganas?
No lo sé.
Ven… dijo ella mientras se sentaba en la cama.

El hombre caminó hacia ella y se sentó a su lado.

Déjame escuchar tu corazón

Él se acomodó mejor en la cama y dejó que ella posara su rostro sobre su pecho.

¿Qué haces?...
Escucho tu corazón latir.
¿Y cómo es eso?
Es como un río, con torrente, con momentos de más o menos fuerza, que corre atrapado en tus venas, y su caudal es regulado y manipulado por tu corazón.
¿Y por qué lo haces?
Me habla sobre ti. Me susurra palabras sueltas mientras la sangre fluye. Me cuenta cosas…
¡Estás bromeando!, ¡¿cierto?!
No. Desde niña lo hago. Los corazones me hablan. Es extraño, lo sé. Pero sucede. Los corazones tienen la particularidad de poder hablar, y no todos de escucharlos. Cuando era niña escuchaba el corazón de mis padres. Era un acto hermoso. Luego, ya de adolescente no fue tan placentero. Solía poner mi oído sobre el pecho de mis novios y no me gustaban algunas palabras. Supongo que la hipocresía es algo que hace fuerte a la mentira y el corazón ante eso se limita al silencio.

La mujer se irguió y adoptó una pose distendida en la cama. Era bella, de curvas suaves, voluptuosa, y de un dejo de simpleza asombroso en su desnudez.

No nos veremos nunca más, ¿cierto? preguntó él.
Creo que es lo que quieres y piensas respondió ella con una tímida y reluciente sonrisa Las cosas así serán mejores, ¿no crees?
Pues hasta hace un momento estaba seguro que sí, pero ahora no lo sé.
No inmiscuyas tu corazón. Piensa que soy como una masa de aire que ocupa un lugar pero que pronto se desvanecerá. Los hombre se acomplejan demasiado cuando una mujer empieza a gustarles un poco más de lo normal.
No es tan simple respondió él.
No dije que lo fuera. Lo superarás.

Resignadamente el hombre miró a los ojos a la mujer y entendió que ella estaba más distante de lo que parecía.

¿Ves la noche? Ella siempre está allí. Espera su oportunidad y aparece con lentitud tomándolo todo. Ocupa su espacio y se lo hace saber a todos. Luego, se desvanece, dejando paso al día. Mírame, ¿me ves?, yo soy como la noche.


* * *


Córdoba, abril de 1989


Fue un martes el día que dejé de ver a Mariela. Habían pasado unos meses desde el día que nos conocimos y la relación no prosperó. El círculo se cerró abruptamente. Ese martes ella entró al departamento con un aire totalmente distinto. Su rostro y sus gestos lo reflejaban. Dejó su bolso sobre el sofá, abrió la heladera y se sirvió un vaso de jugo de naranjas. No había pronunciado palabra desde que había llegado. Raro en ella. Tras beber se volvió y me miró con una sonrisa, luminosa y displicente.

Hasta acá llegamos dijo. No puedo avanzar más. Necesito llegar hasta aquí. Salirme.

Sentí frío. De ese tipo de frío que repta desde la planta de los pies y avanza por el cuerpo doblegándote por completo. No podía pensar. No entendía. Tampoco quería pensar ni entender nada. Su voz sonó blanda y carente de inflexión.

¿Lo has reflexionado? pregunté de manera tonta.
Por más que reflexione nada cambiará dijo secamente ella.

Pensé que ella tenía razón. Los ciclos cuando finalizan no tienen sano retorno.

Tu corazón me ha dicho anoche que debemos terminar dijo Mariela.
¿Mi corazón? pregunté atónito ¡¿cómo que mi corazón te ha dicho que te marches?!
Sí. Ha sido anoche. Mientras dormías, apoyé mi oreja en tu pecho y escuché el murmullo de tu corazón.
Me estás tomando el pelo dije un tanto enojado.
No. En absoluto. Lo hice, y tu corazón me habló. Dijo que no quería sufrir más, que te evitara dolor, que ya no estabas preparado para un sufrimiento mayor.

No podía creer lo que ella estaba diciendo. Ha decir verdad me parecía todo una verdadera locura. La miré fijamente a los ojos y con una sonrisa de inexplicable incredulidad atisbé a decir una que otra onomatopeya casi en susurros. Mariela se sentó a mi lado. Puso su mano derecha sobre mi pecho y lo acarició con suavidad.

Él puede hablar y me ha pedido que no te haga daño. Debo marcharme.
¡En realidad me estás haciendo daño ahora mismo! exclamé con enojo ¡¿acaso no lo ves?!
Sí, claro que lo veo. Pero podría ser peor más adelante.

Se levantó, tomó su bolso y se dirigió a la puerta.

Tira mis cosas. No necesito nada. Quédate con lo que te haga falta, pero no atesores recuerdos, son dañinos para tu corazón y psiquis. Si fuera tú, tiraría todo lo que te ha unido a mí.

Colgó el bolso en su hombro, abrió la puerta y tras salir la cerró con un golpe seco a sus espaldas. El departamento pareció hundirse en arenas movedizas, y yo con él.

El martes terminó de la peor manera. Los martes venideros fueron iguales durante un tiempo. Nunca más volví a ver a Mariela en mi vida. Parecía como si la faz de la Tierra la hubiera absorbido por completo. Sin embargo, desde aquellos días de abril, he escuchado a mi corazón latir con más atención. Si bien no escucho palabras brotando de él sí siento una tenue voz dentro de mi consciencia que me habla sobre la vida, la muerte y el amor. Intento hacerle caso, intento dialogar  con ella (nunca lo logro), y pienso por momentos que esa voz me fue implantada por Mariela en aquellas noches de incertidumbre, en las cuales no me veía a mí mismo sino el rostro de mis miedos interiores. Tal vez ella, en un acto de amor, hizo que mi corazón absorbiera en silencio esa voz durante alguna de las noches que pasamos juntos. Si fue así, si fue ella quien de verdad lo hizo, siempre le estaré agradecido.

Abril de 1989 fue un punto de inflexión en mi vida. Hubo un antes y un después. Aprendí que los corazones pueden hablar en susurros y que hay mujeres que realmente pueden escucharlos…




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(Fotografía: http://goo.gl/Fq7sW)

miércoles, 20 de marzo de 2013

La delicada forma de destruir un mundo





La madrugada 


Cuando sonó el teléfono eran casi las dos de la madrugada. Natalia tenía los ojos bien abiertos, sin nada de sueño. Tomó el celular, miró la pantalla, y antes de leer supuso quien era. Sí, era Maximiliano.

- ¿Estás? –decía el mensaje. 

Natalia dudó. ¿Respondo?, ¿no respondo?, ¡¿qué carajos hago?!, se cuestionó. 

A veces en cuestiones de segundos nos jugamos la vida (o al menos aristas importantes de ella). 

- Hola… sí, estoy…
- ¿Dormías?
- Sí.
- Perdón…
- No importa… ya está… ya me despertaste…
- Quiero verte.
- ¡¿Ahora?!, ¡¿estás loco?!
- ¡Sí, ahora!... ¿por qué no puede ser ahora?
- ¡Porque son las dos de la madrugada!
- ¡¿Acaso ahora te regís por el tiempo?!
- ¡NO!, ¡por el sentido común!

La línea se silenció.

- ¿Voy?
- No…
- ¿Segura?...

Entonces fue que Natalia miró su interior y dialogó con sus deseos más íntimos. Dejó transcurrir los minutos, los segundos, el tiempo en sí… 


El amanecer


Pierna sobre pierna, piel sobre piel. Un débil rayo de sol se filtraba por un agujero en la persiana de la habitación. Maximiliano dormía, profundamente. Natalia no. Ella observaba el techo y a su vez sentía la piel de él sobre su cuerpo. Recorría con la mirada el dibujo que el haz de luz solar formaba en la pared. Un pequeño círculo irregular, de un amarillo tenue y pálido. ¿Qué hice?, se dijo. Su pregunta encerraba una masa comprimida de estados que estaba a punto de estallar, pero que no lo hacían porque ella evitaba la detonación. El hombre que estaba a su lado había disfrutado de una noche placentera de sexo, en la cual ella había sido su objeto sexual, su tibio y pequeño objeto. ¿Me quieres?, pensó para sí. La respuesta jamás llegaría.


