jueves, 26 de julio de 2012

La muerte del profesor





"Yo soy la única persona en el mundo a quien desearía conocer a fondo; 
 pero no veo ninguna posibilidad de hacerlo, por ahora. "

 Oscar Wilde 






Ellos asesinaron al profesor un día de fines de invierno. Fue en 1989 si mal no recuerdo. Aunque yo estaba allí mi memoria suele traicionarme en cuestiones de fechas y números. Yo era uno de ellos. Sí. De algún modo que nunca logramos precisar el profesor se hizo odiar por ellos y por mí. Comenzó con lentitud, y prontamente fue creciendo, como si una pequeña bola de nieve se agigantase en nuestro interior agregando ira, bronca, y resentimiento en vez de nieve. Fue el invierno más largo de mi vida, y la primavera más triste.

No fui yo quien usó la pistola, el que disparó, pero sí fui quien la consiguió, en un garito de mala muerte, en los suburbios de la ciudad. “Ve tú y cómprala”, dijeron ellos. Y así lo hice. Me subí a un colectivo que atravesaba las últimas villas y descendí en una parada situada al final de una. De un lado había un descampado, enorme, infinito, como un mar, y del otro lado el villorrio: una aglomeración de construcciones apiladas y apoyadas unas contra otras, dando la temible sensación que tras el primer viento fuerte cederían todas juntas aplastando a quienes vivían en su interior. Caminé por una calle de tierra convertida en un lodazal. Unos cuantos perros flacos y sarnosos me salieron al encuentro. No puedo precisar si ladraban por mi presencia o por hambre, pero con sus ladridos me acompañaron durante todo el trayecto, haciendo que algunos habitantes de la villa se asomaran a las ventanas o se pararan en las puertas escudriñándome con sus ojos, siguiéndome con sus miradas, respirándome en la nuca.

Metí la mano al bolsillo y leí nuevamente la dirección que uno de ellos me había dado.

Había llegado.

Era una esquina, en la que curiosamente había un bar con un enorme cartel de Coca-Cola en la parte superior. Tras ingresar todo el mundo dejó de murmurar y me observó, así, como se observa a una estrella fugaz en el cielo, con muchísima atención, solo que sin pedir ningún deseo. Quien estaba detrás de la barra me hizo una seña hacia el costado y entendí que debía ir hacia el lado de los baños. Pasé entre medio de todas aquellas miradas que escrutaron cada milímetro de mi persona. Hacía frío adentro, pero no lo padecí. Solo me enfocaba en seguir caminando en la dirección señalada. Llegamos a una puerta de chapa que tenía dibujada una lengua gigante, así, como el símbolo del grupo de rock “Roling Stone”, y justo ahí nos detuvimos.

— ¿Eres quien viene por la pistola? 
— ¿Cómo lo sabe? —pregunté ingenuamente al hombre petiso de facciones norteñas que me hablaba.
— Eres tan extraño en esta villa como una mancha en un guardapolvos inmaculado.

Sentí de pronto recorrerme un calor sofocante por mi rostro.

— Toma. Son trescientos pesos. Está limado. No es de nadie. La usan y la tiran. Lejos, si es posible en el lago, o lo entierran en un campo, o en el monte ¿Entendiste? 

Asentí. Pagué los trescientos pesos al hombre y salí de allí con náuseas en mi estómago. En el colectivo de regreso abrí la ventanilla y tomaba bocanadas de aire fresco. Los demás pasajeros me observaban pensando que estaba loco para hacer eso en un atardecer tan frío. Al llegar a la universidad volví a juntarme con ellos.

— La tengo —dije mirándolos de hito en hito.
— ¿La has traído hasta aquí?
— Sí, ¿dónde la iba a dejar?… Lo tengo en la mochila.

Fuimos hasta el baño y allí, haciendo entre todos un círculo, saqué el arma y la sostuve entre mis manos. El metal emitió destellos azules bajo la luz fluorescente. Todos la contemplábamos con cierto asombro, y pude observar que ellos también estaban nerviosos al observarla. Acaricié la pistola suavemente, la di vuelta de un lado, del otro.

— ¡No!, ¡no seas tarado!, ¡puede dispararse! —dijo uno de ellos. 

Entonces mostré las balas. Las tenía en el bolsillo de la campera. Todos hicieron gestos de alivio. Supe en ese preciso instante que ninguno estaba preparado para matar al profesor. Todos queríamos hacerlo, pero ninguno tomaba la posta. Ni siquiera yo con todo lo que odiaba al maestro. Salimos del baño cada uno a su clase. Yo subí con dos de ellos al aula de Política Exterior, y los demás prosiguieron por el pasillo. Presenciamos toda la clase, y al finalizar, volví a reunirme con todos en el patio. Fumábamos cigarrillos baratos. El humo se concentraba en el medio del círculo que formábamos, y ascendía lentamente hacia la copa de los árboles. En ese momento no hablamos del asesinato planeado, tampoco del arma, solo de cosas banales, casi sin sentido. A la hora de retornar a las clases decidimos reencontrarnos a última hora en el estacionamiento, justo donde el profesor guardaba su automóvil.

Habíamos planeado un asesinato rápido, sin sufrimiento. Un tiro, a lo sumo dos. El arma tenía un silenciador, eso ayudaría de sobremanera, evitando que alguien que cruzase por ahí en el momento menos indicado se percatase de lo que iba a suceder. Nos sometimos a votación para ver quién asesinaba al profesor, quien sería el autor del fatal disparo. Cada uno escribió en un papel su nombre y todos lo doblamos y arrojamos en una bolsa de nylon. Yo tuve el honor de mezclar y sacar el papel con el nombre del elegido. Fue un momento tenso. Todos se miraban entre sí, y mantenían gestos de nerviosismo. Revolví con lentitud. Me tomé todo el tiempo del mundo. Una vez que presentí que ya era el momento metí la mano y saqué un papel doblado. Lo mantuve dentro del puño y miré el rostro de todos ellos.

— Cualquiera que sea el elegido quiero que sepa que tiene todo nuestro apoyo —dije mirándolos con mucha vehemencia.

Todos asintieron. Desdoblé el papel y leí para mí el nombre. Giuseppe. Luego lo dije en voz alta. Entonces todos miramos a Giuseppe. Endeble, cabizbajo y con un cierto temor que se notaba en el temblor de sus manos, Giuseppe terminó aceptando con un gesto de su cabeza. Él había sido el elegido por la fortuna para asesinar al profesor. Tanto ellos como yo sostuvimos por unos instantes la duda en el aire sobre si Giuseppe era el indicado, es que a veces la fortuna no es buena en elecciones y si él fallaba, el profesor caería en la cuenta de que deseaban matarlo. No había posibilidades de fallar, y debía ser pronto.

Entregué la pistola a Giuseppe manteniéndola por un instante aferrada a mi mano mientras él me miraba con ojos vidriosos que en el fondo atesoraban miedo. Por primera vez veía el miedo de un ser con profunda completitud.

— No temas.
— No lo haré —dijo él con un hilo de voz temblorosa.

Salimos del baño y cada uno se dirigió a su clase. Quedaba poco para terminar la jornada y un par de horas más para que el profesor se dirigiera al estacionamiento en busca de su automóvil. El lento transcurrir de los minutos movilizaba mi impaciencia. Asistí a la clase de Historia Medieval durante casi noventa minutos sin siquiera percatarme de lo que el profesor decía o hacía. Tras el último timbrazo me dirigí hacia el estacionamiento. Debía de cerciorarme con mis propios ojos que Giuseppe cumpliría a la perfección su objetivo. Descendí corriendo las escaleras del ala este y crucé por delante de los baños de mujeres. Unas pocas chicas entraban y salían del baño. Ninguna posó sus ojos en mí. En ese instante comprendí que estaba cometiendo un error. Iba camino al estacionamiento y alguien podía reconocerme si algo salía mal. De ahí en más tuve más sigilo. Atravesé la primera unidad de departamentos para alumnos residentes y acorté camino cruzando una de las plazoletas enclavadas dentro de uno de los pulmones verdes del campus. Finalmente llegué al estacionamiento. Aún permanecía abierto. No había rastros de Giuseppe ni del profesor. Di un paneo completo a todo el lugar y conté cuatro vehículos: un Ford Sierra, una cupé Chevrolet, una utilitario Renault Traffic y el Peugeot 504 del profesor. Aún estaba allí ¡¿Dónde estaba Giuseppe?! Con sumo cuidado y apoyando suavemente los pies al pisar comencé a inspeccionar el sitio en búsqueda de mi amigo. Pensé por un instante que ya habría asesinado al profesor y que tal vez lo estuviera metiendo en una bolsa o bien ya lo habría metido en el baúl de su automóvil. Pero era más un pensamiento lejano que una verdadera corazonada. Presentía a flor de piel que algo no andaba bien.

Tras unos minutos ya había inspeccionado todo el lugar. No quedaba rincón sin observar, ¡o tal vez sí!: el baño. Subí al tercer piso del estacionamiento y ubiqué la puerta del baño. Estaba cerrada. Me acerqué con cuidado y coloqué mi oído derecho sobre la puerta de metal. Escuché la voz de Giuseppe. Estaba allí, y seguramente con el profesor. Abrí la puerta y mi sorpresa fue terrorífica. Giuseppe estaba en el piso, tomándose con una mano el pecho, totalmente ensangrentado y hablando casi en susurros. Parado, frente a él, con la pistola que había yo conseguido estaba el profesor. Su mano temblaba mientras empuñaba el arma. Sus ojos nerviosos y perdidos estaban clavados en los labios de Giuseppe. Por un instante no se percató de mi presencia. Entonces Giuseppe volteó y me miró con sus ojos moribundos.

— Perdóname.

Esa fue la última frase que escuché de sus labios. A continuación inclinó suavemente la cabeza y murió. La muerte en personas que uno aprecia tiene un matiz demasiado trágico e inaceptable. Quise avanzar e ir en su ayuda, pero el revolver que el profesor blandía en su mano ahora apuntaba derecho a mi pecho. Me detuve en el acto. Ambos nos miramos y de mi parte pude observar en sus ojos el rastro de la incomprensión y la ira. Tuve miedo. Tal vez no tanto por mi vida sino por no saber cómo salir de aquel lío si el profesor no jalaba del gatillo.

