jueves, 18 de febrero de 2010

Raíces nuevas


Cuando mi mujer volvió de trabajar dejé de sentirme solo. A veces la soledad del departamento me asfixia. Es como la horrible sensación de tener una bolsa de nylon en mi cabeza y ajustada a mi cuello. Nos sonreímos ambos y nos dimos un beso a secas. Ella tomó una silla y se sentó alrededor de la mesa apoyando los codos sobre la superficie y las manos en sus mejillas. Noté que algo andaba mal. Tal vez era cansancio. Le conté que al volver de mi trabajo por debajo de la puerta había un telegrama el cual señalaba que su madrastra había muerto.

Ella suspiró y dijo:

- ¡Ufff! ¿Murió? –Luego añadió: Bueno, pobre, supongo que así lo quería el destino, ¿no?

Y lentamente, sin cambiar su postura, sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas que caían lentamente por las mejillas hasta estrellarse en la mesa. Me causó una profunda tristeza verla así pero algo me sujetaba a la silla y me impedía salir despedido a abrazarla y contenerla.

Entonces dijo:

- ¿Sabes?, creo que cada uno de nosotros tiene un destino escrito en algún sitio y que la vida se encarga desde niños de marcárnoslo; pero no lo sabemos ver, puede que lo tengamos frente a nuestros ojos y que lo ignoremos, o pensemos que solo se trata de pensamientos superfluos o divagues de nuestro subconsciente.
- Tal vez –respondí- Creo también en el destino. En mi veintena llegué a sostener que podíamos escribir el destino de nuestras vidas a nuestro antojo, pero poco a poco, a medida que fui creciendo y pasando aquellos años alocados, me di cuenta que no era tan así, que si creía en un orden cósmico debía existir también un orden para caminar por nuestras vidas.

Mi mujer rompió a llorar amargamente. Me pude librar de la atadura invisible que me contenía a la silla y corrí a contenerla. Me abrazó fuerte, muy fuerte, mientras notaba que con los dedos de sus manos parecía estar buscando algo en mi espalda. En aquel instante pensé en que hacía mucho tiempo no veía a alguien llorar tan amargamente. Eso me deprimió, me causó mucha amargura y más sintiendo que esa sensación emanaba de la mujer que yo mismo amaba mas que a nadie en el mundo.

De a poco fue cesando su llanto y fue dando paso a pequeños espasmos y contracciones causadas por el mismo. Yo tan solo acariciaba su pelo y lo besaba con diminutos besos de vez en cuando. Mientras estuve así mi mirada se quedó roma y recordé el momento que mi abuelo me habló sobre el destino. Yo no pasaba los ocho años de edad y había descubierto, por curiosidad de niño, un libro guardado en uno de los cajones de su casa. El libro hablaba de un niño que vivía en un asteroide y que había caído a nuestro planeta en medio del desierto. Mi abuelo me hablaba maravillas de aquel libro y decía que la vida siempre nos sorprendía con cosas insospechadas, que el destino era inevitable y que las sorpresas de toparnos con gente maravillosa podía estar sobre un asteroide o sobre la misma Tierra. Hice de aquel libro uno de mis preferidos, aún de adulto.

Cuando mi mujer dejó de llorar abrimos una copa de vino y brindamos por el alma de su madrastra. Bebió lentamente un sorbo de Malbec y me dio un diminuto beso en los labios. Aún con sus ojos rojos por el llanto y sus facciones abatidas noté que a pesar del dolor el amor emana de un ser humano como raíces nuevas en plena primavera.

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domingo, 14 de febrero de 2010

Las grietas del pilar

 

Tuve la sensación devastadora de una muerte inesperada el mismo momento que dándose media vuelta me dijo adiós. Uno cree que la amistad no muere y que es para siempre, o al menos eso quiere creer y a eso tiende a aferrarse. Tras verlo caminar lentamente después de la gran discusión de aquel día sentí que lentamente parte de mi ser iba desprendiéndose paulatinamente con sofocones de calor y un dolor tan agudo que ya casi no era dolor sino algo jamás pensado. Yo por entonces era un muchacho recién salido del capullo, con extrema exposición a los azotes nuevos de la vida. La amistad era, a mi modo de ver, el único lazo importante que mantenía en pie gran parte de los pilares de mis principios; por tal le daba un importante lugar en mi vida diaria el cual permitía cultivarla y mantenerla siempre vigente. Sin embargo, aquel día, tras nuestra despedida sentí que el pilar se había resquebrajado, que el templo sagrado se fisuraba y tanto yo como mis principios corríamos el terrible destino de perecer.