Media mañana, paredes blancas


Por la ventana abierta entraba el cálido aire de marzo. Inestable, cargado de humedad y frescor. Afuera, al otro lado de la calle, la vida, tal como siempre, sin ningún rasgo que hiciera parecer que se hubiese alterado. Sin embargo dentro de la habitación las paredes blancas resaltaban el silencio, lo hacían exasperante, casi intolerable. Maximiliano había partido temprano, con un beso, un “chau, nos vemos”, y con él se había llevado la música invisible del bienestar sexual y el placer fugaz.

Natalia encendió su notebook y se conectó a su “otra vida”, la vida en la cual ella sabía que había algo más que paredes blancas asfixiantes y un amante sin amor (“cogientes”, como ahora le dicen en la contemporaneidad).

Allí estaba “él”.


Delicadeza


Hay un sutil toque en la mejilla que tan solo la mano del enamorado puede dar. Una sutil recepción que tan solo la mejilla de la enamorada puede percibir. Así fue como Natalia y ese ser virtual con el cual se comunicaba a través de su notebook podía tocarse. Había delicadeza. Sin embargo, la delicadeza es frágil… como el pétalo de una débil flor.

Él supo que algo andaba mal, que algo se había roto para siempre, pero no sabía qué, ni tampoco podía explicárselo.

Ella, con sus ojos llenos de secretos, no supo decirle la verdad. O en realidad no quiso.

Entonces fue el tiempo, cizañero y tirano, el que se encargó de quitar el velo, esta vez sin delicadeza, dejando caer al suelo la porcelana frágil de los sentimientos para que se rompiera en miles de pedazos minúsculos, imposibles de unir, imposibles de volver a regenerar.


Olvido


- ¿Estás? –dijo Maximiliano.
- Sí, estoy –dijo Natalia.
- No quise molestarte… son casi las tres de la madrugada…
- No… no me molestás… -dijo ella con los ojos rojos por el llanto.
- ¿Voy?

Otra vez el silencio fue nuevamente la respuesta.
A lo lejos, en una casa vecina, un trasnochado escuchaba a Alex Hwang haciendo un cover de Damien Rice...






(Fotografía: http://goo.gl/lcZea)

viernes, 8 de marzo de 2013

Hombres de Marte






- ¿Alguna vez pensaste en lo psicodélico de esta situación?

- ¡No!

- ¿No?

- ¡No!... ¡en absoluto!

 Un lunar. Un punto. Una rareza en medio de la nada, o mejor dicho, en medio de la vastedad de su piel.

-¡Bailemos!...

-¡Sí!...

Ella baila conmigo... ¿Dónde estoy?... ¿dónde estamos?


Ciudad. Noche urbana. Amo esa sensación. Luces de neón, marquesinas, calle, desconocidos caminantes, van, vienen, claroscuros, travestis, putas, mentirosos, niñas bien, entidades cambiadas, hipocresía, vulgaridad, sinceridad, temores, vulnerabilidad, cosas correctas, egos.

En medio de la noche urbana muchas manos se elevan, tocan las estrellas, admiran la espesura de la oscuridad, temen, ríen, se regocijan, anhelan, pecan, profundizan su agrado por vivir...
¡Desean!

- ¿Estás ahí?

- Sí.

- ¿Qué hacés?...

- Nada...

- Sabés que eso es ambigüo.

- Amo la ambigüedad.

 Ambigüedad: femenino. Posibilidad de que algo pueda entenderse de varios modos o de que admita distintas interpretaciones.


Dentro de esa sensación ella me toma de la mano. Caminamos juntos. Observo sus pies, sus zapatos, la moda, lo contemporáneo. Soy todopoderoso. Ella, una diosa... al menos para mí.


- ¿Estás ahí?

- ¡Sí!


Está ahí.
Apago la luz.
Enciendo el equipo de música. Una luz irrumpe desde los departamentos vecinos (alguien se levanta al baño, pienso).
La tomo por la cintura. Siento su ropa, su cuerpo. Está descalza. Bailamos.

Bailamos.

Subo el volúmen.
Escucho la letra, siento su cuerpo en contra del mío, cierro los ojos. Seguimos bailando...
Es una danza en la oscuridad.


- ¿Estás ahí?

- ¡Sí!

- ¡Abrázame más fuerte!


Estrecho el abrazo. Lo profundizo. Lo venero. Lo atesoro.
¿Alguna vez usted, lector, pensó en lo expresivo de un abrazo?


- Me quedo con vos. Es una noche mágica.

- Hay mil noches mágicas, “Hombre de Marte”.

- ¿”Hombre de Marte”?

- Sos mi “Hombre de Marte”, ¿lo sabías?

- ¡En absoluto! - Pues... deberías saberlo...

- ¿Porqué de “Marte”?

- No lo sé... Creo que imaginarte de un lugar inalcanzable te hace alcanzable...


Me mira. La miro.


- Ese lunar...

- ¡Es mío!

- Lo sé... solo que...

- ¡Solo que es mi secreto!

- ¿Secreto?

- ¡Claro!... Los secretos son armas letales... ¿lo sabías?


 No.


En medio de la espesura nocturna los besos se sienten conocidos, suaves, sensibles. Las armas letales aniquilan.

Me besa. Nos besamos. La noche agudiza.

Mi dedo índice recorre su columna vertebral. Está boca abajo. Siento su piel. En realidad su tibieza.


- ¿Me quieres?... ¿al menos un poco?


Desde un edificio vecino, suena una canción. “Friday I'm In Love”. Cierro los ojos.

Le respondo.


Nos silenciamos.







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(Imagen: http://image.librodearena.com/b/2/1387032/amor-oscuro[1].JPG)

jueves, 21 de febrero de 2013

Bolas de nieve




Nieva.

El frío desmedido repta por las tuberías de la calefacción, intenta ingresar al interior del edificio, pero ahí queda, agazapado y expectante a la espera de caer, sin miramientos, sobre los cuerpos humanos débiles y friolentos, en un invierno que no se parece a otros, ni por el clima ni por las vivencias.

— Es un robo —dijo uno.

— No sé si es un robo. Tal vez sea una fina manera de birlar algo, de tomar parte de la inspiración de
alguien para auto inspirarse y construir a partir de ello —dijo otro.

— Es plagio –dije yo- mientras me acomodaba en la silla de modo sereno.

Solo habíamos hablado tres personas del grupo, los demás miraban o se distraían contemplando el movimiento de las copas de los árboles a través de las ventanas. Era agosto, ya ni recuerdo bien el año, pero sí el frío descomunal. Reunión de terapia. Un puñado de personas con distintas vidas sentadas en círculo hablando de sus cosas, de sus miedos, de sus perfectas e imperfectas vulnerabilidades. El frío no ayudaba. Las lenguas parecían adormecidas.

— ¿Por qué dices que es plagio? —preguntó otro.

— Pues porque simplemente lo es. Si lo miras detenidamente verás que salvo algunas palabras cambiadas el resto, casi todo el texto, es mi texto —respondí.

— ¿Dices que te he plagiado? —dijo el acusado hasta ahora invisible, aquel que se hizo cargo de las palabras, como si se tratase de un imán que atrae la viruta de hierro.

Callé. Absoluto silencio.

En realidad ya no tenía ganas de hablar más. Después de todo ¿cuánta gente hace plagio en este mundo? No sería ni el primero ni el último escritor al que le han plagiado algo. Sí me molestaba que fuera él. En realidad, y pensándolo fríamente, sentí como una terrible puñalada glacial en mi cerebro que el plagiador haya sido tamaño de alfeñique. Ahogué la bronca desviando la atención y observando el parque nevado. Concentrábame en la blancura de la nieve y en su pureza para evadirme de la exposición verbal que subía lentamente de tono dentro del círculo. Nuestro terapeuta nos observaba en silencio.

—No he plagiado tu texto —dijo el hombre señalado invisiblemente. Solo me he inspirado en él. Pero claro, ahora caigo en la cuenta que tú no lo ves así.