— Te conozco —dijo el profesor mientras me seguía señalando con el arma y la movía de arriba hacia abajo. Te he tenido en mi clase ¿Estás también con él?, ¡mira como le ha ido! 

Asentí un par de veces con mi cabeza y me quedé en completo silencio.

— Anda, habla, ¿acaso ahora me dirás que tienes miedo?… ¡No tuvieron miedo para intentar asesinarme, ¿y ahora tienes miedo porque te apunto con una pistola?!

En el tono de su voz podía percibirse tensión y goce a la vez. Creo que disfrutaba del momento. Que la víctima se transforme en victimario es algo que seguramente genera mucha adrenalina. Eso me pareció percibir en los gestos y la mirada del profesor. Con la pistola señaló la escalera de servicio, pretendía que bajáramos por allí. Me incorporé en un instante y bajé por delante de él, con mis manos detrás de la nuca, en plena pose de rehén. En eso me había convertido en un instante. De haber planificado su ejecución a ser un vulgar rehén, miedoso, expectante a una detonación que volara mis sesos y esfumara mi corta vida para siempre. Giuseppe había fallado y lo pagó con su vida. No debía ser así. Deberíamos haber estado con él festejando, tomándonos una cerveza en alguno de los bares de enfrente de la universidad, riendo y comentando cómo había realizado el acto, de qué modo había perpetrado el asesinato. Sin embargo basta una milésima de segundo para que en el universo algo se trastoque y cambie vertiginosamente su rumbo, su destino. Fue justamente eso lo que había sucedido.

Al llegar a la planta baja solo quedaba el automóvil del profesor estacionado. El sol ya casi se ponía por completo y no se veía a nadie. Pensé rápidamente que había llegado el fin, que aquel hombre nervioso y movilizado jalaría el gatillo en cualquier instante, sin pensar, tan solo terminando todo de una buena vez. Pero no fue eso lo que pasó.

— Date la vuelta —ordenó el profesor con voz grave. Quiero que te arrodilles y me confieses todo ¿Acaso se han vuelto locos?, ¿por qué matarme a mí?, ¿qué les he hecho yo pobres infelices para que juzguen que mi vida no vale la pena seguir siendo vivida?

Mientras hablaba blandía la pistola al aire.

Mantuve mi silencio. No sabía qué decir, por dónde encarar la situación. Él se comportaba aún más furioso ante mi silencio. Gotas de sangre en su rostro y en su saco brillaban con los últimos rayos de sol que se colaban por los ventanales del estacionamiento. Sangre de Giuseppe, pensé. Sangre de un inocente.

— Cierto odio hacia su persona se ha cultivado con el paso del tiempo dentro de nosotros. No es por algo puntual, sino por un cúmulo de cosas. Cierto dejo de racismo en sus opiniones, el tono jocoso en sus respuestas, el modo de observar a nuestras compañeras de clases, la omnipotencia al momento de evaluar los exámenes y decidir con una mueca de sonrisa quién sigue y quien se queda. Difícilmente entienda ese odio, profesor. Pero nace, se acrecienta, y toma control de los seres humanos que formamos parte de su alumnado. Nos ha pasado con usted. A nosotros

— ¿Nosotros?, ¿quiénes son “nosotros”?…
— Los que hemos planeado su asesinato —respondí. Entonces se echó a reír. Guardó el arma en su cinturón y limpió las gotas de sangre de su rostro.
— ¡Pobre loco! 

 Loco. Sí, así me había llamado. Mis ojos se tornaron nubosos de las lágrimas que me brotaban por la rabia. Mis puños se cerraron con una fuerza descomunal. Mis dientes rechinaban de ira. Quería asesinarlo con mis propias manos. 

 — Mírate ¿Puedes verte? No eres más que un adolescente desquiciado. No tienes ni idea de quién soy, ni de mis ideales, ni de mis anhelos y deseos. Solo has confabulado una idea tenebrosa y macabra para asesinarme sin siquiera saber quién verdaderamente soy ¡Mírate!, ¡das lástima!

Quería saltar sobre él, quitarle la pistola y descargar todas las balas contra su rostro, contra su lengua, extirpando su cerebro y su corazón en unos pocos milisegundos. Pero un dolor inmenso, parecido a una quemadura de mil soles, invadió completamente mi hombro izquierdo. Era penetrante. El dolor me doblegó. Tomé mi hombro y me horroricé al ver sangre fluir de él. Estaba herido ¡¿Pero cómo?! Intenté reincorporarme pero no pude, caí nuevamente de rodillas al piso. El profesor sonreía burlonamente. Me miraba con desprecio, como si estuviese observando a una sucia larva arrastrarse por el piso del estacionamiento. No decía ni una palabra, pero sus ojos eran sumamente expresivos, y sus gestos aún más. Rogaba que ellos llegaran desde algún sitio y tomaran por sorpresa al profesor, que lo asesinaran delante de mí y lo dejaran desangrarse para así pagar por cada una de sus acciones, por la vida de Giuseppe. Sin embargo no aparecieron y una profunda desolación comenzó a recorrerme por todo el cuerpo. Sentí que cada vez tenía menos fuerza, una debilidad inexplicable comenzaba a poseerme por completo. La sangre seguía emanando de mi hombro en un hilo fino y persistente que dejaba caer grandes gotas en el suelo.

— ¿Estoy herido? — pregunté con el tono idiota de un ser que no podía explicarse lo que estaba viviendo.ç
— ¡Eres un completo idiota!, ¡un loco! 

Las palabras del profesor eran duras a mis oídos. Tomé mis últimas fuerzas y tras levantarme me eché a correr, sin rumbo, solo alejándome de allí. Choqué contra algunas paredes, tastabillé en los escalones de salida del estacionaminento. A mi paso iba dejando un reguero rojo oscuro, viscoso, de sangre inútil. Una vez fuera divisé la calle lindera al estacionamiento y detrás la universidad, con sus altos edificios, y la plazoleta con su arboleda. Tomé la dirección contraria. La fuerza de mi cuerpo estaba a punto de extinguirse. Finalmente, tras correr unos veinte o treinta metros en dirección a la calle trasera del estacionamiento, caí de bruces, lastimándome el rostro, sintiendo que ahora mi nariz también emanaba sangre y que ya no tenía ganas de más.

No sé cuánto tiempo estuve tirado ahí, tal vez minutos, tal vez horas, tal vez días. Me sobresalté cuando una mano se posó sobre mi cabeza y me asió por los pelos.

— Has fallado.
— ¡No, no he sido yo quién ha fallado! —balbuceé sin fuerzas.
— ¿Quién sino? —decía la voz— ¿Acaso hay otro más idiota que tú?, ¿alguien incapaz de matar a un profesor universitario? ¡No!, ¡no lo creemos!

Entonces me percaté que eran ellos quienes me hablaban, los que estaban a mi lado viendo cómo me desangraba y moría en agonía.

— ¿Me ayudarán? —supliqué.
— ¿Para qué?, ¿qué lograremos si te ayudamos? Ahora todos corremos peligro. El profesor está vivo, sabe de Giuseppe, sabe de ti, y probablemente sabrá de nosotros. Lo has echado todo a perder. No has sido capaz de disparar, ¡de mandar a la otra vida a ese mal nacido!
— No ha sido así… 

Y esas fueron las últimas palabras que mis oídos escucharon. 


 En septiembre de 1989, en el diario de una localidad del sur argentino, una noticia macabra se dejaba leer en un gran titular en primera plana. Un alumno de dicha universidad, de los últimos años, había intentado asesinar a su profesor. La noticia había conmocionado a todo el alumnado y al cuerpo de profesores, como así también a la población entera. No obstante no era ese el suceso principal sino el modo en que los hechos se desarrollaron. Tras la declaración testimonial del profesor se supo que el alumno hablaba con alguien y a su vez respondía como si ese “alguien” dialogara con él. El profesor comenta en su declaración que mientras el alumno lo apuntaba con un revólver gritaba y discutía, como si estuviera en un trance o momento de locura. En un momento dado el alumno se auto dispara, infligiéndose una herida profunda en su hombro izquierdo. Así mismo, la escena continúa con un diálogo que el profesor transcribe en su declaración, y posteriormente se da a la fuga cayendo mortalmente fulminado a pocos metros de donde sucedió el hecho. Las autoridades policiales, en pleno diálogo con médicos psiquiatras, han dado a conocer en un comunicado de prensa que el alumno padecía esquizofrenia indiferencial, y que dicha enfermedad lo había llevado a cometer el ilícito. Sus restos fueron enterrados en el cementerio local, sin familiares y sin amistades presentes. 


 — ¿Estás ahí? —dijo la voz.
— ¿Quién es?, ¿Quién me habla? 
— Somos nosotros… ¿o acaso pensabas que te dejaríamos solo?





Safe Creative #1207262031110




(Imagen obtenida de internet, desconozco autor)

lunes, 4 de junio de 2012

El niño espectral



La chimenea más cercana al alfeizar desprende un humo gris, con un dejo de olor a roble quemado. El humo asciende hasta cierta altura de manera recta y luego, por acción de los vientos de julio, se esparce para finalmente desaparecer en todas las direcciones posibles. En la línea del horizonte se logra ver el puerto, lleno de pequeños barcos pescadores que se movilizan como hormigas en las inmediaciones del hormiguero. Los puestos de venta de pescado se han propagado a lo largo del muelle. La clientela es abundante. El puerto tiene vida propia, la ciudad lo ha adoptado como un tentáculo necesario para su crecimiento y su subsistencia. Del otro lado del alfeizar, en el edificio contiguo, hay una ventana abierta. Alguien escucha a Chopin. Un disco compacto, música digitalizada, sonidos ecualizados. La mujer se imagina a una anciana sentada en un sofá pequeño, con la mirada perdida en el puerto, los ojos semicerrados, las manos temblorosas, la mente somnolienta y atrapada por viejos recuerdos. La música seduciendo a la anciana, los años susurrando sus anécdotas en sus oídos, el tiempo detenido en envolventes circulares dentro del departamento. 

La ciudad respira. Es mediatarde. El sol calienta lo justo y necesario haciendo de Julio un mes espléndido para ser vivido. Su madre la había visitado días pasados. Fue de imprevisto, sin aviso alguno. Un buen día alguien golpeaba la puerta y tras abrirla una grata y sofocante sorpresa se producía. Con ella y su séquito de valijas también llegó un gajo de enredadera, de hojas acorazonadas y un color verde vívido. 