En la oscuridad de aquella calle me quedé solo. El invierno era duro, más que otros años, y el brillo de las estrellas en la noche helada parecía distinto al de otros cielos que yo recordara. Encendí un cigarrillo, levanté el cuello de mi sobretodo, y decidí volver al departamento que alquilaba a escasas cuadras del centro de la ciudad. La lóbrega oscuridad se cernía sobre los viejos edificios y todo el mundo estaba en sus departamentos al lado de los calefactores o las estufas junto a sus seres queridos o en soledad, algunos tal vez amándose, otros teniendo sexo, o bien ahondando aún más la brecha que los separa los unos a los otros, pero nadie, nadie, caminaba por las calles. El humo del cigarrillo dejaba una estela blanca tras de mí tal como un barco a vapor deja su señal en un río al anochecer. Interiormente estaba destruido, acongojado, mis ojos llenos de lágrimas ardían ante el aire frío de la noche. Intenté pensar en nada, quitar aquel momento que desencadenó la locura y la posterior pérdida, pero no pude. Fue demasiado para mí. Aún no sabía con exactitud que me había dolido más, si encontrar a la mujer que amaba siendo penetrada por mi mejor amigo o ver que mi amistad había sido traicionada por la carne plagada de vicios. En ese momento no me sentí traicionado por aquella mujer, dudé entonces de mis verdaderos sentimientos por ella. Es que los hombres somos así, tenemos esa medida oculta en nuestro interior que solo en dosis justa resulta amor, de lo contrario no es nada, tan solo instantes más de nuestras vidas dedicados al placer y la hipocresía. Al llegar al café Crocatto, crucé la calle saltando los charcos y cayendo justo sobre los adoquines. Un viejo borracho dormitaba al lado de la puerta y aún así, sumido en profundo sueño bajo el frío incesante, extendía su brazo con un tarro pidiendo limosna. Eché una moneda en aquel tarro y ni siquiera el ruido del metal despertó al viejo. Tras quitarme el abrigo me senté en la barra y pedí un whisky doble, sin hielo. La necesidad de tomar algo fuerte y calmarme era imperiosa. ¿Porqué me la agarré con él y no con ella?, ¿acaso no hubiera sido menos dolorosa echar a aquella puta a la calle y desenfocar la culpa de mi amigo? Las preguntas me llovían y las respuestas estaban en sequía. Tomé el whisky de dos grandes tragos y me quedé ahí, inmóvil, mirando a través de la ventana como la noche oscurecía más y más la calle, borrando de a poco las imágenes, escapando lentamente al dolor y palpando minuciosamente las grietas del pilar dañado.

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(Imagen: MARGARITA SIKORSKAIA http://www.sikorskaia.com/ Gracias Froiliuba por el aporte)

sábado, 13 de febrero de 2010

El embrujo de las palabras


Los que me conocen saben que escribo desde hace mucho tiempo, los que me conocen más profundamente saben que lo hago desde niño y los que no me conocen se están enterando ahora mientras leen esta entrada. Desde que comencé a escribir nunca me sedujo el hecho de participar en talleres literarios, o enviar mis escritos a webs que generosamente me invitaban a participar. Tampoco me seducía la invitación de varias editoriales de aquí, Argentina, ni de países latinoamericanos que me invitaban a participar en antologías o en concursos literarios. Tampoco fui capaz de escribir aún mi primera novela. Muchas negativas para algo que me gusta tanto ¿El porqué? No tiene una respuesta simple, tal vez sea una mezcla de mi propia manera de ser y de cómo siento la escritura. Escribir es para mí como charlar. Las escenas se dibujan fácilmente en mi mente y no necesito nada más, en realidad sí, un lápiz y hojas o simplemente una computadora con un procesador de textos. El blog fue a lo único que me atreví. El blog fue el medio en donde siempre he querido mostrar mis escritos. Y esas ganas tienen un trasfondo, un porqué. Siempre pienso que un escrito puede perdurar en el tiempo y hay personas que pueden leerlo hoy, mañana o tal vez dentro de varios años y la sensación que les producirá será única hoy, mañana y dentro de tantos años.