No le dirigí la mirada. Seguí absorto en la blancura helada. Fuera, en el parque, caminaban algunas parejas y jugaban niños, haciendo muñecos de nieve y arrojándose pequeñas bolas. Por un momento quise ser niño nuevamente, tomar nieve con mis manos, moldearla, saber cuándo era el momento justo para detenerme porque la bola había alcanzado su tamaño óptimo, y entonces sí, arrojarla, fuerte, lejos, impactando algo a lo que quería romper o al menos dañar. Esa sensación me embargó por completo. Era como un deseo extremadamente grandilocuente de volver a la infancia, de revivir esos momentos de felicidad pura, exquisita. Volví en mí al escuchar el murmullo del grupo. Ahora todos debatían sobre el plagio y el uso correcto de la palabra “plagiar”. Reconozco que quise abrir un pozo en el piso y ponerme a cavar por horas, por días, por años, y salir a China, en medio de un pantano, lleno de insectos, saturado de calor, pero libre de tanta palabrería inoportuna y llena de explicaciones fatuas. No pude escaparme a China. Tuve que seguir sentado en el mismo lugar, siendo uno más del círculo, escuchando las distintas tonalidades de voces, los gritos, las subidas de tono, y el murmullo cansino y aturdidor que se encargaba de darle forma al hecho de que el acusado, el escritor fantasma (el que se había adueñado de mis palabras, frases y párrafos), se defendía, hasta el límite casi de la ofensa, de las acusaciones directas e indirectas del resto del grupo.

Sin pensarlo me escapé nuevamente. Sentí la increíble sensación y deseo de estar allí en el parque, cerca de la nieve, sintiendo el frío del viento recorrer mis mejillas, y la mirada de los desconocidos encontrarse con la mía. No había mucho más que hacer allí dentro. Me puse de pie bajo la mirada incomprensible de algunos. Observé a todos cuantos me rodeaban. Giré el cuello lentamente posando mis ojos en cada uno de mis compañeros de terapia. A medida que lo hacía me impregnaba de sus vulnerabilidades como una esponja cuando cae al agua. Las sentía mías. Habíamos compartido tanto tiempo… Fue entonces que el acusado se levantó de un impulso, y tras colocarse a centímetros de mi lado comenzó a largarme improperios, con su voz chillona y su aliento de trasnochado de bar. No lo escuchaba. Solo deseaba salir de allí. Podía sentir la tibieza de su aliento rozarme la mejilla, la vibración de su voz intentar adentrarse en mis oídos, pero era solo eso, nada. Miré al terapeuta, lo vi ensimismado más que nunca en ese momento. Tuve tiempo para preguntarme si habría tenido una mala noche con su esposa, un desaire amoroso, o tal vez una negación sexual en su cama matrimonial. Aposté a que lo último era lo más acertado. Me compadecí de él, después de todo su humanidad no difería mucho de la nuestra. Me alejé caminando lentamente, enfocando y visualizando únicamente la puerta de salida. Podía percibir como todos miraban mi accionar y clavaban sus ojos en mi nuca.

Afuera un sol tenue se escondía detrás de unos nubarrones grises, oscuros, mechados con algunos más claros. El viento congelaba. El sol era apenas un adorno. Caminé hasta el parque y me detuve al llegar al embaldosado. Cerca, a unos pocos metros, unos adolescentes pintaban un grafiti sobre una pared: un

viernes, 15 de febrero de 2013

Los suicidas





Ya la vida no es tan dulce 
Tiene ese sabor del vinagre envejecido 
Ya el vino es tan agradable 
 En mi boca ya a nada sabe 
 
Ada M. Reyes Castillo 




Estaba anocheciendo cuando comenzó a caer una llovizna tenue que parecía indefensa a simple vista, pero que tras el pasar de los minutos mojaba más que una lluvia torrencial y caribeña. La gente comenzaba a caminar presurosa, salía de sus trabajos, corría a las paradas de los colectivos, detenía taxis en medio de la calle y algunos buscaban refugio en los supermercados o tiendas de la zona. La llovizna caía sin intermitencias, con cierta cadencia, a un compás celestial, llevándose de prepo todo lo que tenía a su alcance, sin importarle absolutamente nada. Las fachadas de los edificios fueron tornándose de un gris oscuro, con algunos matices más claros en donde aún no había penetrado la humedad ni el agua. Esa noche sería gris y fría, podía suponerse rápidamente, tal vez las siguientes noches también, como las tantas noches de los otoños que presagian un invierno húmedo y cruel que entumecerá hasta los huesos y aletargará los sentidos casi por completo.

Solo Aristóbulo Cáceres quedaba a merced de la insolencia del clima sin hacerse problema alguno. Había llegado al edificio a la hora de la siesta, había subido las escaleras hasta el piso veinticinco, para finalmente esconderse en un cuartucho de mala muerte, en donde el personal de limpieza guardaba los accesorios para tal fin. Allí permaneció sentado sobre un par de cajas de jabón, observando con mucha concentración las manecillas de su reloj pulsera que acusaban el pasar cansino del tiempo. Se había sentido claustrofóbico un par de veces, pero se contuvo, frotándose los ojos y el rostro, intentando pensar que se encontraba en un campo vasto, en plena primavera, bajo un sol tibio que calentaba a la perfección todo el vergel dejando que las flores emanaran sus olores característicos y el viento hiciera el resto, llevando de acá para allá el aroma de la naturaleza viva. Tuvo intenciones de claudicar. Había asido el

martes, 8 de enero de 2013

Sanguíneo





Se me hace difícil no pensar en aquel día, que tras levantarme y abrir las ventanas de la casa, observé cómo aún la pintura roja chorreaba por paredes y aberturas, formando en el piso un gran charco que se asemejaba a una escena sangrienta de la época de los gánsteres norteamericanos. La abertura en forma de “O” de mi boca ganó primero al grito y al pensamiento. Todo era una mezcla de horror, falta de entendimiento y bronca ¿Acaso existían personas tan malvadas que pudieran acometer semejantes actos de vandalismo? Seguramente que sí, pues lo estaba presenciando en mi propia casa.

Tiraron la pintura a baldazos sobre ventanas, puerta principal y parte de las paredes del frente de la casa. Un rojo chillón, que a la luz del sol parecía sangre fresca, recién extraída de venas desbordantes de un flujo sanguíneo espeso y cargado de vida. Tras observar las grandes manchas me hice a la idea que había sido varios litros, que deberían haberlos transportado entre varias personas, o en algún vehículo, luego haber abierto las latas y con mucha saña haberlas arrojado contra la casa. Ahí se cierra mi pensamiento reflexivo, pues mi mente se niega a un análisis con mayor profundidad por lo acontecido ¿Acaso mi familia y yo podríamos haber sido tan malos vecinos en tan solo un par de meses viviendo en el vecindario? No lo creo. Ni siquiera conocíamos a nadie.

De haber intuido algo así jamás hubiéramos emprendido semejante odisea: vender una casa que había pertenecido por dos generaciones a mi familia, haber ubicado una pequeña ciudad para vivir más tranquilos y haber gastado cientos de pesos para lograr una exitosa mudanza, en donde los muebles no sufrieran raspaduras ni golpes, y todo llegara en tiempo y en forma al nuevo hogar. Sin lugar a dudas mi intuición no funcionaba. La de mi esposa tampoco.

Al salir fuera de la casa pude observar que la pintura estaba ya casi seca. Ni siquiera el rocío de la noche estival había logrado mantenerla húmeda, viva. El daño se había cometido con precisión y alta efectividad. Tuve la explosión nerviosa de putear y maldecir, pero la contuve. Mantuve presionada firmemente la mandíbula, cerré los puños y dejé que los ojos se me abnegaran de lágrimas, a punto tal de volver mi visión borrosa por completo. El sol esa mañana salía magníficamente sobre el horizonte. Era un día precioso a pesar de todo. A pesar de la pintura, del mamarracho que mostraba la casa en su fachada, de la furia interna que yo contenía, del acto irrespetuoso de algún loco mal nacido. Pensé. Me tomé unos segundos, minutos, y pensé. Mi esposa aún dormía y yo estaba parado como un abatido incoherente en medio de la vereda… ¿Qué hacer? No lo sabía. No quería asustarla, ni quería que al despertar y ver aquella escena tuviera un ataque de nervios o algo semejante. Sin embargo dejé de preocuparme por ello y me enfoqué en encontrar al autor del hecho ¿Quién podría odiarnos tanto en tan poco tiempo?, y por sobre todo ¿por qué?, ¿cuál era el motivo de semejante odio? Risueñamente solté una carcajada, tras pensar que el color rojo le iba bien contrastante a la fachada, que era de un color rosa pálido el cual mi esposa había elegido y a mí jamás me había gustado.

