viernes, 4 de diciembre de 2009

paréntesis


Una vez imaginé vivir dentro de un par de paréntesis. Eran altos, creo que estaban en negrita, se veían bien plantados en la tierra y se mantenían imponentes haciendo que los admirase. Mi mundo, el mundo que me acogía, estaba contenido dentro de ellos. Todo lo que hacía a mi vida se movilizaba dentro de los paréntesis. Mis vivencias estaban allí, atrapadas en una burbuja invisible, detrás de delimitadores que ejercian seriedad y robustez a la hora de permitirme, o no, ir más allá, o de poder realmente intentar algo nuevo.

Fue un día de esos, mientras habitaba en mi mundo acotado, que tomamos un café con ella en un bar al aire libre. No nos conocíamos, nunca nos habíamos visto ni sospechábamos quién era quién. Esas cosas suelen parecer fantásticas, pero de eso no tienen nada, al contrario, contraen los nervios, generan ansiedad y por sobre todo no traen un antídoto para la desilusión. Sin embargo nada de eso pasó aquel día. Se sentó delante de mí, se presentó extendiéndome la mano y me sonrió. Por un instante sentí que el paréntesis que cubría mi retaguardia había desaparecido. Esa sensación me intranquilizó pero a su vez me dio confianza en mí mismo. Era una de las mujeres más bellas que había visto en mi vida. Es que la belleza no solo es estética sino una gran magnitud de otras cualidades que las féminas suelen derrochar por doquier.

Hablamos poco, nos miramos mucho, nos sonreímos con complicidad durante todo el rato, y al momento de despedirnos besó mi mejilla y susurró a mi oído palabras que nunca olvidaré, no por lo que ellas significan, sino por cómo me las dijo y por cómo todas mis hormonas se alistaron en fila preparadas para la guerra tras escucharlas.

La vi perderse en la multitud y darse vuelta para sonreírme y saludarme. Entonces trepé hasta la cima de uno de los paréntesis, justo el que estaba a mis espaldas. Ahora estaba en la cima de mi mundo. Desde allí contemplé todo lo que había en los otros mundos contiguos y pude ver como ella se alejaba hasta hacerse diminuta, invisible. Algunos de esos mundos se veían acotados por corchetes, otros por ideas, otros por paredes invisibles. En cada uno se erigía un mundo distinto al mío, pero mundo al fin. En algunos se amaba, en otros se odiaba, y en otros la soledad los hacía ver como una cárcel de máxima seguridad. Abracé al paréntesis y me deslicé caída libre hacia el suelo, así, como un bombero en una emergencia de incendio.

Volví a mi vida cotidiana. Volví al trajinar diario que poco a poco me fue consumiendo sin darme un extra por todo lo que día a día he dejado. De ella me quedó el recuerdo del contacto de su piel y del tono de su voz. Por esos días pensé en los tesoros invisibles que aparecen en la vida sin aviso. Tal como si fuese un juego de computadoras, que te da vidas y premios, esos tesoros invisibles cumplen la función de hacerte ver la vida misma con otros ojos, tal vez como si fuese una especie de binoculares especiales. Así veía mi vida dentro de mis paréntesis cuando pensaba en aquella mujer.

Fue uno de esos días que me emborraché. Tomé más de la cuenta y caminé sin rumbo en medio de la madrugada. Oscuridad espesa y dolor de cabeza. Todo se movía, inclusive el mismo mundo se movía a mis pies. Me senté en el suelo apoyando mi espalda contra un paréntesis y con mi mano intenté acariciar su superficie. Me sorprendí y me horroricé a la vez. Mi mano pasó de largo, no había tal superficie, y mi espalda tan solo apoyaba en un viejo árbol de una vereda. El paréntesis no existía. Solo yo podía construirlos, pensé. Al pensar aquello tomé mi cabeza entre ambas manos y lloré. Lloré mucho. Mi mundo ya no era mi mundo y tal vez aquella mujer ya no sería la misma mujer. Seguramente todo era obra de mi imaginación. Me había encapsulado en un mundo propio, sin ver la delgada línea que me separaba de la simple realidad.

Volví a mi casa haciendo zig-zag por la calle. El alcohol ya había hecho extragos en mi estómago y el amanecer aún dormía. Me pareció presentir que las cosas a mi paso habían cambiado. Las plantas parecían más vivas, el olor que arrastraba el aire distinto y hasta las casas más decoradas o bonitas. Algún que otro perro se cruzó en mi camino esquivándome como si un ser despreciable quisiera comérselo. Tras llegar me acosté. Cerré los ojos y todo me daba vueltas. En aquella oscuridad una puerta se abrió y aquella bella mujer caminando de manera sensual y provocativa se acercó a mí. Me desnudó completamente y sin decir palabra alguna me practicó sexo oral. No podía salir de mi asombro, tampoco quería hacerlo. Ella había vuelto y ahora estaba dándome placer. Tras acabar me miró con una bella sonrisa y volvió caminando hacia la puerta y antes de cerrarla noté una lágrima en su mejilla deslizándose lentamente. No entendí lo que la lágrima significaba. Cerró la puerta y la oscuridad volvió a apoderarse de mí.

Desperté por el calor de los rayos del sol en mis mejillas. La cortina se ondeaba plácidamente por el aire fresco de la hora de la siesta que entraba por la ventana. Estaba desnudo, completamente desnudo, en mi cama. No entendía nada. Me dirigí a la ventana con un gran dolor en mi cuerpo y miré las casas del barrio. A una cuadra de distancia estaba ella, la mujer del bar. Caminaba de la mano de su esposo muy felizmente. Al final de la calle, donde el mundo parece terminar, estaba un paréntesis, orgullosamente plantado indicándome donde todo debía terminar. Los deseos, me dije, pueden convertirse en bellos sueños, y con un poco de suerte en realidad.

Safe Creative #0912045063813

2 comentarios:

  1. Todos quisieramos un parentesis en nuestras vidas, al menos alguna vez...
    Me gusta tu estilo, tu forma de narrar cada historia. Haces que me traslade a esos lugares y a esas situaciones, y eso me encnta.
    Sencillamente, genial Miguel. Mi enhorabuena amigo mio.
    Mil besitos!!!

    ResponderEliminar
  2. @SILVIA:

    A veces necesitamos el paréntesis, lo buscamos pero no es fácil verlo. Otras tantas veces estamos tan metidos dentro de ellos que no nos damos cuenta. Pienso que los pasajes de la vida son así, momentos de extroversión e introversión.

    Besos y gracias, amiga.

    ResponderEliminar