Hubo gente que se cruzó por mi vida -vida un tanto bohemia tal como soy yo- y tras conocerme y ver mis aptitudes de escritor me impulsó a escribir una novela, o cuentos, y que los publicara. Me incitó a participar en concursos literarios ofrecidos por editoriales o bien a registrar mis escritos para luego enviarlos a editoriales nacionales. Siempre he pensado que no escribiría para ganar dinero y ahí radicaba siempre la discusión central. Yo escribo porque me gusta y porque a veces tengo el sueño de que millones de personas lean una novela mía y marque parte de sus vidas. Es un gran sueño, pero es parte de nuestra existencia humana. Sin sueños no hay nada. No sé cuando escribiré esa novela pero algún día lo haré. Pero no será impulsado por ser un nombre en una lista de escritores, o por el dinero o bien por esa estúpida “fama” a la que todos idolatran por tener un libro publicado (hoy por hoy cualquiera publica un libro con algo de dinero y las editoriales están a la caza de ello). No. Será un impulso genuino cuando me sienta listo para ello.

Hace un tiempo envié por primera vez un texto mío que publiqué en uno de mis blogs a un blog de taller literario, a saber, KAPASULINOS. Cuando vi su web me dije a mí mismo, ¿porqué no? Tal vez ya sea tiempo de empezar a enviar lo que escribís. Y eso hice. Han publicado mi texto y eso me dio una sonrisa. Con esta entrada quiero agradecer a ese grupo también porque si bien ni ellos ni yo nos conocemos ambos tenemos el vínculo en común que es la literatura.

Las sonrisas son generadas por la lectura de un lector, lo que de él emana, aunque sea en silencio. Cuando alguien después de leer un texto que he escrito me dice que se puso en la piel del personaje, vio la escena o simplemente leyó en silencio y sin comentar pensó que era un buen texto automáticamente me arranca una sonrisa de satisfacción. No sé cual es el embrujo de las palabras, ni la magia de las historias, solo sé que es algo bonito que posee esta vida y así como muchas veces soy lector y disfruto de la magia que grandes escritores me ofrecen, otras tantas puedo yo mismo hacer sonreír a alguien con mi prosa.

A continuación dejo el link del texto publicado por si quieren releerlo y a todos siempre darles las gracias por estar presente en mis blogs.



Miguel.

sábado, 6 de febrero de 2010

El vidrio empañado


Después de tanto tiempo logró encontrar su número en la guía telefónica. Sabía que buscando por su apellido paterno tenía posibilidades, y el éxito estuvo de su lado. Aún cuando la noche se sumía en la profunda oscuridad y la lluvia daba el escenario lúgubre para que todo encajara como un perfecto error Nicolás no dudó en llamar. Entró al café de la esquina, pidió el teléfono semipúblico y con sus manos húmedas por la lluvia y temblorosas por la acción que acometería marcó finalmente.

Se sorprendió al escuchar la voz de ella. Jamás pensó que ella atendería a primeras. Después de tantos años aquella voz parecía igual, nada la había alterado, le pareció como que el tiempo había transcurrido para todo pero no para esa voz. Sonrió tímidamente mientras apretaba fuertemente el auricular contra su oído. Ella estaba ahí, del otro lado de la línea. Los mismos labios, el mismo perfume, los mismos ojos y porqué no la misma mueca que siempre se producía en sus pómulos cuando se impacientaba por algo. Ninguna palabra brotaba de los labios de Nicolás, sin embargo su mente lo avasallaba con ellas y con frases y preguntas que lo confundían enteramente. Estaba obtuso, totalmente bloqueado. Entonces lo entendió, llamarla ha sido una estupidez.

- ¿Hola?, ¿quién es?, ¡si es algún estúpido queriéndose hacer pasar por vivo mas le vale que se vaya al diablo! –dijo ella de modo encolerizado.

Nicolás colgó el tubo. Aunque la voz sonara igual, aunque su mente generara y reprodujera a la perfección el olor de su perfume, el brillo de sus ojos, o la mueca característica que sus pómulos dibujaban, aquella mujer no podía ser la misma. O tal vez él mismo ya no era el mismo. Supo que todo lo que había pensado era erróneo, que era imposible volver a hablar en la cama como lo hacían después del sexo, o de mirarse como cuando jugaban a seducirse, o tal vez de leer libros en silencio y pasar horas y horas uno sobre el otro mientras lo hacían. Un cigarrillo, eso mismo, un cigarrillo es lo necesario para aplacar los nervios y encaminar el vacío. Lo enciende y mira por la ventana cómo el cielo parece anunciar otro diluvio. Y en el vidrio empañado, alguien, no sabe quien, a dibujado un corazón al cual una flecha lo cruza y que lentamente se destruye cuando las gotas de humedad lo recorren.