Ingresé a la casa, pasé por la cocina, subí a las habitaciones y me cercioré si mi familia dormía. Lo hacían serenamente. Eran las 8:30 hs de la mañana de un día domingo cualquiera. Nadie en la calle, nadie en los alrededores de las casas vecinas, nadie despierto dentro de mi casa, solo yo conteniendo aquella escena. Lentamente la bronca fue exudándose de mi cuerpo para dar paso a una sensación de herida. Jamás había tenido enemigos en mi vida. Había sido el hombre más pacífico en toda reunión social, conjunto laboral o grupo de estudio. Pero ahora estaba claro que alguien quería herirme y lo había logrado. Alguien se había propuesto ser mi enemigo, urdiendo un plan simple con un amplio y doloroso alcance. Me senté en un taburete en la cocina y observaba desde allí como el sol de la mañana se colaba por las ventanas del frente de la casa. La luz solar proyectada sobre la pintura roja reflejaba en las paredes blancas del interior dando una sensación de color rosa virtual que lentamente iba ganando las paredes internas. El color parecía seguir creciendo y engulléndose la casa. Era horrible.

Alguien había hecho una buena inversión para dañarnos. Parecía pintura de buena calidad, un esmalte sintético caro, comprado con mucho dinero. Nuestro enemigo no se las andaba con chiquitas. Me asaltó de repente la idea que podían ser niños, o adolescentes que estando borrachos tras salir del boliche bailable habían detenido una camioneta, intentaron hacer alguna especie de grafiti y ante sus inexpresivas manos temblorosas por el alcohol terminaron arrojando los baldes de pintura contra nuestra casa, invadidos por la ira de no poder desarrollar su arte… ¿Arte?... ¡Salvajismo!, ¡Vandalismo! Sí, esas serían las palabras correctas. Me sorprendí a mí mismo teniendo la lengua aprisionada contra el paladar, manteniendo la respiración corta, con los ojos fijos aún en el brillo de los rayos de sol reflejándose en la pintura. No estaba abstraído, no… solo estaba intentando no llorar.

Analicé el hecho desde varias perspectivas, pero siempre terminaba en una palabra que era sinónimo de violencia o enemigo. Por instantes me venían oleadas de deseo de volverme a la gran ciudad, al departamento de donde habíamos salido, y comportarnos nuevamente como cucarachas deseosas de sol, mimetizadas con el vaivén armónico y ensordecedor del tránsito de las grandes urbes, en donde el tiempo pasa sin que te des cuenta y las vidas se consumen como si fueran aros de humo salidos de una pipa. Mientras me mantenía sumergido en estos pensamientos sentí ruido en las habitaciones. Alguien se levantaba. Debía de pensar rápido, de preparar unas palabras certeras y rápidas para prevenir un mal peor ¿Pero qué palabras serían esas que aplacarían un momento de sugestión y angustia aplastante en el corazón y sistema nervioso de mis seres queridos? Por más que las pensé no las pude hallar. Mi mente estaba tan abotargada como mi lengua y mi razonamiento. Finalmente sentí los pasos de mi esposa descendiendo por la escalera, sus pantuflas asomando, su pijama, sus piernas, su cuerpo entero, y finalmente su rostro sonriente como en cada mañana de domingo al levantarse.

— ¿Qué pasa, cariño? —preguntó mi esposa.

Intenté sonreír pero lo debo haber hecho horriblemente mal. En sus ojos noté su análisis metódico, sigiloso, del cual rara vez he escapado. No podía mentirle. Debía decirle la verdad ante un hecho que apenas ella abriera la puerta de calle encontraría frente a sus narices. Sin embargo, tuve unos segundos para generar millones de frases en mi cabeza. La gran mayoría sin coherencia, sin tacto, cargadas de verbos duros como se los escuchase.

—Tenemos enemigos —dije.

— ¿Qué dices? — Digo, cariño, que tenemos enemigos…

— ¿De qué hablas?, ¿acaso has tenido una mala noche o pesadillas?

—No amor, digo que tenemos enemigos en el vecindario. Alguien no nos quiere. Alguien pretende amedrentarnos o hacernos sentir temor.

— ¡Mira! —Dijo ella levantándome la voz— si no hablas con coherencia y te enfocas terminaré pensando que esta mañana de domingo te has levantado un poco loco o que has bebido de madrugada. 

—Ven —dije, y la tomé de la mano. 

Crucé toda la cocina y el living con mi esposa tomado de la mano. Ella no pronunció ninguna palabra ni quiso soltarse. Tan solo se dejaba llevar. Mientras caminaba pensé que me dirigía al epicentro de un terrible holocausto, en el cual una víctima más estaba a punto de sucumbir ante la visión espantosa del mismo. Sentí como mis manos sudaban. El nerviosismo me traspasaba de lado a lado. Al llegar a la puerta tomé firmemente el picaporte, lo giré y abrí la puerta. La luz solar nos dio de golpe en las retinas encegueciéndonos por un instante. Di un paso largo y ayudé a mi esposa a dar el suyo. Ya estando en la vereda la miré y le dije: “Mira”. Entonces sus ojos se clavaron en la pintura, en las manchas, en aquel trabajo chapucero, pero ahí quedó todo. Instantáneamente su rostro esbozó una sonrisa que aún hoy me descoloca cada vez que recuerdo como las comisuras de sus labios se arquearon.

—Cariño, lo has descubierto… —dijo ella con tono de voz suave y relajada.

Mi asombro era mayúsculo.

—¡Claro!, ¡¿a ti no te sorprende y horroriza esto?!, ¡mira nuestra casa como ha quedado!, ¡mira el acto de salvajismo de nuestros vecinos!

Sentía como las venas fluían sangre caliente por dentro de mi cuerpo. Sin embargo no podía entender cómo mi esposa podía sonreír, ni mucho menos comprender el porqué de su no asombro.

—Han sido nuestros hijos… anoche… tras volver de su despedida de año… —dijo ella lo más campante.

No podía creer lo que estaba escuchando. Mis propios hijos, los mismos que dormían en las habitaciones de arriba tan plácidamente, había arrojado litros y litros de pintura sobre el frente de nuestra casa ¿Acaso estaba viviendo una terrible pesadilla?, ¿cuándo se había vuelto tan loco el mundo que yo mismo estaba habitando?

—Dime que no es cierto —dije encolerizado.

—Lo es cariño —respondió mi esposa con su cara sonrojada y muy nerviosa. —Verás, anoche escuché que llegaron en sus automóviles con sus amigos y novias y todos reían y gritaban. Tú dormías. No quise despertarte pues había reconocido la voz de nuestros hijos. Asomada a la ventana quise callarlos, pero no lo logré. Entonces sus novias bajaron tachos de pintura, los destaparon, y corrían a nuestros hijos con ellos, intentando echárselos encima. Probaron varias veces, pero ninguna acertó. Sí a las aberturas y a las paredes.

En ese momento ya no pensaba en claro. Observaba a mi esposa con sus pantuflas y pijama hablarme semejante cosa y me negaba a comprenderla. Volví a sentir la necesidad de evadirme y de pensar en que nuevamente quería ser una cucaracha de ciudad. Cualquier psiquiatra o psicólogo diría que aquella escena era algo completamente inaudito, o tal vez algo para un caso digno de estudio, principalmente el modo en que mi esposa me comunicaba semejante locura. Ahora quería llorar. Llorar con ganas. Me sentí por un momento completamente infeliz. Contemplé la fachada de la casa, el brillo de la pintura roja, los efectos que la misma había dejado sobre paredes y aberturas, y me alivié de no tener enemigos. Sí, eso. Al menos sentí que eso era un alivio. Nadie quiere tener enemigos en su vida, ¿cierto? Esa fue la primera vez en mi vida que me sentí completamente abatido. Nunca había sentido una sensación tal. Mi esposa palmeó mis hombros un par de veces y se dirigió a la cocina, en busca de su desayuno de domingo. Yo, me senté en la vereda, apoyando la espalda contra la ahora roja pared aun levemente humedecida, manchando mi pijama, sintiendo cómo también aquella mancha se empezaba a compenetrar conmigo, reptando a través de la espalda, intentando mimetizarse con mi piel, hasta, si lo lograba, ingresar por completo a mi flujo sanguíneo y tomarme por completo, hacerme su prisionero, para después esperar el momento oportuno y terminar eficazmente de darme el golpe de gracia final.



