miércoles, 13 de octubre de 2010

«Sigue, sigue, tú puedes escribir una novela...»



He tenido el mismo sueño dos veces en mi vida. Es un sueño en el cual aparezco conduciendo un automóvil por una ruta bastante desolada. De vez en cuando algún que otro vehículo me cruza, siempre de frente, nunca de atrás, nadie me sobrepasa. Avanzo. Me concentro en la ruta y siento la sensación de tener apuro. Afuera es de tarde. Casi no hay sol, sí muchas nubes que poco a poco se tornan grises. Mirando a través de los campos hacia el horizonte el cielo me da una completa sensación de frío y soledad. Me imagino que hace frío porque me veo las manos y un grueso sobretodo. De repente el automóvil se para. Algo no anda bien. Intento adivinar que es pero no tengo los suficientes poderes mágicos. Entonces me echo a correr. Siento que el tiempo apremia. Una sensación de desesperación por llegar a un punto que desconozco poco a poco comienza a apoderarse de mí. Sigo corriendo. Lo hago con fuerza, con agilidad. Arrojo el sobretodo y me veo con ropa floja. Ha llovido, lo observo en el suelo.

Al rato llego a una bifurcación del camino. El viento se siente frío ingresando a los pulmones. Noto la respiración entrecortada y un miedo atroz que me ayuda a sentir cierta especie de asfixia. Miro hacia un lado, miro hacia el otro. No sé cuál es el camino que me lleva al lugar que deseo ir. Tampoco sé adónde deseo ir. Pero en el sueño presiento que lo sé. Cuando elijo uno de los caminos y reanudo mi carrera alguien aparece. Está montado sobre una bicicleta. Ha salido de la nada. Me dice que no, que no es el camino que debo tomar. Que es el otro el camino a la ciudad donde yo deseo ir. Sin pensarlo giro y sigo carrera por el otro camino. Volteo y observo de soslayo al ciclista. Lo saludo con mi mano. Creo que no me ha visto.

Corro. Sigo corriendo. De repente estoy con mi familia. Mi madre, mi padre, y una hermana. No sabía que tuviera hermana me digo. Intento ver su rostro pero no lo consigo, el sueño me lo muestra borroso. Pero es ella, mi hermana, lo presiento. Mi madre se alegra de verme. Sé que es mi madre pero no como mi madre real. Mi padre, el del sueño, me llena de consejos y veo en sus ojos la sombra del temor ante mi partida. Porque deseo seguir corriendo, sé que debo seguir corriendo.

Salgo afuera por la puerta del frente. Estoy en el jardín. Miro la fachada, observo el jardín, me familiarizo con las manchas de hongos en las paredes, con el color de las mismas, con las rejas, con el susurro de los árboles. Es mi casa –me digo. Al atravesar la puerta de reja mi padre me toma por el brazo. Pregunta en un tono cansino si estaré bien, a lo cual yo asiento, un poco con hipocresía, otro poco con abatimiento. Me echo a correr nuevamente. Queda poco tiempo.

La calle está llena de barro. Las zapatillas se me hunden. Soy presa del fango. Las piernas me pesan. Resbalo y caigo, pero no antes sin poner mi mano derecha en el piso y evitar una caída completa. Mi mente estalla y dice: «Sigue, sigue, tú puedes escribir una novela» y entonces saco fuerzas de cualquier lado (seguramente de lados que desconozco de mí mismo) y corro hacia el horizonte, hacia la ciudad que es mi meta.

Entonces despierto. Siento paz y tranquilidad. La luz del nuevo día se cola por las rendijas de la persiana del ventanal y sé que he vuelto. Me pregunto si habré llegado a la ciudad. Tal vez, me digo. Hay mucha quietud en el cuarto.

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(Imagen: http://purple-socks.webmage.com/writer.jpg )

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