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lunes, 1 de febrero de 2010

metamorfósis

- Discúlpame por llegar tarde, el tren venía atestado de gente y en los andenes era casi imposible transitar. Ya sé, te conozco, no es excusa, aunque preferiría que esta vez me creas. –dijo Eleonora al llegar al café de la calle Tobal al quinientos.

- Esta vez te creo. Sí –rió Nicolás- te creo, aunque vos no creas que yo te creo.

- Bueno, entonces me quedo por primera vez con un “te creo” de tú parte, Nico –y ella también echó a reír.

- ¿Cómo estás? Cuando escuché el mensaje en el contestador automático te noté bien, después de mucho tiempo, bien. Creo que pensé eso por tú tono de voz. Me sonó segura, como antes, así, como cuando estabas bien realmente.

- Estoy bien. Sí. Para eso te llamé, para contarte que por fin estoy bien, amiga.

- ¿Tema concluido?, ¿ya no más fantasmas ni pensamientos que merodean en las horas de madrugada? –dijo Eleonora de manera inquisidora.

- Ya nada de eso. Ahora todo pertenece al olvido.

- ¿Olvido?

- Sí, al olvido. Digamos que soy un hombre que logró agacharse y trazar una línea en el suelo, la cual logra separar el camino viejo del nuevo. Ambos sabemos que no fue fácil, eres mi mejor amiga y me conoces a la perfección, y por ello hoy puedo decirte que todo acabó.

- Olvido. Nicolás, esa palabra me causa tanta rareza al escucharla ¿Qué es el olvido?, ¿realmente piensas que la gente olvida, que uno mismo olvida? Yo más bien creo que el olvido es esculpir parte de nuestra memoria dando así un toque nuevo a algo que si no lo disfrazamos, o no lo esculpimos un poco, nos seguirá lastimando. Yo no podría olvidar parte de mi vida, aún en épocas donde sufrí. La gente tiene tendencia a querer olvidar los momentos de su vida que transitó al lado de alguien que ya no está a su lado y le causó dolor o desamor. Genera oasis y desiertos. Un oasis por allá sería un puñado de recuerdos felices, un amplio desierto por acá sería un enorme párrafo de la vida de uno borrado a propósito por el solo hecho de no admitir determinados efectos colaterales del amar.

- …

- No te quedes en silencio, Nicolás. Discúlpame si soy bocona como siempre, pero no creo en el olvido. Creo en la aceptación, en la madurez y en recordar los momentos vividos con una sonrisa o seriedad, pero siempre con un pensamiento de afrontar el crecimiento con sus acciones colaterales.

- No, está bien –dijo Nicolás- solo pensaba en eso del olvido. Puede que tengas razón. He intentado guardar todo el polvo debajo de la alfombra durante mucho tiempo. Y lo había logrado hasta que te sentaste ahora en frente mío. Me conoces demasiado bien amiga.

- Es que te quiero –comentó Eleonora con una amplia sonrisa que iluminó su rostro. Detrás, a lo lejos, fuera del café, los trenes seguían arribando a la estación.

- Ahora que te puedo mirar a los ojos caigo en la cuenta, querida amiga, que he puesto a la sombra cosas que aún me hieren. Olvido no es la palabra adecuada para mi momento de vida, creo que aceptación sería la indicada.

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viernes, 22 de enero de 2010

colores



Una vez le pregunté porqué yo entre cientos de miles de hombres solteros, libres, y tal vez mejores que yo.

- Mejores que vos, no. Diferentes a vos, sí. –me respondió- ¿y yo?, ¿porqué yo?-me preguntó con su mirada escudriñante.

- Porque entre cientos y miles y millones de cuerpos femeninos que se cruzan a diario por mi vida ninguno tuvo ese imán como vos lo tuviste. ¿Sabes? Es algo así como ver a toda la gente en blanco y negro y haberte visto a vos a colores. Distinta. Las demás pasan, las puedes mirar, te pueden gustar, podes sentirte atraído por su físico, o por algo de su personalidad o tal vez por ambas cosas, pero falta esa cosita rara que se manifiesta justo en ese instante y con esa persona que tan solo se muestra a colores. O sea, como vos.