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(Imagen: http://goo.gl/W3mwi)

viernes, 4 de enero de 2013

La hora de la siesta





Sonó el timbre. Dejé que sonara. En realidad no tenía ánimo para levantarme de la cama y ver quién era. Fue uno de esos momentos en los cuales se desea ser invisible, o simplemente no existir. Volvió a sonar unas cuantas veces más. Finalmente, haciendo uso de las últimas fuerzas que la tarde agobiante me había dejado, decidí ver quién era. Con cuidado de no tocar la puerta y hacer ruido, sosegando la respiración, conteniendo cualquier movimiento desencajado de mi cuerpo con tal de que el visitante no se percatara de vida en el interior del departamento, observé por la mirilla…

Reconocí su silueta al instante. Pálida y borrosa. Características inequívocas de ella por más que la viera bajo un sol resplandeciente. Dudé. Dudé de nuevo ¡Se sentía tan bien la soledad a aquella hora de la siesta! Sin embargo un impulso sin sentido me hizo tomar el picaporte, girar dos vueltas la llave y abrir la puerta, exponiéndome a la mirada sorprendida de la mujer que había lacerado, con saña, un tiempo atrás, mi débil y abatido corazón.

— Pasa -dije con desgano.

Entonces entró.

— ¿Estabas durmiendo?
— No. Bah, en realidad intentaba hacerlo. Pero no. No dormía. Tal vez dormitaba… no lo sé…

Me miró confundida. Supongo que mi ambivalencia la descolocó. No me importaba. Tampoco quería darle más explicaciones. El calor seguía sofocante.

— ¿Puedo quedarme?
— No creo que sea buena idea -respondí sin mirarla.
— ¿Sigues dolido?

No respondí.

Caminé unos pasos y me arrojé nuevamente al placer de la cama. No me interesaba qué haría ella. Por mí podía tomar la llave, abrir la puerta, y largarse. Después que a un hombre el corazón se le rompe ya no hay retorno posible. Es como una tundra helada, en donde la vastedad y la desolación rápidamente llevan a pensar la no existencia de vida alguna. La devastación era total y compleja. Si se buscaba minuciosamente dentro de mi corazón tal vez se pudieran encontrar vestigios de vida, pero no era algo seguro. Podía suceder que hubiera más vida en la Luna.

Sentí que caminaba por la habitación. Conocía ese modo de caminar. Lo había padecido muchas veces después de discusiones o momentos de ansiedad. El sonido de los pasos suele hablar. Es un modo que el cuerpo humano tiene de emitir señales, vibraciones, sobre su estado de ánimo. Seguí con los ojos cerrados. Sin tiempo, sin mundos.

Se recostó a mi lado. Se había quitado el pantalón de jeans, los zapatos rojos de tacones altos, dejándose puesto tan solo una remera corta y la lencería. El calor seguía agobiante, asfixiante. Las paletas del ventilador giraban sin descanso, a mucha velocidad, sin cumplir su función en absoluto. Sentir su cuerpo a mi lado me dio un fugaz escalofrío. Sin embargo no la miré en ese momento. No deseaba por nada del mundo que ella observara que aún podía despertar algo en mí.

— ¿Escuchas la música? —dijo ella.

Sí. Sonaba una música no muy lejana. Seguramente proveniente de algún departamento de estudiantes, o del dormitorio de unos jóvenes amantes. En aquel viejo edificio proliferaba la gente joven, los estudiantes, y los vendedores ambulantes, que se agrupaban entre varios para alquilar departamento. Tal vez yo era uno de los pocos adultos que lo habitaban. Traté de identificar la música, pero había imperfecciones en la interpretación.

— ¿Reconoces quién es? —dije.
— Sí, creo que sí…

Pero solo se limitó a decir eso.

— Parece un cover. No es original.
— Sí, es un cover. Un bonito cover. —acoté.

Había algo en esa canción que me relajó por completo. Como si su melodía lograra lentamente traspasar mi piel y relajar la tensión de toda mi musculatura. Nos quedamos en silencio escuchándola. Inmediatamente me vino a la mente el recuerdo vívido de una tarde en Alexanderplatz, en la cual ella y yo caminábamos con displicencia, mirándonos de reojo, charlando sobre cosas vulgares y permitiéndonos esos instantes fugaces de coqueteo apresurado que no son más que señales fugaces de un sentimiento reprimido que está a punto de estallar. Me vi joven, presuroso, desbordado por la sensación que esa chica de baja estatura y pelo rizado causaba en todo mi ser. El recuerdo se sentía bien. La música le iba bien.

De repente la canción terminó y ya no se oyó sonido alguno. Fue como si de repente todos los sonidos del universo se silenciaran al unísono. Solo podía oírse la respiración acompasada de ambos, el sonido de los automóviles transitando por la calle, y cada tanto el ulular de un automóvil de policía o una ambulancia. La ciudad seguía su ritmo. El mundo seguía girando. Sin embargo ella y yo nos manteníamos estancados, con los ojos fijos en el cielorraso, sin decirnos una palabra, sin emitir un sonido, sin siquiera mover un músculo, tan solo nos manteníamos expectantes, a la caza de algún error del otro que diera el puntapié inicial para un motivo de charla, o al menos de un intercambio de palabras vacías.

Volví al recuerdo de la tarde en Alexanderplatz. Me mantuve en él otro rato. Lo saboreaba lentamente. Tenía la sensación que de ese modo, aunque pareciera todo lo contrario, mi decepción por esa mujer que ahora se recostaba a mi lado se terminaría diluyendo de un modo menos dramático. Al cabo de unos instantes creía estar en lo cierto. El calor del día aún seguía agobiante y el ventilador no dejaba de girar, oscilando de vez en cuando y emitiendo su característico sonido ya casi imperceptible a mis oídos. Deseé nuevamente estar solo. Pero no podía. Ella seguía allí, a mi lado, estática. Sin poder sostener la situación me volteé de lado y la contemplé. Se veía magnífica. La recorrí lentamente con la mirada observando su silueta, cada punto que yo mismo había explorado durante varios años. Sentí, instantáneamente, que observaba un cuerpo que ya me era ajeno. Las separaciones tienen esos resabios amargos de los cuales es imposible escapar. El tiempo continuaba con su paso lánguido. Observé de reojo las manecillas del reloj pared que estaba detrás de su silueta: el tic-tac se había vuelto ensordecedor.

Me quedé inmóvil largo rato. Seguía recostado de lado, observándola, sin mover un músculo, sino tan solo mis ojos. Su respiración se había relajado, la comisura de los labios cada tanto reflejaba el movimiento de un nervio o diminuto músculo. Me pregunté, ¿dónde divagará tu mente? No es que quisiera saberlo, solo era una curiosidad que había aflorado de repente, y que en un instante se había acrecentado como una gigantesca bola de nieve.

Pensé: estoy atrapado en el fondo del mar.

— Si supiera que existe un modo, aunque sea doloroso para mí, que te ayude a olvidarme te juro que haría todo por buscarlo y ponerlo en práctica. Pero no lo sé. Y no creas que no me duele verte así.
— No es tu culpa —dije yo.
— Lo es.
— Nadie es culpable de dejar de amar. Sí de no ser sincero y decirlo.
— Es que esa es la parte difícil, ¿no crees? —respondió abriendo los ojos y esbozando una sonrisa nerviosa.

Pensé: sigo atrapado en el fondo del mar.



Al cabo de una hora el calor fue cediendo, el sol comenzaba a bajar y el bullicio callejero se acrecentaba: todo el mundo corría presuroso a sus hogares. Habíamos dormitado un rato, seducidos por la tarde calurosa, y la tibieza del aire que arrojaba el ventilador. Me dije que había perdido una tarde más de mi vida. Una de tantas. Ella despertó suavemente y al abrir sus ojos me miró como hacía tiempo no lo hacía. Recordé esa mirada como una señal de necesidad de mi persona. Cuando solía mirarme de ese modo casi siempre le seguía un abrazo, un beso, o un susurro al oído con bonitas palabras cargadas de sentimientos hacia mí. Esta vez no hubo nada de eso. Solo un sueño:

