jueves, 12 de marzo de 2009

psicológicamente muerto


Mientras el barco carguero levanta espuma sobre el río y las gaviotas placenteramente sobrevuelan la bahía, en el despacho del psicólogo, Camilo Fuentes cuenta sus penas de desamor. Los relatos son breves e inteligentes, su propia mente le otorga el don de poder armonizar ideas y llevar a cabo las puestas en escena más llamativas teniéndose él mismo como actor principal. Pero claro, todo es una gran actuación, porque él realmente estalla en soledad en cada minuto de su mísera vida.

Tendido sobre el diván y con un cierto desparpajo no para ni un segundo de contar sus ficciones. A cada relato el psicólogo permanece inmutable, erguido y expectante, cualquiera diría que lo escucha atentamente, pero eso solo es un vil engaño, es que el psicólogo conoce de lleno a Camilo Fuentes y sabe de su conducta enamoradiza y enfermiza, como así también de su eterno problema, la soledad. Son años de conocerse y años de miles de relatos de amor y desamor que han salido de la boca del señor Fuentes. Pero todo llega a su fin. Aquel día el psicólogo tras escuchar un relato de Camilo Fuentes se puso extremadamente nervioso y en un acto de su subconsciente desequilibrado lo asesinó clavándole su bolígrafo en la yugular. El chorro de sangre salió despedido como un geiser manchando traje, corbata y camisa del psicólogo. Con manos temblorosas el profesional dejó caer el arma asesina al suelo y permaneció inmóvil un largo rato. Entre sollozos, saliva y demás, se recostó al lado del cadáver de su cliente con profunda culpa y un gran alivio, mientras observaba como el carguero se alejaba por el río y se perdía en el horizonte. Silencio, paz, día viernes, nadie caminando por el muelle. Sin embargo dentro de la cabeza del psicólogo aún repercutía el último relato de Camilo Fuentes. No era nada de otro mundo, tan solo era una aventura amorosa y muy fogosa, de alto contenido erótico y sexual. Pero eso no tuvo nada que ver en la muerte de Camilo, aunque sí lo tuvo el nombre de aquella mujer, que era el mismo nombre que el de la mujer del psicólogo y que a final de cuentas encajaba perfectamente en su amor de ficción.

Con su último hálito de vida Camilo Fuentes sintió dentro de sí que el amor desmedido puede causar cualquier tipo de reacción, muchas veces hasta las más inesperadas y las que carecen de una explicación convincente. Sin embargo Camilo Fuentes murió desangrado, solo y sin amor. Sin embargo su asesino confesó que el tal Camilo Fuentes presa de un terrible ataque de nervios y una paranoia avanzada lo atacó y él se defendió como pudo, dándole accidentalmente muerte, y tras ello salió absuelto ante la justicia, pero no ante su propia duda. Esa duda le rondó durante el resto de su vida, era la duda que carcomía su bienestar personal, la que manipulaba sus celos y la que le confería un eterno insomnio por las noches. Se decía a sí mismo que tal vez aquella mujer sensual, fogosa y ardiente del relato de Camilo Fuentes sí era su mujer y que tal vez el acto había sido consumado con su difunto cliente, pero no podía asegurarlo, aunque sí dramáticamente imaginarlo.

Así, Camilo Fuentes descansaba debajo de una pálida lápida gris en una esquina del cementerio de la ciudad y en el plano real su psicólogo disfrutaba de una lánguida muerte psicológica que se le hacía más y más angustiosa con el pasar de los años. A veces uno mismo es el propio asesino de su mente.

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