Así escribe...

Doce corbatas




A decir verdad me gusta que Silvia sea risueña. Es contagioso, y contagiarme de esa sana enfermedad me agradaría. El martes pasado estuve a punto de decirle lo bien que me caía pero no me animé, caí en esos pozos profundos de los que no se puede huir fácilmente, me arrastraba y no pude salir hasta el otro día. Cuando estuve en la superficie Silvia se había marchado. Y una vez más la historia se repite: Silvia, yo, su carácter risueño, el tiempo que se me va como si no existiese a su lado, los momentos que atesoro cuando estoy junto a ella, su belleza, mi vergüenza, y supongo que mi amor por ella. Creo que después de todo se trata de amor, sí.
Lo que más me gusta de ella es el momento que pronuncia mi nombre, lo hace con gracia y una sonrisa más que contagiosa. A veces pienso que se transfigura en un ángel, entonces cuando estoy pensando eso y ella me observa con sus bonitos ojos yo tan solo miro fijamente el piso o cualquier punto fijo, me hago chiquito, corro, salto y finalmente huyo, lejos, tan lejos como mi vergüenza me impulsa.

Tengo doce corbatas. Todas son muy variadas, algunas con colores vivos, otras a lunares, a rayas, con

El ser entre la espesura


Un día desaparecí en el bosque. Mejor dicho, una parte de mí desapareció en el bosque. Fue apenas me adentré. El ruido de las hojas secas que conformaban la hojarasca bajo mis pies me alertó de pasos que se alejaban. Asustado miré en todas las direcciones. A mi altura, hacia el suelo, hacia la copa de los árboles. Nada. Nada humano o reconocible se veía entre la espesura. Sin embargo fue justo en ese instante que tras sentir mi interior caí en la cuenta que parte de mí había desaparecido. Con mi mano derecha apreté fuertemente mi pecho y con la izquierda tapé la expresión de pavura que mi boca gesticuló. Empecé a correr, sin rumbo, abriendo la maleza que se presentaba delante y embistiendo los hijos nuevos de los árboles del bosque. Corrí y corrí hasta que mis pulmones me hicieron detener. Sentado en el suelo con mis brazos abrazando mis piernas cerré los ojos y busqué dentro mío aquello que yo sentía me faltaba. Ese ser que habitaba mi cuerpo había huido. Tan solo quedaba la carne y un hálito de vida para movilizarla ¿Porqué habría huido mi ser interior? La respuesta a esa pregunta me atormentaba terriblemente.

Así, en esa posición casi fetal me quedé un rato largo. Tenía frío y miedo. No sentía la calidez y la valentía que sí me daba mi ser interior. Jamás había desaparecido en el bosque. Muchas veces mi interior quiso desaparecer en momentos críticos de mi vida pero no pudo hacerlo. Pensé que tal vez el bosque fue el lugar idóneo para que mi ser se sintiese pleno y libre. Sí, seguramente fue eso. Me eché a caminar sin rumbo, la tarde iba cayendo y algunos claroscuros se comenzaron a formar en la espesura. Solo las aves revoloteaban las copas de los árboles. Ninguna señal de mi interior se veía.

Esa noche decidí acampar en el bosque, pues no quería retornar al pueblo partido en dos, vacío, carente totalmente de mí. Encendí fuego al lado de una cueva poco profunda situada en el costado de una montaña.

mundos espiralados (Fin)




23 (FIN)

Caminaba haciendo equilibrio sobre la espiral. Tenía miedo de caerme. Cada tanto miraba hacia abajo y veía como la forma de espiral se perdía en un abismo profundo. Pensaba que ese abismo eran mis días, todos lo días que me faltaban por vivir. La espiral no tenía fin, no había una punta que indicase su culminación. Es el destino, me dije. El abismo representa al destino. Seguí haciendo equilibrio y caminando en puntas de pie sobre la espiral hasta sentirme agotado y detenerme. Entonces me detuve a observar el cielo. Había muchos cielos, unos más coloridos que otros. Algunos representaban el día, otros a la noche. Recordé haber vivido distintos tipos de situaciones bajo aquellos cielos. Como un techo todopoderoso el cielo siempre me había cobijado en las distintas situaciones de mi vida. Me senté sobre la espiral y me puse a contemplarlos. Cada cielo me transportaba a esos momentos vividos bajo él. Abajo el abismo seguía igual, oscuro y sumergido en la nada. Sobre la espiral no había viento, ni lluvia, ni nada que pudiera modificar mi estado placentero. Solo podía percibir distintos aromas que según el cielo que mirase cambiaban a modo de trasladarme a ese escenario. Los olores más suaves y florales correspondían a aquellos momentos que pasé con gran satisfacción y beneplácito, los olores profundos y fuertes a los momentos que mi vida tuvo un vuelco o me lamenté de ciertas decisiones. Como espectador dentro de un gran teatro podía observar momentos de mi vida bajo aquellos cielos. Tras estar un largo rato sentado decidí emprender mi caminata por la espiral. Caminé y caminé durante horas hasta que de a poco la espiral comenzó a difuminarse delante de mis ojos. Como si una niebla imperceptible la hiciera borrosa y no me dejara divisarla. Temí caer en el abismo. Quise aferrarme a algo pero no podía. Me encontraba solo y alarmado por la situación. Nadie podía tenderme una mano y de nada podía aferrarme. Tan solo unos pasos me quedaban para pisar seguro, los demás serían al azar, con el miedo de saber que si mi paso no era firme podía caer irremediablemente al abismo.