Acabo de soñar algo horrible —dijo. Estaba en una habitación similar a esta, a la hora de la siesta también, y de repente todo se oscureció. Era una oscuridad pegajosa, impenetrable. Yo sabía que estaba allí porque podía palparme, pero no podía ver nada. En principio pensé en que había quedado ciega. Pero no. No podía ser quedarme ciega así, de repente, mientras hacía un instante veia cómo el sol incandescente calentaba la tierra. Quise levantarme de la cama pero no pude. Quería gritar, pedir auxilio, pero tampoco podía. Me sentí aterrada, impotente. Deseé morir para no estar en aquella oscuridad. Sin embargo tuve un pensamiento. Me dije a mí misma si el desear la muerte en aquel momento no sería como invocar a una oscuridad de ese tipo pero de modo perpetuo. Comprendí que sería peor la muerte que soportar esa oscuridad. Debes estar soñando, me dije. En realidad no lo sabía. Solo quería que fuera un sueño. Huir. Salir de esa situación tan trágica y horrible. Entonces, como así, de la nada, se abrió una puerta, pude escuchar el sonido, y unos pasos acercándose, el colchón hundiéndose a mi lado, y un par de manos tomarme por los hombros de manera suave. Reconocí el tacto. Eran tus manos. Pero no solo no veía nada, sino que tampoco escuchaba tu voz. Comenzabas a zamarrearme con violencia desde mis hombros, bajando hacia los brazos. Grité. Grité fuerte. Estaba horrorizada. No podía creer que no me escucharas. Mencionaba tu nombre, pero nada. Entonces te detuviste de repente. Otra vez los pasos, y el sonido de la puerta cerrarse. Lentamente la oscuridad fue convirtiéndose como en una tiniebla, dándole paso a una tenue claridad. Finalmente la luz solar comenzó a invadirlo todo y llenó la habitación por completo. Y te vi. Estabas sentado en una silla al lado de la ventana, fumando. Mirabas hacia la plaza de Alexanderplatz, más precisamente concentrado en la fuente de Neptuno. Parecías tan calmado, tan relajado, como si todo lo que había acontecido a ti no te hubiera tocado. Entonces tampoco pude moverme. Observé el reloj, eran las cuatro de la tarde. De repente, te levantaste de la silla, arrojaste el cigarrillo y saltaste al vacío. Salté de la cama no sé cómo. Y al llegar a la ventana solo observé el fluir del agua de la fuente de la plaza y nada más.

— “Live and let die” —dije.
— ¿Qué has dicho?
— “Live and let die”, esa era la canción del cover.

En ese instante ella se vistió presurosa, tomó su cartera, las llaves, abrió la puerta y cuando se disponía a cerrarla se detuvo. Quedó por un instante parada bajo el marco, y tras darse vuelta arrojó las llaves al piso de la habitación.

— Vive tú… yo morí hace un tiempo ya...

Esas fueron las últimas palabras que escuché de su boca. Solo una vez, después de varios años volví a cruzarme con ella. No me vio. Ella tomaba un café con un hombre bien parecido en un bar de la plaza Alexanderplatz. Los observé mientras estaba yo sentado al lado de la fuente, contemplando al viejo Neptuno, una tarde de agosto, a la hora de la siesta.




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(Imagen: pintura de  Michal Lukasiewicz )

martes, 4 de diciembre de 2012

Finitud









 Me dedico a pensar en la finitud, en el corto lapso de tiempo que el vidrio empañado por el aliento se mantiene visible ante un par de ojos. Lo comparo con mi vida. Se me hace casi imposible no hacerlo. Mi vida finita. La vida finita de todos. Rebusco a través del vidrio de la ventana sombras y caminantes, los aíslo, les genero un determinado contexto y les asumo un rol. Juego a que existen en una probeta de ensayos naturales, en donde no hay químicos pero sí estimulaciones sentimentales que trastocan a fondo tanto a las sombras como a los caminantes. Elaboro, analizo, concluyo, sigo concluyendo. El tiempo pasa rápidamente, el límite está siempre fijado. 

 Es otoño. Europa se hace lánguida en otoño. Las fachadas de los viejos edificios de la ciudad comienzan a ensombrecerse con pesadez. Las sombras perpendiculares dibujan perfectas arquitecturas sobre las calles, pareciendo cortar en dos a los caminantes que las transitan. Hay cierto vacío en los rostros. Una simbiosis invisible con el entorno que los rodea. Diego Truffaut siente eso mismo. Me lo dice cada vez que nos encontramos. Apunta a la altura de los edificios, dibuja con el dedo índice las sombras sobre el piso, y escuetamente comenta, casi a regañadientes, que las sombras nos obligan a silenciarnos, a meternos en un mutismo disimulado, en un letargo mental en donde los pensamientos danzan como llamas del averno.

 — Somos finitos —le digo a Diego Truffaut. 

 Él asiente. Se acomoda en el sillón, alisa la solapa del saco, y sigue observando a través de la ventana cómo sigue muriendo la tarde en la Vieja Europa. Nos mantenemos en silencio. Solo observando las sombras, los caminantes y todo lo extraño y curioso que se confabula entre ellos y el atardecer. Así, como dos sexagenarios de una época distinta a esta, pasamos muchas de las tardes en las cuales coincidimos, cuando Diego Truffaut viene a este lado de la ciudad y cuando yo me dejo atrapar por sus visitas.

 Mientras el silencio se mantiene estático un haz de luz solar emerge de entre un par de nubes lejanas y atraviesa la ventana, clavándose en la pared fría y despintada del departamento. Ingresa como una hálito irreverente de vida, el cual no necesita permiso alguno, sino que se abre paso sin más, avasallando todo en su trayecto, iluminándolo y transmitiendo esa energía única que es portadora de luz, de la luz que hace sonreír al humano, a los viejos, a los perros, a las sombras. Diego Truffaut observa el haz de luz encallado en la pared y lo dibuja, al igual que hace con las sombras, con su dedo índice. Sigue la línea recta, mueve su brazo con suavidad, busca el orígen de la tibieza en el horizonte.

 — ¿Has notado cuán bellos son los cielos otoñales?
 — Suelo hacerlo —le respondo sin quitar la mirada puesta en la ventana.

 Diego Truffaut se silencia. Cae en el mismo solemne acto de cada atardecer en donde tan solo se limita a observar cómo una parte del mundo se presta a dormir mientras que otra está próxima a darle la bienvenida a un nuevo día. En esa perfecta sincronía él y yo nos sentimos gosozos y plenos, entendemos la majestuosidad de la vida y disfrutamos, ¡al menos un instante!, de no sentirnos finitos, simples mortales.

 — Europa comienza a dormir. Esta noche será más serena que otras. Lo sé por cómo las hojas de los álamos se mueven al compás del viento… ¿lo ves?

 Poco a poco mi amigo ha ido conociendo los pequeños indicios que la naturaleza deja ante su accionar, como si fueran migajas que deja el cazador para atrapar a su débil y famélica presa. Tiene razón, Europa comienza lentamente a dormir y ambos asistimos a ese evento extraordinario. Las primeras luces de mercurio se encienden en las calles, los carteles de neón emiten destellos que chocan contra un cielo oscurecido hasta el infinito, los caminantes ahora caminan presurosos a la salida de sus trabajos en busca de sus hogares, los gatos ya no buscan las sombras, las paredes comienzan a enfriarse con más rapidez. Todo parece encajar en un escenario majestuoso y gigantesco. Es la puesta en escena de la vida, permitiéndole a la noche arropar a una gran parte del mundo. Y solo dos viejos, detrás de una ventana, asisten conscientemente a tal espectáculo.

 Desde el comienzo de nuestra amistad hemos visto cientos de atardeceres juntos. Con el pasar de los años esas experiencias han sido más profundas. “Se siente distinto, ¿no?”, suele decirme él. Sí, se siente distinto. Tal vez sea parte de habernos acostumbrado a ver dormir a esta parte del mundo y saber que, pase lo que pase, después de unas cuantas horas todo volverá a ser igual, cada cosa estará en su sitio, los rayos de sol lo invadirán todo y miles, millones de ojos, se abrirán para contemplar un nuevo día tras desperezarse. Una perfecta sincronía. Y es en esos momentos de lucidez cuando quienes nos sentimos expectadores sopesamos la finitud de nuestras propias vidas. Los días están contados. Las noches también.

 Finalmente cuando la noche cae y se apodera de todo, Diego Truffaut se levanta del sillón, toma su bastón, su sombrero, y con un atisbo de sonrisa me saluda: “Será hasta un nuevo atardecer, viejo amigo…” Sin más, lo veo desaparecer escaleras abajo, cruzar la calle lentamente, y perderse en medio de las sombras espesas, confundiéndose con los gatos, los demonios y todo aquello que las habitan. Pienso, en esos momentos, que algún día él llegará antes que yo al otro lado del mundo. O tal vez sea yo quien lo haga. La muerte nos invitará a ese viaje fantástico, el cual nos permitirá ver amaneceres, y ahí, podremos enfocar la vida desde otro ángulo, uno más tibio, con tanta tibieza como la de un líquido amniótico dentro del vientre de una madre, y nos sentiremos plenos de poder observarlo todo, de ser espectadores distinguidos tanto en la vida finita como en la muerte infinita.