- ¿Así que a colores?

- Sí, a colores.

- ¿Y son colores que duran para siempre o son colores que se destiñen con el tiempo y pasan a ser blancos, negros o grises? –preguntó mientras jugaba con sus pies en la arena.

Me acomodé en el banco de la plaza y miré el cielo. Me tomé un rato para contestar. Pero mientras miraba el cielo no pensaba en esa respuesta, pues esa respuesta ya habitaba en mí desde hacía tiempo, solo miraba el cielo y pensaba en cómo aquel momento quedaría inmortalizado en el tiempo, en mi historia, en su historia, en nuestra historia de vida.

- Eso no sé respondértelo. Tampoco vos sabés cómo serán mis colores con el tiempo. Tal vez yo me destiña, o tal vez tan solo me opaque por épocas y me veas de otro modo, de uno que jamás te hubieras imaginado. ¿Nunca te ha pasado antes, de estar enamorada de alguien y con el tiempo pensar que no es la persona de la cual te enamoraste?, ¿o que la vida los ha cambiado mientras estaban juntos y jamás se dieron cuenta?

- Una vez. Y si tengo que serte sincera no me gustó, es más, pensé que yo era el error.

- Es que no somos el error, o bien sí. Es como que en cierto modo llenamos la variable de la ecuación y de repente, por cosas del tiempo y nuestras también, pasamos a no tener fuerza para llenar esa variable y la ecuación no mantiene su equilibrio.

- ¿Entonces me querés decir que tal vez me destiña o te destiñas? –me preguntó mirándome vagamente mientras el tren pasaba detrás de la plaza.

- No lo sé. No tengo todas las respuestas, pero sí podría decirte que mientras los colores están vivos hay que pintar, mientras más pintes, mientras más colorees, mientras más escenas de nuestra relación pintemos juntos más y más colores tendremos dentro de nosotros.

Después de decirle aquello me quedé mirando como el tren se alejaba y se perdía en la línea del horizonte dejando al barrio detrás. Pensé en esa respuesta que acaba de darle, en mis experiencias de vida con mujeres y en mis propios deseos y anhelos ante cada relación. Por un momento me sentí como una caja nueva y flamante de acuarelas y al instante en una caja vacía sin colores. Y entonces todo a mi alrededor era verde o de colores llamativos. La plaza, los niños jugando en los juegos, ella, el cielo, todo. A veces tal vez me destiño demasiado, pensé, pero jamás me quedaría gris, o negro, o blanco, no, siempre en mi esencia algún color habría.

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sábado, 9 de enero de 2010

Falsario










El señor N un día lavó su rostro al despertarse y tras mirarse al espejo notó algo nuevo en él. No pudo entender bien de qué se trataba pero tuvo una leve idea. Las vendas. Ya no estaban las vendas. Ahora sus ojos veían más allá y en ese sitio muchas cosas no eran como él pensaba, o veía.

El señor N tras salir a la calle sintió el sol y la vida de otra manera. Al encontrarse con su chica no la reconoció. Tal vez es todo falso, pensó el señor N.

Tal vez…

domingo, 27 de diciembre de 2009

El otro


Casi sin pensarlo y ni siquiera dando lugar a la duda decidí ser otro. Nunca había estado en ese pueblo perdido en el mapa, era la primera vez que mis ojos veían sus casas recortadas sobre el horizonte y mis pies pisaban sus calles llenas de guadal y baches. En la nada, ahí donde todo parece perderse y a la vez encontrarse, estaba yo, sumergido, siendo otro. Duró pocos días lo sucedido. Menos que los dedos de una mano pero los suficientes para experimentar esa espléndida y rara sensación de convertirse en alguien que jamás pensé ser. Caminar por una calle sintiéndote un extraño es una sensación placentera y hasta intrigante que se deslizaba por mi interior como un cosquilleo al cual no podía resistirme a sentir. Nadie me conocía y a cada lugar que iba daba un nombre distinto, una profesión distinta y hasta un estado civil diferente. Si hasta yo me lo creía. Sentía, justo en el instante de la mentira, que lo que mis labios pronunciaban sobre mi persona era la pura realidad, que yo era quien decía ser, que no había ningún tipo de objeción al respecto. Yo era otro, no era el yo de siempre.