— Ponla en agua —dijo su madre.


La mujer lo hizo de inmediato. Un viejo florero de porcelana, el cual servía de lapicero, era el indicado para la nueva habitante del departamento. Luego, el punto a resolver sería el lugar que la planta ocuparía. Tal vez la biblioteca, o mejor el centro de la mesa, o por qué no el alfeizar de la ventana. Allí, en un rincón, finalmente encontró su sitio. Cada mañana al salir el sol la planta parecía alegrar el departamento y a su solitaria habitante. La ciudad parecía contrastar con la planta y viceversa. La joven mujer miraba la planta y el puerto de fondo y sonreía. Había algo cautivador en esa escena. Tal vez la retrotraía a los primeros años de su infancia, sus clases de dibujo y pintura, el olor a las acuarelas, la sensación táctil de las hojas bajo las yemas de sus dedos. No importaba el porqué sino el efecto visual y de beneplácito que aquel retoño de vergel producía en ella. Cada tarde de julio ella se asomaba a la ventana y contemplaba la ciudad. Incrustaba su mirada en el horizonte y divaga en pensamientos embriagados en ensoñaciones de momentos vividos y venideros. Y era en algunos de esos momentos que su visión periférica podía observar al niño. Casi siempre lo veía sobre la cama, o bien en el rincón de la derecha de la ventana. Despeinado, con pantalones cortos, y una mirada triste que observaba melancólicamente hacia el puerto. La mujer sabía perfectamente que las visiones eran un truco pergeñado por su vista y su mente. El niño no existía. No debía de existir. Se criticaba duramente cuando analizaba la posibilidad que el niño fuera real. Se decía para sí misma que bordear los límites de la cordura no era un juego al que debía atreverse a jugar. Entonces él desaparecía y la enredadera pasaba a ocupar toda su atención.


Había sido en otro mes de Julio, de unos cuatro o cinco años atrás, en donde por primera vez había visto al niño. Al principio fue pánico cargado de horror. Sus cuerdas vocales se anudaron, su mano tapó por completo su boca, y sus ojos, desorbitados, observaban perplejamente la figura sentada en el borde de la cama. Tras pestañear, o tal vez por el simple destello de un haz de luz solar, la imagen terminó desvaneciéndose. Sin embargo aquel día siempre quedaría grabado en su memoria, el día que el niño apareció. Las apariciones se hicieron más frecuentes. Siempre eran idénticas, tan solo variaban el lugar dentro de la habitación donde el niño aparecía. En todos los años que llevaba observando al muchacho jamás intentó hablarle, tan solo se limitaba a rezongarle a su conciencia por tenderle trampas tan viles. A medida que el tiempo pasó las visiones fueron lentamente pasando a ser parte de su diario vivir. Entonces comenzó a preguntarse por qué sucedía aquello. Si el niño existiera de verdad, ¡algo totalmente imposible!, tal vez habría tenido una conexión demasiado profunda y fuerte con aquella habitación. Ese pensamiento le causaba escalofríos. No creía en fantasmas, ni en aparecidos, ni mucho menos en almas erráticas y apenadas. Se consideraba una mujer de carácter fuerte y pensamientos claros, que a sus veintinueve años había logrado ganarle varias batallas a la vida y conquistar muchos estados indomables de su psiquis. Pero la visión del niño lograba movilizar mínimamente sus labios y la hacía titubear. El miedo se había convertido con el transcurrir de los años en una profunda ansiedad y gran intriga. Una bola enorme que se acrecentaba alimentada por ese defecto tan humano de la curiosidad por lo desconocido.

Fue su madre quien finalmente echó por tierra todos aquellos años de equilibrio entre lo racional y lo paranormal. Tras levantarse un día durante su estancia vio al niño sentado en la esquina de la cama. El grito emitido fue desgarrador. Hizo que la joven mujer diera un salto de la cama y casi cayera de espaldas al piso. Su madre, con el rostro desencajado por el espanto, mantenía su mirada perdida en un punto de la habitación. Enseguida la mujer joven pensó en el niño.

— ¿Lo ves? —preguntó a su madre.


Ésta con el rostro aún desencajado asintió horrorizada. 


— Sí, sí…
— Madre no te asustes. Es solo un engaño de nuestro subconsciente. No es real.
— ¡Pero allí está!
— No madre, él no esta allí, no es real, es tan solo una patraña de tú mente.

La madre llora. Entiende que su hija sabe lo que ella ve pero lo niega. Lleva sus manos a su cara y lentamente el horror comienza a desdibujarse de sus facciones. La visión ha desaparecido. Al día siguiente empaca y despide con tristeza a su hija sin poder olvidarse de lo sucedido. Durante el regreso a su pueblo los pensamientos de la visión la persiguen, tal como si un fantasma se colara dentro de su maleta, o peor aún, detrás de su espalda. 

El puerto y su vida propia parecen ser parte de la escena diaria de la habitación. Cada día al regreso de su trabajo la mujer abre la ventana y deja entrar el aire cargado de olor a mar, de humedad con salitre. Las luces que los rayos del sol derraman se colan por la ventana, atravesando previamente las hojas de la enredadera, para finalmente estrellarse contra todo objeto que el cuarto posee. El niño en ese mes de julio se ha percatado de la planta. Ahora suele aparecer fugazmente cercano a ella. Lo ha sorprendido varias veces allí, observándola, tocándole sus hojas, mirando a través de ellas los rayos de sol. La joven quiere hablarle, preguntarle si le gusta la planta y la vida que representa. Pero no lo hace. Recuerda que el niño es tan solo un mero producto de su imaginación y una triquiñuela de su visión periférica. Riega la planta, rota la posición de la maceta, limpia sus hojas con un algodón embebido en leche. 

Julio se establece altivo en la ciudad. Incentiva a los cielos a disfrutar de la música de Chopin, contrasta el azul profundo con el gris del humo de las chimeneas, permite que lo sobrenatural juegue y se mimetice con el mundo real. En las horas de la siesta el sol calienta la vida, repta por los edificios llevando su mensaje, haciéndose presente en cada sentido de los seres humanos que, conglomerados en las viejas edificaciones cercanas al puerto, transitan sus días como les es posible. Los rayos solares ingresan a través de la ventana de la habitación y la inundan por completo. Las fosas nasales de la joven se mueven lentamente y acompasadas, su pecho se eleva y luego desciende imperceptiblemente, sus ojos se mantienen cerrados y esclavos del sueño. Un mechón de pelo rojizo cae sobre su frente. El niño lo toca y lo acomoda detrás de su oreja. Esboza una débil sonrisa que parece tener siglos de vida en aquella diminuta boca infantil. El silencio ha formado una burbuja dentro de la habitación. La música de Chopin lo inunda todo, el humo de las chimeneas dibuja figuras fantasmagóricas, y un barco hace sonar su sirena al salir del puerto. La vida y la muerte parecen entremezclarse por las tardes. Ambos mundos se conectan mediante un hilo invisible. La joven parpadea, seguramente está soñando. Abre los ojos y la habitación esta vacía. Suspira hondamente. Observa el puerto a través de la ventana. La planta mueve sus hojas por acción del viento. En la cálida quietud de la habitación presiente que no está sola, que la vida y la muerte son amigas, que su mente puede ser una embustera, y que un niño espectral se ha quedado una vez más a solas jugando con su inconsciente.




Safe Creative #1206051757729


(Imagen: A69 de KooooKooooKooooKoooo, pintor Belga, http://goo.gl/od9VC)   



jueves, 10 de mayo de 2012

El eco de su voz




— ¿Sabes? —dijo mi tía Rita mientras mantenía la mirada perdida— las voces siempre nos hacen pensar que las personas no mueren ¿Recuerdas a Elena? Bueno, tú sabes, ella murió hace años, y su voz aún resuena dentro del grabador, en las viejas cintas de casete que grababa con sus canciones y sus ensayos actorales. Aún está ahí, en mi cabeza, detenida en el tiempo. Cada tanto la escucho, me doy vuelta, la busco, no está, pero sé que era su voz, que es su voz. Ahí está su voz, flotando en el aire, tan nítida y viva como siempre.
— Pero es solo su voz —acoté.
— Lo sé, pero para mí su voz aun sale de sus cuerdas vocales, la produce su cerebro, traspasa su corazón, y me indica que ella está aquí, en algún lado de esta vieja casa, y soy yo la que no puede verla, en realidad soy yo la que ya ha aceptado que no desea verla y tan solo se conforma con escucharla.
— Tía, Elena murió hace muchos años ya.
— ¡No hace falta que lo digas así! —vociferó a los cuatro vientos— ella sigue aquí, en toda la casa, en cada rincón, en los lugares donde solía esconderse, en el tejado que solía usar para escribir sus poemas, en el jardín que tanto le gustaba contemplar en primavera, inclusive allí, justo donde tú estás sentada, en esa, una de sus sillas preferidas.

Cierto escalofrío recorrió mi cuerpo, pasó a través de mi corazón y terminó depositándose por completo en mis sienes mientras oía el flujo rápido y caliente de la sangre recorrerme las venas. Contemplé a mi tía por un instante más, y casi de manera imperceptible, meneé la cabeza de un lado hacia el otro, como si con aquel gesto algo primitivo y automático se hubiera liberado, de manera libre y efímera en todo mi ser, una respuesta gestual que expresaba mi verdadero pensamiento al respecto, que la terrible muerte de mi prima había apagado cierta luz en la vida de mi tía, y que por más que cualquiera quisiera encenderla solo lograba hacer un esfuerzo vano, carente de éxito.

Esa tarde, mientras seguimos tomando el té, ya no volvimos a dirigirnos la palabra. Rita tomaba la taza con mucha suavidad, recorría el borde con su dedo índice, miraba los motivos florales que adornaban la loza, y finalmente, con un movimiento suave y fino, tomaba la oreja con fuerza y la llevaba a sus labios. En todo aquel ritual sus ojos permanecían observando el pasado. Sus oídos tal vez hacían lo mismo, escuchando la voz de mi prima que había quedado impregnada en cada rincón de su memoria. Al despedirnos, con un beso arrojado al aire al lado de cada mejilla, ambas cruzamos una última mirada, sin romper el silencio, con los ojos cargados de palabras, de preguntas, pero escasos de respuestas.

