lunes, 23 de noviembre de 2009

Doce corbatas




A decir verdad me gusta que Silvia sea risueña. Es contagioso, y contagiarme de esa sana enfermedad me agradaría. El martes pasado estuve a punto de decirle lo bien que me caía pero no me animé, caí en esos pozos profundos de los que no se puede huir fácilmente, me arrastraba y no pude salir hasta el otro día. Cuando estuve en la superficie Silvia se había marchado. Y una vez más la historia se repite: Silvia, yo, su carácter risueño, el tiempo que se me va como si no existiese a su lado, los momentos que atesoro cuando estoy junto a ella, su belleza, mi vergüenza, y supongo que mi amor por ella. Creo que después de todo se trata de amor, sí.
Lo que más me gusta de ella es el momento que pronuncia mi nombre, lo hace con gracia y una sonrisa más que contagiosa. A veces pienso que se transfigura en un ángel, entonces cuando estoy pensando eso y ella me observa con sus bonitos ojos yo tan solo miro fijamente el piso o cualquier punto fijo, me hago chiquito, corro, salto y finalmente huyo, lejos, tan lejos como mi vergüenza me impulsa.

Tengo doce corbatas. Todas son muy variadas, algunas con colores vivos, otras a lunares, a rayas, con
motivos infantiles y solo una es negra. Por las mañanas al levantarme y ponerme una corbata pienso en Silvia. Miro el espejo, me veo reflejado en él, y detrás mío está ella, en pensamientos, haciendo morisquetas, indicándome si esa corbata que me estoy anudando es de su agrado o no. A su vez otro pensamiento me suele asaltar cuando el primero aún está activo y es que me siento como el personaje de Gregorio Samsa en la metamorfósis de Kafka. Algo así como mitad insecto y mitad hombre. Una confusión entre la rareza y lo súmamente humano. Una lucha increíble y apocalíptica dentro de mi interior. Definitivamente mi interior debe tener matices tan variados como mis corbatas.

Por las noches tengo una baúl debajo de la almohada. Lo mantengo allí en secreto, ni siquiera Silvia sabe de él. Está lleno de esos pensamientos tan míos que suelen asaltarme en cualquier momento de mis días. Los guardo allí y a veces, no siempre, tras no poder dormirme abro el baúl y los extraigo para analizarlos, volver a pensarlos o bien revivirlos. Últimamente pienso mucho en hacerle el amor y cómo sería sentir su piel y sentirme dentro de ella. Creo que ese pensamiento me apasiona, me abarca completamente. Lo saco a menudo del baúl y lo escenifico tal como las distintas variaciones de corbata que tengo. Cuando me sorprendo dándole forma a ese pensamiento es que caigo en la cuenta de mi amor y deseo por ella, y a su vez de cuán gruesas son las paredes de la celda en que me sumo por ello. Si Gregorio Samsa me viera no se sentiría tan raro, ni tan solo. Somos dos insectos, por decirlo de alguna manera. Bichos raros que tejemos nuestras vidas personales como podemos cayendo de vez en cuando en abismos como para no perder la costumbre. Me gustaría escuchar la risa de Silvia cada vez que caigo a uno de esos abismos, pero rara vez la escucho, por lo general todo es silencio o un ruido a viento feroz.

Silvia vendrá el sábado y cenaremos juntos. Las casa está arreglada, el balcón limpio y con las macetas rebosante de plantas hermosas mirando hacia el sol. Mis corbatas están perfectamente acomodadas. Mis trajes duermen planchados y con rico perfume en perchas colgando dentro del placard. Todo está como siempre, en perfecto orden. Esta mañana tras desayunar y contemplar la casa me senté en medio de la sala y observé todo en silencio. Lentamente giraba la cabeza hasta que me enfrenté al espejo y ahí estaba yo, mirándome a mí mismo. Silvia no apareció detrás, pero sí lo hizo un rayo de luz que entró por el gran ventanal. Las paredes tomaron un color anaranjado y la casa pareció llenarse de vida, yo me sentía como viviendo un sueño, quise tirarme a la cama para abrir el baúl pero me dije que no, que dejaría por un momento de guardar recuerdos para sentir y tener vivencias. Y me vi sonreír al espejo. Entonces Silvia sonrió detrás mío. Ambos sonreímos. Entonces entendí que todo se trataba de luz, que la necesidad era luz, que con luz podían las paredes de la celda tomar distintos colores y matices, tal como mis corbatas. Pensé en contarle a Gregorio Samsa mi descubrimiento, y creo que lo haré.

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6 comentarios:

  1. Que bonito Miguel, que bello escribes.
    Mil besitos!!!

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  2. Parece un boceto sea imaginario o real por Silvia, una pintura que reúne todos los colores...

    Besos y abrazos, de vuelta.

    Monique.

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  3. @SONIA:

    Ey baby, ¿qué tal?, tanto tiempo...

    Como siempre leyendo mis escritos. Un gusto verte por acá. Espero estés bien.

    Beso.





    @SILVIA:

    Gracias. Fiel lectora :)

    Beso.




    @CONCIENCIA PERSONAL:

    Qué alegria verte por acá Monique. Tanto tiempo :)

    Supongo que él sentía cosas muy profundas por Silvia.

    Beso.

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  4. @VERÓNICA ROVIRA:

    Bievenida a mi blog.

    Aún no escribí ningún libro, tan solo textos que publico aquí.

    Saludos :)

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