Por esos días el ser otro yo trajo algo más consigo: nuevas sensaciones. Ver todo de un modo diferente alrededor y sentir que cada cosa que uno toca o cada acto que se realiza es nuevo se vuelve una atracción casi irresistible. Aprendí a sentirme médico cirujano, a ser un limpiador de vidrios de edificios, a ser un jubilado por invalidez (algo que cuando lo mencionaba me miraban con cierta sospecha), y algún que otro oficio más. Cada día me hospedaba en distintas pensiones. Cuando me preguntaban quién era yo elegía al azar quien yo quería ser en ese preciso instante. Era como entrar dentro de un placar por la mañana apenas uno se levanta y tomar una camisa sin siquiera pensar cuál será su color o motivo. Imprevisto, espontáneo, distinto, desconocido, todo era así.

Una de las madrugadas conocí a una mujer dentro de un bar. Muy sensual, muy atractiva, de bonitos pechos. No paramos de mirarnos durante un rato largo, y con ese lenguaje de señas invisible que genera la libido terminamos finalmente acostándonos en un hotel alojamiento. El sexo anónimo suele ser liberador pero a la vez te hace presa del miedo. Una sensación de esclavitud y sumisión corre por las venas tras el coito. El sentimiento de culpa por la imposibilidad de sentimientos suele ser una daga filosa que corta, fina y delicadamente, nuestra conciencia en los momentos de quietud. El sexo fue genial. Esa mujer desconocida lo hacía de maravillas. Me brindaba la sumisión justa para florecer e intensificar mi machismo en la oscuridad. Y yo era otro, justo en ese momento era otro, y seguramente ella también era otra. Ambos parecíamos dos islas abandonadas en medio de un inmenso mar con la urgente necesidad de acercamiento y evasión de la soledad. La noche murió al amanecer y aquella mujer y yo volvimos a transformarnos nuevamente. Salí del hotel sintiéndome vacío, ese mismo vacío que hiela. Los hombres vacíos no pueden sentir, y seguramente eso ayudaba en mi metamorfosis de identidad.

La decisión de ser otro nació como una necesidad primaria, básica, invisible. No fue planeado. Mientras era otro pensé si otros habrían decidido también ser otros. Tal vez yo era el único, como si fuese un inmortal caminando de aquí para allá; pero seguramente no lo era, habría más personas conviviendo con su metamorfosis de identidad. Eso quería yo pensar, me daba pánico ser único, siempre me ha dado pánico pensar eso. Dependerá de las urgencias interiores, pensé. A veces la necesidad de ser otro es imperiosa. No recuerdo cuantas veces cambié mi identidad y cuántas veces dejé de ser yo mismo dentro mío, pero sí recuerdo vívidamente esa sensación extraordinaria de experimentar en carne propia un personaje distinto e interactuar con él y con quienes se acercaban a él durante aquellos días.

La noche del último día en aquel pueblo decidí volver a ser yo. Compré un boleto de colectivo en la terminal y me quedé esperando a que fuera la hora de regresar al mundo del cual había salido. Decenas de personas pasaron durante aquel momento a mi lado cargando sus secretos, sus miserias y tal vez su propia metamorfosis de identidad. En las sombras de la noche muchos seguramente jugaban a ser otros para así evadirse del yo del día. En cambio yo, ya cansado de aquel juego, volvía ser el mismo de siempre.

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sábado, 19 de diciembre de 2009

La noche siempre es menos cruel que el día

El día que George Harrison escribía la canción “Someplace Else” ella y yo hacíamos el amor. No sé bien en qué etapa de nuestra relación estábamos, tampoco sé si coincidía con la primera estrofa o las que continúan, pero sí sé que la tarareábamos en la oscuridad recorriéndonos los cuerpos con las manos, y besando toda aquella extensión de piel que deseásemos. Pequeños e insignificantes, así éramos en esos días, pero aunque fuésemos un punto perdido en el universo todo lo que se hallaba en él mismo convergía completamente dentro de nosotros dos.

Por las noches, en medio de la oscuridad, esa misma canción sonaba una y otra vez mientras el vinilo giraba sin agitarse en el viejo tocadiscos. Qué bonitos tiempos. Los tiempos bonitos deben atesorarse, siempre he pensado eso. Envueltos en sábanas o aún con nuestros cuerpos desnudos y empapados en sudor esa chica y yo nos atrevíamos a cantar aquella canción sin siquiera pensar si era el principio o el fin, si íbamos o veníamos, si era enamoramiento o verdadero amor. Y el miedo se hincaba en medio de la oscuridad como un alfiler profundo que se clava dentro de la carne hasta llegar a tocar el espíritu. Ese dolor fino y punzante nos daba un soplido de realidad, nos intentaba asustar y sucumbir a la idea del “dos son uno”, y aún así ninguno de los dos dejaba de cantar y abrazar y acariciar al otro.