Las cuadras de regreso se hicieron más largas que de costumbre. Era el mismo camino, el que hacía todos los días que visitaba a mi tía, no obstante algo había cambiado aquel atardecer. Tras llegar al edificio subí al departamento por las escaleras. Mi fobia al encierro hace imposible un viaje en ascensor. Introduje la llave en la puerta, la giré, volví a girarla, y tras entrar observé el departamento sumido en clima de quietud desbordante, en esa semioscuridad que atrapa al tiempo y lo induce a detenerse. Me dejé caer sobre el sofá. No tenía sueño, solo estaba cansada. Mi brazo izquierdo caía, y las puntas de los dedos tocaban el piso. Podía sentir la suavidad de la madera, su calidez. Pensé en mi tía, en su vida, en el modo que tenía de sobrellevarla y entenderla. Si mi prima viviera, me dije. Pero no era así. Mi prima había muerto hacía ya un par de años, en un accidente automovilístico, en medio de una ruta perdida en el mapa de la llanura pampeana. Había dejado este mundo y nos había negado la posibilidad de seguir disfrutando el hermoso ser que era ¡Claro que todos la echábamos de menos! Es imposible no extrañar a esas personas que se mimetizan con tu ser y poco a poco lo van moldeando y mejorando, haciendo que la vida parezca más placentera al transitarla. Sin embargo, a veces, tal como pasó con ella, un día desaparecen. Así como así. Como si una gigantesca mano invisible las arrancase de la faz de la Tierra y las llevase a un sitio vedado para la visión y el raciocinio. Un lugar alejado de nuestra comprensión, en donde el silencio es agradable y celestial, donde las risas se confunden con las penas y terminan siempre siendo iguales, haciéndote sentir plena y viva. Estando allí tumbada y desganada me pregunté si tal vez aquella vida no-física no sería mejor que la que yo estaba teniendo, que la que muchos tenemos. No era pensar en la muerte sino en la vida eterna y prolongada en ese sitio en donde todos aquellos que amamos y ya no están a nuestro lado han ido a parar. El sol estaba ya casi escondido. Se sentía el ruido del tráfico en la calle, el murmullo de los transeúntes volver a sus hogares tras la larga jornada laboral, las bocinas de los automóviles, una canción lejana de alguna radio encendida, un bolero, o tal vez un viejo tango. El mundo girando, como si nada, como si todo fuera siempre igual y permaneciera así, inmutable, absorto en ese eje invisible que lo hace girar como un loco sin saber por qué y sin poder detenerse jamás. Tal vez mi tía no estaba loca, ni paranoica, y yo era la equivocada. Por un instante pensé y analicé la posibilidad de su visión perdida, de su mundo distante, de su habitación mental decorada con imágenes y sonidos del pasado, polucionada de recuerdos fluctuantes. Y allí, en ese pensamiento, vislumbré una pequeña luz, fugaz, tibia, capaz de indicarme que existen otros modos de ver la vida, de soportarla y sobrellevarla. Las flores de la taza de porcelana se dibujaron rápidamente en una fugaz visión al entrar el último rayo de sol, mi memoria estaba activa, trabajando, atesorando lo vivido esa tarde, dejando aquella escena grabada a fuego en las cavernas del “no olvido”. Tal vez la muerte de Elena tenía un porqué. Supongo que todas las muertes tiene un “porqué”. Las personas solo a veces le encuentran su significado. Parece algo loco, inclusive sumamente ilógico, que existan mensajes subliminales en la muerte de una persona amada. Pero en semejante locura había vestigios de cordura. Sí. Aun por aquellos días, tras la muerte de mi prima hacía ya años, mi tía y yo seguíamos jugando acertijos con los recuerdos, estrujándonos el corazón, ahogando las penas en los rincones más oscuros y sombríos de nuestras soledades.

De repente me quedé dormida. El sueño me sorprendió como lo hace siempre: con un susurro encantador. Desperté casi a la medianoche. Las luces de neón multicolores se colaban a través de la ventana y dibujaban figuras fantasmagóricas en la pared de la habitación. Sentada en el sofá refregué mis ojos con las palmas de mis manos. Aclaré la visión, ordené un poco mis pensamientos. Sin embargo lo primero que me vino en mente fue el rostro de mi tía bebiendo el té. La suavidad y displicencia con la cual sorbía. Su mirada roma, perdida en el pasado. Sonreí sin querer. Tal vez fue una sonrisa cargada de compasión, no hacia mi tía, sino hacia mí. Era yo misma quien no encontraba sosiego ante la ausencia de mi prima. Aún me dolía Elena en el corazón. La sentía ausente en cada hueco importante de mi vida. Había sido mi prima, mi hermana mayor, mi madre sustituta, mi compañera de aventuras, mi confidente sexual, mi psicóloga de veinticuatro horas al día. Y de repente nada. La nada misma. La luz extinguida. La ausencia palpable, pesada, funesta.

Decidí bajar y caminar por ahí, sin rumbo, sin pensar, sintiendo el aire frío en el rostro, viendo caminar a desconocidos, observando vidrieras, escuchando música con mi iPod. En esa burbuja que suelo crear y meterme dentro encontré un clima ideal para soportar la soledad que mi corazón sentía en aquel momento. Una soledad pegajosa, difícil de quitarse de encima. Echaba de menos a Elena, y aunque en nuestra intimidad habíamos construido castillos de altas murallas con las cuales protegíamos nuestros secretos, dentro, en la vasta superficie protegida, éramos muy vulnerables e indefensas. Allí, en la intimidad, ella era ese animal tímido y asustadizo que huye despavorido de la tormenta violenta que azota el bosque, buscando un hueco, un simple alero, algún sitio donde guarecerse y no tener miedo. Costaba que las palabras emanaran de su boca. Sus pensamientos, su modo de sentir la vida, cada emoción que le tocaba vivir la atesoraba bajo llave en un mutismo propio y nativo de su personalidad callada y austera. Sin embargo, cuando decidía bajar el puente y permitía entrar al castillo, se mostraba dulce y afable, brindando su corazón, mostrándose transparente, firme de principios, y dispuesta a contar todo aquello que pensaba, sentía o la oprimía. Así fue como me contó algunas de las cosas que más marcaron a fuego su vida. Sus amores, sus terribles culpas, algunos (solo algunos) de sus demonios, como así también lo que la hacía feliz. Jamás supe lo que era tener una hermana de sangre, sin embargo, en el corazón, en el sentimiento, Elena era mi hermana, la persona justa con la cual yo me identificaba en este mundo, con la cual podía hablar sin mover los labios, sentir sin gesticular ni tocar, sonreír sin reír.

Después de dar unas cuantas vueltas entré a un bar de mala muerte ubicado en el norte del ala céntrica. Ya eran las cuatro y pico de la madrugada. El bar con muchos hombres, como todo bar a esa hora. Pedí una cerveza, encendí un cigarrillo, opté por sentarme a la barra. De fondo sonaban canciones de Charly García, cargadas de acordes muy nostálgicos para mi gusto. A mi lado una pareja se besaba, un poco más allá dos hombres bebían en silencio, al igual que yo. Después de un par de cervezas salí a la calle, ya amanecía. Me sentía mareada y con mucho sueño. Decidí sentarme, tomar un poco de aire, concentrar un poco más de fuerzas para llegar al departamento. Entonces sucedió de escuchar el eco de su voz. Parecía muy lejano, pero que poco a poco se iba acercando. Se oía con mucha nitidez. Me estremecí. Era ella, era su voz, era Elena. Miré rápidamente en todas las direcciones, pero nada. La calle desolada en todas direcciones. Las ventanas de los locales comerciales cerradas, nadie caminando. Solo yo y esa voz tan nítida y clara que llegaba con el aire y acariciaba mis oídos. Estarás bien, estarás bien…

Días después volví a casa de mi tía. Ambas tomábamos el té en silencio sin dirigirnos la palabra como era de costumbre. Sin embargo aquella tarde quise contarle lo sucedido. Carraspeé nerviosamente y comencé el diálogo.

— Creerás que estoy loca por lo que voy a decirte tía, pero sé perfectamente que no lo estoy, y que al momento de lo sucedido y que voy a contarte estaba en todos mis cabales.

Mi tía dejó la taza de porcelana con dibujos de flores sobre el platillo, cruzó sus manos y me observó inquisitivamente. Mi lengua pareció pegarse al paladar. Ni una sola palabra posible cruzaba por mi cabeza. De repente, como si un gran huracán hubiese pasado, ya no quedaba nada coherente que contar: mi tía lo había devastado todo con su modo de mirarme.

— Te creeré. Sabes que lo haré. —dijo con voz parsimoniosa sin quitarme sus ojos de encima. Creeré cada palabra que salga de tú boca, porque tú no me mentirías. Tampoco serías hipócrita conmigo. Tú no.

Entonces mi lengua se soltó, comenzó a moverse, y mi cerebro a dictar.

— He escuchado su voz.
— Lo sé.
— ¿Lo sabés? —pregunté confundida.
— Sí, lo sé. Me lo ha dicho ella.

Sentí un profundo escalofrío. Sin embargo no quise pensar. Debía seguir hablando. Pero apenas tomé impulso para continuar mi tía se levantó de la silla, se acercó a mí y me estrechó entre sus brazos, fundiéndome con su cuerpo, haciendo posible que pudiera escuchar el latido de su corazón, la tibieza de su respiración en mi cabeza, el nerviosismo de sus manos recorriendo mi espalda. Allí estuvimos fundidas en un abrazo perpetuo durante unos cuantos minutos, sin decir palabra alguna, tan solo concentradas en un único objetivo: Elena.

Comprendí que ambas sufríamos mucho por su ausencia y que de algún modo el eco de la voz de Elena habitaba en nuestro interior. Los resabios de su voz aun flotaban en nuestras psiquis, en nuestra memoria, en los rincones que el corazón tiene para atesorar los recuerdos. Y estaba bien. Elena no deseaba irse. El hilo invisible que nos unía a las tres parecía estirarse pero no cortarse, y decidí, como en un acto solemne y totalmente autoritario, que así estaba bien, que así debía de ser. Después de todo, tal vez, aunque sea en sueños o en otra vida, podríamos volver a estar juntas en el mismo castillo que solíamos encontrarnos. Yo llegaría, ella bajaría el puente, y ya dentro, ambas volveríamos a ser las mismas mujeres indefensas, vulnerables y espléndidas que muchas veces fuimos. Mi tía finalmente besó mi cabellera y tomando mi rostro entre sus manos me sonrió, mirándome con sus ojos cargados de lágrimas.