 De un tirón corro las cortinas y dejo en total oscuridad el living. Mientras camino rumbo a la cama acaricio las orejas de los sillones donde hemos estado sentados. Me siento como un empleado de limpieza dentro de un descomunal cine. En la oscuridad percibo la magnificencia del escenario que acaba de sostener la gran obra. Ahora Europa está dormida… tal vez yo también lo esté...




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(Imagen: Justyna Kopania)

jueves, 15 de noviembre de 2012

Burbujas sobre el agua







"La vida es breve,
momentáneas espumas
nos rozan y se van."

Silvina Grimaldi Bonin




Siempre odié los talleres literarios. Fue un odio que se acrecentó poco a poco, alimentado por ver algo aquí, escuchar algo allá, y concluir que el escritor, si bien puede pulirse, nunca aprenderá a ser mejor escritor porque alguien quiera enseñárselo. Esta forma de pensar (muy mía), testaruda para muchos, criticadísima para otros, ha sido a lo largo de los años siempre respaldada desde una pequeña lumbre en el fondo de mis abominables cavernas interiores. Nada alteraba ese pensamiento, esa conclusión tan aferrada a mí. Supe discutir, en varias ocasiones, con distintos personajes: profesores de literatura, acérrimos lectores, bibliotecarios, vendedores de libros, y por supuesto, integrantes de distintos grupos literarios reales y virtuales. Pero nada cambiaba mi opinión, nadie tenía la suficiente diatriba para hacer tambalear mis pensamientos al respecto… nadie…

Decidido siempre en mi pensamiento echaba por tierra cualquier invitación a pertenecer a un grupo literario cualquiera. Al principio mis negativas iban acompañadas de buenos modales, sonrisas y miradas francas; pero con el pasar del tiempo, cuando alguien se encaramaba y me declaraba la guerra con sus pensamientos anclados, entonces olvidaba por completo la línea, y de modo belicoso iniciaba una contienda, que se transformaba en lucha, luego en guerra y finalmente en devastación atómica.

Casi no tengo recuerdos de esos feos momentos. Supongo que los he borrado inconscientemente. Así, como muchos herejes quemaron libros en piras, yo quemé y convertí en cenizas aquellas discusiones de las cuales no me enorgullezco. 

A medida que crecí, el significado de “talleres literarios” fue alejándose de mí y yo de él. Tan solo me limité a leer, y leer, y seguir leyendo. Por 1985 me hice habitué de varias librerías céntricas. Poco a poco en aquella época se adoptaba el modo de venta supermercadista en los libros: enormes áreas cubiertas, góndolas, estibas, grandes carteles anunciando ofertas, y millones de libros al alcance de la mano del lector-cliente. Se iba desdibujando lentamente aquella idea de librería atendida por un viejo librero calvo o de barba larga, y poco a poco el capitalismo comenzaba a ganar terreno metiéndose con la literatura.

Una de esas librerías a las cuales me hice habitué fue Jardín Colorido. Estaba ubicada en una esquina, intersección de dos importantes calles de la capital, y pertenecía a tres hermanos judíos, los cuales rara vez se dejaban ver por el local. Me gustaba su ambiente: luminoso, espacioso, claro, perfumado y con una raya de volumen de música clásica sonando de fondo. En los amplios sectores de lectura que se ofrecían uno podía pasarse horas enteras inmerso en lecturas de libros de toda índole, inclusive en idiomas extranjeros. Me pasaba allí casi todo el día. Salía de madrugada de casa, trabajaba, y tras salir de la fábrica enfilaba hacia Jardín Colorido. Allí conocí a Cortázar, a Nietzsche, a Faulkner, a Horacio Quiroga y muchos más. Sumido en grandiosas lecturas jamás me percataba del paso del tiempo. Más de una vez alguno de los empleados debía de avisarme que él ya se retiraba, que la librería había cerrado y que con gusto yo podría retomar mi lectura al día siguiente.

Devoré muchísimos libros en aquel entonces, y así también dejé de escribir. Ya no acaparaba mi atención la escritura. Solo sentía un ansia poderosa y desesperante de lectura. 

Un día, a finales de 1987, mientras me mantenía sumergido en la lectura de un libro de García Márquez, un anciano se sentó a mi lado a leer. Traía consigo unos cuantos libros, de diversos autores. Agarraba un libro, lo abría en cualquier página al azar, y tomaba ciertas notas en un cuaderno. Así con cada libro. Aquella curiosa tarea terminó distrayéndome de mi lectura. Opté por cerrar el libro y concentrarme en la tarea del anciano. Repitió la operación con cada libro de la estiba: abrirlo en cualquier página, anotar “no sé qué” en el cuaderno y seguir con el siguiente. Todo aquello demoró no más de hora y media. Tras cerrar el último libro tomó la estiba, la colocó en el carrito y devolvió cada libro a su correspondiente estante. Yo veía cómo el anciano caminaba entre las góndolas rebuscando el lugar exacto al cual pertenecía cada libro. Paseaba el carro con cierto andar cansino, apoyándose sobre la barra trasera del mismo. Cuando hubo colocado el último libro en el lugar exacto, dejó el carro y volvió hacia el área de lectura. Entonces me habló:

— Dígame joven, ¿le he incomodado?

Observé al anciano y puse mi mejor cara de sorpresa:

— No, en absoluto, ¿por qué habría de incomodarme, señor?
— Pues he percibido que usted observaba mis movimientos. Y tal vez, pensé por un instante, mi accionar lo distrajo de su lectura.

Cerré el libro e inmediatamente me sinceré con el anciano.

— Ha decir verdad algo de eso hay. Sí. No se lo negaré. Pero no ha sido nada grave, y en todo caso el culpable de tal distracción soy yo o el autor del libro que leo —dije sonriéndome.

El anciano me devolvió la sonrisa y a su vez tomó asiento a mi lado.

— Lo que pasa es que soy un estudiante —dijo él— y estaba realizando mi tarea.
— ¿Estudiante? —pregunté confundido.
— Sí. Verá. Participo en un grupo literario llamado Burbujas sobre el agua y una de las tareas para esta semana entrante era tomar al azar frases interesantes de cualquier libro. Así que se me ocurrió que podía hacerlo aquí ¡¿Qué mejor lugar?!, ¿no le parece, joven?

Asentí. 


El anciano en cuestión se llamaba Carlos (”Don Carlos” para mí, hasta siempre). Mientras mantuvimos aquella charla poco a poco confraternizamos y su carisma y personalidad fueron comprando tangiblemente mi beneplácito. Fue así, que un día de marzo de 1988 por primera vez en mi vida asistí a un taller literario. Tras varios intentos y ruegos por parte de Don Carlos accedí a participar en algunas de las reuniones. Yo, el joven que durante años había despotricado contra tales reuniones “buenas para nada”, ahora era partícipe de una. Y aunque parezca ridículo y risueño, las horas y días que pasé en aquel taller conforman hoy lo mejor de mis recuerdos. 

Allí conocí a muchos seres humanos que fueron y son aún hoy mis amigos. De esos amigos incondicionales. Marta fue una de ellas. Era quien impartía las reglas, las consignas y dirigía a “Burbujas sobre el agua”. Fue la primera en darme la bienvenida y en escuchar mi opinión sobre la literatura, la escritura y los talleres literarios. Recuerdo que mientras yo hablaba ella me miraba con su dulce mirada. Era imposible no sentirse cósmicamente atrapado en el candor de aquellos ojos sexagenarios. Marta amaba la literatura tanto como amaba su propia vida. Después de escucharme por más de media hora tan solo dijo unas pocas palabras: “serás un gran escritor”. Jamás olvidaré esas palabras, ni cómo sonaron haciendo eco dentro de mí, ni mucho menos con la dulzura con las que fueron pronunciadas por sus labios. La sinceridad tiene un poder inconmensurable cuando parte de labios carentes de hipocresía.

Después de aquel día de presentación Don Carlos y yo pasábamos a buscarnos mutuamente para ir al grupo. Jamás faltábamos a una reunión. Nos reuníamos los lunes, los miércoles y también los viernes. En verano lo hacíamos en casa de Marta, debajo de la parra, en el patio: nos sentábamos en derredor, y así pasábamos horas de lecturas, charlas, discusiones y ejercicios creativos, hasta que las estrellas nos sorprendían y cada uno salía disparado a su hogar. En invierno, lo hacíamos en casa de Inés, junto a la estufa a leña, desperdigados en el suelo, sobre almohadones, como si fuéramos niños inquietos jugando en el piso. En ninguna de las reuniones faltaba el mate. Cada día le tocaba cebar a alguien distinto. Nos turnábamos para ello. Siempre llegué a la conclusión que mientras estábamos reunidos el tiempo no avanzaba. Parecía detenido, eterno, y eso me encantaba. Poco a poco me había compenetrado con aquel grupo de personas amantes de la literatura. Habíamos llegado a tal punto de fusión que tan solo con mirarnos o escuchar el tono de voz tras la primera frase de lectura sabíamos cómo nos sentíamos y qué clase de día había sido para cada uno. Una hermandad silenciosa, unida por el compañerismo, el sentimiento único de las palabras y por sobre todo, del respeto.

