martes, 15 de diciembre de 2015

Plomo


Lo escribimos en una servilleta. Primero ella, después yo. Afuera llovía. Diluviaba. Sin embargo, poco importaba… casi nada… nada. La servilleta era quien tenía el foco de atención. Una vulgar y simple servilleta de papel, ordinaria, descartable. “¿Sin rencores?”, me preguntó. “Sin rencores”, respondí. Así debía ser.

Escribió con dificultad. Un poco por el nerviosismo, otro poco por secarse las lágrimas y también porque la servilleta dificultaba el trazo de la lapicera. Escribió… y escribió. Finalmente indicó el punto final con gran presión, como si después de ese punto estuviera un abismo inconmensurable.

“Tu turno”, me dijo.

Tomé la servilleta de papel y sin leer lo escrito por ella comencé a escribir. Al principio tuve demasiados impulsos, pero los frené a tiempo. No debía. Eso mismo me dije. No. Así no. Prolijamente: “Sé que no es fácil…” comencé escribiendo, y luego, entre titubeos y nerviosismo, comencé a explayarme tanto como la vasta llanura de papel me dejó hacerlo. Al terminar también puse un punto, final.

Doblé la servilleta con mucho esmero. Debía quedar así, como un pequeño cofre custodiando un gran tesoro. Abrimos juntos la diminuta caja de madera y ambos, tomando una punta de cada lado de la servilleta doblada, lo colocamos dentro. Luego la cerramos y nos quedamos mirándonos, en silencio.

“Que así sea”, dijo ella.

Asentí con mi cabeza.

“Nos falta nuestra firma… y la fecha”, dijo casi sollozando ella.

Sí, faltaba eso. Firmamos sólo con nuestros nombres y luego yo añadí la fecha… ¿acaso importaba?

Entonces nos levantamos, nos saludamos con un beso tibio en las mejillas, y cada uno tomó su rumbo, el itinerario que debía seguir en su vida.

La caja de madera quedó en mi mano. Me aferré a ella como si se tratase de un tesoro invaluable. “Eres mía”, dije en susurros. Sin embargo, habíamos hecho una promesa. Habíamos prometido nunca abrir la caja, a menos que la vida volviera a juntarnos. Sabiéndolo sentía el enorme peso de la diminuta caja en mis manos. Pesaba como miles de toneladas de plomo, por más que ella fuera tan diminuta. Dentro estaba mi deseo, y también el suyo, y aún hoy no sé si se ha cumplido.




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