— Está en ti, está en mí, en las paredes de esta vieja casa, en los lánguidos atardeceres, en las difusas noches, en el eco de su voz fluctuante. Ella está allí… creéme…





Safe Creative #1205101618812



 (Imagen: Alvaro Valcarcel (Colombia): Girl with Red Ribbons )

Clic aquí para descargar el texto en formato ePUB para lectores electrónicos o celulares...
Clic aquí para descargar el texto en formato PDF...



jueves, 12 de abril de 2012

Un claro entre los árboles





La corbata era amarilla, ridícula, un objeto de muy mal gusto, sin embargo, en el cuello del ave se veía bien, acentuaba con su traje, con las pocas plumas que escapaban por debajo de la manga y principalmente con sus ojos. Aquella visión despertaba cierta admiración cargada de recelo en mi persona. Una sensación difícil de explicar, pero que se producía cada vez que el ave asistía a una fiesta o una reunión. “Octavio, alcánzame el traje”, “Octavio, por favor el sombrero”, “Octavio, por favor los gemelos”, y así, orden tras orden, yo solo lograba ver cómo el ave día tras día era más y más reconocido entre todos los habitantes del país. Mi labor, el ser su asistente, pasaba desapercibida para todo el mundo. Él jamás mencionaba mi nombre fuera de las cuatro paredes de su habitación. Una vez cerrada la puerta, yo era un simple humano que le debía respeto y admiración, sin lugar para un simple reproche o cuestionamiento, ni mucho menos un pensamiento fuera de lugar que contrariase su figura.

De todas las aves que vivían en el país ella había sido la más inteligente. Un grano de arena maravilloso en una playa extensa. Quienes le conocían quedaban maravillados por su inteligencia, su diligencia, el modo en que colocaba las palabras en la punta de su pico y envolvía a las personas. Una vez que se echaba a hablar nadie podía dejar de mirarle y sonreírle. Era hipnótico. Un ser bello, adorable, que acaparaba la visión y la atención de cuanta persona o ave se le acercase. Con el tiempo supe que algunos le odiaban por todo el halo que generaba su omnipresencia; sin embargo, nadie osó jamás a calumniarlo, ni a levantar un dedo para señalarlo y dejarle caer con rigor acusaciones que seguramente serían catalogadas como infundadas. No existía humano ni ave capaz de elaborar una crítica ante su accionar, ni de encontrar un mísero detalle que doblegara su altura. Todo lo que circundaba al ave era impoluto, perfecto, y digno de ser venerado.

Fueron muchos los años que pasamos juntos. Conocí al ave siendo yo un jovencito de pantalones cortos, pelos largos y mocos cayéndome de la nariz. Fue un accidente con suerte, dijeron mis padres. Era un día otoñal cuando yo iba con la pelota debajo del brazo a jugar al campito y de repente, de la nada, una camioneta pasó furiosamente por la calle, tocándome la pierna y haciéndome dar mil vueltas en el aire. Recuerdo sentir que la pelota salía despedida de mi brazo, que el cielo se acercaba a mí y el suelo estaba al revés. Luego, el silencio. Aún hoy no recuerdo nada. Pero todos vieron al ave llegar rápidamente del cielo, colocar sus alas sobre mi pecho, y mirarme con ojos cargados de ternura y amor. Ahí, justo en ese preciso instante, todos los presentes dicen que mi pecho tuvo un sobresalto, que de mi nariz brotó un delgado hilo de sangre y que mis pies se movieron como si fuera un poseso. Entonces abrí los ojos y vi el largo pico romper en dos los rayos del sol. Tuve miedo, no entendía nada. Un fuerte dolor me recorría la pierna derecha ascendiendo por la pelvis y alojándose finalmente bajo las costillas. A pesar de ello me sentía extraño, un tanto ingrávido, como si el dolor fuera algo secundario, algo que no debía acaparar mi atención. El ave colocó la punta de una de sus alas sobre mi rostro, las plumas acariciaron suavemente mi piel, y pude percibir cierta tibieza en el acto. Al retirar el ala el dolor había desaparecido. Quienes estuvieron presentes gritaban de alegría y júbilo. Veneraban al ave, emitían voces imperativas y victoriosas que cada vez subían más y más en volumen. No obstante, el ave solo me contemplaba fijamente, casi sin reaccionar ante la manifestación de la gente.

Después del accidente volví a ver al ave un par de veces. De la nada aparecía en el patio de la casa, sobre el techo, o bien bajaba del colectivo y tocaba el timbre de la casa. Hablaba respetuosamente con mis padres y les daba palabras de aliento. Solía llevarme una caja de chocolates y una de caramelos. Mis padres no dejaban que yo los comiera, decían y sostenían que aquellos obsequios, sumados al gesto del ave, era algo con lo cual Dios había bendecido a nuestra familia.

No fue sino mucho después, al cabo de casi veinte años, que volví a encontrarme con el ave. Al verla, ya convertida en presidente de la nación, sentí una profunda sorpresa recargada de una agitada taquicardia que expresaba lo asombroso del encuentro. Pasó por mi lado sin siquiera mirarme, tan solo enfocada en las loas de las personas que habían cubierto por completo la Plaza del Congreso y todas sus calles aledañas. Recuerdo que llevaba un traje de seda sumamente correcto, de color negro, con un pañuelo de seda blanco sobresaliendo del bolsillo derecho del saco y un bastón de mando cuyo mango era media asta de un ciervo. Caminaba despacio entre la multitud que se agolpaba a ambos lados de la calle principal. A lo lejos, detrás de toda la muchedumbre, se encontraba la casa de gobierno, su objetivo. Según mis padres había votado casi todo el país, y en aquella votación el ave salió victoriosa. En su discurso de asunción había maravillado a todos. No dejó duda alguna sobre sus ideas y el deseo de llevar a la nación hacia un camino soñado, más allá que a simple vista pareciera un tanto utópico.

Cuando disponía a irme de la Plaza del Congreso dos policías me tomaron por sorpresa y me pidieron les acompañase. Caminamos unos pocos metros, y uno, el más alto, me tomó por sorpresa y vendó mis ojos. “No se asuste”, dijo con voz suave, “cumplimos órdenes”. Cuando la venda me fue liberada tuve ante mí al ave ahora hecha presidente.

— Quisiera seas mi asistente —dijo.

A mi intríngulis se sumó el desconcierto de espacio-tiempo que la escena misma me había tendido.

— ¿Su asistente? –pregunté.
— Eso mismo, mi asistente personal ¿Acaso te negarías a ser el asistente personal del ave presidencial?
— Pues no —respondí rápidamente—, todo lo contrario, aceptaría con gusto.

Y así, en medio de una gran confusión mental, lleno de interrogantes sin respuestas y de ignorar cómo había sucedido todo aquello me hice asistente del ave presidencial en el final del año número cincuenta y dos de mi vida.

Fue a los pocos metros después de pasar por mi lado, en el acto presidencial al cual asistíamos, que el ave tropezó, cayó de bruces y quedó tendida en el pavimento helado de una tarde invernal. Un solo ¡ohhhhhhh!, se escuchó al unísono. Luego un profundo silencio. Los guardaespaldas corrieron a asistir al ave, sin embargo ella no se movía, mantenía los ojos cerrados, ambas alas a los costados e inmóviles, y su cola, las plumas de su cola, desalineadas y un tanto caídas. Nadie entendía lo que había pasado, sin embargo yo había visto el accidente y por ende tenía una leve idea de que todo aquello concluía en un desmayo. Me abrí paso entre la multitud y llegué con muchísimo esfuerzo a los pies del ave, que yacía en el suelo con sus ojos cerrados.

"¡Aire!, ¡aire!, ¡que todo el mundo se retire unos cuantos metros hacia atrás!", grité desesperadamente. No podía salir del shock, al igual que la gente y los mismos empleados de la casa de gobierno. La corbata amarilla que hasta hacía unos minutos yo mismo había acomodado y encajado en su fino cuello ahora estaba de lado, arrugada, y hasta mostrando un amarillo más pálido del que yo recordaba. El pico del ave estaba entreabierto. Sus ojos, abiertos y mirando vaya a saber qué mundos, se habían vuelto más brillantes que de costumbre. Las personas a su lado, las cuales formaban una ronda gigantesca, murmuraban y cuchicheaban esbozando cierto estupor y miedo en las facciones de sus rostros. Algunos comenzaron a mencionar la palabra muerte. Lo hacían con voz queda, casi imperceptible, muy por debajo de los decibeles que la harían audible y les costaría de un mes a dos años de cárcel por injurias. Arrodillado al lado del ave tomé una de sus alas con una mano, y con la otra levanté su cabeza unos centímetros del suelo. Tuve la sensación de estar en presencia de un muñeco de trapo incapaz de emitir señal alguna. Sin embargo no había frialdad en su cuerpo, ni rigor mortis, ni nada que me hiciera pensar que había fallecido. Me pregunté cómo ayudar al animal en aquel estado. Si fuera un humano hubiera hecho masaje cardíaco sobre su corazón, o bien respiración boca a boca, o tal vez una buena cachetada en sus mejillas para sacarla de un shock que seguramente era lo que le sucedía. Pero no, nada acudía a mi mente. Estaba tan blanca como las laderas de las montañas en plena temporada invernal. Solo me quedé ahí, estático, escuchando el murmullo cada vez más ensordecedor de la gente, el llorisqueo de alguna que otra anciana, y el piar de otras aves que asomaban sus picos entre la muchedumbre intentando ponerse al día con la noticia de su presidente.