He estado con muchas mujeres en una cama pero ninguna era igual a la anterior, ni tampoco mejor, ni mucho menos peor. En ese ring cuadrado mi cuerpo con el de ellas jugaba un frenesí único y libre. Pero todo fue hasta que George Harrison escribió aquella canción. Ese día lo cambió todo para mí y esa chica estaba junto a mí el día del cambio. Los grandes cambios se producen así, en una milésima de segundo, y por eso son grandes cambios. Pues aquel fue un gran cambio en mi vida. Dentro de aquel ring en que me sumergía por las noches con ella todo era más que armónico; y aunque ambos sin decirnos palabra alguna nos mirásemos como parados al borde de un abismo lográbamos entender e interpretar que aquel momento que vivíamos era único e irrepetible. ¿Tan difícil es entender eso?, me he preguntado muchas veces. Antes sí, me respondí, pero desde aquel día vivir el momento pasó a formar parte de los principios de mi propia vida.

No importaba si afuera había nieve, vientos huracanados o lluvia, dentro había paz. Un microclima se autogeneraba en el momento que el primer acorde de la guitarra de George Harrison sonaba en el aire transportándonos así a esa famosa nube número nueve. Y allí en la nube, la noche era menos cruel que el día y ambos podíamos amarnos, reconocernos y pensar que aunque el tiempo siguiese pasando y la nube desapareciese cada vez que escucháramos aquella hermosa canción los dos sabríamos que hay un único punto en el universo en donde el tiempo nos eligió a nosotros para formarlo.

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jueves, 10 de diciembre de 2009

La calle El Delfín









Me quedé desnudo frente a ella en medio de la habitación de un viejo hotel de la calle El Delfín. Era un barrio de mala muerte donde las putas y los proxenetas hacen patria. Sin entender el porqué intentaba taparme el pene erecto de modo tal que ella no lo viera. Tendríamos sexo, a eso habíamos ido, sin embargo yo sentía vergüenza. Jamás había tenido vergüenza delante de una mujer, sin embargo esa mujer me producía esa sensación. Se desnudó delante de mí con un mirada extremadamente sensual dejando caer su ropa a sus pies. Era perfecta. Perfectos senos, perfecto pubis, perfectas caderas, perfectas nalgas. Perfección, algo que todo hombre de manera visual y estúpida busca. No hacía más de dos horas que nos habíamos conocido en una disco a pocas cuadras. Nos vimos y de repente sucedió ese rayo de hormonas palpitantes que prontamente te asfixian. Nos buscamos y llegamos hasta la calle El Delfín. Y ahí estábamos, mirándonos, ambos desnudos, deseosos, yo con ganas de penetrarla y ella con ganas de ser penetrada.

-Te propongo un juego -me dijo antes de acostarnos.
-¿Un juego? -pregunté sorprendido. Pero no dije más que eso, pues pensé que muchas mujeres se excitan con juegos, disfraces, o cosas que dan toque distintivo al sexo.

-Sí, un juego. Quiero que me digas un nombre que te guste para vos, yo te diré otro. Pero no podrás decirme tú nombre verdadero, ni yo te diré el mío. Es una especie de máscara, o algo así.

-Pues no te entiendo bien pero hagámoslo. Esteee... me llamó, Jack.

-Hola, Jack –me dijo sonriente y extendiéndome su mano. Yo extendí mi mano y apreté la suya.

-Encantada, soy Ingrid.

Nos echamos a reír. Aquello de escuchar nuestros nombres ficticios nos dio gracia y reímos como locos estando ambos desnudos en medio de la habitación. Si una cámara hubiera grabado aquella situación seguramente calificábamos para una parodia o comedia. Realmente nos veíamos ridículos riéndonos así.

-Entonces ahora podemos acostarnos -me dijo.

-¿Ya?, ¿solo eso era el juego?, ¡qué juego más raro, Ingrid! -dije y volví a reír como un estúpido.

-Pues sí, solo eso. Suelo jugar a este juego, no creas que es tan raro.

