viernes, 8 de abril de 2011

Los cien relatos




- Hay un juego que solía jugar de niño –dije mientras contemplaba el resplandor de la leña ardiendo-, me lo enseñó mi abuelo. Lo jugábamos en las salidas de campamento de la escuela cuando nos reuníamos muchos niños, pero también puede jugarse entre pocas personas alterando un poco el reglamento.
- ¿Qué juego es ese? –preguntó Daniel.
- Se llama el juego de los cien relatos. Creo, no estoy seguro, que es de origen japonés. No es difícil. Se trata de que cada jugador escribe un relato y luego, alrededor de un gran fogón siendo ya de noche, lo lee para todos los demás. El relato puede ser de cualquier índole, pero a muchos les gusta lo supernatural. Cuando se lee el relato número cien todos deben quedarse en silencio y solo debe oírse el crepitar de la leña en el fuego. Dicen las reglas que en ese momento algún fantasma aparecerá desde la espesura de la noche.
- Suena muy fantástico, ¿no?
- Sí, pero debo decir que de niño solíamos escuchar sonidos extraños tras el último relato leído.
- ¡¿Lo jugamos?! –propuso Verónica.
- Juguemos… -dije yo.

Esto que cuento data de 1957, precisamente del día que acampé con mis amigos en un cerro de las sierras de Córdoba. En una noche espléndida, cubierta de un manto de estrellas fulgurantes, decidimos dar inicio al juego de los cien relatos. No éramos cien, pero sí unos quince dispuestos todos alrededor de una gran fogata que no solo nos iluminaba sino que también entibiaba nuestros cuerpos del asedio del frío nocturno.

Comenzamos la lectura de los relatos en sentido anti-horario. No era por nada en especial, tan solo fue una decisión unánime. Primero leyó su relato Juan. Hablaba de pérdida y soledad. Luego fue Ernestina, la pareja de Juan, quien habló de desamor y tristeza. Así continuaron hasta tocarle el turno a Daniel el cual leyó un relato muy triste que hablaba de pérdidas humanas y su condolencia. Verónica quiso ir al núcleo y habló de fantasmas y espectros. Finalmente yo escribí y leí un relato sobre la muerte. Fui el último. Tras el punto final y ya no pronunciar más palabras llegó el silencio.

Solo se escuchaban el crepitar de los leños y el sonido de una lechuza blanca que moraba en un árbol cercano. Lo demás, la noche. Una noche clara, iluminada por las estrellas y una luna menguante. No se parecía en absoluto a una noche fantasmal, tampoco a que fuera el momento propicio para que un espectro decidiera salir de alguna tumba y escalar el cerro. Aguardamos un buen tiempo mirándonos los rostros y cada tanto espiando sobre nuestros hombros el paisaje que nos contenía. Nada anormal sucedía.

Verónica comenzó a impacientarse y fue la que rompió el silencio.

- ¿Crees de veras que el juego de tú abuelo tiene fundamento? –me preguntó.
- Lo creo, sí.
- Sin embargo a mí no me parece –dijo ella mientras los demás asentían poco a poco-. ¿Acaso ves algún fantasma?, ¿escuchamos el movimiento de las ramas por algún espectro?

Entonces nos quedamos ambos con la mirada clavada el uno en el otro. En ella podía advertir cierto fastidio. Esa cuota de ansiedad y desilusión que saca de sí a cualquiera.

- Tal vez ya hemos visto los fantasmas –contesté.
Ella echó a reír y los demás poco a poco también. Lo que parecía algo serio prontamente terminó siendo algo alegre y risueño.
- ¿Por qué no ríes? –me preguntó Daniel.
- Pues porque yo sí vi fantasmas –respondí.
- ¡Vamos!, ¿acaso estás loco o ves visiones?
- No, acabo de ver varios y se hicieron presentes aquí, delante del fuego.
- ¡Mientes!
- No, no miento, amigo –dije yo-. Mientras cada uno de ustedes leía su relato un fantasma emanaba de ellos. Los relatos que eligieron para leer no tenían ninguna consigna. Eran de temática libre. Sin embargo cada uno de ustedes eligió temas de sufrimiento y pena para el alma. De ellos se dibujó un fantasma. Eran fantasmas grises cargados de odio, dolor y aflicción. Danzaban frente al fuego y gozaban de su momento mientras cada uno de ustedes con sus palabras y párrafos les impulsaban a vivir. La leña ardiendo les daba tibieza y ustedes vida.

Fue entonces que se produjo un profundo silencio.

Volvió a oírse el crepitar de la leña y chispas rojizas se alzaban hasta el cielo como si una fuerza superior las invitara a visitarlo. Contemplé sus rostros por un rato y vi en ellos mucha pesadumbre. Como si de algún modo aquello que yo había dicho fuera un motivo de profunda reflexión. De repente, casi sin darme cuenta, tuve la extraña sensación de ser absorbido por el pensamiento de todos mis amigos.

- Tú fantasma entonces fue el peor –dijo Verónica.
- Tal vez sí –respondí-. El fantasma de la muerte es el más temido, al que todo desean evitar. Sin embargo nunca le temí. Al contrario.
- ¿No le temes?
- No. Pues hay que morir una vez en la vida para ya no temerle –respondí.

En ese momento el silencio volvió a caer sobre todos. Ahora las miradas quedaron fijas sobre las llamas, y la noche, como si fuese una enorme manta, nos cobijó a todos debajo de las estrellas.


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(Imagen: http://28.media.tumblr.com/tumblr_ljb03oCslr1qhttpto1_r1_500.jpg )

6 comentarios:

  1. ¿los liberaron con los relatos? ¿estaban en uritorco?
    me dieron ganas de jugarlo no por lo fantasmal sino por los cien relatos entorno a un fuego.

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  2. Un texto que sin duda, llama a la reflexión.
    A menudo lo que surge como un juego para puro entretenimiento, se convierte sin darnos cuenta en desahogo puro y duro.
    creo que estos son los fantasmas de este juego: nuestros miedos, inquietudes, pesares y anhelos, reflejados en cuentos.
    Un abrazo!!!

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  3. @ROCHITAS:

    jajajaja ¡Noooo, no hubo nada de liberación! jajaja

    Naaaaa ni idea dónde andaba el personaje, pero no creo que sea el Uritorco, sino en vez de fantasmas hubiera visto aliens.

    Podés armar tú juego si querés. Empezá nomás :)

    Saludos.

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  4. El juego no es pura fantasía... siempre ponemos en él nuestros más profundos sentimientos...
    Muy buena historia...!

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  5. @REINA:

    Sí, puede ser, y eso de poner lo mejor de nosotros al jugar es totalmente cierto.

    Gracias por siempre pasar.

    Saludos.

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