No tardaron en llegar un puñado de enfermeros y médicos veterinarios. Tomaron al ave con muchísimo cuidado y lo posaron sobre una camilla. Aflojé el nudo de la corbata y desprendí el último botón de la camisa. El ave seguía inconsciente. Todos seguían preocupados. El ulular de la ambulancia se abrió paso en medio de la muchedumbre y rápidamente ganaron la autopista. Yo iba sentado en un auto escolta perteneciente a la presidencia; desde la ventanilla podía observar algunas aves en el cielo revolotear la autopista con sus miradas clavadas en la ambulancia que ganaba metros a toda prisa. Por un instante pensé qué pasaría si sucedía lo peor. Enseguida un panorama caótico se brindó ante mis ojos: un país en crisis, mucha gente afectada, dolor expresivo en los rostros de humanos y aves, desconcierto generalizado, el resto de los países del mundo preocupados por la deriva de un país sin conductor serio, un verdadero caos. Cerré por un instante los ojos y me concentré en el color blanco, un blanco puro, impoluto, de modo tal que ningún pensamiento pudiera mancharlo. Enseguida mi mente entró en un mar de tranquilidad y reposo. Ni siquiera el vaivén del automóvil, ni el ruido de las sirenas, ni el canto de las aves logró sacarme de tal reposo. Al llegar al hospital el automóvil frenó bruscamente y volví a abrir los ojos. Un tumulto de médicos, paramédicos y veterinarios estaban en la puerta de emergencia a la espera del ave presidencial. La bajaron rápidamente de la ambulancia y la ingresaron a la sala de terapia intensiva. Solo unos poco pudimos ingresar al lugar. La llenaron de sensores, de tubos plásticos y quitaron algunas plumas de sus alas para clavarle agujas con sueros y drogas. La escena era dramática. Comencé a pensar que el ave presidente podría morir. Sin poder aguantar más la presión me retiré de la sala y tomé asiento contra un gran ventanal que daba a la calle. Debajo, la multitud se aglomeraba con pancartas que rezaban leyendas de optimismo y fuerza para el ave presidencial. En la autopista se había producido un embotellamiento, todo debido al suceso, y las personas salían de sus automóviles, se paraban sobre los techos o el pavimento y agitaban pañuelos blancos, en un claro simbolismo de apoyo. No hacía muchas horas yo había estado con el ave a solas, acomodando su corbata, sintiéndome su mísero esclavo, y de repente, en un corto intervalo de tiempo, me hallaba en una sala de hospital esperando que algún médico veterinario saliera y me comunicara qué sería del ave presidencial. A decir verdad extrañaba mi nombre saliendo del pico del ave: “Octavio, podrías traerme un poco de agua”, “Octavio, ¿has leído a Kafka?, ¿y a Murakami?” Me hice a la idea que debía estar preparado para tal vez lo peor: nunca más escuchar su voz.

A las seis de la tarde un grupo de médicos y veterinarios abrió la puerta de la sala de cuidados intensivos de par en par y me rodeó. Nadie decía palabra alguna, todos me observaban como si yo fuera un extraño gusano, de especie desconocida, al cual debían comunicarle algo pero no sabían cómo. Finalmente una veterinaria, de rasgos asiáticos y frente diminuta, habló: “El ave presidencial ya está a salvo. Ha vuelto en sí. Sus signos vitales son normales y no hay señales de daños neurológicos, ni internos. Aparentemente todo ha sido un gran shock que la dejó en un estado catatónico momentáneo. Ella solo recuerda vagamente lo ocurrido hasta el momento en donde se ha producido el shock. Nos ha pedido que le comuniquemos esto a usted. Le será permitido verla mañana por la mañana, pues ahora ella descansa.” El ave había resucitado, tal como el Fénix.

Llegada la primavera los días comenzaron a ser más cálidos, y coloridos. Las enredaderas comenzaban a estirar sus guías, los árboles poblaban sus ramas con nuevos brotes, los campos presentaban un verdor claro y joven. En el cielo algunas aves volvían de su migración. La nación había retornado a una calma extraña y que hacía años no tenía. Los demás países del mundo se mostraban satisfechos con el nuestro y el modo en que el ave presidencial había manejado las cosas pos accidente. Fue entonces que el primer fin de semana de octubre el ave me pidió expresamente que la acompañase a un paseo que deseaba hacer hacía tiempo. Una comitiva de tres automóviles de la gobernación se adentró en los caminos de alta montaña para finalmente dejarnos al ave y a mí en una cabaña en la cima de una montaña. Desde allí podíamos ver el mar y gran parte de la ciudad capital. De un lado estaba el mar, del otro lado la capital. Era como ver las dos caras de una moneda. Una vez instalados en el sitio el ave decidió dar un paseo. Tomamos una botella de agua, un sándwich, un par de frutas, alimento balanceado, cereales, y nos colocamos cada uno una mochila a nuestras espaldas. Recorrimos unos cuantos metros montaña abajo hasta que encontramos un claro en medio de la tupida arboleda. Parecía un edén en medio de la fronda. Tomamos asiento sobre dos piedras grandes rodeadas de hierba. El ave dejó caer la mochila al suelo, sacó la botella de agua y metió su pico dentro. Bebimos en silencio. El sol de la siesta se hacía sentir. Las plumas del ave brillaban con un brillo inigualable, haciendo que los rayos de sol se descompusieran y se mostraran como un caleidoscopio colorido.

— ¿Eres felíz, Octavio? –me preguntó el ave sin mirarme.
— ¿Felíz? –respondí preguntando de manera ingenua.
— Sí, felíz. Felicidad, a eso me refiero, a esa palabra que tanto abarca y que tan poco sabemos valorar o sostener cuando la tenemos entre nosotros.
— Supongo –dije. — Yo me he dado cuenta que ahora soy felíz —dijo el ave, ahora mirándome a los ojos— Y esa felicidad en parte te la debo a ti.
— ¿A mí? — Sí, a ti, Octavio… Verás, después del accidente, mientras estuve en ese estado de shock debatiéndome entre la vida y la muerte algo se ha compenetrado en mí. Creo que ingresó mientras he estado en el hospital. Si bien no recuerdo cómo pasó sí puedo decir que ha sucedido. Tuve la sensación de que algo comenzaba a ingresar a mi cuerpo, a recorrer mi plumaje, mi piel, como si reptara sigilosamente y a paso seguro, cubriéndome por completo. Luego, sentía cómo esa misma sensación comenzaba a correrse por mis venas, a rellenar mi corazón. Sin embargo yo no podía abrir los ojos, ni gritarle a ninguno de los ahí presentes lo que me estaba sucediendo. Algo en mi interior deseaba afanosamente salir de ahí, huir, evitar que eso que se apoderaba de mi cuerpo siguiera con su cometido. Pero no podía. Estaba inmovilizado, hasta podría decirte que fuera de mi cuerpo. Al despertar, cuando por fin pude abrir los ojos, supe que aquello que había ingresado a mi cuerpo me había tomado por completo, se había apoderado de todo mí ser, menos de mis pensamientos. Hasta mi corazón estaba impregnado de esa sensación. Mi cabeza y mi corazón parecían entrar en un debate que nunca antes habían tenido. Entonces comprendí que lo sucedido tenía un fin. Que el accidente no había sido una casualidad, que era una condición necesaria para que ese “algo” ingresara en mí. Pensarás que estoy loco, pero no es así. Desde el día del accidente ya no soy el mismo, Octavio…

Escuchar al ave presidencial contarme aquello fue sumamente impactante. Recuerdo haberme dado cuenta que mis manos me dolían por lo tenso que estuve durante el tiempo que duró el diálogo. Al volver en mí enfoqué la mirada hacia los árboles que nos rodeaban. Observé el claro, el cielo, las nubes, el verde de la hierba. El ave mantenía su mirada fija en la nada, como si después de haberme contado aquello se hubiera trasladado a otro sitio, tal vez a un sitio inducido por aquello que se había apoderado de ella. Por primera vez desde que había visto a aquella ave sentía que estaba distante, que en realidad tenía razón y ya no era la misma.

— De algún modo todos siempre estamos solos —dijo.

Y sus palabras me retumbaron en la cabeza haciéndome recordar muchos pasajes de mi vida en donde yo me había sentido así, rodeado de gente que me quería, plagado de afectos, de conocidos, de voces, de sonrisas, de palmadas en mi espalda, y sin embargo, como si se tratase de un leproso abandonado a la buena de Dios, me sentía solo, tristemente solo. Entonces tomé la punta del ala del ave, acaricié sus plumas con la yema de mis dedos, la miré a los ojos, y comprendí que la soledad es parte de todos, inclusive de aquellos que parecen invulnerables, altivos, omnipotentes. Por primera vez sentía que el ave y yo estábamos en el mismo plano, que ella no era superior a mí, ni yo inferior a ella. Vi a un ser ensimismado, con miedos, reflexionando profundamente sobre la vida y su rol en ella. Pronto el sol comenzó a aflojar su poder, los rayos se hicieron tibios, un viento del sur comenzó a soplar y las copas de los árboles se mecieron al compás.

— Es hora de volver —dijo el ave.
— Es hora –dije yo.



  Safe Creative #1204121464546


 (Ilustración de Chase Kunz - http://goo.gl/fCt9X )

viernes, 23 de marzo de 2012

Yo, un monstruo





No es sencillo ser un monstruo. La palabra puede parecer simpática para algunos, que con tan solo mencionarla todos ríen y lo toman a broma, o bien alarmante para otros que piensan que los monstruos son seres espeluznantes que no pertenecen a este mundo... pero nada más alejado. Ser un monstruo lleva su tiempo, su entrenamiento, sus horas de aburrimiento, sus etapas de desidia y de ganas de mandar todo al diablo... sí, ¡al diablo!

Madre siempre me dijo que ser un buen monstruo era una tarea de titanes, y cada vez que lo mencionaba pensaba en aquellos titanes apresados en el cielo, bajo la mirada celosa de los dioses del Olimpo. No sé el porqué de ese pensamiento, tal vez fuera por el simple hecho de haber leído mucha mitología griega desde chico, o de escuchar a mi padre en sus largos monólogos de sabelotodo despachándose a gusto y placer sobre dioses, diosas y enredos de fantasía. Tampoco es tan importante. Lo que sí importa es que no fue para nada sencillo llegar a ser el monstruo que hoy en día soy.

La monstruosidad debería considerarse una obra de arte. En las noches, cuando me dispongo a dormir en posición fetal, pienso en ello, en cómo se ha dado mi vida, en el esfuerzo de mis padres, en mis progresos y en mis retrocesos, es que uno no es perfecto. La monstruosidad no es un don adquirido genéticamente, no..., es un don ganado, luchado, obtenido, finalmente triunfado.