No me gustó su respuesta. Me hizo pensar que el mismo juego lo había hecho antes con quienes se había acostado; sin embargo quité ese pensamiento de mi mente y nos acostamos. El sexo fue fabuloso, cargado de ese deseo vivo y ardiente que la piel nueva y desconocida siempre trae consigo. Quedamos exhaustos ambos boca abajo mirando el suelo. No había nada particular en aquel suelo, pero a la vez parecía que fuese un imán gigantesco que nos hipnotizara y a su vez congelara nuestra lengua para que no pudiésemos emitir palabra alguna. Así estuvimos un buen rato hasta que el teléfono de la administración del hotel llamó preguntando si deseábamos alguna bebida.

-Tráeme un whisky -dije al administrador- ¿tú quieres algo? -pregunté a Ingrid.
-Sí, otro whisky para mí -me respondió sensualmente.
-Que sean dos -dije finalmente al administrador.

Tras bebernos los whiskies apagamos la luz de la habitación y nos dispusimos a dormir. Pasados unos quince minutos Ingrid habló.

-¿Sueñas con espíritus?
-No -le respondí- ¿a qué se debe que me preguntas eso?
-Porque yo sí sueño. A veces sueño que yo misma me elevo y vuelo, recorro cielos que nunca he visto, ciudades importantes que solo conozco en fotografías y veo gente que jamás he conocido. Es raro, y da miedo. Tal vez por esos sueños le temo a la oscuridad. La oscuridad me da miedo, Jack.

Entonces la abracé fuertemente contra mi pecho. Sus senos se sentían tibios y el olor de su cabello era suave y dulzón.

-No pienses en espíritus o malos sueños. Si piensas demasiado en ese tipo de cosas entonces soñarás y tendrás pesadillas. Digamos que si haces eso es como si estuvieras invocando a que las pesadillas lleguen a vos, ¿entendés? -dije intentándo disuadirla.
-Pues lo intentaré. Aunque la oscuridad me da miedo igual.
-¿Quieres que deje la luz encendida?
-No, está bien. Abrazada a vos no tengo ese miedo, Jack.

Las palabras se silenciaron y la oscuridad pareció espesarse aún más dentro de aquella habitación. Me pareció increíble estar acostado con una mujer que solo hacía un par de horas había conocido y de pronto me confesase su miedo a la oscuridad. Esa mujer sensual y muy sexual había mostrado un lado débil, y justamente me lo había mostrado a mí, a Jack, un desconocido.

Me dormí un rato y me desperté abruptamente al amanecer. Por la ventana de la habitación entraba un pequeño haz de luz de los primeros rayos del sol. Ingrid estaba ahí, dormida, a mi lado. Miré las paredes como buscando espíritus o alguna señal, pero claro, nada anormal sucedía. Volví a mirarla y la vi tan indefensa y atractiva. Posé mi mano en su cintura y tras esa acción despertó asustada. La calmé, nos acariciamos y nos besamos.

-Ya es tarde -me dijo- está amaneciendo. Debemos irnos, o al menos yo debo irme.
-Esta bien. Vámonos.

Nos vestimos un tanto presurosos, busqué dinero en mi billetera y tras pagarle al administrador salimos a la calle. Parados en la vereda de la calle El Delfín el amanecer ya daba paso a las primeras luces del día y nos sorprendía. Nos miramos y gesticulamos una mueca de sonrisa. Su cabello lucía fabuloso y su piel dorada a los rayos del sol. Las palabras estaban de más. Nos dimos un beso en silencio y cada uno tomó para su lado. Crucé la calle y tras pisar la vereda de en frente sentí curiosidad.

-¡Ey, Ingrid! -grité. Ella se dio vuelta y quedándose quieta me hizo un gesto con su mano indicándome qué quería yo.
-Dime, ¿ya terminó el juego?, ¿ahora podrás decirme tú verdadero nombre?
-Sí, ya terminó. Pero no puedo decirte mi verdadero nombre, Jack.
-¡¿Porqué?! -pregunté confundido y con tono de enojo- ¿de qué sirve un juego que oculta los nombres verdaderos por unos ficticios?
-Es simple, Jack -me constestó- porque tras despertar y despedirnos, los de anoche no hemos sido nosotros.

Entonces volteó y comenzó a caminar. Vi como la calle El Delfín la engullía lentamente hasta hacerla desaparecer. Nunca supe su nombre, nunca volví a jugar a ese juego de pesadillas.

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