Burbujas sobre el agua era perfecto. Compartíamos todo, inclusive momentos especiales de nuestras vidas: el nacimiento de una nueva nieta de Don Carlos, el casamiento de Alicia, la melancolía de la muerte del padre de Adolfo, y la fiesta de quince años de la hija de Marta. Todo se volcaba al grupo y todos nos sentíamos partícipes. Se había formado una profunda hermandad. Sin embargo, toda esa “conexión”, sufrió un verdadero cortocircuito y vuelco una noche de octubre de 1990, cuando sonó el teléfono en mi casa: Marta se había suicidado. Así lo decía Alicia por teléfono: escueta, casi inentendible por los sollozos. La palabra suicidio sonaba fuerte, extremadamente dura a mis oídos, y más sabiendo que el ser humano que había llevado a cabo dicho acto era Marta, nuestro líder, el alma máter de Burbujas sobre el agua.

Acudí a la policía y me interioricé de lo sucedido. Era demasiado penoso para ser soportable. Marta se había duchado, se había pintado las uñas, puesto su mejor vestido, sus sandalias preferidas, y con un cinturón se había colgado de la parra. Pero con la mala suerte de que la parra no aguantó su peso y se quebró, haciendo que Marta cayera de bruces al suelo y se rompiera su nariz, y fisurara su cráneo. Aun así, arrastrándose y dejando un gran charco de sangre tras de sí, volvió a colgarse, esta vez de un caño de gas que sobresalía del techo, y allí sí encontró la muerte. Mientras el oficial me contaba los pasos del suicidio pensé en la obstinación para matarse, en la decisión acérrima de Marta de quitarse la vida ¿Por qué Marta?, ¿por qué?… 

Nunca lo sabríamos. Marta había decidido marcharse sin decir nada, sin dejar una nota, sin un texto alusivo, sin una de sus poesías, sin ninguna pista que nos orientara y nos aliviara un poco el dolor. Después de su muerte, “Burbujas sobre el agua” lentamente comenzó a disolverse. Faltaba algo en el grupo y eso era irreemplazable. Nuestra alma máter había claudicado, y con ella se había llevado la esencia del grupo. 

Cierta tarde, a los pocos meses de la muerte de Marta, mientras estábamos reunidos en casa de Don Carlos, tuvimos un profundo diálogo entre todos los integrantes. Hablamos sobre ser o no ser, vida y muerte, inicio y fin. Cada tanto algún integrante sollozaba, a otros les caían lágrimas. Inclusive yo, que por más que quise mantenerme firme y no dejarme vencer por los sentimientos, arrojé un puñado de lágrimas a mis mejillas. Todos de algún modo extrañábamos a Marta. Con ella se había ido parte también de nuestro amor por aquel grupo y ese magneto que nos mantenía unidos incondicionalmente.

Comencé a ralear mis idas al grupo y me guarecía en los amplios sillones para lectura de Jardín Colorido. Me sometía a profundas lecturas con la pura intención de olvidarme paulatinamente de la muerte de Marta y de las reuniones grupales. Necesitaba escabullirme. Sin embargo, una de esas tardes en las cuales había desertado al grupo, sonó mi flamante teléfono celular. Era Don Carlos:

— Oye, escucha, hemos encontrado una tarea que Marta escribió para nosotros y nunca la vimos. Está fechada el día de su muerte, y está dirigida al grupo. Nos gustaría que te nos unieras así la llevamos a cabo.

No lo dudé un instante y salí disparado hacia el lugar de la reunión.

Al llegar vi que estaban todos. Nadie había querido estar ausente. Creo que todos teníamos la sensación de que Marta había planeado aquello. Tal vez era su modo de despedirse de nosotros, ¡¿y qué mejor forma de hacerlo que con las letras?! Tomamos asiento como lo hacíamos siempre, en círculo. La silla de Marta también estaba en su lugar, y sobre ella sus libros, su cuaderno y su birome. Alicia tomó el papel con la tarea escrita por Marta y leyó para todos en voz alta. Tras finalizar se produjo un profundo silencio. Al principio nadie se movió de sus asientos, ni siquiera miró a quien tenía a su lado. Supongo que todos estábamos invadidos por una profunda congoja. Alicia tomó asiento y se unió al silencio de los demás. Así permanecimos un buen rato, mascullando la tarea dejada por Marta, recordándola como persona, trayendo a nuestra mente memorias de un pasado inmediato en donde nuestra amiga nos deleitaba con sus enseñanzas y compartía sus alegrías. Debo decir que fue horrible, pero necesario también. Días después, cuando volvimos a encontrarnos con algunos de los presentes, coincidimos en que aquello fue una especie de duelo. Un duelo grupal.

La tarea consistía en imaginar palabras encerradas en burbujas, las cuales al explotar se liberaban y tras la liberación debían de servir de musas inspiradoras para textos que debíamos escribir. Sonaba cursi y fantástico a la vez. Todos aceptamos la consigna sin hacer siquiera una queja o consulta. Escribimos varios textos, poemas, relatos. Luego los fuimos leyendo. Leímos hasta entrada la madrugada mientras nos encontrábamos con las miradas tristes y bañadas por la fuerza del oleaje del pasado. Todos recordábamos en alguna frase a Marta. Después de aquel encuentro, de aquella última práctica grupal, el taller literario jamás volvió a reunirse.


Años después, ya cuando los integrantes del taller nos habíamos dispersado y no nos habíamos vuelto a ver, recordé aquella consigna cierto día en el cual me encontraba leyendo en una librería céntrica. Ya no pasaba las horas en Jardín Colorido, ahora lo hacía en pequeñas librerías que solían colocar un par de sillones de orejas y taburetes. Me había vuelto más huraño y más habitué de los lugares pequeños, con poca luz y paredes de libros hasta el techo. Esa sensación de aprisionamiento entre libros me brindaba protección. Al recordar la consigna también recordé cada rostro de mis amigos del taller. Me retrotraje en el tiempo y me parecía que todo estaba intacto, que faltaban pocas horas para ir al encuentro con ellos, que Marta llegaría con libros bajo el brazo y alguna anécdota de su vida. Sin embargo, enseguida todo aquello se volatilizó. Volví a caer en la tangible realidad. Aun así recordé las palabras que había elegido aquel día y había encerrado en las burbujas:

MAR - CIELO - CASTILLO - TIERRA - VIDA

Y con todas ellas fabriqué un extenso relato, en el cual un personaje llamado Marta, burlaba de mil formas la muerte, afianzándose a la vida, recorriendo la vastas tierras del norte, navegando bajo mares cubiertos de cielos límpidos, intentando, como si fuese una verdadera heroína, encontrar un  castillo perdido en la nada, en el cual se encontraba guardada la dosis justa de felicidad para vivir eternamente. 

Aquel relato había conmovido a mis amigos. Tras leerlo habían sollozado y llorado todos. Sin excepción. Inclusive yo. 

Aquellos ojos llorosos y rostros cargados de dolor quedaron aprisionados en mi memoria y en mi corazón. Conforman un recuerdo de mi vida perfecto, que sigue latente, movilizando todos mis sentidos cada vez que se presenta en mi mente. Pienso, hoy, siempre, que aún todos aquellos alumnos nos seguimos reuniendo con nuestra querida Marta, debajo de la parra, y escribimos y leemos hasta entrada la madrugada. Parimos textos, forjamos eslabones acerados de amistad, compartimos momentos de nuestras vidas que jamás olvidaremos. Y aunque cedo ante tal engaño a mi mente y miro hacia el costado, tengo la certeza que algún día nos volveremos a reunir todos otra vez. Volveremos a leer grupalmente, a escribir, a recitar, a soñar. Tal vez lo hagamos en un castillo, o en medio de una isla, o al borde de un acantilado, no lo sé. Pero ahí estaremos, junto a Marta, a la muerte, y a la vida.






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