«Eres un verdadero monstruo», escuché decir a mi padre mirándome fijamente a los ojos, y enseguida me ruboricé y mis ojos se llenaron de lágrimas. Yo, un monstruo. Lo había logrado. Tantos años de lucha, tantas horas de ensayos y derrotas, tantos minutos de logros intermitentes y ¡Eurekas! eufóricos. Descubrirse, sí, después de todo de eso se trata. Es que todos llevamos un monstruo internamente dormido. Mi monstruo ha estado siempre ahí, en letargo, dormido profundamente en el confín del corto tiempo de mi vida. Hasta que un día despertó, y lentamente fue apoderándose de mi físico, de mi psiquis, de mi alma, hasta convertirme totalmente y lograr mostrarme tal como siempre he querido ser: un verdadero monstruo.


Hay cielos de marzo que parecen vulnerables. Me suelo sentar por las tardes en el pasto de los campos y contemplarlos. Me gusta marzo, me gusta el fin del verano. Por estas latitudes es una época emotiva, al menos para mí. Es que el nacimiento próximo del otoño siempre ha empañado mis ojos, ha dado paso a una nebulosa de pensamientos y deseos, y ha gestado un sinnúmero de anhelos, tantos que hay años que he perdido la cuenta. Los monstruos también tenemos sentimientos nobles, puros, capaces de abrir los cielos y reflejarnos tal cual somos y sentirnos vivos en la infinitud del universo. Sin embargo, y a pesar de ser más perceptivos y sensibles, también somos demasiado solitarios. Y en esa soledad radica lo negativo de ser un monstruo. Es en ese punto que me hubiera gustado que mi padre o mi madre me hubiesen advertido: “Hijo, ser un monstruo involucrará también muchísima soledad, estar alejado de las personas, divagar sin rumbo fijo, desear y no obtener, llorar y no ser escuchado, amar y no ser amado, vivir y ser ignorado.” Sí, definitivamente si hubiera escuchado algo por el estilo hubiera sucumbido al deseo de ser distinto, de convertirme en esto que he logrado ser.

Sin embargo, este marzo parece distinto. En la casa hay niños nuevos que llegan con sus bonitos y nuevos uniformes. La preceptora los recibe a todos con una sonrisa amplia al pie de la escalera y besa a cada niño en la frente dándole así la bienvenida nuevamente, después de una larga temporada vacacional. Otros años no ha sido tan emotivo, más bien diría que éste ha sido el mejor que yo recuerde. Los maestros ya han dejado sus trastos en sus respectivas habitaciones, el director ha llegado en su automóvil con sus baúles llenos de ropas y libros. Todo vuelve a estar como siempre, solo que en este tiempo parece gestarse algo distinto. Pienso, justo en estos días de marzo, si algún niño podrá verme. Pero sé las reglas, sé que quien quiera verme solo podrá hacerlo si desea ver en su fuero íntimo a un monstruo, y he ahí el verdadero drama plasmado en toda su magnitud: ¡qué niño desea ver un monstruo en su infancia! Y así, ante semejante realidad, el vagar sin rumbo tan solo acompañado de una soledad perenne hace que todo se vuelva monótono e insípido ante mi mirada. La vida se me ha esfumado en un abrir y cerrar de ojos, sin verdaderamente darme cuenta. He logrado ser lo que soñé, para lo que fui criado y educado, sin embargo, la felicidad no radicaba aquí, en esto que logré convertirme. La felicidad estaba en otro lado, tal vez en ser un verdadero mortal, tal como nací. Pero ya es tarde, el reloj nunca gira sus manecillas hacia atrás, el tiempo tirano no lo deja, las sujeta con fuerza, impidiéndole así toda posible ocasión para reparar lo que ya está hecho.

Este año los niños son más tranquilos. Solo un puñado de ellos difieren en carácter y personalidad. Mantienen el orden, se hacen rehenes de la tolerancia y las reglas. Los profesores están contentos con ellos, se nota en sus rostros, en el modo en que se dirigen a los niños. La vieja escuela también. Intento distraerme mirándolos, escuchando sus susurros en los recreos, sonriéndome cuando los observo jugar, concentrándome cuando leen en voz alta. Recitan párrafos del “Platero y yo”, leen cuentos, escriben historias fantásticas y diminutas para luego narrarlas en voz alta. Todo me parece tan real y a la vez tan fantástico… sin embargo, al rato, cuando observo los vidrios de las ventanas de la sala no encuentro reflejos de mí, no hay vestigios de materia alguna que represente mi cuerpo, tan solo está la nada mostrando palpablemente la cruda realidad: la consecuencia de haberme convertido en un monstruo. Sin aliento en las mañanas húmedas, caigo en la cuenta que soy tan volátil y falso como los fantasmas. “Tal vez has de ser un fantasma”, repite una voz interior dentro de mi cabeza. Lo hace a menudo, inesperadamente, cuando menos lo imagino y lo deseo. Es ahí, en ese preciso instante, cuando oigo su timbre de voz en medio de mi cabeza, que reacciono y me siento fatal, arrepentido, deseoso de tener una vida normal, o mejor dicho, una muerte normal. Pienso en mis padres, en todo el tiempo que ha pasado desde su muerte, en el legado que han dejado en mí y me siento feliz y muy triste a la vez. Hay días que los busco por los pasillos de la escuela, en sus aulas, en el sótano, tras el escenario de fiestas, por todos los rincones imaginables, pero jamás doy con algún vestigio de ellos. Así, tras arduas búsquedas, suelo encontrarme en algún ventanal del tercer piso observando los campos de lavanda a lo lejos, añorando mi infancia, recordando el olor de la lavanda en mis prendas, escuchando las conversaciones de mis padres, sintiendo la tibieza del sol sobre mi piel. Pero ya todo se ha esfumado. Ahora parece que aquellas escenas fueran de varias vidas anteriores, tal es así que por momentos dudo si he vivido algo de aquello o simplemente lo he deseado. Me siento atrapado entre un mundo que deseé y el mundo verdadero, el real, el que viven todos aquellos que respiran oxígeno, aman y sufren.

Este año ningún niño parece pensar en monstruos. Sonríen, juegan, se distraen con cualquier cosa que encuentran a su paso dentro de la escuela. Los niños de hoy ya no le temen a los monstruos. Supongo que tampoco su imaginación los fabrica. Y es ahí, cuando hago ese análisis, que me siento el monstruo más infeliz del mundo.

Uno de los niños, Anabela, tiene pesadillas por las noches. Las observo y son horribles. Sobresaltan a la niña, la hacen sufrir demasiado. Es entonces que una ternura incompresible se apodera de mi interior. Quiero ayudarla, tenderle mi mano y rescatarla del mal sueño, decirle que no tema, que los monstruos no existen, sin embargo no puedo. Ni siquiera puedo mecer su hombro para despertarla. La impotencia es total. Soy un monstruo —me digo— deberías de poder ayudarla. Pero no, hay monstruos como yo, que pasan desapercibidos para todos, que somos atemporales y vivimos en una niebla eterna, en donde el tiempo pasa y se olvida de nosotros, donde las personas nacen, viven y mueren sin siquiera saber que uno está allí, en ese paréntesis del tiempo, agazapado, intentando asustar o elucubrar acciones para despertar el miedo. Tal vez sea Dios que lo quiera así. Seguramente él sabe de nosotros y de nuestros deseos. Mis padres jamás me hablaron de ello, tan solo se limitaron a educarme y perfeccionarme para ser un buen monstruo, un ser capaz de infundir miedo y manejarlo a su antojo. Tanto deseé llegar a lo que hoy soy y tanto me arrepiento de ello que hay días que me sorprendo llorando, triste, y lleno de remordimientos.

Hoy hay niños en el patio. Recogen damascos maduros que han caído de los frutales. Los levantan, los observan, los seleccionan y los meten a las cestas. Todos trabajan en silencio, sincronizados, bajo la mirada atenta de los maestros. Anabela parece feliz. Anoche no ha soñado. En una de sus pesadillas he aparecido yo, su miedo y su debilidad me lo han permitido. Pero no cumplí el rol deseado, no… hice lo contrario, lo que hoy pienso es correcto. En el sueño me le he acercado a su cama, le he sonreído, le tomé de la mano. Busqué un tono de voz agradable, transfiguré una bonita sonrisa, y le he contado historias en donde los monstruos son falsos, en donde solo existen en la imaginación de los humanos. Ella despertó bien, sin sobresaltos, con sus grandes ojos observando el cielorraso del techo. Ahora recoge damascos con felicidad, concentrada en su tarea, como si las pesadillas hubieran quedado atrás, tal como una nube que es arrebatada del cielo por un fuerte vendaval. De pronto me invade una profunda felicidad. Hice todo lo que un monstruo debería no hacer. Sin embargo, hay felicidad brotando de mí, así, como el germinar de una nueva semilla. Entonces miro a Anabela, la veo acomodar su pelo castaño y lacio detrás de su oreja, la observo mover sus manitos diminutas entre los frutos maduros, miro el celeste del cielo, escucho el murmullo de las voces de los niños y siento que es mejor así, que a pesar de haber deseado algo con mucha fuerza, la vida y el tiempo me han demostrado que no era para mí, que yo no debería haber sido un monstruo, que yo debería haber tenido una vida simple, de mortal, así, como todo el mundo. 




Safe Creative #1203231360908

 (Imagen: "Human difference" de Eshwar - Emilio Cassanese - http://www.curioos.com/eshwar#tk-10_cl-all )

jueves, 8 de marzo de 2012

El lobo cansado





El viejo Ernesto, era el quiosquero de mi barrio, quien tenía las últimas revistas, las golosinas más deliciosas y los primeros libros que vi en mi vida. Siempre fue un personaje con mucho atractivo para mí. No tenía nada en particular que lo hiciera resaltar del resto, no poseía una altura que lo hiciera distinguirse a la distancia, tampoco un diálogo fluido y encantador a la hora de hablar con él, mucho menos algún tipo de «roce social» en el cual uno podría cruzárselo en la vecinal del barrio, o bien en algún grupo de vecinos convocados por algún pleito o fomento hacia el barrio. No. Era lo que cualquiera diría un verdadero ser invisible. Tal vez esa era su gran cualidad: la invisibilidad. Siempre he pensado que la invisibilidad es un verdadero don con el cual se nace. No puedes adquirirlo en vida. Se nace con él. Lo más gracioso es que no sabes que naces con tal don, y lo vas descubriendo poco a poco a medida que los años pasan, que se crece y que la misma vida te empuja de los hombros y te invita a desaparecer, a hacer uso de «eso» que se te ha otorgado sin pleno conocimiento. Pues el viejo Ernesto a mi modo de ver -y al de otros tantos- contaba con tal don. Pero aún así no se escapaba de mis ojos. Me gustaba localizarlo, saber qué hacía, en dónde pasaba su tiempo, qué leía, y más aún: ¡que libros le leía a su nieto!

