miércoles, 2 de diciembre de 2015

Modos de mirar





Debe ser impensado para la señorita Estévez recorrer su camino diario al trabajo sin observar todo lo que acontece a su alrededor. Y digo impensado porque estoy casi seguro que lo es. Jamás tuvimos una palabra, jamás nos presentaron, sé su apellido por la credencial que lleva a diario en su chaqueta, y que sube en el mismo colectivo que nos conduce a ambos a nuestras oficinas, asientos de por medio, minutos de vidas desincronizadamente distantes.

Lo observa todo.  Es como un águila al acecho, incapaz de ir contra lo que dicta su propia naturaleza. Si lo observa es porque lo ve, porque lo presiente y siente curiosidad. Entonces yo también observo, y uno que otro pasajero lo suele hacer. El detalle más mínimo cae bajo esa observación implacable de la señorita Estévez. Y todo sucede en el colectivo, cuando va completamente atestado de personas somnolientas que irremediablemente asisten a sus trabajos.

Supongo que es como un festín para sus ojos que aplica inmediatamente tras el pedido urgente de su curiosidad. Por momentos lo he pensado así. Debe haber cierta ansiedad cargada de regocijo en ese acto de escudriñarlo todo. Siempre ubicada en uno de los asientos traseros, sin necesidad de mover mucho su cabeza, se mantiene altiva y alerta. Creo que nadie se ha dado cuenta de su “jueguito” pasajero. Salvo yo, claro. Tampoco sé si se ha percatado que yo la he desenmascarado. En mi creencia diría que no, que ignora que yo soy quien la observa usando su propia técnica. Y eso se siente extraño. Quien observa es observado. Quien pasa desapercibido es percibido por otro. Parece algo cíclico que es ignorado por uno y sabido por otro. Tal vez alguna ley, no lo sé…

Esta mañana ha subido al colectivo y se ha sentado a mi lado. Esa acción me ha puesto muy nervioso, pues me ha sido difícil observarla. Cuando lo hice creo haber percibido que quien era observado era yo. Sentí nervios en esos momentos. La trampa perfecta. Ella, totalmente erguida, se mantenía con la mirada hacia adelante, tal vez observando la nada, o algún que otro pasajero distraído. Sin embargo, me he sentido su conejillo de Indias. Estuve en su foco perimetral por demasiado tiempo. Y es ahí, cuando caigo en ese fino cálculo, donde me he sentido vulnerabilizado.

Después de unas cuantas paradas realizadas por el colectivo he volteado y mirado directamente a los ojos, pero ella no se inmutó. Permaneció rígida, siempre con su mirada al frente, ambas manos apoyadas sobre su cartera y esta sobre su falda. Una estatua de cera tenía seguramente mucha más gracia. Rápidamente he vuelto a mirar al frente. El sudor se apoderaba por completo de mi piel y los nervios caldeaban mi interior. Imposible no sentirse vulnerable a su lado. De ella siempre ha venido ese oleaje de percepción como cual agujero negro es capaz de engullir una estrella enana.

Al llegar a la parada de nuestros respectivos trabajos ha colgado su cartera del hombro, tomado el manillar y dispuesto a bajar. Primero me he levantado yo y caminado por el pasillo, en espera que otros pasajeros descendieran. Y ha sido en ese ínterin que he sentido su mirada en mi nuca, tal vez con una mueca de sonrisa en sus labios, analizando mi cabellera con ánimo de tomar por completo los pensamientos de mi mente. El mundo ha parecido detenerse, volverse completamente sordo e inaudito. Todo ha girado como en una cámara lenta, con extremada lentitud. He bajado los escalones, caminado un par de pasos por la vereda hasta detenerme y luego he volteado para observarla. La vi alejarse con su clásico caminar cansino, cartera colgada, pelo al viento, y me ha parecido ver una estela de satisfacción salir de su rostro. Admito que la he visto bella, con esa belleza tan intrigante como lo es ella por completo. Y he retomado mi camino al trabajo abatido, sintiéndome una presa más de su mirada, de su percepción sensorial.

Tras llegar a la oficina me he sentado al escritorio y observado los edificios, el cielo, la inmensa cantidad de luz que penetra por los amplios ventanales. Pensé en el mar, en las olas, en las cosas finitas e infinitas. En cómo el oleaje suele arrastrar cosas extrañas y dejarlas sobre la playa con la marea. La señorita Estévez es así de extraña. Tal vez un oleaje incompresible la arrime a diario a la playa habitada por muchas personas, pero luego ese mismo mar se encarga de tomarla y llevársela consigo. Y es ahí, en ese mecanismo invisible que pasa inadvertido, en donde sé que jamás reparará completamente en mí. Sólo soy un diminuto y pálido náufrago, en una isla desierta, con una playa demasiada acotada que espera su visita y sufre al momento que la rapta nuevamente el mar y se la lleva consigo.



© Miguel Luis Aguilera




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