Avancé un par de pasos hasta que la espiral desapareció completamente bajo mis pies. Hacia adelante ya no podía ver nada. Solo podía mirar hacia arriba y observar cómo los caminos de la espiral se mantenían brillantes y relucientes. Los cielos seguían allí, en cada curva de la espiral. Se mantenían inamovibles, mostrando sus característicos colores y sensaciones. Tras volver a mirar hacia el frente me topé nuevamente con el abismo insondable. Una sensación de pavura y miedo incontrolable oprimían mi pecho. ¿Avanzar?, me pregunté, ¿hacia dónde?, pues no había un indicio siquiera para poder asentar un pie. Reflexioné un instante sobre la situación. Debía tomar decisiones, tal vez eso mismo deseaba la espiral que hiciera. Ella siempre me había marcado el camino. Como un fiel soldado había seguido la línea que diligentemente ella había marcado y jamás me había movido de ella o siquiera salido de curso. Pero ahora eso había cambiado. El miedo y la desesperación habían pasado a acompañarme y lo peor, la toma de decisión, era a priori, la necesidad número uno.

Volví a sentarme y dejé caer mis pies en la oscuridad vacía. Sentía cómo mis piernas podían columpiarse en la nada oscura. Era liviano, casi imperceptible. En un momento pensé en arrojarme a la espesura y dejarme llevar a cualquier punto, a donde el destino quisiera que yo cayese, pero inmediatamente desistí de esa idea. Ahora estaba yo mismo enfrentando a mis miedos y tratando de aquietarlos, de frenar los pensamientos que apabullaban mis sienes. Siempre he sido un hombre de pensar en demasía. Esa parte de mi personalidad era contraproducente estando sobre la espiral, allí lo que menos debía de hacer era apabullar mi cabeza con pensamientos estúpidos. Al contrario, debía tener mi mente abierta y clara, totalmente receptiva a una solución posible que me permitiera seguir avanzando sin caer al abismo.

Fue de repente que pensé en cerrar los ojos y pensar que no tenía miedo. Pensé en que debía caminar sin miedo dejándome llevar por mi instinto y por un pensamiento claro y limpio que no alimentase a mis miedos. Apreté fuertemente los párpados concentrándome en ese pensamiento. Deseé con todas mis fuerzas que el camino solo flotara delante de mí y mi mente dejara de polucionarse. Seguramente un nuevo cielo en ese momento estaría encima de mí y un olor, a futuro, representaría ese momento de mi vida. Abrí lentamente los ojos y como por arte de magia la espiral estaba nuevamente delante de mí. Podía observar otra vez cómo ella se perdía abajo en el abismo. Me paré y comencé a caminar sonrientemente. Un cielo celeste cargado de esponjosas nubes blancas rodeaba toda la espiral. Mientras yo caminaba podía palpar las nubes con mi mano como si fuesen copos de algodón flotando a mí alrededor. Un profundo olor a maderas inundó la escena que yo mismo estaba viviendo.


Un fuerte ruido de la celosía de la ventana golpeando contra la pared me despertó. Sobresaltado me incorporé en la cama y observé la habitación en penumbras. El sueño vívido de la espiral parecía aún estar latente en mi cabeza. Tal vez no había sido un sueño y de ahí caía yo en mi cama. Tal vez de un gran salto me había arrojado en medio de la noche sobre mi cama. La celosía seguía golpeándose. Crucé la habitación en dirección a la ventana y sentí el piso frío bajo mis pies. Recordé que era Navidad y que mis padres dormían en la habitación contigua. Enganché las celosías y recogí las cortinas. Una tormenta muy eléctrica se avecinaba desde el sur. Olor a tierra mojada se colaba en la habitación, era claro indicio de lluvia cercana. El sueño parecía haberme abierto los ojos y sentía que podía comprender mi limitado mundo de mejor manera. En cada tropiezo siempre había intentado detenerme y alarmarme. Tal vez todo aquello había comenzado con la ruptura con mi novia, aquella chica que se enamoró de un hombre mayor en sus vacaciones por las Bahamas. Supuse siempre que ese había sido el puntapié inicial. Justo en ese preciso momento me había montado a la espiral y había comenzado a recorrerla obteniendo distintas vivencias bajo distintos cielos. Dentro de mí aún extrañaba a Isabel. El saber que nunca más volvería a observar su bello rostro producía un profundo dolor en mi pecho. La vida tiene ese tipo de cosas inexplicables que es en vano intentar entenderlas al menos. Seguramente Isabel había encontrado el fin de su espiral. Ella había llegado al final de la espiral para salirse, para poder bajarse y ya no tener miedos. Envidiaba eso. Según mi sueño aún quedaba un abismo debajo de mí y la espiral se enroscaba en él de manera estrepitosa. Mi vida aquí, en la Tierra de los vivos, debía de seguir. Seguramente muchas vueltas más con nuevos desafíos y nuevas sensaciones me esperarían, eso era algo que yo podía sospechar pero jamás afirmar. Tarde o temprano terminaría de escribir mi novela “Mundos Espiralados”, o tal vez nunca, después de todo en la espiral nunca se sabe, siempre hay que estar atentos porque la vida cambia de buenas a primeras, te monta, te hace flotar y te arroja por la pendiente, tal como si descendieras directamente y en caída libre dentro de una gigantesca espiral sin fin.


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