Era un verdadero desafío y una verdadera aventura para mí saber de él. Mis padres solían pensar que estaba obsesionado con el anciano y cuando me veían tras él ponían el grito en el cielo. Mi madre era quien más se enfurecía, y si no fuera por algún paño frío que mi padre lograba interponer, de seguro ligaba una cachetada o un escobazo. Sí, porque mi madre era de ese tipo de madres que les gustaba tirar con las escobas. Mamá, tú escoba es voladora, solía decirle yo después de que me la lanzaba a la altura de los pies con el fin de que impactara en mis tobillos. Ella se ponía aun más furiosa, pero al tiempo se le pasaba. Algunas veces debo confesar que lo lograba, la escoba me impactaba, pero la mayoría de las veces no. Sin embargo el susto me duraba por largo rato, a veces hasta el otro día.

Igualmente me las ingeniaba para ver en qué andaba el viejo Ernesto. No había ni puerta, ni ventana, ni paredón, ni ojos sigilosos de mis padres que me impidieran ver en qué andaba él. A los diez años de edad recuerdo haber vivido el momento más memorable entre aquel hombrecito y yo. No era un día especial, en absoluto, pero lo que lo hizo especial fue mi descubrimiento... mi gran descubrimiento. Mi madre había sacado a pasear a nuestro perro, y mi padre estaba enfrascado en el taller del fondo de casa aceitando un viejo engranaje de maquinaria. No lo dudé un instante, apenas vi la soledad en la que me encontraba salí disparado rumbo a la calle. Allí me encontré con Martín, mi amigo y vecino. Intercambiamos un saludo escueto e inmediatamente él siguió su paso hacia la casa de su maestra particular y yo en dirección al kiosco del viejo Ernesto. Mi sorpresa fue llegar y encontrarlo leyéndole un libro a su nieto. Si bien el niño era menor que yo por un par de años yo sentía terribles celos hacia esa conexión invisible que lo unía al viejo. Por momentos pensaba porqué mi padre no era así conmigo. Él jamás me había leído un libro, jamás había tenido un momento de complicidad para conmigo. Se podría decir que éramos muy distantes. Mi madre tal vez sospechaba de ese vacío, y digo «tal vez» por que hay ciertos momentos en que la recuerdo mirarme de un modo extraño, como si detrás de su mirada hubiera cierta comprensión a mis necesidades insatisfechas. De ahí, de esas miradas de mi madre, siempre he pensado que las mujeres pueden ver un poco más allá que los hombres, y tal vez lo hacen con una habilidad innata que les permite reptar y adentrarse muy al fondo de las conciencias. No lo sé, ni hoy puedo aseverarlo, pero sí sospecho que mi madre lo lograba conmigo, ella hacía uso de aquella habilidad y lograba llegar con su mirada hasta el fondo de mi conciencia, como si en esa acción ella estuviera ingresando al fondo de un pozo oscuro, y ahí, en ese mismo fondo, estaba yo junto a mis necesidades insatisfechas, esperando, desesperado, suplicando que alguien pudiera entenderme y ayudarme.

Abrí la puerta muy despacio. Un leve chirrido, casi imperceptible para todos los oídos del mundo, menos para los del viejo y su nieto, se produjo en ese instante. El viejo Ernesto al verme entrar detuvo la lectura. Recuerdo el color de los ojos de su nieto: verdes. Un verde tipo esmeralda. Me miraba un tanto angustiado por mi interrupción a su reunión con su abuelo. Sentí culpa. Seguramente me ruboricé, pues sentía que mis mejillas ardían como un fuego vivo. Me sentí terriblemente avergonzado y me quedé observando el piso, jugando con la punta de mi zapatilla sobre el mosaico.

—Vamos, no te quedes ahí -dijo el viejo-. Si puedo leer para uno también puedo hacerlo para dos, ¿quieres escuchar?

Asentí inmediatamente. Tomé asiento al lado de su nieto y ambos escuchamos el relato. Era un cuento, donde había castillos, dragones, y hombres buenos y malos. A cada punto y aparte del texto el viejo nos observaba por sobre sus anteojos. Supongo que deseaba ver la expresión que la lectura producía en nuestros rostros. Me recuerdo con la boca abierta, mirándolo fijamente, fascinado por la historia. Su nieto en la misma postura. Ambos estábamos fascinados.

—¿Continúo?
—Sí, continúe...—dijimos al unísono su nieto y yo.

En cierta parte del relato aparecía un lobo. Se trataba de un personaje importante en el cuento, sin embargo, cada vez que el lobo entraba en escena el viejo cambiaba el tono de su voz poniéndole más énfasis y compenetrándose en ese personaje. Observaba los labios del viejo moverse lentamente, sus ojos centellear como destellos fugaces de un sol otoñal, y sus manos, gesticulando como si fueran las patas de un lobo, le daban muchísima expresividad al relato. El lobo era un lobo triste. Se había cansado de matar dragones y vivía en los suburbios de un castillo. El lobo está cansado, dijo el viejo Ernesto. El lobo ya casi no mata dragones. Aquellas frases retumbaron en mi cabeza y se quedaron alojadas en mi memoria. Después de pronunciarlas el viejo cerró el libro y nos miró detenidamente.

—¿Ha terminado?— preguntó inocentemente su nieto.
—Sí, ¿ha terminado?— pregunté ahora yo.
—No —dijo el viejo— aún no ha terminado, pero es el punto justo para saber qué piensan sobre el lobo.
—¿Sobre el lobo, abuelo?
—Sí, sobre él.
—Pues no lo sé —dije yo un tanto ruborizado—, creo que era un lobo viejo y por eso ya no podía cazar dragones.
—Pero se puede ser viejo y hacer bien algunas tareas, ¿no lo crees? —dijo el viejo.
—Pues no lo sé...
—Mira, ¿acaso yo no estoy viejo y les leo un cuento?, ¿no les gusta cómo leo?
—¡Sí!, ¡nos gusta! —exclamamos al unísono su nieto y yo.
—Entonces piensen que por más viejo que uno sea no indica que es incapaz de hacer algo que desee. Tal vez el lobo estaba cansado por otra cosa y su cansancio no era precisamente lo que lo llevaba a no cazar dragones. A veces las personas asumen de antemano una conclusión con poco fundamento. Se basan en ciertas hipótesis que arman con poca información. Y enseguida, sin pensarlo ni un segundo más, emiten una conclusión terminante. No me gustaría que ustedes hicieran eso con nadie. Es feo ¿Acaso no escuchan cosas sobre mi persona, cosas como que soy un viejo gruñón, o ermitaño, y que vivo aquí encerrado? Sí, claro que sí, niños. Seguramente las habrán escuchado muchas veces en el barrio o de boca de sus padres. Pues así es la gente.

Había un dejo de angustia en la voz del viejo Ernesto. Por un momento sentí un nudo en mi pecho. Yo mismo había escuchado hablar sobre él en nuestro barrio, también a mis padres, y a los amigos de mis padres. ¡Y él lo sabía todo! Me pregunté por qué sabiéndolo no intentaba remediarlo, ¿qué lo hacía seguir siendo así? Sin embargo, mientras lo miraba fijamente a los ojos y resguardaba lo que yo sabía de él dentro de mí, pensé que el viejo era muy similar al lobo cansado.

—¿Qué piensas? -me preguntó el viejo.
—Nada.
—Algo piensas, niño... ¿Será tal vez en que yo soy muy parecido al lobo del cuento?
—No abuelo, tú no eres como el lobo —dijo su nieto.
—Tal vez sí —dijo el viejo—, tal vez todos en algún momento nos parecemos al lobo. La vida es maravillosa, y cada uno la vive a su gusto. Tal vez el lobo estaba cansado de alguna cosa de rutina en su vida, pero aun así podría ser perfectamente feliz.

Entonces caí en la cuenta que aquello que el viejo decía tenía mucho de verdad ¿Acaso mi padre no llegaba cansado del trabajo y aun así siempre le sonreía a mi madre?, ¿acaso las personas que trabajan, están enfermas, o bien sufren por algo, no pueden tener una dosis de felicidad en sus vidas? Sí, seguramente que sí.

—La felicidad son como las gotas que forma el rocío —dijo el viejo.
—¡Exacto! —exclamé con energía.
—Diminutas, en pequeñas proporciones, pero invalorables. El lobo cansado de este cuento les dará un ejemplo de ello.

El viejo abrió nuevamente el libro y recomenzó la lectura desde el párrafo en donde había dejado:

«Y fue así que el lobo tras terminar su jornada de matar dragones llegó a su casa ya de noche. Cerró las ventanas, se quitó la armadura y se echó sobre una gran silla de madera. Sus pies, hinchados y doloridos, le causaron un par de lágrimas en su rostro. Estoy muy cansado, se dijo para sí mismo. Cada día me cuesta más y más matar dragones con esta armadura...»

Y ahí, tras esos puntos suspensivos vi el destello fugaz que emitieron los ojos del viejo Ernesto, la sonrisa escondida tras la comisura de sus labios, y la enseñanza flotando en el aire. Comprendí a mis diez años que emitir un juicio sobre alguien podía ser algo malo cuando no se tienen las suficientes pruebas. Tuve mi primer aprendizaje de vida en aquel kiosco de revistas. Y aún hoy, después de tantos años, y de tantas lecturas que tengo para con mis hijos, pienso y recuerdo al viejo Ernesto, imaginándolo como un viejo lobo, de traje, con un gran portafolio cargado de sabiduría, llegando cansado del kiosco, y echándose a descansar sus patas cansadas en la soledad de su casa.